01. Dedicado a los que no saben y a los que no pueden leer. Observaciones y notas en Ibiza.

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                                                                 Toni   Segarra 

 
 
 
 
      
 
 
 
 
 
 
DEDICADO   A   LOS   QUE   NO   SABEN   Y   A   LOS   QUE   NO   PUEDEN   LEER.
 

 

 

(Observaciones y notas en Ibiza).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Estas observaciones y notas fueron escritas durante los meses de Enero, Febrero y Marzo de 1986 en El Puig dels Molins (El Cerro de los Molinos).
 
 
 
 
 
 1
 
El día era soleado (1). Y soplaba fuerte viento del oeste. El barco estaba lleno de pasajeros, intranquilos y movedizos. En cubierta, se veía a los tripulantes echar los residuos de las comidas a las gaviotas, que descansaban en aguas del puerto. Los abundantes peces, rápidos y de diferentes tamaños, se aprovechaban de la falta de apetito y lentitud de las tranquilas y agrupadas gaviotas. Un vendedor de periódicos, subió a bordo aprovechando los últimos momentos, para ofrecer las noticias.
La travesía duraría alrededor de siete horas. En el instante de partir era mediodía. La mayoría de los pasajeros eran trabajadores andaluces y castellanos, que terminada la temporada turística se disponían a pasar el invierno en sus hogares. También había turistas; una pareja de avanzada edad, con actitudes de extranjeros, se vino a descansar a nuestro alrededor. Nada más zarpar reinaba desorden; hasta que la nave salió a alta mar, comenzando a soplar más viento y empezó a moverse, obligando a todos a permanecer sentados y quietos.
Era ya oscuro y el viento soplaba todavía, la ciudad se disponía a cambiar el ritmo del día al de la noche. Las personas se veían cargadas de cansancio. En un portal, sin puertas, había un hombre tendido sobre un colchón, parecía enfermizo; a sus pies una mujer estaba sentada. Había sufrimiento en ese cobijo. Pero había toda la fuerza de la vida. Las personas pasaban apresuradamente, como si no los vieran. Ellos estaban allí y se percibía desde lejos.
 
 

Es el resultado de la desenfrenada sociedad. Gran cantidad de seres humanos a la deriva. Han perdido la confianza en todo y en todos. Sólo les quedan, tal vez, las ganas de vivir. Son como los residuos de una gran máquina, molestos y sin saber qué hacer con ellos.

Da profundo gozo el saber que hay personas, que desaprueban los sistemas de comportarse que provocan situaciones degenerantes y destructivas para los seres vivientes.
 
(1)               Travesía desde Ibiza a la ciudad de Valencia.
 
 
 
 2
 
El parque (1) era pequeño, pero tenía gran cantidad de terreno poblado de árboles y palmeras. Había tres abetos: uno recién plantado, otro de unos cinco metros de altura y el mayor de unos cuarenta. Este último tenía las raíces inmediatas al tronco al descubierto, pisoteadas; daba protección y cobijo a gran cantidad de seres vivientes. Por la mañana temprano, antes de salir el sol, los abundantes gorriones comenzaban sus indecisos trayectos por el ramaje; eran tremendamente piadores: sus griteríos contrastaban con el silencio matutino. Se veían también algunos estorninos, negros completamente; se desplazaban a las vecina y altas palmeras, molestándose unos a otros e intentando posarse en algún lugar cómodo y seguro; sus gritos eran prolongados, cálidos e intermitentes; y permanecían tomando el tenue sol naciente por algún largo rato, luego partirían al campo abierto.
La estación de ferrocarril, se encontraba al otro lado de la carretera que separa el parque de los raíles. Desde la madrugada, cuando aún se veían estrellas, las personas iban apresuradas para dirigirse a su tarea. Unos se desplazaban en tren, otros en diversos vehículos de motor, los menos en bicicleta. Había los que trabajaban cerca de sus hogares; estos podían dirigirse a pie. Ninguno tenía tiempo, ni prestaba atención, para admirar las maravillosas cosas que estaban aconteciendo. Lo que importaba era llegar sin obstáculos. Empezar el naciente día como ayer, como siempre. Sin novedades que alterasen el monótono y rutinario quehacer diario.
 
 
Es curioso el ver en qué nos hemos convertido. Somos miedosos, estamos amedrentados. No sabemos conducimos por nuestra cuenta. Soportamos inmundicias y brutalidades a cambio de un falso bienestar aparente. Todos tenemos escusas, las buscamos o las inventamos. A fin de no encontrarnos con la realidad molesta y perturbadora.
 
(1)               Anotación de Sueca, Valencia.                                                                                           
 
 
 
3
 
Vaya donde uno vaya. Adopte el sistema cualquiera para vivir. La libertad, la integridad, es cosa de uno. Uno es el responsable de lo que acontece. Es fácil culpar al ambiente, a las situaciones. Desgraciadamente, las personas hacemos lo contrario. Vamos buscando el lugar idóneo. El momento oportuno. Creyendo que de esta forma, saldrá todo bien. Sin darnos cuenta que todo eso es subjetivo, es condicionado.
 
 
Esta mañana, cuando el sol empezaba a calentar, los numerosos gatos estaban inquietos. Los había negros, delgados, de increíble agilidad y soltura en las subidas y bajadas, en todos los movimientos.
Uno todo blanco era persa, un perro lo asustó y rápidamente desapareció. Otro era siamés, predominantemente blanco, con las piernas ennegrecidas. Todos se buscaban unos a otros y ninguno parecía encontrarse.
Más abajo, cerca del apartamento, había una hembra de color pardo, parecía mayor, llevaba el rabo todo recto hacia arriba. Tenía una gran necesidad de refregarse con uno. Subía a una barandilla para dejarse acariciar y topar la cabeza con la mano o el brazo.
 
 
Dos perros; un mastín de mediana edad y otro entrecruzado de palmo y medio, todo ennegrecido y viejo, que vivían en la misma casa, eran testigos atentos de todo lo que ocurría.
La personas que los cuidaban, también observaba y todos sentíamos un gran sentimiento de comunicación, en esta mañana fría e invernal. Nadie exigía nada. Todo era observación de lo que iba sucediendo. Apareció una perra, ya mayor de color oscuro, con las orejas y la cola erguidas, y la gata se sintió asustada, dirigiéndose a un sitio más seguro.
 
 
El cerro salía hacia el mar. Estaba repleto de pinos, hasta en su delgado lomo. Se veía rebosante de vida por todas partes. Tenía un ver profundo y bello. Los diminutos picos se alzaban por delicadas líneas, ligeramente curvadas. Abajo, cerca del mar, estaban empezando a construir algunas casas junto a una torre vigía, hecha por los árabes en el siglo trece.
 
 
Hasta residir en ciertos lugares se ha puesto de moda. Hay lugares hermosos, tranquilos, suavizantes, que por no tener el nombre conocido pasan inadvertidos. Las personas necesitamos puntos de referencia, vernos y saber que estamos al día, tener gran cantidad de información. De lo contrario uno no puede soportarse así mismo.
Tenemos la costumbre de sortear todos los momentos del día hacia fuera. Pocas veces paramos y nos miramos a nosotros mismos. De ahí que la vida se haya convertido en el intrincado y complejo sistema de necesidades.
 
 
 
4
 
La mañana era fresca, soplaba viento del suroeste. En el cielo se veían nubes, arrastradas fácilmente, que apenas salir del horizonte iban desintegrándose. No se oía apenas ningún ruido humano. Desde antes de salir el sol se veían las gaviotas llegar, avanzando con facilidad. Venían de su retiro nocturno, en los lugares tranquilos del oeste. Las dos primeras en llegar eran jóvenes y una tenía algunas plumas del ala derecha deterioradas. Eran de color oscuro rojizo y se encontraban apacibles. Poco después llegaron unas cuantas más. Todas buscaban comida en las calles y en los sitios donde había basura. Estaban alborotadas, gritándose y persiguiéndose. Cuando una encontraba algo y se lo llevaba con el pico, salían cuatro o cinco detrás, obligándola a hacer complicadas maniobras para eludirlas. Al momento todo volvía a la calma, cada una subía y bajaba, iba y venía incansablemente. Siempre vigilantes a lo que ocurría en tierra firme o en el mar.
El mar, la bahía, se veía empujada por el viento. Era de color azulado, gris y verde, con señales blanquecinas de las pequeñas olas. Se le notaba tranquilo y no se veía ninguna embarcación.
 
 
La vejez no debe de ser una carga, una cosa fea, como una enfermedad. La vejez, la avanzada edad, es una situación más de la vida. Es como la mañana y la tarde, se suceden. Una lleva a la otra y las dos son inmensamente bellas. La sociedad actual, lo encubran o lo intelectualicen, le molestan, le estorban, las personas que ya tienen muchos años.
Una sociedad que es competitiva, que exalta la fuerza, la agresividad, la rapidez. Que consiente infinidad de inmoralidades. ¿Cómo va a respetar a la ancianidad? ¿Cómo puede convivir una persona, que no respeta las cosas pequeñas y delicadas, con otras de edad?
Estamos acostumbrados a ver en primera página a muchos que para conseguir una nueva marca, se maltratan el cuerpo durante años. La proliferación de la sexualidad pornográfica. El acontecer progreso frío y despiadado. ¿Dónde puede caber aquí una persona vieja? Podemos ver en un hombre anciano, la belleza que transporta en los ojos, en la cara surcada y tallada, en las débiles fuerzas.
Ver y apreciar todo este condicionamiento que se ha desarrollado por miles de años, es empezar a saber dar su lugar necesario a las personas.
Deberíamos saber que una persona es algo maravilloso, y que es, exactamente igual a uno y a todos. Cuando maltratamos a alguien, irremediablemente nos estamos maltratando, destruyendo.
Puede sentirse de manera directa y libre, que usted es igual al vecino, al esposo, al compañero de trabajo, a los forasteros, al niño, al anciano, al joven. El amor es verse uno en todos, sin las diferencias habituales, convencionales.
 
 
La tarde era soleada, el viento soplaba continuo, intenso. Las gaviotas se dirigían hacia poniente, con lentitud. Iban aparentemente des formadas en grupos reducidos. El viento las obligaba a hacer innumerables curvas, subidas y bajadas. Volaban alto.
Los gorriones empezaban a agruparse, pasaban velozmente, estirados con las plumas apretadas al cuerpo, a poca altura, para buscar cobijo. Con el sol bajando, se les veía oscuros y ocres.
Las aguas del brillante mar hacían olas infinitas. No tenían un gran trayecto, nacían y desaparecían casi al mismo tiempo. Lucían intensamente, formando rayas de diferentes tonalidades, en dirección que el viento les daba.
 
 
 
 5
 
El día era suave y tranquilo. Por la parte sur del cielo estaba blanquecino, más en el horizonte. En lo alto era azul, con grandes trozos blancos transparentes. Soplaba brisa del sur y se veían algunas apacibles gaviotas posadas en el agua. El mar brillaba de manera cegadora, refulgente. El tenue movimiento del agua le hacía a uno apartar la vista, le cegaba.
 
 
En medio de este resplandor había una roca grande, que formaba una rampa, y otras dos más pequeñas de forma caprichosas. Su color era negro intenso. Estas rocas eran altamente temidas por las embarcaciones, y estaban justo en medio por donde pasaban gran número de ellas, al entrar y salir del puerto.
 
 
Había un grupo de tréboles; cada ramita, de color verde intenso, formaba un grupo de tres corazones. Casi todas tenían manchas moradas pequeñas, esparcidas sin ninguna simetría.
Por el día, las tres hojas se desplegaban. A medida que el sol desaparecía iban formando un grupo compacto, adhiriéndose hacia abajo y con la punta de la hoja arriba. Su color iba haciéndose más fuerte, más intenso.
De una de las matas, había salido una rama erguida sobre las otras, tenía tres florecillas en forma de campanillo de un suave amarillo. Los granos de polen del mismo color, pero más intenso y cálido, permanecían en el interior. Bajo tenían capullos, que al caer la flor se cerraban, marchitaban. Y otros diminutos listos para abrirse en gran cantidad.
Con toda su fragancia y vulnerabilidad, permanecía ante todos los riesgos que le rodeaban. Ahí, se podía contemplar toda la sencillez y complejidad de la vida.
 
 
Las personas, con el sistema inacabable de necesidades, nos hemos desvirtuado. El complejo comportamiento humano, se ha convertido en el principal foco de destrucción. Uno, para vivir necesita bien poco: un sitio seguro para resguardarse, comida, ropa y poco más.
Las necesidades vienen, se desencadenan, cuando uno no ha visto que la belleza, lo bello, lo saludable, es lo sencillo, lo indispensable. Nuestra vida es tan fría, tan cerrada en uno mismo, que se necesitan inmensas cantidades de cosas, para sustituir la belleza perdida. Eso, no tiene sustituto. Cuanto más cosas, más confusión, más caos, más desdicha. Uno intenta eludirlo, pero siempre está ahí.
Puede darse uno cuenta, ahora, no mañana, ni otro día, a pesar de toda la ansiedad, de toda la prisa a nuestro alrededor, de que somos feos, brutales, agresivos y violentos. ¿Podemos percibir toda la destrucción que provocamos?
¿Puede mirar la flor, el árbol, sabiendo de verdad lo que ve? ¿O lo mira como si fuera una piedra o una pared? Saber mirar es saber amar. En el momento que miramos una cosa por lo que es, uno ya respeta.
Desafortunadamente, todos tenemos distorsionadas nuestras mentes. Por la escuela, por la herencia de costumbres, por todo el condicionamiento de la sociedad, tenemos un comportamiento, que aunque parezca decoroso, es destructivo, alienante, peligroso, inhumano.
Cuando uno respeta, sabe lo que tiene delante y lo observa, lo cuida, lo ama.
 
 
A la puerta de un estanco, en una jaula de hierros finos, había dos cotorras. Sus cuerpos, con limpias plumas verdes, con tonos negros, se veían débiles, frágiles, ante el bullicio. La gente entraba y salía, sin prestar atención, sin mirar los preciosos animales. Unos niños jugaban con un balón, dándoles alguna vez. Ellas a pesar de los balonazos no parecían asustadas demasiado. Debían de estar acostumbradas. Y seguían gritando, subiendo a las paredes, trepando con el pico negro, agarrándose seguro, fuerte con los dedos de los pies, que resaltaban por tener las plumas rojas. Los niños eran fuertes, y aunque no querían molestar, seguían jugando a escasos metros de la jaula.
Adentro del establecimiento, otra jaula albergaba a un precioso loro de plumas limpias y bien cuidadas. Parecía tranquilo, mirando a todos los que entraban. Tenía un color gris. Había una gran igualdad entre el blanco y el negro. El hombre que lo cuidaba estaba orgulloso del ejemplar. Era un animal raro y hermoso, que procedía del África Central.
 
 
La tarde pronto desapareció. Unas nubes procedentes del este, ocultaron el débil sol poniente. El fresco se hacía notar. Había un gran silencio y quietud. Antes de oscurecerse del todo, las nubes plomizas estaban desapareciendo por el oeste, dejando largas y anchas líneas tenues detrás.
 
 
 
6
 
Temprano aún, los albañiles estaban trabajando a buen ritmo. Se les veían absortos, yendo de un lado a otro. Estaban construyendo un edificio de muchas plantas y tenían a su alrededor gran cantidad de palos, cuñas, maderas, hierros, bloques de hormigón, esparcidos en forma de ladrillos, y sus herramientas. La grúa alta, formando un ángulo recto, ya funcionaba también.
El edificio estaba muy cerca de la playa, quieta y tranquila; no hacía viento y las densas boiras no dejaban ver el sol. Todo estaba envuelto en esa persistente niebla fresca.
Los albañiles con la tarea apremiándoles, no parecía afectarles, todo lo que no fuera la obra. Trabajaban todo el día, hasta el oscurecer.
 
 
Uno se preguntaba, si todo el tremendo esfuerzo, durante la larga jornada, tenía un precio material.
¿Qué persona, si no está acostumbrada, podría soportar ese ritmo de trabajo? La sociedad es injusta e inmoral y no reconoce los mismos derechos y obligaciones para todos.
Hay quienes argumentan, que esas personas, no sabrían hacer otra cosa. Entonces, ¿qué pueden hacer los políticos, los religiosos, los científicos, los negociantes y los profesionales bien remunerados, además de su trabajo específico?
Las personas a través de los tiempos han desarrollado maneras de vivir especialmente brutales e inhumanas. Provocando infinidad de sufrimiento, agonía y dolor.
 
 
En lo alto del cerro, junto a la escalera que lo atraviesa, desde la ciudad hasta la playa, vivía una familia empobrecida. La casa era de una planta, tenía varias habitaciones y un extensa patio posterior. No tenían agua corriente, ni retrete. Todos los miembros de la familia desarrollaban infinita paciencia con gran facilidad. Se dedicaban a diversas cosas.
Por mucho que trabajaran o esforzaran se les veía, aparentemente, irremediablemente, abocados a vivir en la penuria. Muchos de ellos, llevaban encima todo el aspecto de la marginación, del sufrimiento, de la dureza, del miedo.
La vida para ellos se presentaba siempre temerosa, insegura, más aún en lo concerniente a lo material. Todos eran simpáticos y correctos; ayudaban de una manera natural y afectiva cuando necesidad. Afrontaban la existencia diaria de una manera vertiginosa, en cuanto a sus pertenencias y necesidades. No tenían nada. Pero lo que necesitaban lo encontraban, lo obtenían.
 
 
La neblina persistía aún, más hacia el sur. Del oeste se veía un débil resplandor solar.
La montaña tenía una imagen acogedora. Los declives se percibían suaves y húmedos. La fina boira la envolvía dándole una gran serenidad. Los pinos se veían cercanos e intensos. El occidente se enrojeció casi súbitamente, alcanzando a algunas nubes. Era un rojo rosado, débil y suave, que desapareció rápidamente. Los perros parecían nerviosos, ladraban esporádicamente.
Los potentes faros, que tenían las pequeñas y grandes islas vecinas, ya empezaban a destellar. Verlos daba una sensación acogedora y segura. Pronto sería de noche y se oían diferentes ruidos humanos. La tarde era fría y húmeda. Olía a leña quemándose que procedía de las viviendas vecinas.
 
 
 
7
 
Era un día primaveral (1), luminoso y templado. La carretera tenía grandes revueltas, transcurría a través de los recién sembrados campos de arroz. Las acequias, las mayores y las pequeñas, llevaban abundante agua verdosa. Casi todas tenían las orillas de barro; ahí crecían cañas verdes delgadas y abundante vegetación que servía de cobijo para muchos animales.
La carretera de asfalto había terminado. Las ruedas del coche pisaban las abundantes piedras, produciendo un ruido acogedor. No se veía a nadie desde varios kilómetros atrás. Era avanzada la tarde y las numerosas garzas blancas, volvían en diferentes grupos hacia la cercana albufera. Era el momento de día en que las aves buscaban un sitio para pasar la noche.
El sol se había puesto y uno permanecía encantado con tanta abundancia de vida, tranquilidad, sosiego. Al caminar hacia una acequia, de pronto, se vio un hermoso flamenco blanco. Permanecía solo, apartado del resto del grupo. Estaba de pie, sereno y seguro. Todo el lugar era bello, aún que las personas lo trabajaran.
 
 
Los seres humanos han transformado la naturaleza salvaje. Sitios secos en campos de regadío. Bosques en pastizales. Zonas pantanosas en tierras de cultivo. Valles en pantanos.
En el momento en que se va a hacer la transformación, siempre se dice que así habrá más alimentos, más riqueza para la humanidad. Tanto si la transformación es de carácter privado o estatal, el resultado es el mismo. Los alimentos y las riquezas son negociados, por las minorías poderosas o públicas. Sin que las gentes del lugar, vean desaparecidas sus carencias económicas y alimenticias. La vida se hace más compleja, agresiva y destructiva.
Las personas perdemos así grandes zonas sanas y equilibradas. Que influyen negativamente en el comportamiento humano. Esta influencia negativa provoca todo el caos que en todos los sitios desencadena dolor y sufrimiento.
 
(1)               Anotación de Sueca (Valencia).
 
 
 
8
 
Estaba oscuro, el sol debía de haber salido (1). No llovía, pero pronto lo haría. Era un día otoñal.
La carretera era ancha y bien cuidada. El coche avanzaba veloz y seguro, el conductor la conocía perfectamente. Nada más subir, empezamos a hablar y el trayecto pareció recorrerse muy rápidamente.
La gran ciudad estaba despierta, los coches circulaban velozmente, sin encontrar demasiados obstáculos. El que conducía giró rápido hacia la derecha y entramos a un aparcamiento, que estaba detrás de un gran edificio dedicado a oficinas públicas. Se veían grandes árboles que contrastaban con el entorno.
Toda la planta estaba llena de escritorios, uno al lado de otro. Todos estaban ocupados por personas limpias y aseadas. Era la primera hora de trabajo y estaban indecisos de empezar a ocuparse de los papeles. Se notaban alegres y resignados. El que nos atendió era amable, simpático y servicial.
 
 
La calle era larga y ancha, tenía en medio un paseo de tierra, entre rojiza y amarillenta; y unos pequeños árboles, que solamente les habían dejado crecer ramas en lo alto, no tenían ni una hoja. Llovía suavemente.
Los autobuses urbanos pasaban llenos completamente, algunos jóvenes saludaban joviales; apenas paraban enseguida partían.
 
 
En la esquina de un cruce concurrido, sentada en el suelo, había una mujer casi vieja. Tenía los ojos escondidos mirando hacia el suelo. En un cartón estaba escrito que sufría enfermedades. Era un lugar frío; las personas pasaban rápidas con sus ocupaciones.
Uno se paró, ella miró extraña. La mirada era intensa en vida. Los ojos estaban cubiertos por finas películas cortadas. No quería hablar. Estaba cansada, sola, y no le importaba lo que pasaba a su alrededor. Algunos echaban monedas, pero ella no prestaba atención.
A lo lejos se veían unas palmeras no muy altas. Estaban separadas a distancias iguales. Antes de llegar a ellas, había un limpiabotas. Estaba sentado en un pequeño taburete, era alto y fuerte. Parecía muy correcto y educado. Trabajaba con poca soltura, sin prisas. Le limpiaba, bruñendo, los zapatos negros a un hombre ya mayor, sentado en una silla. No hablaban. Tenía un periódico entre las dos manos. Cuando estuvieron brillantes y limpios, preguntó el precio, pagó y se marchó sin decir nada.
 
 
La realidad es lo que es. Sin distorsión, sin amañamientos. El ver lo que es, es comprensión y amor. Cuando vemos las cosas distorsionadas, bajo la influencia o la presión de las ideas y las conclusiones, entonces no hay orden, no hay amor.
Tanto los sistemas de izquierdas como los de derechas, no pueden poner fin al desorden, al antagonismo. Los que defienden y preconizan una idea, una conclusión, una sociedad de esta o tal manera, no ven lo que es. Aquí siempre hay división, encono y confusión.
Es lo que ocurre en todas partes; los ideales políticos se contraponen unos a otros. Las diferencias creencias religiosas y científicas, fragmentan a las personas. El “mi” contra el “tú”. ¿Puede haber aquí amor? Malgastamos el tiempo discutiendo quien está en posesión de la verdad; miles de años discutiendo lo mismo. Y el sufrimiento, el hambre, la destrucción, la guerra, mientras tanto rondan por doquier.
 
 
El otro día, por la mañana, cuando venía de la compra diaria, por la escalera que baja el cerro, estaba cantando en lo alto de las ramas de un algarrobo, un pajarillo del tamaño de un gorrión, pero más pequeño. Tenía el pecho muy curvado, las finas plumas eran verdosas, con el fondo agrisado. No paraba de menearse. Uno se detuvo en el rellano, observando toda la bella viveza que llevaba. Él miraba el entorno sin parar. De repente, saltó y se vino a escasos palmos de la cara, haciendo piruetas y rápidamente se posó en un olivo cercano. Nos miramos y desapareció, con asombrosa agilidad y armonía.
 
(1)               Anotación del desplazamiento de Sueca a Valencia.
 
 
 
 9
 
En la habitación se oía el ruido de las hojas, caídas al suelo, del siempre verde. Toda la noche estuvo haciendo fuerte viento del oeste.
 
 
Brillaban las estrellas en el cielo limpio y azulado. Por el este se notaba un pequeño claror rojizo. El viento soplaba intensamente provocando infinidad de ruidos.
Un gato maulló desconsoladamente, era un grito que parecía más bien humano. Algunas personas se desplazaban en vehículos a motor. El ruido se notaba nítido, alterando el profundo silencio.
El viento persistente transformaba todo el lugar. No era frío, sí muy seco. Procedía de la vecina y cercana península Ibérica. Cargando intensa la isla de energía. Uno lo notaba en todo. Era un viento no continuo, que parecía parar y al instante soplaba con fuerza. Extrañamente no rompía apenas nada.
El sol había salido tiñendo todo el horizonte de luz rojiza y cálida. Aparecieron las gaviotas, que se afanaban para no ser arrastradas, dando paso a toda la hermosura del naciente día.
El mar se veía de colores fuertes. Al estar dentro de la bahía estaba quieto, con pequeñas olas movedizas de color oscuro azulado. Daba la impresión de ser el cuerpo, brillante y bello, de una gran serpiente.
 
 
El dolor es fragmentación. Cuando un más lo está, más lo siente. Las personas, infortunadamente, no prestamos atención a esta fragmentación. Dedicamos gran cantidad de energía buscando al culpable del dolor. En las personas, en las circunstancias físicas, o en algún acontecimiento.
La fragmentación existe cuando uno quiere transformar lo que observa. Cuando uno es lo que observa, lo que tiene delante, ya no hay división, confusión, dolor.
Todos queremos transformar. Cuando hace calor uno quiere frío; todos quieren ser bien parecidos, inteligentes; uno quiere llegar a algo, a ser diferente de lo que es. De esa forma el dolor es inacabable e infinito.
En la comprensión completamente de este fenómeno, es cuando uno se da cuenta que la fragmentación interna o externa produce desdicha, imitación, miedo, autoridad y caos.
Uno debe ver lo competitiva, lo autoritaria y jerarquizada, lo mimetizada, que es la sociedad en que vivimos. ¿Puede descartarse todo esto y ser íntegro, armonioso, con gran cantidad de bondad y amor?
 
 
En la antena de televisión, que tenía un edificio en la orilla del mar, había un grupo numeroso de gorriones; ningún trozo del metal quedaba sin ocupar. Estaban serenos descansando del largo día. Al final de la tarde subían a las alturas, se agrupaban y buscaban un sitio para pasar la noche. De un lado, inesperadamente apareció un halcón blanquecino y moteado de color tierra, con su larga cola rectangular; su vuelo eras destartalado en dirección hacia los gorriones. Ellos al verle, rápidamente fueron a resguardarse a la pequeña palmera que estaba abajo, sólo se quedaron unos cuantos. De pronto se produjo un gran silencio, todo se detuvo. El halcón pareció no darle importancia y se fue con el mismo vuelo desgarbado.
 
 
El viento había cesado; se percibía una insegura calma. Unas gaviotas descansaban al abrigo de la tranquila playa.
Los pajarillos cantaban y de repente paraban, creando un silencio largo; luego volvían con los cantos.
Una nube azul larga y estrecha, recorría de norte a sur el oeste, el sol se detuvo unos instantes bajo ella encendiendo cegadoramente todo el poniente antes de desaparecer.
En las frías aguas, navegaba una pequeña barca de pescadores. Probablemente pasarían toda la noche cogiendo peces, para mañana temprano venderlos. Se movía lentamente, haciendo el recorrido con numerosas paradas.
El mar se emblanquecía y la verde montaña contrastaba oscurecida, con destellos rojizos por detrás. Llegaba el silencio y la serenidad del anochecer.
 
 
 
10
 
La mañana era fresca y tranquila. El débil viento, venía del norte. Las limpias gaviotas, descansaban a poca distancia de la orilla del verdoso y azulado mar. Cuando se posaban apenas se hacían notar, sin menear casi el agua.
 
 
El apartamento, por la parte posterior, daba la vista hacia el sur. Desde donde donde se podía ver una peña, con dos mucho más pequeñas al lado. Era de color grisácea, con trozos amarillentos. Abajo, donde rompía el agua, se encontraba oscurecida. En un pequeño llano tenía algunas hierbas verdes. Por la parte que se veía era muy accidentada. Sólo distanciaba unos quinientos metros de la orilla de la playa. Su presencia quieta y serena, en medio de la bahía atraía la atención. En todo lo alto, tenía unos pilares y algunas paredes, descoloridas y en ruinas, de lo que alguien intentara construir un establecimiento para la diversión. Ella seguía siendo hermosa y atrayente.
Encima de ella habían aparecido grandes nubes, de gris azulado y blanquecino, que resaltaba más su encantador presencia.
 
 
Una mañana veraniega, aún antes de que calentara el abrasador sol, uno pasó por delante de una casa, que permanecía siempre cerrada, deshabitada. Empezaba a tener mal aspecto. Dos hombres, uno joven y fuerte; el otro, mayor, precavido y amable, empezaban a remozarla. Nos saludamos cortésmente y empezamos a hablar de diversas cosas y del dinero. Contó el mayor: “Un hombre hizo un delito grave. Lo encerraron en la cárcel. Un día fue el abogado diciendo que seguramente sería declarado culpable y que no podría salir de la prisión. El preso le dijo que había en su casa un libro que decía como podría salir. Un hijo suyo le trajo el libro. Y el hombre, el presunto culpable, se lo dio al abogado. Cuando éste lo abrió, se encontró entre hoja y hoja un billete de dinero. El abogado cambió de opinión y le dijo que posiblemente podría ser absuelto y disfrutar de libertad”.
 
 
El dinero es una de las cosas que más perturban a los seres humanos. La sociedad se las ha arreglado, para que sin él uno no pueda discurrir por la vida de una manera decorosa.
Hay muchos que renuncian al dinero, pero su vida no tiene la suficiente holgura, para que florezca la libertad absoluta y necesaria. La perturbación surge cuando uno le da una importancia desmesurada e inmerecida. Cuando uno es tan ignorante que se deja poseer por él. Degenerándose en todos los niveles. El dinero, lo peor que puede proporcionar es poder y placer. Y esto, sin remedio, trae dolor y sufrimiento.
El poder quiere decir defender. El que posee algo tiene que defender; y las defensas todas traen división, amargura y conflicto. Uno lo puede observar en el mundo. Cada uno defiende lo suyo como si fuera único. Arrojándose a los más inverosímiles actos para sostener algo, perdurarlo.
Todos los países del mundo, sufren las desgracias de tener que defenderse. Hemos pensado en la energía y el dinero, que invertimos en esto. El occidente se defiende de oriente. Los comunistas se defienden del mundo capitalista. El defender es toda la maquinaria, brutal y despiadada de nuestra manera cotidiana de proceder. Uno puede defender una moda, una idea nueva para vivir, una teoría, una opinión, un estilo.
En esta defensa uno se siente aparentemente seguro, apareciendo el placer con las múltiples formas. Placer porque me siento en posesión de la verdad; por ser el único; por dejarme llevar por los sentidos; por derrochar, sin ninguna medida, ni escrúpulo, los bienes a nuestro alcance; placer porque me identifico con un grupo.
El placer es enajenante y despiadado. Turba nuestras mentes y nos resta lucidez, tan necesaria para que advenga aquello que todos esperamos: la paz, la felicidad, el amor.
 
 
Dos palomas azuladas, con el cuello estirado y su suave vuelo, dieron una vuelta alejándose del brillante, tranquilo y azulado mar. La tarde era fresca, el sol permanecía, algunas veces, oculto tras las nubes oscurecidas, pero poco consistentes.
 
 
De la vecina isla, en dirección norte, venían dos embarcaciones. Navegaban con lentitud, la que iba delante era pequeña, parecía un remolcador. La de atrás, más grande, se dedicaba a transportar personas entre las islas. Detrás de ellas, en dirección sureste, se veía la profundidad del horizonte recto, distante y azulado oscuro, del mar abierto.
 
 
El gran eucalipto, le movía algunas ramas el frío viento, tenía una apariencia desajustada, a pesar de su quietud. Uno nada más podía ver su alta copa, con algunos claros; y las pocas hojas largas y estrechas de sus abocadas ramas.
 
 
Las flores de navidad, resaltaban en el atardecer, con su color rojo colorado. Eran planas y frágiles, transformando su alrededor en un sitio cálido y bello.
 
 
Las luces iban encendiéndose y el frío apremiaba. Los numerosos perros ladraban desganadamente, ante el cambio del día a la noche. Un hombre llamaba a voces, oyéndose en todo el lugar. A lo que los perros replicaban con las suyas.
 
 
La tarde parecía interminable; algunos pajarillos rondaban buscando acomodo y otros piaban quietamente. Los ruidos de las motocicletas y los coches se apoderaban del ambiente sonoro. Todo era armonioso y carente de conflicto.
 
 
La luna estaba completa y radiante. Estaba subiendo desde el este, brillaba tanto que no se podía distinguir su accidentada superficie. Hacía frío seco, y a fuera uno estaba a gusto.
 
 
Dos niños buscaban ávidos un televisor, en un lugar de la curvosa calle. Los gatos disfrutaban con sus idas y venidas. Un coche blanco, conducido por dos mujeres de edad, subía la calle lentamente con una rueda vacía.
 
 
Un perro blanco, con manchas de color canela, de pelo rizado, embestía con su hocico una cerrada bolsa de basura, pronto la penetró y empezó a comer gustosamente, vigilante en todas direcciones. Pasó un hombre y fue a saltar alegre, poniendo sus piernas en el pantalón; aquél lo rechazó cariñosamente.
 
 
Un mastín, alto y flaco, parecía no saber andar con las piernas de atrás, las levantaba exageradamente. Se acercó y adoptó una postura inverosímil, elástica y fácil, empezando a defecar. Miraba con una vista penetrante, casi humana, su cabeza era grande y bien proporcionada, y no parecía pertenecer al cuerpo escuálido y desgarbado. Se notó aliviado al terminar su olorosa defección, partiendo hacia donde estaba otro perro. Al acercarse dio unos saltos alegres y simpáticos, extendiendo la cola horizontalmente al cuerpo, levantando el final hacia arriba. El otro no se asustó, pero cedió la bolsa meneando la cola sin bajarla y desapareció.
 
 
Tres jóvenes pasaron velozmente, haciendo bramar sus motocicletas, sin importarles nada. La noche tenía su modo y todos parecían estar a gusto.
 
 
 
11
 
La estación de autobuses (1), se encontraba llena de gente cargada con bultos y maletas. Unas se veían quietas y expectantes, otras iban y venían azarosamente. Uno compró el billete. Afuera había un gran bullicio, la gente se dedicaba a comprar y vender toda clase de cosas.
El sol brillaba dando esplendor y vida. El autobús iba completo, arriba en el portaequipajes llevaba unas cabras con las piernas atadas, junto con los hatos y maletas. Nada más entrar en una carretera pedregosa y llena de polvo amarillento rojizo, una cabra empezó a hacer sus necesidades, cayendo por el cristal de la venta el orín. Las personas iban sosegadas y hablando poco. Nada más se oía la   señal, del joven revisor, de partir, cuando el autobús se detenía en las numerosas paradas.
A los lados de la carretera había grandes cantidades de árboles, pinos grandes, en la accidentada montaña; y otros maltratados y viejos, que les sacaban algún líquido. Bajo, en el suelo, junto al tronco, tenían unos recipientes adosados en forma de cubo.
Numerosas casas estaban esparcidas por la ladera. Se las notaba habitadas y con vida. La ciudad estaba quieta, un jardincillo pequeño estaba en medio de la plaza. Unos niños vinieron a ofrecerse como guías a algunos viajeros. Era una ciudad vieja en su construcción, con algunos edificios modernos, al estilo occidental.
En una larga calle, la gente se agolpaba esperando. Un guardia, vestido de azul oscuro, intentaba hacerla subir, con una varita delgada verde en la mano y dando algún puntapié, a la acera. Se oían unas dulzainas, la gente intentó despejar para dar paso. Las tocaban unos hombres curtidos, vestidos con trajes típicos antiguos rojos, que les llegaban hasta los pies. Avanzaban pausadamente, pero sin parar, hacia una calle que subía a la montaña.
Al momento se oyeron unos tambores que redoblaban estruendosamente. Iban precedidos por una persona sola delante, con una banda de tela rosa que le cruzaba el pecho; y unos cuantos hombres en dos hileras detrás. Todos ellos vestidos con el traje estilo europeo.
Su paso era tremendamente acelerado, infundiendo un profundo silencio y respeto entre las personas.
 
 
El lugar era frecuentado por numerosos extranjeros, que iban en busca de la ruta que les llevaba a las plantaciones de marihuana, en los altos valles de las montañas. Y otros por ser una ciudad santa.
Subía uno por una calle, empinada y estrecha, que no podían circular vehículos a motor, a la ciudad vieja. Era media tarde, el sol lo ocultaban las montañas, el lugar estaba poco transitado. En una casa donde se entraba por unos cuantos escalones, se advertía olor a comida. El establecimiento era oscuro, pequeño y grande a la vez; tenía unas mesas de madera largas y unos bancos para sentarse. Las personas parecían viejas, pero ágiles y vivaces. Tomaban caldo con pan en un tazón. Uno pidió un pan redondo. Nadie hablaba, sólo se percibía. Era un lugar olvidado del mundo ruidoso y alborotado. Un hombre, que se encontraba al lado, sacó algo con la mano y lo inhaló. Amable y sonriente ofreció, uno lo rechazó sinceramente.
 
(1)               Anotación de Marruecos; desplazamiento de Tetuán a Xauen.
 
 
En todos los sitios donde uno vaya, encuentra los mismos patrones de vida, con su brutalidad y sufrimiento. Loa signos externos pueden cambiar, la estructura, el movimiento del pensar y actuar son el mismo.
Uno si es serio y honesto debe considerar y cuestionar los viajes. ¿Por qué viajan tanto las personas? Sobre todo los que viven en lo que se llama el mundo desarrollado.
Hay quienes viajan por esnobismo. Hay otros que lo hacen por placer. Otros para hacer beneficiosos negocios. Algunos dicen que hacen turismo. Los viajes son costosos en dinero y energía.
Deberíamos tener presente, que cuando uno viaja está expuesto a un ambiente desconocido. Las maneras externas son desconocidas, extrañas, inusuales. Al entrar en contacto con las personas y la naturaleza, se produce confusión y destrucción.
El principal, el único, motivo para viajar debería ser el de servicio, el de amor, la compasión. De ese sentimiento de humanidad, de amor, todo lo que se deja atrás y todo lo que uno encuentra, es armonía y sin conflicto.
¿Qué sentido tiene gastar enormes cantidades de dinero, en viajes por capricho y placer, teniendo uno alrededor hambre, injusticias y padecimientos?
 
 
Esta mañana llovió suavemente unos instantes, dejando el ver las distancias nítidas. Las flores de geranio brillaban en sus radiantes colores rosa y colorado. Tenían las hojas maltrechas, pero su hermosura lo abarcaba todo. Eran de las pocas de su especie en el entorno que florecían.
Una isla de las pequeñas, enrojecía su pared que daba al sol poniente, resaltaba así su ya encantadora belleza y serenidad.
 
 
A lo lejos, en un cabo saliente había una torre vigía, alta y recta, como si fuera una roca más dentro del mar. Por delante pasaban innumerables embarcaciones, entrando y saliendo. Ahora estaba sola y fría, en esta tarde invernal. Los palomos volaban relajadamente a baja altura, buscando sitio para detenerse. Mientras tanto, la gran barca, toda blanca, traía de la isla del sur su cargamento humano y mercantil, lenta y sosegadamente, con la luz del palo alto encendida. La calma era absoluta. Toda la naturaleza parecía que se hubiera parado. Estaba ahí viva en todas partes. Se notaba en su olor y en sus aquietados sonidos. Solamente las personas podían quebrantar este inmenso silencio. La oscuridad crecía y el oeste estaba totalmente iluminado, los cerros abundantemente poblados de pinos y árboles le daban la despedida al decadente día.
 
 
 
12
 
En la habitación, antes de la madrugada, cuando las estrellas y la luminosa luna resplandecían, un pajarillo empezó a cantar. Cantaba feliz y despreocupado, claro y seguro. Duró poco tiempo, volviendo el profundo silencio abarcándolo todo.
 
 
El viento soplaba suave y frío del oeste, dando brillo al día bello y soleado. El mar se veía amigable y limpio, azulado y tierno; poderoso, temeroso, en su inmensidad.
 
 
La higuera de pala tenía algunos higos rojizos colorados, al final de sus verdes e inmóviles hojas gruesas. Todas estaban unidas unas a otras hasta el grueso tronco. Era de una presencia estática, silvestre, y su verde dulce y claro. Desde donde se observaba no se apreciaban nítidamente sus múltiples y diminutos pinchos que poseía, excepto en el tronco.
A su lado había un árbol florido. Estaba maltratado. Habían construido unas casas a su alrededor dándole sombra y basura. Sus flores era blancas y débiles con el fondo oscurecido. Estaba angustiosamente solo, tenía pocas hojas, dando un aire de tristeza al lugar. La luna estaba a un lado, perdiendo su brillo y aumentando su tamaño a medida que el día avanzaba; pronto se ocultaría.
 
 
La empinada calle era transitada por algunos coches. Y pronto aparecerían jóvenes y niños, frescos pero aturdidos, camino de la escuela. Era su tarea diaria. Cargados con sus anchas y coloridas bolsas, llenas de los útiles necesarios.
 
 
La escalera que subía al cerro, tenía los trozos de jardín, que estaban a su lado, divididos por una zanja. Estaban construyendo el firme y las aceras de la calle, que tenía en todo lo alto. Y necesitaban más electricidad para abastecer las necesidades diarias de las personas.
 
 
El taladro a compresión iba destrozando, poco a poco, la roca profunda y viva. Encima tenía una capa de dos palmos de piedras sueltas y tierra arcillosa amarillenta. La roca era negra, entre gris y pardo, limpia y virgen. El trozo de tierra dividida tenía, en sus paredes rojizas al aire, numerosas raíces de los duros y sufridos baladres. El que manejaba el compresor estaba completamente absorto con lo que hacía, el ruido potente le ayudaba a concentrarse. Su compañero, que se encontraba más abajo -los dos jóvenes-, miraba lo que estaba ocurriendo; mientras comía un pedazo de queso con pan, troceándolo con una navaja, tranquilamente.
 
 
Al resguardo de una higuera, bajo de ella, tomaba el tierno sol un hermoso y espléndido gato, todo rojo claro, moteado de blanco; diríase que era rubio. Su postura era recogida, recostado sobre una parte de su cuerpo. La cabeza la tenía grande. Nada más se paró uno a observarlo, detrás, orientó sus orejas como advirtiendo la presencia; al instante nos miramos largamente, dudó unos segundos y desapareció subiendo encima de una pared divisoria.
La higuera estaba sin hojas, sus varas largas y abundantes esperaban, con sus ojos punteados, la lejana primavera. Le habían cortado algunos retoños del suelo y una rama. Su tronco blanquecino, lleno de cicatrices, grande, no parecía tener nada que ver con sus tiernas y oscuras ramas.
 
 
Casi todos los niños tienen la temprana obligación de ir a la escuela. Allí van a aprender. Sería más correcto decir a enseñarles.
¿Qué niño sano y cuerdo, se interesa por lo que el maestro tiene que enseñarle? Por serte a pocos los interesa. La presión y violencia de los adultos hacen, obligan, al escolar a memorizar, casi siempre, hechos, cifras, teorías y prácticas; que por su tierno, virgen e incondicionado cerebro, no puede vivenciar.
¿Cómo puede un joven inexperto, comprender las intrigas deshonestas de los gobernantes? ¿Cómo puede discernir el porqué de las inhumanidades y las guerras? ¿Para qué le sirven, en el momento de ser educado, esas cifras abstractas, frías e incomprensibles?
Los escolares, los jóvenes, manejan esas cifras como las máquinas computadoras. No saben para qué. Si van a hacer bien o mal. Y al final se convierten ellos mismos en robots.
La escuela debería ser un lugar donde el niño, el joven, fuera sin temor, sin miedo. Ambos son violencia. Enseñándoles las materias necesarias para desenvolverse en la vida. Haciendo gran hincapié, en que lo importante no son los diversos conceptos, sino el cultivo de una educación basada en el amor., en el desinterés, en la no competitividad.
El fin primordial de una escuela debería ser la creación de una nueva manera de vivir, de un ser humano nuevo. Sin miedo, sin egoísmo, sin falsedad, sin impulsos agresivos y violentos. No descartando nada, ni práctica ni teórica, pero diciendo la verdad. Sabiendo que con esa claridad del decir las cosas, esa sincera verdad, comprendería más a los seres humanos, pudiéndoles ayudar a resolver los múltiples problemas de la relación.
Una persona que sepa una materia y la emplee honestamente, con generosidad, humanidad y amor, ese debería ser el logro de todas las escuelas.
 
 
 
El viento había cambiado, soplaba norte, levantando una fina neblina. Los cerros y las montañas se veían como masas compactas, resaltando sus delicados relieves. Los gorriones pasaban veloces y felices, cercanos a las casas. Una nube, que había aparecido, solitaria, por detrás del cerro distante, se deshizo rápidamente, dejando el blanquecino cielo todo despejado.
 
 
En dirección del viento, una avioneta, de estrechas y largas alas, iba bajando altura para tomar tierra en el cercano aeropuerto. Su vuelo era rápido; y su presencia grisácea fue casi instantánea.
 
 
La calle estaba solitaria y fría. Un gato joven, todo negro bruñido, maullaba desconsoladamente. Había subido a una terraza, que estaba deshabitada, y no encontraba la manera de bajar. Tenía un pasadizo al lado de la pared vecina, de unos cuatro dedos; intentaba recorrerlo, pero cuando tenía las cuatro patas en él retrocedía atemorizado. Los ojos los tenía ampliamente abiertos, de color verde descolorido, era ágil y fuerte. Otro gato mayor, blanco y fino, que bajaba y subía por unos arbustos fácilmente, lo observaba sentado sobre sus pernas traseras en una barandilla desde enfrente.
 
 
 
13
 
Esta mañana llovía alegremente. La lluvia duró unos minutos. El mar era de color verde terroso, las olas iban siguiendo la dirección del viento, que venía del sureste.
Había grandes masas de nubes esparcidas por todos lados, eran oscuras y densas, blanquecinas y azul oscuro. Por encima, en lo alto, se deslizaban, de costado al viento, un grupo de limpias y blancas gaviotas. Casi todas llevaban el cuello estirado y daban gritos melodiosos, acompasados, unas seguidas de otras. Sus gritos lo envolvían todo, en esa hora temprana y lluviosa. Se les notaba a gusto y felices.
 
 
Estaba uno mirando un patio, cerrado por una pared de un metro y medio, cuando aparecieron, por una puerta pequeña, dos niños, de corta edad, y una niña mayor que ellos. Al percatarse de la presencia vinieron, alegres y sonrientes, cerca de la pared que nos dividía, los dos pequeños; uno era delgado y de piel morena, serio e inteligente; el otro tenía el pelo rizado color castaño, era de complexión grande, astuto y obcecado. La niña partió por un pasadizo. Tenían las bicicletas esparcidas; la de la niña estaba tumbada en el suelo. Uno las mencionó y salieron subiéndose, dando vueltas cortas. El cielo estaba cubierto por abundantes nubes, que dejaban pasar grandes claros y algunos rayos de sol.
El del pelo castaño señaló hacia el cielo, a las nubes y de pronto apareció una gaviota trabajosa contra el viento. Luego aparecían y desaparecían algunos palomos oscuros. Los tres estábamos absortos en la observación. Todo ello sin dejar de hablar, sobre temas inconexos e indescifrables. Pasó un avión pequeño, de color gris, hacia el este, ganando altura y rápidamente lo advertimos jubilosamente.
Detrás de ellos, al final del patio, había un gran y alto olivo de muchos años. A su lado, hacia la casa, había un almendro florido con muchas flores blancas, algo teñidas de oscuro; las pequeñas hojas verdes, sus oscuras ramas y sus abundantes flores, le daban un aire extraño y descompuesto.
En medio de los dos árboles, se veía una delgada rama de algarrobo de un fuerte color verde, limpio e intenso. Casi en medio del patio había una pequeña higuera, bien cuidada; su tronco era robusto y sus ramas bien proporcionadas.
Poco después, vino la niña por donde había desaparecido; diciéndole algo al del pelo moreno. El del pelo castaño hablaba de dibujos. Invitaron a uno a ver la televisión. Entramos en la casa donde vivía el delgado con su madre, sus abuelos y los tíos. El televisor ya estaba funcionando y nos sentamos. Estaba finalizando una telenovela y seguidamente ofrecieron un reportaje, sobre una persona que había vivido en unos desfiladeros. Los niños parecían extasiados. Hacía poco que la tenían, alguien se la dio. Era vieja, de blanco y negro.
Estábamos sentados en una habitación donde cocinaban, comían y convivían; por una puerta se pasaba a los dormitorios. Mientras mirábamos los bonitos árboles, las altas montañas y oíamos la música típica del lugar, tocada por un hombre viejo al violín, dos jóvenes mujeres se dedicaban a limpiar platos y cacharros, y de preparar café.
No tenían ninguna comodidad, todo era necesario e imprescindible. Estos niños no conocían lo que era un cuarto de baño, ni para qué servía un frigorífico. Ni que era la intimidad de la habitación. Tampoco sabían lo que era una escuela. Todas estas cosas no les perturbaban su sana y limpia felicidad.
 
 
Unas pequeñas margaritas colgaban del muro de una casa; estaban, con su color blanco limpio de las hojitas estrechas y alargadas, y el amarillo cálido e intenso de su centro, frágiles y brillantes de cara al frío y movedizo mar.
 
 
Un barco grande navegaba cautelosamente, alejándose del puerto y las numerosas rocas. Era todo blanco, con una gran chimenea en medio, hacia proa y echada un poco atrás. Iba lentamente, pero avanzaba seguro y rápido. Pronto se situó tras la montaña, encarándose con el mar abierto.
La tarde era fría y oscura. El cielo estaba oculto tras las masas de nubes uniformes. Bajo ellas había más nubes de formas caprichosas. Unas con tonos más blancos y otras más oscuros,
 
 
Las luces de los faros empezaban a destellar, orientando a los navegantes de su situación. Cada faro tenía su destello propio. Eran altamente valorados por las personas que faenaban en la mar. Todas las islas tenían uno; algunas rocas muy peligrosas los tenían rojos e intermitentes.
Las pequeñas olas, que venían del mar abierto, se estrellaban en una roca pequeña, provocando un estallido de blancas espumas; que contrastaban grandemente con el color oscuro de la mojada piedra.
 
 
Uno no puede ser complaciente, por miedo o pereza, con los demás. La única conducta correcta es la virtuosa. Y la virtud es verdad. La verdad es dura e iluminante, para los que viven en la mentira y la confusión. Es como el que abre la luz en una habitación caótica: se ve el caos, pero uno sabe que está ahí.
 
 
 
14
 
Aun antes de la madrugada, un pajarillo cantaba tranquilamente. Su canto era claro y audible; cantaba rítmicamente, bajando la intensidad hasta callar y seguidamente volvía a empezar. Estuvo un largo tiempo, sin contestarle nadie, sin importarle la oscuridad de la noche.
 
 
La luna se veía incompleta y unas tenues nubes blancas transparentes le daban una imagen fría y descompuesta. Se encontraba en la parte oeste, arriba.
El día era frío y con viento componente este. Estaba nublado y apenas había salido el sol entre las nubes. El norte se veía oscurecido por grandes nubes azuladas, que hacían contrastar brillantes las montañas verdes y pobladas de pinos, serenas e imperturbables.
 
 
Un hombre mayor avanzaba, por las onduladas calles, fatigosamente, teniendo que hacer paradas para recomponerse. Iba cargado, con un capazo de hojas de palma, con víveres dentro, colgado de un hombro. Uno se acercó conversando unos minutos y seguidamente reanudó la marcha.
A lo lejos encima de la isla del sur, había grandes claros que iluminaban una azulada y blanquecina montaña. Las altas olas que venían del mar abierto, chocaban con las islas pequeñas y las grandes rocas, salpicando de color blanco su entorno. Era un día claro y de frío viento.
 
 
Uno de los mayores males que nos acucian es la prisa. Tanto si es física como mental. La prisa es deseo, es inatención. Donde hay ansiedad, esfuerzo, coraje, no hay armonía, atención. La prisa es destructiva y cruel. Un hombre que tiene prisa está cerca de la locura. Uno lo puede ver en las sociedades llamadas desarrolladas. Destruyendo la naturaleza toda; destruyendo el aire, destruyendo la precisa y necesaria relación humana,. El deseo, que desencadena la prisa, es tan nocivo como una enfermedad. Es una enfermedad. La enfermedad es el deterior de una parte del cuerpo a causa de la inatención. Un hombre inatento es peligroso, para él y para los demás. Cuando uno tiene atención, ve, se percata de lo que está haciendo, lo que tiene delante; y le da el justo valor, a las personas, animales, plantas y a la naturaleza toda.
Desgraciadamente en todas partes hay prisa; la manera de vivir estimula, hace valer, las prisas. La premia, la recompensa. El reto de una persona seria, es vivir dentro de la prisa, sin ser perturbado y arrastrada por ella. Es sería lo mismo que descartar la confusión, el desorden, el sufrimiento y la guerra en uno.
 
 
Las palmeras estaban radiantes; el verde de sus hojas y el blanquecino tronco, recién podado, daban la bienvenida a los que se acercaban a la playa. El mar y ellas hacían un todo.
 
 
La gran roca amarillenta se veía poderosa y cercana. Habían construido en un rompeolas natural, quitando hermosura y encanto al lugar. Sus frías barandas contrastaban con la belleza que las envolvía.
 
 
Mientras uno observaba la ingeniosa estructura de un edificio en construcción, un cuidado ejemplar de pastor belga, todo negro, ladraba impetuoso y caprichosamente. Era joven, de pelo fino y suave. Se encontraba en un coche con las ventanas cerradas y en compañía de otro perro que permanecía quieto; su respiración era fatigosa, con la boca abierta.
 
 
Por el norte se veían grandes masas de nubes negras, que avanzaban ligeras. Las montañas verdes y empinadas se veían más nítidas. Por detrás relampagueaba débilmente. El viento soplaba con ráfagas peligrosas, cerca había un declive con arbustos y desperdicios.
 
 
La gama de colores de las nubes sobre el mar variaba rápidamente, según la intensidad del aire y la profundidad del agua. Negro, azul oscuro y blanco, destellos verdosos y blancos, eran colores que se sucedían casi imperceptiblemente. Llovía fuerte a zonas. Del sur, hacia el oeste, unas frágiles nubes rosadas, esperaban a las densas y cargadas nubes para juntarse.
 
 
La prisa es contagiosa. La única vacuna es verla, percibirla, y apararse armoniosamente.
 
 
 
15
 
Llovía fuerte. Duró poco tiempo; luego estuvo haciéndolo suavemente. El sol no había salido y las cargadas nubes no dejarían calentar al variable y joven día.
 
 
La luz era oscura y la lluvia caía a chorros; una gaviota, sin importarle demasiado, buscaba desesperadamente algo para comer. A otra, el viento parecía que iba a estrellarla, pero ella supo dominarlo.
Un avión a chorro, de una línea regular, afrontaba las embestidas del fuerte viento del sureste. Lo hacía con cautela y precisión. Su cuerpo brillante niquelado, su ala en la cola estabilizadora, con su adorno color azul oscuro, y sus coloridas y destellantes luces, le daban una belleza inusual. A medida que bajabas altura y se alejaba, iba oscureciéndose, resaltando los dos luces-faros intermitentes de las alas; su serenidad y encanto, subían en intensidad al acercarse a la pista de aterrizaje. En el momento en que las ruedas pisaban el firme, se produjo un enorme ruido, estruendoso y profundo, abarcando a todo el silencioso lugar.
El viento y la lluvia arreciaban, algún trueno profundo se oía a lo lejos, las nubes estaban cercanas, cerradas y ennegrecidas, no se veía a nadie. Uno se vio empujado por una bocanada de aire, que subía por la calle; daba la sensación que lo iba a arrastrar. No fue así. Una motocicleta estaba tumbada en el suelo; su dueño fue a resguardarla; una segunda embestida del viento empujaba, haciendo correr.
 
 
Los trabajos domésticos, siempre han sido subestimados. Tal vez, porque son menos agresivos, más delicados y recogidos. Las personas que trabajan en cadena o en grandes empresas, dan la impresión de que trabajan mucho. Es cierto. Al terminar la jornada, uno sale del lugar, donde ya no volverá hasta la próxima. De los que trabajan domésticamente, los hay que lo hacen a jornada. Pero, generalmente, los más desafortunados son los que trabajan en la misma casa donde viven. Su jornada suele ser ilimitada y muchas veces mal considerad.
Una sociedad brutal, no puede reconocer su debido mérito de algo que no es competitivo y agresivo, relajado. Sus dirigentes necesitan grandes cantidades de energía y dinero, para seguir perpetuándose. Para seguir haciendo promesas, que nunca llegan. Para seguir inventando y divulgando teorías e ideas divisorias, conflictivas y caóticas.
Los méritos de las personas están en su bondad, respeto, flexibilidad, generosidad y gran sentido de compasión.
 
 
El viento arreciaba con fuerza, las grandes olas que venían del mar abierto, chocaban contra la pared, casi vertical, de una pequeña isla. El agua espumosa y blanca se esparcía y el viento la arrastraba por encima de las rocas, dejando un manto blanquecino.
 
 
Otra isla del mismo tamaño, parecía que estuvieran bombardeando sus playas. El agua daba grandes saltos hacia arriba, blancos he instantáneos.
 
 
Haciendo una vuelta, una gran avioneta, se encaraba hacia el aeropuerto. Bajaba tentativamente, con seguridad. En un instante, daba la impresión de que el viento se la iba a llevar a la deriva.
 
 
Un barco, no mu grande, que parecía mercante, luchaba con su lento y costoso navegar. Sus bajadas y vaivenes, lo confundían con la multitud de olas que lo asaltaban. A lo lejos, había otro, largo tiempo, intentando cruzar la distancia que le separaba del puerto.
 
 
Las gaviotas estaban descompuestas y parecían más hambrientas que nunca. Se echaban en picado y al instante, sin parar, subían fácilmente.
 
 
El mar a lo lejos, se veía embravecido, azul y oscuro, con multitud de destellos blancos. Se le notaba brillante y fuerte. Y lo surcaban escasamente.
 
 
El viento, que a veces se tornaba violento, traía gran cantidad de nubes, que pronto desaparecían. Al sur, se encontraban grandes grupos de nubes frías y azuladas, que cuando más hacia el este, se tornaban más densas y oscurecidas.
 
 
Los pequeños y frágiles gorriones, no podían levantar casi el vuelo, las grandes corrientes del impetuoso viento, los hacían descender rápidamente.
 
 
Todo lo que se podía mover, estaba siempre moviéndose; plantas, árboles, agua, antenas de televisión, hilos de electricidad, el crujir de las puertas, las veletas de las chimeneas. Uno se acostumbraba.
 
 
Lo perfecto no existe. Lo perfecto, es una invención humana y caprichosa. Lo perfecto es valorar, contrastar, medir y analizar; todo esto trae dolor y sufrimiento, confusión.
Cuando uno ve, siente, observa, sin el pasado ni el futuro, entonces, tal vez, encuentre lo perfecto.
 
 
El sol se había puesto; y a lo lejos se oían maullidos de unos gatos.
 
 
 
16
 
Lo que más buscan las personas, es la seguridad. Todas las actuaciones, todos los quehaceres diarios, van dirigidos a satisfacer las necesidades de seguridad.
Lo más extraño es que la seguridad, a nivel psicológico, no existe. Cuando más seguro se cree uno, es cuando más inseguro, vulnerable y peligroso está.
El esposo quiere tener la seguridad de que su esposa es solamente suya. El que todos los días se informa de lo que acontece en el mundo, busca seguridad en que todo está entre los límites conocidos. Otros la buscan en la familia, los clanes, los clubes, en los ideales, en las religiones organizadas, en las propiedades.
El hombre, se esfuerza por todos, los dolorosos, medios en buscar la seguridad fuera de él. Hacia fuera. Está tan vacío y tan insoportable, que se acobarda de mirarse. Recurriendo a todos los métodos para ocultar, apartar, esa imagen que parece desagradable. Es como si uno quisiera huir de la sombra que proyecta.
Desgraciadamente, es un mal muy generalizado. Y, en principio, hay infinidad de remedios para apartar su mala imagen, encontrándose así aparentemente seguro.
Las personas, somos lo que la sociedad es, y la sociedad es los que todos nosotros somos. La sociedad encontrándose desordenada, deshonesta, embrutecida e inmoral, inhumana y perversa, busca sin importarle los medios, presentar, darse una imagen correcta y aparentemente ordenada.
Todos los que buscan la seguridad a través de algo, no la pueden encontrar jamás. En el momento en que uno se aferra a algo, esposa, idea, nación, dinero, propiedad, está poseído por eso; que cree que le da seguridad.
De ahí, surge todo el conflicto, la brutalidad de las relaciones personales, los autoritarismos, las desigualdades, las guerras. Por pequeña que sea la dependencia, al final producirá desorden, malestar.
Uno puede transpolar esto al país, a los bloques, a las drogas, al sexo, a la ciencia, el resultado es el mismo. ¿Qué hará uno, viendo de manera clara todo esto? ¿Seguirá con sus falsas y dolorosas seguridades? ¿Se quitará el inmenso, el insondable, peso de la dependencia? La dependencia es miedo. Si uno lo hace se creerá perdido, pero pronto florecerá la paz y seguridad indescriptible, que trae la libertad.
 
 
 
En la ladera del cerro, entre calle y calle, había un huerto de olivos, cerrado por un zócalo de piedras talladas y una reja de hierro. Era propiedad del municipio. Todos parecían tener muchos centenares de años. Estaban separados unos de otros, sin simetría, y se podía ver la brillante hierba tupida, color verde intenso.
Los olivos estaban desordenados, llenos de cicatrices, de formas irregulares. Todas las huellas de muchos siglos. Aun así, su belleza desinteresada y humilde, resaltaban a la vista.
Más arriba, en todo lo alto de la colina, había una fortaleza castillo, serena y fría. Los olivos, la fortaleza castillo y el cielo ennegrecido y azulado, daban todo el encanto que una persona podía pedir, en la fría y oscura mañana.
 
 
 
El viento se había suavizado. El frío lo hacía seco e intenso. El sol brillaba y numerosas nubes venían, traídas por el viento, del oeste. El mar aún estaba alterado, pero menos. Todo volvía a serenarse.
 
 
La tarde era suave y fresca. Un gran barco mercante navegaba hacia alta mar; el color rojo y blanco, resaltaban armoniosamente con la gran superficie azul del mar y el cielo nublado. Estos barcos parecen ir despacio, pero rápidamente desaparecen.
 
 
El sol estaba bajo el horizonte, una banda roja y rosa por el oeste, era el residuo de su lento paso. Todo estaba teñido de azul oscuro y fino, frío, suave y seco.
 
 
Encima de un hilo de electricidad, miraba un pajarillo del tamaño de un verderol; estaba tranquilo y su color del pecho ocre, anaranjado, resaltaba fácilmente con el negro del hilo.
 
 
Para que surja lo nuevo, lo nunca visto, uno ha de desprenderse de todo lo que hemos atrapado en nuestras mentes. Esto es, morir al pasado y también al futuro.
 
 
 
17
 
Para que uno pueda gozar del vivir, tiene que estar tranquilo y sin miedo. Es algo difícil, y ciertamente parece inalcanzable.
Las dificultades para sentirse agradable y feliz, están en todas partes. El principal obstáculo, se encuentra en nuestra manera de vivir. Para que aflore la serenidad y el sosiego, uno tiene que tener una profunda moral. Con esa calma que da el sentirse honesto, uno puede actuar en diferentes campos, con seguridad y armonía..
Las personas buscan seguridad en lugares apartados, en complicados sistemas de cierre, en sentirse resguardados por otras personas, creyendo que el problema está resuelto. Por desgracia, todo esto provoca más inseguridad.
La inseguridad se termina siendo caritativo y humano, limpio y respetuoso. Uno puede argumentar que lo es y se encuentra todavía temeroso. Debe reconsiderar su comportamiento y se dará cuenta, que ni es justo, ni humilde, ni humano.
Uno debe descartar el comportamiento convencional, acostumbrado, repetitivo e inmoral de nuestras conductas. El, escollo, el impedimento, está aquí en la sociedad; pero un hombre, que arde de amor y compasión por los demás, encuentra suficiente energía y capacidad para no ser alterado.
Las personas, buscamos seguridad porque somos egoístas y crueles, fríos e insensibles, desconfiados y obedientes, débiles e ignorantes, miedoso.
Uno no debe quedarse con estas palabras, tiene que ir más allá. No puede aplazar, suspender para otra ocasión o momento, el sentirse responsable de lo que acontece alrededor y actuar. De lo contrario usted está engañando y maltratando.
 
 
La mañana era fresca y soleada. Las personas apuraban sus salidas. Las pinnadas de las montañas, brillaban cara al sol débil y resplandeciente, con fuerza e intensidad. Tenían un aire acogedor, sereno y de paz, como reclamando a uno. Un gato blanco estaba sentado, sobre sus cuatro patas, encima de una barandilla de hierro, de un balcón en un segundo piso. Miraba hacia abajo, sin importarle la altura y el peligro, su necesidad de observar las personas y la calle, le infundían valor.
 
 
Una mujer de profunda serenidad, salía de casa con un perro pequinés, fuerte y ensimismado, para pasearlo y que hiciese sus necesidades. Subían por un camino pedregoso, que a sus lados tenían hierbas frescas y verdes. La mujer, tenía el pelo rubio blanquecino, iba tocada con un prenda de color blanco oscuro y azul violeta, en los hombros y la espalda; el perro era de color castaño, con matices negros y rojizos. Estaban solos; a su lado había vida y belleza.
 
 
La religiosidad no es mojigatería, no es repetición de rituales, no es persuadir. La religión, es un gran sentido de unión con todos y con todo. Aquí sobra todo intermediarismo y manipulación. Aquí hay amor y belleza por doquier.
 
 
La magnolia estaba afectada por el frío, aun así su esplendor y su serenidad eran apreciables. Era grande y alta, unos ocho metros; del suelo salían diversos troncos, raíces y ramas, que se derramaban por el aire. El invierno ponía de amarillo, algunas de sus grandes y fuertes hojas. Dominaban abundantemente las verdes oscuras y limpias. Algunas otras, al final de las ramas, estaban coloreadas. Era un árbol visitado por pajarillos; y en verano descansaban, a su tupida sombra algunos gatos.
 
 
 
18
 
La luna estaba a su mitad, menguando, brillando limpia y solitariamente. El no tardaría en salir. Todas las montañas se veían azuladas y frías. Los gorriones iban en grupos, velozmente, hacia otros lugares. Un gallo cantaba a lo lejos, repetidamente. Los que habían vivido la noche fuera de sus casas se afanaban, ante el nuevo día, para ir a descansar: lo hacían sosegadamente, pero rápidos.
 
 
Un pajarito del tamaño de un papamoscas, saltaba en el espeso ramaje de un árbol verde y lleno de hojas pequeñas, no podía parar; el pico lo tenía negro y gran parte de la cara; era un animal oscuro y de gran belleza y elegancia.
El viento apenas hacía mover el ramaje y el agua del mar. Había un profundo y gran silencio.
 
 
En las sociedades modernas hay gran tendencia, en muchas personas, de trasladar las actividades diurnas a las nocturnas. Es un síntoma más de lo neurótica de la convivencia y de la sociedad en que viven.
La noche sucede al día, ambos son indispensables y necesarios. La noche, es el apaciguamiento de gran parte de la naturaleza. Es el momento para descansar y recogerse. Una persona que haya respondido, íntegramente, a los retos del día, necesita descanso nocturno, para poder afrontar en nuevo día.
La noche se ha convertido en el refugio, de gran parte de personas, que por la conducta deshonesta, no bien, no están, a gusto durante el día. Estas personas, anteponen lo sensitivo, lo emocional y romántico, a lo real y espiritual. Son uno de los resortes que mantiene el empedernido y sagaz poder.
Una persona neurótica, sedienta de placer y seguridad, no escatima los medios, para obtener lo que necesita. La noche brinda muchas de estas exigencias que, por contrastadas, durante el día no tendrían el amparo necesario.
La noche, se convierte así en sentimientos y estados paradisíacos, que nada más relucir el naciente día se desvanecen irremediablemente. Las sociedades desarrolladas y decadentes intentan, con su consentimiento y el aparente fomento, aliviar des virtuosamente a la maltratadas personas.
El hacinamiento de las personas en las ciudades, el trabajo inhumano y humillante, la falta de unas relaciones afectivas entre ellas, la degradante manipulación, por todos los poderes, en todos los niveles, son causas y motivos que empujan al hombre a refugiarse en la noche.
Una persona pisoteada, que ha sido condicionada por muchos años, y maltratada, si logra percatarse de su estado y condición, y no tiene la fortuna de encauzar su vida por medio de la bondad y el amor, es altamente peligrosa para ella misma, así como para todo su entorno.
 
La tarde era fría y soleada, los niños jugaban incansablemente en la calle. Una fina neblina daba tonos blanquecinos. El silencio era apenas alterado por los ladridos de los numerosos perros. Una cucaracha, de cuerpo y alas rojo brillante, entró en la habitación y la atravesó, lenta y pausadamente. Sus largas antenas, eran de una gran movilidad y autonomía. Se puso debajo de la cama.
 
 
Los niños son limpios e incondicionados. Cuando pierden la niñez, se verán afectados por el mayor mal de la vida. Que es el condicionamiento brutal y despiadado, para perpetuar la manera cruel e inhumana de vivir en la sociedad dominante. Pocos llegan a darse cuenta: Y los que se perciben, casi todos son arrastrados por la corriente de la violencia y la inmoralidad.
La verdad es acción; las palabras son falsas y engañosas. La verdad no existe. La verdad es bondad, humildad y amor.
 
 
 
19
 
El día era fresco, con gran cantidad de nubes separadas unas de otras. El viento era apenas inexistente y había paz y sosiego. Cuando el deslumbrante sol no brillaba, había una percepción clara y cercana de las montañas y las islas vecinas, que transmitían un gran sentimiento de quietud.
 
 
Un numeroso grupo de palomos mensajeros, revoloteaba dando grandes círculos, alrededor de su palomar. Un niño de corta edad los miraba con avidez; parecían todos oscuros, pero al hacer las variables vueltas, se podían apreciar blanquecinos y coloreados. Las plumas de debajo del ala todas las tenían claras y cuando pasaban a contraluz todas relucían. Muy en lo alto había un avión, que parecía descender, grisáceo, de cuya cola salía un chorro blanquecino. Por un costado, apareció otro de iguales características, percatándose al instante el desligado niño.
 
 
El niño, por su limpieza y fidelidad, es algo que hay que tratar con suma amabilidad, respeto y gran sentido de la verdad. Cada vez que maltratamos a un niño, le estamos enseñando, contagiando y condicionando, a que sus reacciones sean perversas y agresivas. Al niño, hay que demostrarle que aparte de la brutalidad y la confusión, hay relaciones amables, fáciles, sosegadas y pacíficas, que el mismo puede elegir.
Un niño, es prístino vital de incalculable belleza. Los adultos, siempre los han estropeado y viciado de maneras diferentes. Ellos habían corrido igual suerte; y no parecen dar importancia a las delicadas necesidades de la tierna edad.
¿Puede ver en un niño, el futuro inmediato y lejano? ¿Por qué los educamos de la misma manera de siempre? ¿Podemos educarlos, a que no provoquen la guerra y el caos? ¿Puede explicarle, con sus ejemplos, la necesidad de la paz, la bondad y el amor?
Los niños son inteligentes y saben apreciar, instantáneamente, las buenas cualidades de las personas. Ellos, no tendrían que sentir jamás la pesada carga del miedo, el temor. El miedo distorsiona las mentes y la relación se convierte en inarmónica y fragmentada. Un niño temeroso, es algo incompleto, infeliz, desgraciado y feo.
Los padres, los maestro, los tutores, los adultos, todos cuidan de manera esmerada, muchas de sus necesidades. Todos dicen que los aman, todos se esfuerzan en tenerlos sanos; pero llega un día que los echan para que los maten en la guerra.
Si realmente uno quisiera a los niños, seguro que la guerra desaparecería de nuestras vidas.
 
 
Hay una escalera que baja del cerro al llano, está hecha de piedras talladas burdamente; los escalones son bastante cómodos y a los lados tienen unos setos donde crecen unos baladres y otras plantas. Las hormigas van y vienen, obstinadamente, mientras las personas, sin darse cuenta, las aplastan, hiriéndolas gravemente y matándolas.
 
 
 
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La parte descendiente de la montaña relucía de verdor, sus pinnadas se veían frescas y bien cuidadas. El cielo estaba ennegrecido y un rayo vertical, tricolor, se clavaba en la tierra; era el arco iris. Los colores verdes, amarillento y colorado, tenían poca fuerza, aunque a veces captaban toda la atención.. Se puso a llover suavemente, el agua caía fina, pero apretada, y era una bendición para la tierra. Todo relucía limpio y brillante. Una roja e intensa flor, tenía una pequeña gota de agua transparente y fresca, que resaltaba su esplendor y belleza.
 
 
Las religiones organizadas, todas dicen que su finalidad es la unión del hombre, con todo y con todos, el universo. Todas en esencia, aunque los sistemas rituales varíen, van orientadas a ese fin. Todas, a lo largo de los siglos, han pretendido acabar con el dolor y el sufrimiento. Han resaltado con bellas palabras y rituales, que la esencia del universo es amor. Han gastado inmensas fortunas, para intentar conseguir el fin propuesto. Desgraciadamente, este fin no sea conseguido, ni se consigue. Al contrario, todas las religiones organizadas han provocado, y provocan, división y conflicto. Los líderes religiosos, están fuertemente aliados con los poderes, viven y actúan como los deshonestos políticos, bendicen las abundantes armas mortíferas. Controlan grandes cantidades de dinero, bienes y personas.
Estas religiones, se pierden en el fanatismo dogmático; a todas, lo que les interesa, es la tradición, verbal o escrita, los libros sagrados, las opiniones de los líderes. Se asemejan a grandes ejércitos, jerarquizados e incontestables.
Hablan de los desgraciados y desvalidos, pero nunca dicen la verdad, de porqué están en la miseria, en el hambre, en la guerra. La verdad se ha convertido en su peor enemigo. Son sensibles al dolor politizado, jamás al dolor verdadero.
Una religión que tenga principios y cuestiones inalterables, es caótica y divisiva. El amor se basa en la comprensión, nunca en el rechazo. Una persona que se considere religiosa, además de prestar servicios sociales, tiene la obligación de informar sobre la verdad; y los obstáculos que hay para que esa verdad se convierta en justicia, caridad, moralidad, libertad y amor.
Una persona que se autodenominaba religiosa, prestaba servicios sociales y decía, que los hacía no por el hombre, sino por Dios. Este es el obstáculo mayor de la religiosidad, inventar conceptos e imágenes y refugiarse en ellas. Olvidándose de la verdad y del hombre.
 
 
El siempre verde era un arbusto fuerte; estaba bajo el nivel de la calle, entre paredes y un muro, plantado en un pequeño trozo de tierra. Salía al espacio abierto por un sitio pequeño. Arriba era brillante y ampuloso; y las personas poco a poco, lo iban delimitando. Era un lugar inadecuado y estrecho, para que viviera en todo su esplendor; aun así, se veía sano y lleno de abundante vida.
 
 
 
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Hacía frío y por todas partes había quietud, un pajarillo cantaba descompasadamente a distancia. Los faros aún relucían lejos. Un fuerte ruido abarcaba la tierna mañana, era estruendoso y muy perceptible. Casi todos los días, pasaban dos personas, una con una escoba rectangular y la otra conduciendo un camión, limpiando las calles. Cuando estaban por delante de la casa, los cristales vibraban, provocando un ruido estridente. El camión tenía un potente aspirador, a ras del suelo, que se tragaba todo lo que podía pasar por su ancha boca; el que iba a pie le acercaba la basura, dejando la calle limpia.
 
 
Las nubes, amontonadas en el este, no dejaban brillar el sol. El sur informaba de su presencia, coloreando las nubes rojizas. Dos pequeñas barcas de pescadores estaban paradas, en medio de las entradas de la bahía. Cerca de una pasó un pequeño yate, blanco, rápido y veloz, en dirección al puerto; avanzando el barco, que se dedicaba al transporte de personas y mercancías entre las islas.
 
 
Hoy en día y en mucho sitios, los filósofos, los líderes políticos y religiosos, los idealistas, están engañando a gran cantidad de personas. Palabras, tan serias y bellas, como libertad, igualdad, justicia, derechos humanos, seguridad de empleo, son usadas fácilmente y sin un profundo conocimiento de lo que implican.
Muchas personas, sobre todo rurales, han sucumbido, entre otras cosas, a la melodiosa promesa de las palabras. Así, en todas las grandes ciudades, existe el amontonamiento humano; con sus miserias, sus inhumanidades, la angustiosa soledad y la pobreza. Esto es dañino para la convivencia, la armonía y la felicidad. Los poderes con su inmoralidad, no dudan en engañar, con el fin de proseguir con su descabellada manera de vivir, a personas, cuya conductas en la vida, son altamente contrastadas con las suyas.
Todos los que manejan estas palabras y teorías, nunca dicen la verdad. Son tan ignorantes que, ellos mismos, creen poder arreglarlo todo, sin renunciar a la inmoralidad, a la brutalidad y al poder destructivo. Se empeñan en justificar, por medio de complicados lenguajes, los desórdenes, el caos, la inseguridad, las reclamaciones humanas y los conflictos armados. Cuando todo esto, solamente puede desaparecer con la virtud, que llega de la bondad y la moralidad.
En todas partes, los jóvenes se rebelan de diferentes maneras, contra las costumbres hipócritas y las falsedades de la sociedad moderna. Hay quienes llegan a la práctica de gran violencia, en el acto de rechazo. Uno debe considerar profundamente, el motivo que les impulsa a estos macabros actos. Debemos intentar el que la violencia, en cualquiera de sus múltiples formas, no pueda surgir en nosotros. Debemos recordarnos, que la felicidad adviene con la paz. Donde hay paz hay orden; no el orden que uno quiere establecer, sino el más elevado, que es la no-violencia, el renunciamiento y el amor.
 
 
Cuando uno pasaba por su lado, sentía una gran sensación de quietud y tranquilidad; era un algarrobo viejo y solitario. Habían construido viviendas humanas y calles, transformándolo todo; y a él, le habían respetado la vida. Solamente, si sobresalía de los límites que las personas consideraban de ellas, le cortaban algunas ramas.
Por fuera era verde oscuro y lleno de gran cantidad de ramas, en todas direcciones. Dentro tenía cicatrices y muchas verrugas, daba la impresión que iba a caerse. Pero las múltiples hojas sanas y llenas de vida, los tiernos brotes de verde claro y las diminutas algarrobinas, afrontando todos los peligros, daban a entender que era su justa personalidad como árbol.
 
 
 
22
 
Desde varias horas antes de que saliera el sol, se oía el solitario canto de un pájaro; procedía de la calle, iluminada por potentes farolas públicas. Cuando pasaba algún coche se detenía, poco después empezaba con su canto, desacostumbrado y extraño.
 
 
Con las primeras luces del día, desde el cercano eucalipto, se oía el melodioso canto; con el silencio y la quietud, lo abarcaba todo. Los gorriones aún no habían empezado con sus característicos gritos. Pronto empezaron, pero el canto solitario, sobresalía nítida y poderosamente.
 
 
La luna estaba entre el este y el sur, fina y brillante; por debajo había toda la fuerza rojiza del nuevo día. Lo que todo parecía una masa oscura y uniforme, se tornaba contratada y multicolor.
 
 
La mañana era fría y el débil viento soplaba del oeste. Las grandes gaviotas, limpias y serenas, se posaban arriba de los altos edificios, oteando el alrededor. Se posaban, muchas veces, desplazándose unas a otras. Las negras plumas, del final de las alas, sobresalían del quieto y frío cuerpo.
 
 
Hace ya varios años, cuando uno se encontraba confuso y sin paz interior, pasaba largas horas en el campo. Siempre que se podía, en la orilla de un poderoso río encontraba sosiego. Lejos de los ruidos, rápidos y fríos; lejos de la falsedad y la rigidez; lejos de la agonía del sin sentido. La paz, la armonía, la belleza, abundaban en cada rincón del duro campo. Había todo el tiempo para observar; desde los más vulgar e ínfimo, hasta lo grande y sobresaliente. Parecía estar fuera del mundo conocido y habitual, encontrándose nuevo, ágil y feliz. Cada día descubría algo nuevo, que captaba la atención poderosamente.
El río bajaba, a pocos kilómetros del mar, suave y amigable, lleno de ruidos selváticos. La vida en sus márgenes era abundante, exuberante y variada. Daba vida a los múltiples huertos de naranjos, que se cultivaban a sus orillas. Ambos, el río y los huertos, eran una gran fuente de vida.
El río se notaba intocado, prístino, su cauce era el mismo desde hacía miles de años. Esplendoroso y fértil, dulce y peligroso, quieto y movedizo, recto y curvado, el seguía siendo bravío.
 
 
En el campo uno encuentra la paz. Tan necesaria y vital para poder vivir. La paz que todos invocan, pero que nadie la ejerce. Los hombres, atareados con sus máquinas y pequeños problemas, desatienden sus comportamientos, causando desdicha y rencor. Sus mentes están tan ofuscadas y congestionadas, que no pueden llegar a comprender la transcendencia de sus actos. Uno se cree único, ajeno a lo que acontece alrededor; cuando todo está unido, cuando todos somos la misma cosa indivisible.
La paz no es algo para discutir, o algo para practicar, en alguna ocasión. La paz es la vida entera, sin opción. Uno no puede optar el ser violento o agresivo, en ciertas cosas o circunstancias. La paz es total, o no lo es. La paz que se acomoda a los intereses personales, es falsa, y a la larga trae dolor y sufrimiento.
 
 
Cuando el sol estaba encima de la montaña, era una bola encendida de caliente rojo; no era muy grande, ni cegadora. No hacía viento y había una calma reconfortante. Una pequeña barca, con la vela triangular toda blanca, iba en dirección norte, en busca del embarcadero.
Los gatos gritaban desgarradamente; se disputaban la autoridad entre ellos y el poder permanecer en el lugar.
 
 
La paz es la ausencia de conflicto, tanto interno como externo. La paz es orden, belleza, felicidad. Donde hay división y fragmentación, la paz desaparece.
 
 
 
23
 
Los gatos estaban alterados, raras veces se peleaban. En alguna ocasión, se perseguían feroces, pero casi nunca se agredían, se hacían daño. Se les podía ver, sobre todo a los machos, con el rabo levantado levemente hacia arriba, en la parte más cercana al cuerpo, con los pelos erizados. Empezando a gritar. Se miraban fijamente, a tan solo dos dedos. El que parecía someterse, iba callando, encogiéndose y cediendo. Muchas veces, se acercaba otro, que no tenía nada que ver, los distraía y cada uno salía por un sitio.
Había muchos gatos, casi ninguno parecía tener dueño. Se alimentaban de lo que encontraban en las bolsas de basura; lo que alguna persona les daba; y en la caza de algún pajarillo o ratón. Iban de una parte a otra de las calles. En la época turística, les sobraba de todo -cariño y alimento-. Cuando llegaba el mes de noviembre y los turistas desaparecían, comenzaban los conflictos y las disputas.
 
 
En la tienda una mujer de avanzada edad, pequeña, entró silenciosamente, casi con vergüenza, y pidió un alimento. La dueña no la pudo satisfacer; no había lo que solicitó. Ella sin insistir, ni profundizar, levantó la mano hasta la cabeza, haciendo ademanes suaves, como despidiéndose y queriendo señalar algo. Se lamentó sin importancia y se marchó. Había en ella un gran sentimiento de humildad y renunciamiento. Iba vestida toda de negro; desde la cabeza, cubierta por un pañuelo atado bajo la barba, hasta la falda a ras de pies; parecía formar un todo, donde sobresalía la cara rojiza y sus manos. También llamaba la atención, su trenza grisácea, bajando desde el pañuelo a la espalda.
Esta mujer, era una lugareña, tal vez jamás había salido de la isla. En ella no había lugar para la ansiedad; las cosas venían y se iban, no había necesidad de divagar interminablemente. Otro rasgo era la austeridad necesaria, todo tenía que tener una utilidad vital. Su lento, corto y pausado caminar, mirando en rededor, le daban un aire de otro tiempo, fuera del presuroso y enloquecido mundo moderno.
 
 
Un hombre para encontrar paz y sosiego, no es necesario que se refugie o aísle, en un lugar lejano. El huir trae conflicto y dolor. Cuando uno huye, va a parar a un sitio, con los mismos problemas que creía haber dejado. Los problemas los llevamos dentro. Uno puede estar en un lugar paradisíaco y tener infinitos problemas.
Las ciudades son inhóspitas y frías, pero hoy por hoy vivimos, la inmensa mayoría, en ellas. El principal problema de los hombres, es la relación. En la familia, en la calle, en el trabajo, en la distracción, uno está relacionado. La relación es una palabra, que en el fondo, significa sano, lúcido. Solamente los profundamente neuróticos no tienen relación.
Un hombre que no sea una pared en blanco, tiene que responder a los infinitos retos, Pero la relación, también quiere decir libertad. Cuando se está relacionado con algo, importante o banal, uno tiene que tener presente el no ser poseído, ni poseer; incluso de la imagen que poseemos de nosotros mismos.
¿Puede cuando un compañero, o un vecino, le dice algo desagradable no sentirse herido, por la imagen que usted tiene de si mismo? ¿Puede olvidarse completamente, sin que quede ninguna herida psicológica, en su mente?
Todos tenemos imágenes de muchísimas cosas, estamos saturados y bloqueados, nos aferramos a ellas. Lo que sentimos y perseguimos es ya pensado, rebuscado, es de segunda mano. De esta forma, el pensamiento, que es siempre viejo, el pasado, es el dueño de nuestras mentes. Ser libre, desposeído, es ser nuevo, impensado, incondicionado, sin buscar afanosamente nada. Con una mente receptiva y atenta, a todo lo que sucede, sin subestimarlo ni ensalzarlo.
De este comportamiento y profunda atención, surge la bondad y el amor, transformándolo todo.
 
 
Hacía un frío intenso. El horizonte del mar abierto, era una recta línea, fina y delgada, allí todo lo acogedor y tranquilo, en la bahía, se tornaba en sinuoso y peligroso. Su inmensidad era presente y ante ella, se desvanecían las mezquindades y los artilugios humanos.
 
 
Había dos grupos de nubes; unas blanquecinas y grandes, aparentemente quietas; las otras pasaban rápidamente, descompuestas, azuladas, ennegrecidas, finas y claras; el viento, del oeste, las movía como si fuesen papeles. De vez en cuando, el cielo aparecía azulado e inmenso. El viento soplaba helado y con algunas ráfagas. El mar no tenía ya esa plácida quietud, estaba movedizo y brillante. Cerca de la playa, el viento lo empujaba hacia dentro, provocándole finas olas pequeñas y gran diversidad de colores; rayas largas oscuras y grandes trozos de color verde claro transparente. Todo cambiaba instantáneamente, según la intensidad del viento, la luz y las nubes.
 
 
Una golondrina, oscura con algunas plumas blanquecinas, volaba contra el viento, haciendo numerosos movimientos a los costados, subiendo y bajando. No iba veloz, pero sus movimientos eran rápidos y se la veía con su característico desasosiego.
 
 
 
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Al final de una calle, donde se terminaban los edificios, se veía un almendro todo florido, era grande y bien proporcionado, las ramas y el tronco eran negros, sus numerosas florecillas, blanquecinas y azuladas, se tornaban a lo lejos, en un fino y suave color violeta. En el mismo trozo de terreno, se encontraban varios olivos, ennegrecidos y llenos de ramaje y sus hojas. La hierba silvestre era fresca, verde claro y el color dela tierra ocre mojado. Detrás de ellos, se veían grandes edificios modernos; y había una gran armonía y belleza en todo el lugar.
 
 
La mayoría de las personas, no se dan cuenta de la inmensa riqueza que poseemos, teniendo nuestras vidas. Una vida, es algo grandioso e irrepetible. Es el acto -con la muerte- más importante de la naturaleza.
Uno se puede preguntar: ¿Para qué sirve el vivir? O, haga lo que haga uno haga, el dolor y las miserias, rondan por doquier.
La vida es bella y siempre puede ser hermosa y feliz. Los problemas, el sufrimiento, la división, son el condicionamiento y la herencia milenaria de la especie humana. Desde siempre, hace muchos miles de años, las personas han resuelto los conflictos, el dolor, la angustia, de la misma manera. Nunca se percatan, de que hay otro modo de actuar, en el que no se interfiere la armonía y belleza del vivir.
Ha habido muchas guerras -y las hay-, y todas han sido provocadas por el egoísmo, el miedo, el sufrimiento desesperado. Las naciones, con sus fronteras, sus bloques, los ideales que los respaldan. Las supersticiones, la dependencia, son todo desencadenantes de conflicto, que al final se convierten en armados.
Los negros están en contra de los blancos; los creyentes, contra los materialistas; los pobres, en contra de los ricos; el joven, contra el viejo. ¿Quién tiene la culpa? ¿Cómo se puede terminar, esta agonía infinita?
Los culpables no interesan; eso serían cuestiones interminables y metafísicas; buscándolos pasa uno la vida, y al final se convierte como ellos y ya está listo para morir.
La división y el conflicto, se desvanece, se termina, cuando uno se da claramente cuenta -no como el que ve algo que no le interesa demasiado, sino sintiéndolo con todo su ser- , de que lo que ve, lo observado, es lo mismo que uno. En el momento en que aparece la raza, el color de la piel, las culturas, el “yo” y el “tú” -el “no yo”-, hay fragmentación, división y conflicto.
La guerra es el conflicto, la división y la fragmentación, de los seres humanos, a sus máximas cotas. La guerra, para que desaparezca, tiene que haber compasión con los que sufren, con los pobres y con los ricos, con los que padecen hambre, los que no tienen hogar, los débiles y desafortunados, los materialistas y los religiosos.
Para que el hombre pueda vivir en paz; y pueda florecer otro sistema de vida, basado en la armonía, la verdad y la felicidad; uno tiene que desprenderse del tiempo, como pasado, presente y futuro; del condicionamiento fuertemente arraigado en nosotros, desde la infancia a través del medio, de la cultura, los hábitos de un grupo determinado; y del egoísmo temeroso.
 
 
El viento subía por la calle y bajaba del cerro, entre dos edificios de un costado, frío y empujando, arrastrando y estrellando, las gotas de lluvia por el suelo. El norte, de donde venía el viento, estaba ennegrecido; el oeste, tenía una gran franja limpia de nubes, por donde se asomaba el sol, suave y tímido. Había quietud, las personas, las personas transitaban en cuanto a penas. Sólo los niños iban corriendo y llamándose a gritos.
 
 
Un perro podenco, de mediana altura, blanco con manchas canela, bien lustroso y el pelo del lomo erizado, se acercó meneando la nariz, negra con algunos claros. En una pierna trasera, se veían unas cicatrices recientes, que se las hizo al atropellarlo un coche. Estábamos solos como amigos; había sido criado en el campo y siempre iba muy suelto, cuando vio que se acercaba un coche, se asustó y se fue rápido a refugiarse.
 
 
La tarde era lluviosa y obligaba a permanecer a cubierto; un perro cruzado de lobo, aullaba desconsoladamente y un suave olor a tomillo, penetraba a través de las rendijas de las puertas.
 
 
 
25
 
Era una tarde otoñal (1) y el cielo estaba todo cubierto de nubes azuladas intensas, y hacía viento de poniente, dando brillo a toda la tierra. Estábamos en la puerta de una casita, construida encima de una acequia, que regulaba el paso del agua, habilitada para el guarda de un coto de caza. El coto estaba junto al mar; tenía forma rectangular, unos quince kilómetros de largo y cuatro de ancho. Se encontraba entre los arrozales, de una gran planicie de muchos kilómetros, entre dos términos municipales..
Todos los años, al terminar la siega del arroz, se delimitaba el coto, luego lo distribuían en puestos; soltaban las aguas; y los vendían a puja, el día de la subasta. Estaba situado, justo en medio de las rutas de las aves acuáticas, en su emigración desde el norte y centro de Europa, hacia África, en busca de climas templados. Se podían ver patos, garzas, grullas, cormoranes, agachadizas, avefrías, chochas, pollas de aguas y gran cantidad de animales, innombrables. Los más abundantes eran los patos, estaban en el centro, de una parte, del coto, disfrutando de la quietud y el sosiego. Solamente lo cruzaban tres carreteras importantes, las demás todas estaban cerradas, por pestillos de madera, burdamente construidos. Ese día, todavía no había empezado la primera tirada y había la serenidad salvaje en todo el lugar. No se les veía volar, estaban fatigados del largo trayecto, comiendo y recomponiéndose el plumaje. Sabíamos que estaban allí. Por el oeste, se hizo un claro ancho y empezó a salir y brillar el sol, dando luz y vida con intensidad. De pronto, se vio un grupo alzando el vuelo, seguido de otro y al poco tiempo, todo el espacio del coto, hasta el mar, estaba ocupado por ellos. Iban veloces, sin dirección aparente, con su largo cuello estirado, de forma triangular; subían y bajaban, se entrecruzaban. Eran como grandes nubes de puntitos ennegrecidos, que se ensanchaban, estiraban o se desdibujaban. Había belleza y paz en el lugar, que pronto sería destruida, por los insensibles cazadores.
 
(1)               Cotos de Cullera y Sueca -Valencia-.
 
 
Las personas, una vez se han embrutecido las mentes, con sus las tareas y los trabajos habituales, la mayoría irracionales, buscan el equilibrio perdido, de diversas maneras. Unos se entregan a extenuantes deportes, otros a caprichosas y extravagantes aficiones. Una de esta es la caza y la pesca. Ambas, únicamente tendrían sentido, en circunstancias de hambre y carestía. Pero el hombre, en su depravado proceder, mata por placer, destruye sin sentido y sin sentir, el más mínimo atisbo de compasión.
¿Cómo pueden las personas, gastar grandes cantidades de dinero para matar por placer? ¿No tendría más sentido entregar estas cantidades a fundaciones benéficas, o a los pobres? Las personas, en su ignorancia y en su pequeñez, siempre han intentado emular y copiar, a los poderosos. Y los poderosos, no menos ignorantes, se han regocijado y han permitido, todas las brutalidades que ellos estaban acostumbrados a practicar.
Unas sociedades que se autodenominan modernas y avanzadas, desarrolladas, que mencionan palabras como medio ambiente, ecología; que dicen interesarse por la salud de las personas; que sus más directos responsables, hacen gala de ostentación, de una sensibilidad en sus ademanes, en sus entrevistas, con sus colegas, en sus idas y venidas; que se pone el título de civilizada. ¿Cómo puede soportar que se maten ballenas, elefantes, peces, aves de todas las especies e infinidad de animales llenos de belleza y de vida?
Las personas, si son serias, deben de dudar de todo lo fuertemente establecido. Lo que se dice, la palabra, no es la realidad, lo descrito. Uno puede considerarse correcto, civilizado, pero su comportamiento convencional, ser terriblemente cruel e inhumano. ¿Podemos vivir, en armonía con todos los animales, que nos rodean, sin destruirlos? ¿Podemos ser respetuosos, con los árboles y las plantas, amándolas y cuidándolas?
La manera de trabajar, inhumana y despiadada, nos llena de ansiedad y agresividad, que luego repercute en los más débiles. Nos hace fríos y brutales; buscando por todos sitios, algo que nos de energía, para poder soportarnos y soportar, la desdichada existencia de un nuevo día.
En el ver todo esto, de manera clara y directa, ya hay amor y compasión; tan necesarios, para que la vida advenga, florezca y pueda desarrollarse en todo su esplendor.
 
El frío en la mañana era intenso; pronto salió el sol, calentándolo todo. La bahía parecía un lago y las gaviotas, disfrutaban escabulléndose y jugando con el agua; apenas se meneaba y los tonos eran azulados resplandecientes. Una fina neblina distanciaba a las montañas, que se veía oscuras.
 
 
Desde el norte, atravesando la entrada de la bahía, un buque petrolero, avanzaba cautelosamente. El casco, no muy alto, era de color anaranjado y lo que parecía los altos de la sala de máquinas -en popa-, grisáceo. Navegaba levantando suavemente la proa, donde sobresalía el palo de señales acústicas y luminosas, desplazando el agua espumosa. Su velocidad era muy lenta, sorteando las grandes rocas y pequeñas, rumbo al mar abierto.
 
 
Un avión birreactor -un jet-, acababa de dejar la pista, haciendo un ruido seco y potente; iba subiendo con gran facilidad, con los colores distintivos de la empresa aérea, en la cola y el timón, resaltando sobre el metal aluminio. Pronto desapareció, en dirección norte, dejando tras de si el ruido característico e intenso. Estos aviones, en ciertas ocasiones de gran quietud -de noche o la madrugada- , hacen un ruido atronador y profundo, que se expande por todo el entorno.
 
 
 
26
 
Muy temprano, empezó a cantar el pajarillo, lo hacía sin mucha fuerza y pronto se calló.
 
 
Por el sureste, había unas masas de nubes frías y azuladas. El sol aún tardaría en brillar. El aire venía del norte, fino y frío. Afuera, en el balcón, se oía el ruido de las olas, al chocar contra las rocas y la playa. Venían de alta mar, suaves, sosegadas y largas; a medida que iban pasando, alteraban levemente la superficie azulada de la bahía; no hacían espuma y eran como grandes masas de agua, en movimiento lento y pausado.
 
 
Un pajarito pasó rápido y veloz, se posó cerca del balcón y empezó a cantar finamente; no gritaba, más su canto se oís perfectamente. No se veía, pero el largo tiempo que estuvo entonando sus cantos, parecía estar feliz. De la misma manera instantánea que vino se fue oscurecido; su volar era de trayectos cortos y veloces.
 
 
La montaña, suavemente bañada por el sol amarillento, despedía una gran belleza; en las hondonadas de lo alto, arriba de los abundantes pinos, se le veían pequeños trozos finos de neblina. La de detrás, la más pequeña, estaba más oscurecida y los lugares donde daba el sol, eran relucientes y contrastados.
 
 
En el horizonte, al sur, encima de la cercana isla, se veía una especie de neblina amarillenta oscura, que iba desapareciendo, al mismo tiempo que el sol crecía en su fuerza.
 
 
En algún apartamento, un perro aullaba triste y desconsoladamente. Seguramente, el dueño no podría sacarlo, ocupado con sus obligaciones, a pasear o al campo.
 
 
Las sociedades modernas, altamente sofisticadas, en su afán de reencontrar momentos y situaciones perdidas, no dudan en reemplazarlas de la manera que sea y a costa de quien sea. No es extraño, el ver animales grandes y pequeños enjaulados, con unos pocos metros y a temperaturas desusadas; animales grandiosos amaestrados, a base de disciplina agresiva y violenta; personas, que los retienen, para su placer personal.
Los animales, en el único sitio que están a gusto, son en su medio natural; por mucho que uno cuide y lo mime, un perro, un loro, un canario, al final sufre despiadadamente. Todos aman y necesitan la libertad; el hombre los domina y esclaviza. ¿Se imagina al loro, en su ambiente natural, el bosque? ¿Qué pasaría si a un hombre le encerraran en una jaula?
Todos los animales necesitan moverse variadamente, ir y venir, desaparecer y aparecer, cansarse y descansar. ¿Cómo puede un animal, fuera de su medio, disfrutar de su vida? Los científicos, con sus obstinados y decadentes sistemas, los cazan de maneras diversas, los enjaulan y transportan a sus países, para investigar sus comportamientos, para gozar de su presencia.
El hombre, no llega a comprender, que el mal de los animales, es su mismo mal. Una persona, que es insensible al dolor de un ser viviente, al mismo tiempo, pierde la sensibilidad para consigo misma. De aquí, viene el dolor sin fin.
Una persona, amable, generosa y compasiva, no necesita la compañía de ningún animal. Con la compañía y el calor humano, y el deleite de la naturaleza -y los retos que proporciona- hay suficiente dedicación diaria para no sentirse angustiados y solos.
 
 
Una perra loba, ya mayor, con el cuerpo oscurecido y los ojos tristes, tomaba el sol, en la acera, al abrigo de una pared. Otro perro, grande, casi todo negro, col las orejas tiesas y el rabo enrollado, sobre el final del lomo, iba y venía ansiosamente; se encontraba obsesionado, con una perra faldera. En una de esas incontables subidas y bajadas por la calle, captó la atención de la perra, que tomaba el sol en la acera de enfrente, atrayéndola. Ella, se dispuso a cruzar al encuentro con él, cuando un coche, todo rojo, conducido por un hombre joven, la atropelló. La perra, toda asustada y descompuesta, con el rabo agachado, huyó rápidamente hacia el lugar donde se cobijaba.
 
 
Había una planta de la familiar de las cactáceas; parecía un peyote, el nombre científico traducido, era cabeza erizada de grulla. Tenía una presencia estática e inmovediza, crecía lentísimamente. De lejos, parecía estar seca y muerta. De cerca, se apreciaba la vida en toda ella. Una capa de espinas pequeñas -él también lo era-, daban abrigo y resguardo a las abundantes y cortas ramitas verdes; cada una llevaba dos o cuatro espinas, que se cruzaban unas a otras, formando la capa tupida de resguardo. Por debajo de esta capa, tenía un vello, circular a las ramas, que en el centro, arriba del todo, en el ojo de la planta, se hacía más fino, blanquecino y espeso. A través de estas capas, se apreciaba el color verde, intenso y vigoroso, duro y encantado.
 
 
La tarde era fresca; de poniente, subía un fino color rosado, blanquecino, que le daba la delicada y fría boira. En la calle dos niños jugaban limpia y amigablemente. El silencio y la quietud, estaban en todas partes, alterado solamente por algunos coches, que transitaban.
 
 
 
27
 
Había un intenso y profundo silencio; en la calle, los coches tenían encima el rocío congelado. El frío era seco y suave, casi imperceptible; pero sus efectos, se notaban en las personas y en toda la naturaleza. En un recodo, en un terraplén del cerro que miraba hacia el norte, de donde venía el fino viento. Las anchas hojas de las hierbas, verdes intensas, estaban coloreadas delicadamente de blanco escarchado. El cielo se veía limpio, azulado blanquecino y el sol brillaba y calentaba en todo su esplendor. Un jet venía del noreste, de su largo trayecto, hacia el aeropuerto. Otro, al momento, le siguió; teniendo que dar una vuelta por el espacio del mar, para dar tiempo de despejar la pista de aterrizaje.
 
 
Las flores de navidad, eran grandes y fuertes; a pesar de los rigores del invierno, permanecían completamente abiertas cara al sol. Era un arbusto grande, que a diferencia del que estaba cerca, de la misma especie, no tenía ni una sola hoja. Sus altas y retorcidas ramas, sostenían a las bellas flores, fuertemente rojas en sus puntas. Cada flor, tenía sus correspondientes estambres amarillos y cálidos, dando hermosura al lugar.
 
 
En el centro mismo de la entrada de la bahía, había una gran piedra negra, de forma rectangular. Era la más insólita y solitaria de las que se veían. La parte superior, la tenía accidentada y sus dos extremos eran levemente curvados. Su presencia era estática, y por su tamaño, comparado con la inmensidad del mar, parecía frágil y delicada. Ella había soportado las infinitas olas, acariciándola y golpeándola, con la serenidad inalterable de la naturaleza. Su soledad y la distancia, la rodeaban de un aire digno y encantador.
 
 
La belleza no está en los museos, ni en las mezquitas y catedrales, ni en los templos sagrados, ni en los monumentos erigidos por el hombre. Para que algo sea bello, tenga esa cualidad, no tiene que haber compulsión, interés, esfuerzo. Lo bello es lo que es sin más -aunque no lo sea convencionalmente-. Todo lo que sale de la mano del hombre, lleva el signo del ansia por realizar, del deseo, de la esclavitud, del coraje, del peligro. La belleza todo esto no lo conoce; ella tiene la cualidad de la espontaneidad y la necesidad. Un árbol, aunque tenga una apariencia y color desagradable, es bello porque su estado, ha sido motivado por la infinidad de necesidades, para poder adaptarse y sobrevivir en el medio donde nace y crece. Igual ocurre con el pelo y el color de un animal, aunque parezcan toscos y descoloridos, son inmensamente hermosos.
La belleza humana, lleva implícita, en lo hondo, la explotación y el poder. Por bella que sea una sinfonía, una escultura, un cuadro, una gran obra maestra, todo está en el campo del deseo, del esfuerzo y del sufrir. Y todo esto está implícito en ello.
Cuando uno entra en una gran catedral u observa un gran monumento, no puede dejar de pensar en el gran sufrimiento que costó, en la violencia y agresividad empleada, para poder llevar a cabo el fin propuesto. La belleza, con su accidentalidad, no conoce el mal. Lo malo, lo feo, no la toca, porque ella posee a ambos. Ella no tiene opuestos; para poderla contrastar, para poderla evaluar.
Lo bello, es lo frágil y lo fuerte, lo duro y lo blando, lo feo y lo bonito, lo desagradable y lo acogedor, lo completamente sin sentido y lo claro. El hombre perdido, en su mundo de ignorancia e infelicidad, dice crear lo bello, lo establece, lo condiciona, le da temporalidad -las modas-, lo negocia mercantilmente. La belleza para que sea, es necesario el amor, la eternidad, lo incondicionado.
 
 
Los áloes arbolados tenían sus largas, espinosas y curvadas hojas verdes hacia abajo. Salían del tronco, abundantes y carnosas, horizontalmente; luego, su delgada punta se inclinaba hacia el suelo. Eran de la familia de las plantas crasas, duras y fuertes. Arriba del tronco, les salía una maravillosa flor larga, de forma cilíndrica, de color suave anaranjado. Cuando le caían sus finos y delicados pétalos, se les veía un delgado espigón. Las abejas, entraban delicadamente en los alargados y redondos pétalos colgantes. De abajo arriba, cuando estaban maduros, abrían sus cápsulas y sacaban los pistilos, amarillentos y delgados. Las abejas no se conformaban con lo que les sacaban, entraban dentro y extraían el polen más tierno y escondido. Cuando salían, se limpiaban las antenas y las piernas, suave y fácilmente. En la parte más alta de la flor crecían pequeños, brillantes y frescos, los tiernos pétalos.
 
 
La belleza es austeridad, todo lo que es bello, es necesario e imprescindible. Nada está de sobra, ni recargado, ni superfluo. La belleza, es desnudez para el hombre, fría y dura; condicionado para buscar la tibieza, la seguridad. El miedo lo desvirtúa, distanciándole de lo bello, del amor; inventando pequeños y perecederos estímulos, que lo aíslan, lo encierran, aún más. El día en que uno pierde el miedo, empieza a encontrar y admirar la belleza.
 
 
El miedo es un escollo, un obstáculo, difícil de salvar; el va disfrazado de placer, de estabilidad, de continuidad, que es lo que buscan todos los hombres. Aunque los ciegue, los destruya, los envilezca, la mente inventa las coartadas necesarias, para encontrar la paz falsa y momentánea. Pronto esta paz se desvanece. Apareciendo la agresividad, la violencia, volviéndose feo, cortado, sin paz y sin belleza.
 
 
Un gran barco venía del sureste, sin prisa, lenta y pausadamente; como el que sabe que ya lo ha conseguido. Sobresalía su oscura chimenea, en el centro, que despedía un fino humo negruzco; y en proa el alto palo de señales. El mar estaba quieto y esa misma quietud, se la transmitía al barco. Estuvo un largo tiempo visible y procedía de alta mar, en sentido transversal, hacia el puerto. Su presencia, transformaba toda la continuidad infinita del mar, dando un gran calor humano y de alegría, al frío y limpio mar.
 
 
 
 28
 
Temprano, el pájaro mañanero se puso a cantar, al instante calló. El cielo estaba iluminado por las estrellas; en el sureste, se veía una gran masa oscura de nubes. De oeste a este, por el sur, avanzaba, haciendo una gran curva, un buque todo iluminado. Los destellos de los grandes faros, le ayudaban en su trayecto, hacia el puerto. Llevaba tres luces de posición; una en el palo de proa; otra en su alto palo, en el centro; y una roja, en un costado, a babor. Sus potentes luces de cubierta, iluminaban el agua brillante, que desplazaba, en su ágil y deslizante navegar. El mar se oís con su ruido, antiquísimo y penetrante. Había profundo silencio; un gallo cantaba repetidamente, a lo lejos. Un hombre, abrió una puerta e hizo un sonido con la boca; arrastrando una botella de hierro y haciendo varios ruidos. Un pajarito oscuro, se posó en lo alto de un tallo de pita, traído y atado a un costado de una barandilla de hierro de una terraza vecina; mediría unos cuatro metros, escaló unas cuantas flores secas y se puso a cantar, encima de una de ellas. Estábamos solos los dos, a ninguno nos importaba el intenso frío; él cantaba sin parar, sus múltiples y variados cantos; estuvo un largo rato y al instante dio un salto, hacia un costado y se echó en picado abajo, veloz y oscurecido. El sol, aún no había salido y todo estaba frío y silencioso.
 
 
Cuando un pasa por un sitio donde venden periódicos y les observa, la primera página, siente un gran estremecimiento. Casi todos los días, las noticias son escalofriantes, desgraciadas e infortunadas. También ocurren buenos hechos, pero los propietarios y los periodistas no les interesan, no se venden. En cierto modo, esto es plausible. Uno debe de saber, donde está y cómo se produce, la confusión, para no ser atrapado por ella. En el orden, en la armonía no hay ningún peligro, por lo tanto no hay que estar alerta, en este sentido.
Tanta responsabilidad tiene los que mandan ejecutar actos violentos, los que los ejecutan, como los que los sufren. El que los dirige, tiene una muy elevada responsabilidad; el que los ejecuta, también la tiene, porque sin él no se podría llevar a término las brutalidades, las vejaciones, las inhumanidades; y esto mismo es lo que sucede con los que sufren, todo el peso de la autoridad despótica y violenta. El punto crucial de estas desagradables y abominables situaciones, radica en la ignorancia humana.
Tanto el despótico, inhumano y cruel, las personas que sirven a sus intereses, y los que sufren el rigor de ambos, forman un todo unido e indivisible. Hay situaciones espeluznantes, dolorosas y caóticas; pero cuando uno no quiere, dos no pueden enfrentarse. La mejor arma contra uno que está armado, es no tener ningún arma. En el momento en que uno acepte el reto, del que llaman contrario, ya está actuando y poniéndose en el mismo nivel que él. Esto es harto difícil y parece absurdo y sin sentido.
Las personas que desean y aman la verdad, la compasión, la paz y el amor, no tienen otra opción. Uno no puede optar el matar a una persona, por vil, despiadada e inarmónica que sea. Ni tampoco puede optar ante la moral, el bien, lo justo, para no provocar el caos, en las sagradas personas. Lo de siempre, lo condicionado, ha sido responder al reto, de la misma manera que este. De aquí el inmenso desorden. , sufrimiento, aflicción y dolor, que sufrimos los hombres.
Todos buscamos quien es el culpable, de toda esta estúpida e interminable manera de vivir; con sus agonías y sus miserias. Nadie piensa en uno mismo. Todos pensamos que el otro tiene más culpabilidad. Cuando en realidad la paz, la guerra, la armonía y el desorden, está dentro de uno mismo.
 
 
Dos mujeres vecinas, una mayor y otra joven, hablaban amigablemente de sus cosas, en sus balcones; el sol daba vida y calor; y había una gran quietud y armonía. Mientras pasábamos por debajo de ellas, ellas y nosotros éramos todos unos. El tiempo y el sentir, se habían detenido; sólo había percepción y observación de todo.
 
 
Hacía una suave y fina brisa del sureste; la bahía y el mar abierto, parecían un inmenso lago, azulado y blanquecino; donde sus movedizas aguas, danzaban sin parar y emitían agradables destellos de luz. El sol, de vez en cuando, era ocultado por las blancas y descompuestas nubes, blanquecinas, que procedían del oeste. Un avión, mediano, pasaba rápido, dando vueltas por el mar y sobrevolando el aeropuerto; parecía de reconocimiento, o de maniobras; al cabo de un tiempo, pasó rápidamente a baja altura, aterrizando.
Las máquinas y los hombres, se han hecho inseparables. El hombre sin la máquina puede existir; la máquina, por ahora, sin el hombre no puede, ¿Se enfrentarán alguna vez? ¿Desplazará al hombre, totalmente, la máquina? La máquina, por refinada, conseguida, sofisticada, que sea, jamás puede desplazar al hombre, Él tiene la capacidad de amar, de buscar el bien, de llegar a lo desconocido, a lo impensado. La máquina, es un fragmento del hombre, un trozo; él puede, y es, la totalidad, el absoluto. Solamente el egoísmo empedernido, da un mal uso a ese gran bien, que puede y debe ser la máquina.
 
 
Había una planta, de la familia de los cactus del desierto, que la traducción de su nombre, que los científico le habían puesto, era blanda que muestras la humedad. La primera impresión, que sentía uno al verla, era de que estaba muerta y seca; la tierra, agrietada y tórrida por el sol, daba fuerza a ese sentimiento. Cuando uno se acercaba muy cerca, a dos palmos, se advertía toda la belleza de su vida, en toda ella. Tenía forma de arbusto, era pequeña; sus raíces, inmediatas al tronco, estaban al descubierto y se encontraban resecas y fuertemente agarradas a la tierra. Las ramas, empezaban a crecer, aun dedo de las raíces y pronto se conve4rtíqn en otras ramas más pequeñas, que terminaban en una especie de hoja redonda y voluminosa. Toda la planta, estaba llena de estas hojas carnosas. Las había más grandes y otras más pequeñas; y todas estaban recubiertas, resguardadas, por gran cantidad de pinchitos, frágiles y finísimos, que le salían de una especie de protuberancia, que todas las hojas tenían en cantidad. Solamente sus más altas, tiernas y redondeadas hojas, tenían un suave y delicado verde pálido. Aparentemente no crecía, siempre estaba igual. Pero cuando se la observaba, detenidamente, transmitía todo el encanto y belleza de su estática, fuerte y dura, llena de vida, presencia.
 
 
El espacio es necesario. Todas las cosas lo necesitan. La música, sin espacio no es. El cuadro pintado, necesita espacio. La mente, sin espacio, está distorsionada, desequilibrada. Una habitación, tiene que tener espacio. El mar, con su inmensidad, tiene espacio. Los animales, sin espacio se destruyen unos a otros. El espacio de la mente, que conoce el amor y la bondad, no tiene medida ni distancia, está más allá del pensamiento. Una mente atrapada con las medidas del tiempo y el espacio, no puede sentir esta inmensa belleza del espacio ilimitado, indescriptible, más allá de las palabras.
 
 
Un grupo de gaviotas, volaban sobre la playa planeándola en círculos, una de ellas, debería de haber cogido algo de comer y lo llevaba en la boca. Otra, de igual tamaño, la perseguía de cerca, obligándola a dar innumerables quiebros, subidas y bajadas, gritando y con el cuello estirado. Al final, o se caía el alimento, por el aire, o se lo tragaba, o se agotaba la que perseguía. Muchas veces, una tercera gaviota, ponía orden y las distraía. Pronto desaparecieron, las alborotadas y hambrientas gaviotas, con su placido y suave vuelo; buscando, mirando, siempre hacia abajo.
 
 
Otro avión, o el mismo de antes, empezó a dar grandes vueltas, por mar y tierra; estuvo un largo tiempo, repitiendo las mismas maniobras. . Al final, abrió el tren de aterrizaje y se enfiló hacia el aeropuerto; cuando estaba sobrevolando la pista, dudó unos instantes y siguió sin aterrizar, alzando el vuelo. Dando una gran curva, al cabo de un breve tiempo, lo volvió a intentar, desapareciendo en la pista de aterrizaje.
 
 
La rutina es peligrosa y destructiva. La rutina sin más, sin darse cuenta de ella, es estar poseído, por la repetición de las cosas, del trabajo agotador, de las costumbres, es enajenación. Uno puede hacer todos los días lo mismo y estar lúcido, atento a todo lo que hace y acontece; esta rutina no es nociva, ni perniciosa; esta rutina es amor, renunciamiento y compasión.
 
 
 
 29
 
Soplaba viento de suroeste, frío y no muy fuerte. En el oeste, había grandes masas de nubes azuladas, oscuras y frías; el sur y el este, tenían las nubes difuminadas, con grandes claros, por los que asomaban los destellos rojizos del sol. A lo lejos, casi inaudible, un gallo cantaba al nuevo día. Todas las hojas danzaban, cada uno con su ritmo propio; el aire las movía delicadamente de un lado para otro, dando un sentido de viveza y movilidad al lugar. Había un gran silencio, los potentes faros de las islas, daban sus vueltas y sus destellos. Uno que se podía percibir, sobre una montaña rectangular, terminada en cortante acantilado, hacia el sureste, era el más potente; y sus destellos eran algo oscurecidos y rojizos; llamaba fuertemente la atención; era un faro solitario y distante. Los gorriones pasaban presurosos y fuertemente veloces, en grupos o solitarios. Todo el naciente día, resplandecía de vida y dicha; y todo y todos, empezaban con el diario acontecer.
 
 
Cerca de un pino grande, de muchos años, había un joven ciprés alto, con el tronco delgado y casi recto. Tenía pocas ramas, estaba justo debajo de los hilos de la electricidad; y por un costado, el pino grande caía sobre él. Sus pocas y descompuestas ramas, con frutos, los hilos y el vecino pino, le daban un aire de sufrimiento desganado. A pesar de todo, tenía el encanto de su juventud. Las personas, al plantarlo, no repararían en los obstáculos del lugar. O tal vez, nació y creció de forma espontánea.
Las gaviotas gritaban alborozadas, iban sin prisa, aprovechando la fuerza del viento, planeando el entorno. De vez en cuando, una lanzaba un grito agudo, que se oía en todo el lugar fuertemente, con el cuello estirado y el pico abierto; le contestaba otra, con el mismo sonido, escalonado y cadente, bajando poco a poco su intensidad. Se encontraban apacibles y limpias, rondando sin parar.
 
 
El sexo es una actividad, una necesidad, más de los seres vivos. El sexo, es necesario para que la vida continúe. El amor lleva al sexo, lo engloba, lo abarca. Sin amor, el sexo es perversión, placer y sufrimiento. Casi todas las personas, salvo excepciones, tenemos impulsos sexuales; que se acrecientan, se estimulan, de diversas maneras. Si se observa un animal asilvestrado, su impulso sexual llega a su tiempo, periódicamente. Ellos también pueden ver incrementada, su actividad sexual, por simpatía, por contagio de los seres humanos.
Las personas, tan desviadas, desequilibradas, distorsionadas, en tantos aspectos, también lo están sexualmente. Hombres y mujeres, se empeñan en excitar, y excitarse, resaltando diversas partes del cuerpo. El sexo, tan natural y espontáneo, ha llegado a ser una carga, un problema más, para las sociedades y las personas. Hay una cultura del sexo; se vive del sexo; se compra y se vende. El sexo, una vez terminado el acto de procreación, es inmoral, pernicioso y causante de desequilibrios humanos.
Todos vivimos en estas sociedades y estamos fuertemente presionados, desde diversos ángulos en la sexualidad. Ella, es un escape más de las angustias, el cobijo de muchas frustraciones. Pero una cosa tan vital e importante, no se puede manejar por capricho, no se puede trivializarla. Los resultados son fuertemente dolorosos; no sólo para las personas, que se abocan a su excitada práctica, sino para un tercero, un descendiente, un vástago, un retoño; y la sociedad entera.
El sexo, para que sea correcto y perfecto, tiene que ir acompañado de una inmensa abundancia de amor, moralidad y compasión. Tan solo, en esa abundancia, no deja heridas, en nuestras sensibles y sufridas mentes, ni en las superpobladas ciudades.
 
El mar, estaba lleno de tonalidades oscuras, solamente algunas olas, hacían una pequeña y blanca espuma; los verdes cristalinos, se mezclaban con los colores oscuros y azulados. Todo ello, entre los infinitos rizos, que el viento hacia al agua. Las grandes piedras y las rocas, tenían un color viejo y grisáceo; y donde las bañaban las frías aguas, se tornaban marrón oscuro. La más grande y cercana, se le distinguía un verde oscurecido, de las pocas hierbas que le salían en lo alto.
 
 
Las montañas, tenían una apariencia distante, la fina bruma, les daba un aire azulado claro y compacto, sobre todo a la más distante. La que tocaba el mar, se le veían las hullas, grisáceas y blanquecinas, de las grandes olas.. La piedra era viva, o casi viva; y arriba, donde la furia del agua no llegaba, la vegetación florecía verdosa y clara. Más en lo alto, abundaban los delicados y fuertes a la vez, pinos.
 
 
En la calle, un poco antes de la hora de comer, dos niños de pelo rubio estaban riñendo, pegándose, agresiva y violentamente; otro de su misma edad, los observaba estático. Uno fue hacia ellos, intentando despartir les; y solicitando ayuda, sin conseguirlo, del que observaba encantadamente. Todo eran amigos. El conflicto, surgió aparentemente, debido a que el mayor de los tres, no permitía, al que se pegaba con él, dejarlo subir al cerro.
Después de darse unos cuantos golpes, se separaron; el que parecía tener menos edad, se puso a llorar humillantemente. Uno invitó, a los tres, a entrar en el apartamento. El que parecía mayor, se marchó calle abajo. Los otros entraron, permaneciendo escasos momentos. Cuando salieron, el que se había marchado, estaba por la puerta voceando. Salió el que se había pegado con él, se miraron unos segundos, y sin decir nada, se marcharon los tres.
 
 
El tiempo era lluvioso y frío; una blanquecina bruma lo envolvía todo. El viento se había apaciguado un poco; y una gran, bella quietud lo penetraba todo. El ruido de la lluvia, engrandecía más el sentimiento de quietud y silencio.
 
 
La violencia, está en todos lados. La violencia, se ha convertido en algo inseparable, para los seres vivientes. Los animales, se agreden violentamente. En la televisión, en el deporte, en las escuelas, en los niños y los adultos, la agresividad, que precede a la violencia, está presente. ¿Por qué el hombre, se ha convertido tan violento? ¿Qué motivos le impulsan, a destruir y destruirse? Hay infinidad de teorías y respuestas. Pero ninguna le quita el afán de dominar, el miedo, el egoísmo brutal ignorante. Todo esto manejado suciamente, ha dado lugar al placer de la violencia; incluso algunos la utilizan como escape, como terapéutica. Cuando el observador, es lo observado, es uno mismo; entonces de este sentido de unión y comunión, de esta compasión, nace un actuar, que no tiene nada que ver con la violencia; que es amor.
 
 
El gran eucalipto, con la lluvia y la oscuridad, del día nuboso, está más verde y lleno de vida. Por su gran altura, el viento lo empujaba fuertemente; tenía algunas hojas rojizas; sus grandes y robusta ramas, se enlazaban hacia arriba, sobresaliendo de las casas. Era un árbol muy visitado por los pájaros, dándoles cobijo. Se encontraba situado, muy cerca de la orilla del mar, escasos metros, y sus rigores, no parecían afectarle demasiado.
 
 
Un gran avión pasaba, ruidoso y suave, captando toda la atención, hacia el aeropuerto. Llevaba las grandes y negras rueda al aire; unos adornos azulados, rompían la monotonía reluciente de su gran cuerpo. No llevaba prisas. Sus variados destellos, de las luces de posición, no muy perceptibles, se advertían con sus colores. Sin disminuir el ruido, el viento lo hacía más perceptible, fue bajando lentamente; despidiendo un negro humo, fino y transparente, por detrás. Pasó entre dos edificios, muy despacio, aterrizando y se perdió de vista.
 
 
 
30
 
Estaba oscuro, no se veían las estrellas y pronto se puso a llover. El agua de la playa, quieta, reflejaba las potentes luces rojas de un edificio y las frías luces del alumbrado. El edificio de forma rectangular, de unas ocho plantas, estaba construido cerca del mar; y justo por donde entraban los aviones, bajando altura, al aeropuerto. Las luces advirtiendo su presencia, las tenía, dos en el lado más cercano al tránsito -una era amarillenta- , una en medio y al otro lado, en el opuesto, la otra. Nada más oscurecer el día, se encendían, y permanecían iluminando, hasta la mañana siguiente. Había gran visibilidad, el viento, el viento soplaba del sur; a lo lejos, en la vecina isla, destellaban las blanquecinas luces de sus pueblos. Estaban distantes unos de otros, y se les notaba acogedores. Hacia el puerto, se dirigía un gran barco luminoso, que apenas se advertía su susurrante ruido. Había calma y silencio, abajo, un animal masticaba; algo de la calle, se oyó una tos humana y solitaria. Unos gallos empezaron a cantar, lejana y potentemente; y un perro ladraba, excitado a algo, un largo tiempo. El sol no se advertía, pero la alegría, la profundidad y la belleza del nuevo día, estaban por doquier.
 
 
A la subida, en la falda, de una parte del cerro, visto desde la ciudad, había cuatro almendros floridos. Delante de tres de ellos, no tenían nada, -el cuarto estaba, entre antiquísimos olivos-, sólo un espacio abierto, en un suave declive. El lugar era hermoso y bien cuidado; los lugareños y los especialistas, suponían que era un cementerio, de varios miles de años. Los almendros -los tres- eran grandes y bien distribuidas sus ramas; se encontraban distanciados, unos de otros, y al mismo tiempo parecían juntos. Sus troncos color marrón oscuro y blanquecino, se veían grandes y rectos. Desde donde empezaban a crecer sus ramas -un metro y medio del suelo-, estaba lleno de hermosas flores blanquecinas; que en su conjunto, formaban un color suave y tierno violeta. El cielo estaba oscuro y cerrado por las nubes. Un pajarito, jugaba tranquilamente entre sus ramas, de uno de ellos. Detrás estaban los olivos, con sus muchísimos años, sus desgarrados troncos y sus precarias ramas. El suelo, se encontraba, lleno de hierbas verdes, frescas y relucientes. No hacía frío y los niños, algunos acompañados por sus madres, iban presurosamente a la escuela. Uno estaba observando, toda esta encantadora maravilla. Enfrente, al otro lado de la calle, por la acera, un hombre mayor, alto y elegante, con gafas de sol oscuras y un bastón blanco, paseaba de arriba abajo. Uno fue a su encuentro y lo saludó, conversando amigablemente. Eran nueve hermanos, de los cuales cinco no tenían vista. Era un hombre educado, limpio y alegre; cuando paseaba solo, canturreaba y transmitía una profunda tristeza.
 
 
Muchísimas personas necesitan líderes, salvadores o modelos, a quien mirar, por su debilidad e ignorancia. Todas las religiones organizadas, han tenido, y los tienen, sus salvadores, sus elegidos, sus dirigentes. Los jóvenes y los adultos, creen temporalmente -algunos toda su vida-, dejándose arrastrar, en algunas personas, que la sociedad misma ha provocado, ha consentido, su fama en algún aspecto. Cuando en realidad, todas estas personas, embrutecen las mentes de sus seguidores; con todo lo alienante y condicionante de este, desafortunado y pernicioso, comportamiento.
La torpeza y el fanatismo humano, son comunes a todos los hombres. Pero la misión de los líderes y dirigentes, si son honestos y serios, es ponerlos al descubierto; para que las personas obtengan más claridad y autonomía; para que sean nuevos y frescos, en sus respuestas. No siendo así, aparece el horror de la dependencia, la insensatez y la tiranía del apego.
Todos dependemos de algo, en cierto modo; pero el verlo, el ver todo el movimiento de la mente, en su astuta persecución de seguridad, de apego, en ese instante, ya no hay dependencia. Esta percepción clara y atenta, que es el vaciamiento de la mente, es lo que se llama meditación.
Las religiones organizadas, con sus hipócritas y fraudulentas teorías; las relaciones frías y ensimismadas de las personas, en las ciudades; el rechazo, por muchos jóvenes y adultos, de los sistemas familiares y comunales, por sus sistemas autoritarios y agobiantes; los inoperantes políticos y los poderes públicos. Han dejado, a muchas personas, en poco tiempo, sin un sentido ante la vida. Cayendo, que alguien les tiene que guiar, y decir lo que tienen que hacer.
Algunas personas erradas, en su comportamiento, confundidas, acostumbradas al placer, poder y la gloria humana, no dudan en arrastrar, maniobrar y dirigir a cuantos, en su infortunio, caen en sus influencias complicadas y casi siempre encubiertas. Estas personas y sus sistemas, son tiránicos: y a muchos, de sus frágiles e idiotizados seguidores, si intentan desprenderse de su dependencia, se encuentran con infinidad de problemas.
¿Por qué, el hombre, siente esta necesidad, desde siempre, de ser dominado y dirigido? ¿Por qué se deja esclavizar; transmutar su comportamiento interno y externo? Sin lugar a dudas, es su falta de integridad, su miedo heredado; su estupidez, su sufrimiento infinito e impensable, su vulnerabilidad ante los problemas humanos; y una sincera, honesta y verídica información de todo lo que le perturba.
Solamente, con una información compasiva, desinteresada y humana, podemos los hombres, acometer los múltiples obstáculos, en la vida diaria y sencilla. Y de esta manera de proceder, que pueda florecer la felicidad, la armonía y el amor.
 
 
El viento soplaba fuerte, lo hacía del suroeste; era húmedo y no muy frío. Las montañas, los lejanos edificios, las vecinas islas, y gran parte del mar, estaban envueltos, por una delicada y penetrante bruma.
En el patio, cerrado de una alta pared blanca, de una escuela, se veían un abeto, varios pinos, dos magnolias y un ciprés; todos ellos, coincidían en que eran hermosos y jóvenes. Solamente, se apreciaba la parte más alta de ellos, lo que les infundía un aire extraño.
 
 
Las altas paredes, que dividen y aíslan, son frías e inhumanas. Cada uno que las construye, o manda construir, puede tener variados motivos, de toda índole; pero lo único que sobresale, es la división y encerramiento. Cuando alguien oculta, o se reprime el ver, por positivas que parezcan las intenciones, son desastrosas y conflictivas. Influenciando negativamente al entorno. Donde hay verdad y sinceridad, no hay nada que ocultar -ni hacia fuera, ni hacia dentro-. Solamente, el estado, el ambiente, falso e hipócrita, necesita encubrirse, para poder seguir subsistiendo.
 
 
El sol quiso aparecer por el poniente; las nubes, sólo dejaron brillar algunos rayos desvaídos; pero hacia el sur, su bello resplandor rojizo, daba alegría y vida, a las oscurecidas montañas.
 
 
 
31
 
El cielo estaba despejado; el fuerte e impetuoso viento de oeste, había arrastrado las nubes hacia el sureste. El mar estaba brillante y rebosaba de vida; unas largas rayas, oscuras, lo atravesaban, desde la playa hasta la entrada de la bahía, tornándose un azul marino y limpio cambiante. Las suaves montañas relucían de verde, ante la llegada del oculto sol. Los abundantes pinos, en su mismo lomo, se veían nítidamente, separados escasamente unos de otros. El día era claro y todo parecía cercano; los faros, ya apagados; las torres vigía, altas y majestuosas; las islas despobladas. Todo tenía un brillo, que al salir el suave sol, se incrementaba delicadamente. Las ramas, las hojas de árboles y arbustos, se estiraban y cambiaban de postura, según las dirigía el viento. El más afectado era el gran eucalipto, cuyas altas ramas se doblaban constantemente; haciendo con el roce de sus abundantes hojas, un sonido agudo, suave y estirado.
 
 
En algo parecido a un gallinero, estaban varias gallinas, buscando la posibilidad y manera de salir. Detrás tenían una pared y delante una tela metálica, con unos redondos agujeros; iban y venían tranquila y pausadamente, mirando fijamente al exterior. Casi todas eran de color rojo habado y algunas otras negruzcas; las crestas, pequeñas y descompuestas, y las pequeñas barbillas, sobresalían por su rojo intenso. Estaban bien emplumadas por todo el cuerpo, gruesas, grandes y brillantes. De vez en cuando, emitían algún sonido suave y despreocupado.
 
 
En la orilla del mar, a escasos metros del agua, una palmera, joven y bien segura, tenía las pocas palmas que le habían dejado tras la poda, todas hacia arriba; el fuerte viento, las empujaba a y ellas obedecían, encarándose hacia el sol. Él las gratificaba de brillo, de luz y hermosura.
 
 
Muchas personas, se aturden y se agobian con los problemas, los conflictos, que tienen a su inmediatez. No saben encararlos adecuadamente; no están acostumbrados, a responder íntegramente, a los importantes retos de la vida. En su confusión, huyen de un lugar a otro; de complicadas actividades, a teorías y sistemas intrincados y enmarañados. Es su condicionamiento, transmitido y no desvelado, desde su tierna infancia. Creen, que ampliando el campo de sus actividades, van a encontrar la serenidad y el sosiego, que les falta.
Esta manera de proceder, está profundamente inmersa, en las personas y en las sociedades donde viven. No es extraño, que países donde hay falta de hogares, pobreza, miseria y un sin fin de problemas irresueltos, intenten solucionar, manipulándolos a su interés, los problemas de otros estados, que son considerados inferiores. Más aún, los grandes y fuertes países, más poderosos del mundo, se gastan inmensas fortunas de dinero, en explorar el frío espacio del universo, mientras que en sus sociedades, prevalecen la confusión, el caos, el sufrimiento, las desigualdades e infinidad de tormentos humanos.
Ellos, se consideran con una gran visión de las cosas, se autodenominan cosmopolitas; y desarrollan gran energía, a costa de la explotación, despiadada de las demás personas. En su enloquecida y desenfrenada huida, de lo inmediato, de los retos, no dudan en argumentar sus débiles y sin sentido teorías, agresivas y violentamente. Se consideran, y son considerados, como élites, como los mejores, los no confusos. Y necesitan inmensas cantidades de estímulos sensitivos, para que su desequilibrada mente no piense, no traiga, no florezcan, los conflictos que han provocado.
Las personas, creen que la serenidad, la paz y el sosiego, se pueden conquistar, con deseos y vehemencia, sin reparar en los que sufren, en los débiles, en los hambrientos. La paz interior, no es una cota, que se puede subir a través del esfuerzo, del coraje temerario, descuidando la moralidad ineludible. Ni tampoco está lejos de uno; sin necesidad de emprender complicados viajes, espaciales o terrestres.
La paz interior y el sosiego, crecen donde hay orden. Nuestras delicadas mentes, sin orden no pueden operar, ni actuar. Pero este orden, no tiene nada que ver con el orden caprichoso y sin importancia de uno. Este orden, llega con el renunciamiento y la compasión, por todos; por los que están cerca y los que viven lejos; por los amigos y enemigos. Sin una gran caridad, humilde y limpia, la quietud y el sosiego, tan necesarios, jamás pueden llegar.
 
 
El viento estaba calmándose; el cielo estaba cubierto con unas finas nubes, que apenas dejaban pasar los rayos solares. Un pajarillo, en algún lugar, no muy lejos, cantaba vivamente, sin prisa, un largo tiempo; los perros ladraban, sin furia y juguetonamente; un gran abejorro, todo negro, intentaba volar; y un hombre joven, tosía y escupía. Dos golondrinas solitarias, volaban contra el viento.
Compartía su tierra negruzca, con unos abundantes tréboles, que se mezclaban con sus ramas. Su nombre, era cactus de cola de rata; de la especie cactácea de bosque; era frágil y delicado. Tenía dos ramas, que salían por el mismo lugar de la tierra, una hacia cada lado; tan solo, se separaban dos dedos una de la otra. Las hojas eran triangulares, unas daban sostén a las otras, menos l última, que era la más fina, tierna y delicada; y por donde salían sus flores campanilleadas -ahora se habían secado- y rosadas. Las hojas más cercanas a la tierra, eran verdes oscuras y robustas; la que salía directamente, tenía una especie de tronco, en medio, y daba vida a varias ramas. Crecía fácilmente y a temporadas. A su lado, los finos y delicados tréboles habían salido espontáneamente y convivían con ellas. Su presencia, era fresca y frágil. En su medio natural en las selvas, salían y crecían, encima de los árboles.
 
 
Compartir es amor; y de ese amor, nace el orden. Es el orden, que la mente no ha elucubrado, pensado, deseado. Cuando el compartir, es una manera de vivir, el miedo y la inseguridad se desvanecen.
 
 
El viento, con su ímpetu, había hecho algunos destrozos; un cañizo de finas cañas, que estaba sujetado y derecho, encima de una barandilla de una terraza, había sido partido y echado fuera de su sitio. Ahora, estaba calmado y unas nubes compactas cubrían todo el cielo. Cuando se aquietaba, se percibía una gran tranquilidad y silencio. Una barca roja, se dirigía solitaria, hacia el sur, tras de si, dejaba las aguas blancas, que rápidamente perdían su encantador color. El mar abierto, estaba completamente azulado oscuro y las piedras -una tenía una farola-, las más blancas, tenían trozos de hierba verdes intensos y oscuros, que resaltaban sobre el gris de su suelo y el mar.
 
 
En el freo, entre isla e isla, había un resplandor blanco y limpio, de las aguas, que las olas estrellaban contra las rocas y las piedras. Eran grandes y potentes; venían del mar abierto, desde el oeste. Poco a poco, el viento se paraba; y con él las grandes olas disminuían su intensidad. El viento, era algo que estaba, profundamente relacionado, con las islas y sus pobladores. Tenía una fuerza e influencia increíbles. Dos barcas, una blanca y otra un poco más oscurecida, se cruzaban, una hacia el norte y otra hacia el sur; sus luces en lo alto de ellas, relucían destacadamente. La más grande y blanca, avanzaba firmemente hacia el mar abierto, sin importarle el oleaje y el inquieto viento.
 
 
En alguna parte, se quejaba insistentemente; un avión, provocando un estruendo, profundo y lejano ruido, saldría del aeropuerto. Y la noche, aparecía con todos sus ruidos particulares.
 
 
 
32
 
Un tiempo antes del amanecer, en la oscuridad, se oía el canto, débil y lejano de un pajarito; al momento cogió fuerza y claridad. Pronto, se detuvo; y el silencio de la madrugada, estaba en todas partes.
 
 
Por el este, las nubes azuladas y no muy densas, eran teñidas desde abajo por coloreados resplandores del sol. El mar en la bahía, estaba tranquilo; pero se oía el murmullo de sus grandes olas, en el sur. Desde un arbusto de baladro, salió un pequeño pajarillo oscurecido, haciendo una curva y dirigiéndose hacia un trozo de jardín., de una casa de abajo. Las casas, estaban en la ladera del cerro, hacia el mar; y por sus alrededores, crecían abundantes arbustos, pinos, palmeras, olivos, higueras de pala, árboles diversos, plantas y flores.
 
 
Dos estampidos, a lo lejos -parecían cohetes o escopetazos de cazadores- se oyeron, rompiendo el débil silencio. Una alarma de un edificio, sonó repetidas veces, parándose y volviendo a sonar, con su ruido repetitivo. La gran piedra, la que estaba más hacia dentro de la bahía, fue bañada, por el suave amarillo y tierno sol naciente.; iluminándola y llenándola de colores calientes y de vida. Una gaviota, pasó solitaria y tempranera; al rato, otra que no se veía empezó a gritar, callando al instante. No hacía mucho frío y el viento seguía, flojo del este; pronto las nubes, estiradas y azuladas oscuras, sin mucha consistencia, impedían brillar al sol esperado. Los pajarillos, piaban sin mucha fuerza y entusiasmo e iban de un lugar a otro, posándose y buscando algo para comer. Un avión, lenta y ruidosamente, se disponía a aterrizar; y un hombre silbaba; el día, con los cantos de los gallos lejanos, había empezado. Pronto, desde el sur, la gran barca, de transporte entre las islas y otra más pequeña, que parecía un yate, todas blancas, se dirigían hacia el puerto. Y los palomos, veloces y hábiles en su vuelo, pasaban en diferentes direcciones.
 
 
La libertad no existe. La libertad, la opción, es confusa y caótica.. Hay muchos y grandes libros, que hablan y ensalzan la libertad, como algo, o una herramienta, de la que se puede utilizar, en determinados momentos; cuando a uno le convenga.
Hay quienes optan, por la libertad sexual; libertad de expresión; libertad religiosa; libertades culturales, locales y económicas; y también, que es lo que todos pretenden, la libertad individual, de la persona, de los hombres. Los filósofos, los teólogos y diversos pensadores, han dedicado mucho tiempo, explicando e inventando, las posibilidades de alcanzar la libertad; y sus métodos.
Todos, queramos o no, vivimos encarcelados. Podrá ser más cómodo, más agradable decorativamente, el lugar donde vive, pero sigue siendo una cárcel. . Uno está sujeto a las leyes convencionales y que rigen nuestras sociedades. Uno, no puede aparcar el coche donde le plazca; ni puede poner música, a alto volumen, en altas horas de la noche. Ni tampoco puede dejar de ganarse la vida decorosamente. Tampoco puede ir a países sin pasaporte, debidamente cumplimentado y confeccionado.
El peligro y la mentira de la libertad, estriba en que, según sus defensores y teóricos, uno podría hacer todo lo que quisiese. Y lo puede. Pero, esa momentánea y perecedera libertad, esa opción de actuar, irremediablemente provoca confusión y sufrimiento. Eso no quiere decir, que hay que ser conformista, con este mundo injusto, falso y brutal. Todas las revoluciones armadas y sanguinarias del mundo, no han traído la libertad; han cambiado de cárcel y de carceleros; la han hecho más soportables, para algunos; la libertad no ha llegado.
Para que uno se sienta libre, tiene que entender, clara y perceptiblemente, con todo su ser, que la libertad no existe. De esa comprensión adviene una desconfianza, con todas las ideas y teorías de otros; encontrándose, que la libertad, para que sea, tiene que haber orden y paz. Con esta paz indestructible -no la paz de las armas-, uno actúa sin opción. Porque uno, ha visto, que ante el bien, el servicio, la amabilidad, el respeto, no se puede optar, dudar, vacilar, escoger.
Donde no hay opción y duda, hay orden. Este orden, es libertad con respecto a las palabras, a las imágenes, a los deseos irrealizados y absurdos, al condicionamiento de la sociedad. En esta libertad, no hay guías, ni dirigentes, ni idearios. Sólo está, la percepción diáfana de lo que es. Sin querer alterarlo; surgiendo una manera de actuar nueva, completa, inesperada, ni deseada; donde el tiempo, como pasado, presente y futuro, toca a su fin.
 
 
Un perro grande, lloraba tristemente; y la alarma continuaba conectándose; las últimas gaviotas, llegadas del suroeste, volaban altas y formadas, dando gritos, deslizándose fácilmente a favor del viento. Se percibía un olor fuer, de leña quemándose. Y, el sol, con las persistentes nubes delante, apenas se hacía notar; mera una mañana hermosa, donde los niños, con su descanso festivo, jugaban, alborotaban y gritaban, felices.
Habían aparecido unas gaviotas, un poco más pequeñas que las habituales, en esta zona. El tamaño era como el de un palomo, con las alas más largas; su color, ceniciento blanquecino y el pico negro. Su vuelo suave, delicado y destartalado, podía con el ímpetu del viento, que no parecía importarle mucho. Subían, bajaban y giraban, hacia los costados, con gran facilidad, como si flotaran en el aire. Al parecer, se alimentaban con los insectos que encontraban, en el aire; también, se perseguían, cuando una llevaba en la boca alimento, con una especie de chirrido, débil y apagado. Tenían un aspecto triste, solitario y delicado; y volaban buscando sin cesar, junto con las otras de la misma especie. Sus plumas, bien cuidadas y limpias, pasaban del blanco al negro, según en qué parte del cuerpo. Pronto desaparecieron, hacia otro lugar.
 
 
Desde una de las playas, que formaban la bahía, al sur, venía navegando una embarcación pequeña a vela. Estaba sola en medio del mar, con su color anaranjado; la vela era toda blanca y triangular, estaba sujeta a un palo en el centro, un poco hacia delante. La vela, al empujarla el viento, formaba una curva, que se separaba de la cubierta. Avanzaba casi inapreciablemente; el viento se estaba aquietando y era más bien una brisa. Venía en dirección noreste, pero pronto puso rumbo al este, ya que el cerro se adentraba hacia el mar y tenía que rodearlo. En ese momento, se vio una segunda vela triangular, también blanca, sujeta fijamente al mástil; y un pequeño bote negro, amarrado detrás. Por cubierta, dos personas vestidas de oscuro, estaban afanadas, atendiendo las necesidades de las velas y el navego.
 
 
Mientras el viento terminaba por cesar, cuatro pequeñas barcas, todas blancas, movidas a motor, conducidas por pescadores, se adentraban, a la vez, en la bahía. Se distribuyeron en cuatro partes, no muy lejos de las playas; estuvieron un corto tiempo faenando y pronto partieron, en la misma dirección que habían llegado. Iban suave y lentamente; pero al mismo tiempo todo, lo hicieron rápidamente.
 
 
Un insecto, del tamaño de una mosca, delgado y estirado, estaba subiendo por un pilar, en la puerta de entrada al pequeño patio de la casa. Al advertir la presencia, se asustó y se paró. Al instante, se puso en marcha, con sus seis finas piernas, y se detuvo al final, en la parte alta del pilar. Allí arriba, en el cuadrado, todo blanco de pintura, se puso a descansar y a observar. Tenía el cuerpo, color marrón claro, con una líneas morrón oscuro,; dos antenas del mismo grosor que las piernas y no muy largas. Estuvo un largo tiempo quieto, observando,; abrió su dos conchas, que tenía en la espalda, desplegando sus dos amarillentas alas, las estiró, como probándolas, y alzó el vuelo. Se dirigió primero hacia unos arbustos, pero pronto subió hacia lo alto, parecía que el viento lo iba a arrastrar. No fue así; y se perdió de vista, mientras las gaviotas, rondaban el lugar. Habíamos sido amigos unos momentos, en la tarde fría, nubosa e invernal.
Toda vida es sagrada. Saber mirar la vida, es saber y querer amar. Cuando uno ama, no siente el tiempo y el espacio; estas cosas han sido creadas por los hombres, por su egoísmo e infelicidad. Vivir completamente, es ver la vida, allá donde está; de lo contrario, llega el dolor y la muerte.
 
 
Las nubes, habían dejado paso al sol, ya en su bajada, dorado y maduro; dio vida, con su luz, a toda la tierra. Las montañas del noroeste, estaban envueltas, por abundante humedad; aunque todavía, el verde intenso de sus pinares, se podía apreciar. Se les notaba muy cerca y acogedoras; por todas partes, rebosaban de vida; sus pinos, más elevados, se encontraban en el lomo y se podía ver, el azul del cielo, a través de ellos. Unas plantas, que parecían unos nardos, brillaban en su verdor; tenían las hojas largas, aplastadas y abundantes, su verde era claro. Desde el centro de ellas, salían unos troncos delgados, color carmín, rectos y erguidos, que daban vidas a unas finas flores, anaranjadas, en forma de espiga. Eran abundantes y estaban rebosantes de belleza y de vida. El sol, no les daba directamente, mas su brillo, parecía tener todas las esencias de la luz.
 
 
El este y el sur, se habían enrojecido, dando un sentimiento de calor; hasta el agua del mar, se había coloreado. El oeste estaba oscuro y tenía unas nubes oscuras, que se desintegraba a medida que avanzaban. Había una gran humedad, por todos lados; y el viento aún movía algunas ramas y la ropa tendida.
 
 
 
33
 
Cuando el tren llegó (1), la oscuridad lo abarcaba todo. Afuera de la estación del ferrocarril, había gran animación y bullicio; las luces de los establecimientos comerciales, de los coches y farolas, brillaban relucientes. La gran ciudad, estaba completamente congestionada, de personas y coches. Habían instalado, un circo en la plaza de toros -debería de llamarse plaza de la muerte- y la alta fachada, estaba iluminada por gran cantidad de bombillas luminosas. Era el día siguiente de navidad; los semáforos, no podían dirigir correctamente el tránsito y un guardia urbano, con un silbato, daba fuertes pitidos, que con la mano, intentaban dar más rapidez a los movimientos de personas y vehículos. Una gran hilera, de varias personas, guardaba su turno, para comprar las entradas. A su alrededor, había una especie de tenderetes, con dos ruedas de motocicleta, pintadas de azul claro, que vendía diversas cosas de comer. Entre el gentío, en el suelo, un hombre de mediana edad, pedía limosna, sin hacerle mucho caso; él fumaba feliz, al verse rodeado por tantas personas; en ese sitio había calor y vida. La hilera, llegaba hasta detrás de la plaza, que a su lado tenía los coches cama de los circenses.
 
 
En el autobús, camino del puerto, en la misma puerta de salida, alguien había devuelto, por la boca, los alimentos; los pasajeros, intentaban eludir el anaranjado y brillante charco. Todos iban callados y atentos a las numerosas paradas; el conductor solo, cobraba y controlaba a los pasajeros; y se le notaba harto.
Un hombre, joven y sereno, que estaba sentado, en la sala de espera del puerto, pidió droga para fumar. Uno se sentó a su lado y conversamos; explicándole, la falsedad de las drogas; y de diversos temas. Al cabo de un tiempo, se levantó y se fue en busca de lo que aún no había conseguido. Al rededor, una muy joven y morena madre, daba el biberón, atendía y cuidaba de su pequeño hijo. El viaje duró alrededor de ocho horas; los niños pequeños, no conciliaban el sueño y constantemente rompían a llorar; sus madres, intentaban por todos los medios tranquilizarlos y hacerles callar. El gran barco, antes de atracar, hizo una gran curva, desorientando a los pasajeros, que conocían el entorno. Cuando se detuvo, el sol ya lucía esplendorosamente; en el andén, uno pocos familiares y amigos, esperaban, fríos y alegres a algunos que desembarcaban; pronto desaparecieron todos, quedándose el lugar silencioso y solitario.
 
 
El puerto y las calles contiguas, estaban limpias, tranquilas y solitarias. Dos mujeres de avanzada edad, lugareñas, conversaban amigablemente, sin prisas, sin necesidades; en toda la calle, no había nadie. Se las podía ver, con las faldas negras, hasta los pies; un delantal, a cuadritos blancos y negros; el largo pañuelo, en la cabeza; y su larga trenza, por encima de la cintura, rematada con un lacito, azul marino. Al caminar, con gran armonía, se les advertía las zapatillas de tela blanca. Iban limpias y bien compuestas; cuando se cruzaron con uno, en la estrecha acera, advirtieron la presencia, sin cambiar a penas su aire despreocupado y feliz. Sus altos cuerpos, sus blancas caras, su manera peculiar de andar y mirar, daban la sensación de estar fuera de la ansiosa y rápida sociedad.
 
(1)    Travesía de Valencia a Ibiza.
 
 
 
Una de las actividades que más preocupa a la sociedad, en los últimos tiempos, es la drogadicción. La droga, es una materia, una substancia, que al entrar en el cuerpo, produce alteraciones psíquicas, mentales. Siempre se han usado, convencional e ilegalmente. La gran popularidad, le viene por la rapidez que actúa. Las sociedades modernas, con sus absurdas maneras de vivir, provocan a las personas -sobre todo a los jóvenes-, a ingerir y consumir toda clase de drogas.
Una persona sincera, que se dé perfectamente cuenta, de las miserias humanas, a nuestro alrededor y no vea una salida, se ve abocada a eludir, de la manera que sea, el sufrimiento continuo experimentado. Hay muchos otros que se drogan legalmente, por prescripción médica, o por substancias de fácil alcance. Las personas que consumen drogas, en su mayoría están alteradas emocional y psíquicamente. Las personas, son como la sociedad; y la sociedad, la hacen las personas. Hay algunos otros que las usan para competir, luchar, y conseguir algo inalcanzable, rápidamente.
Todas las drogas, son degenerantes y perniciosas; salvo en casos de crisis ineludibles. La sensación, feliz y placentera, de lo nuevo, se convierte rápidamente en miserias y desequilibrios inarmónicos; en aislamientos relacionales y en enfermedades mentales. Algunas personas, de tendencias agresivas, ven potenciadas sus facultades, desembocando en prácticas violentas y delictivas. Si algo positivo se pudiera sacar, sería la visión de lo falsa, inadecuada, relativa y variable, de la mente humana, donde todo puede cambiar inimaginablemente.
Desgraciadamente, muchas personas presionadas, dese diversos puntos, necesitan eludir los muchos sufrimientos y problemas, no encontrando más remedios que las drogas. Hay otras personas, que con su comportamiento fanático, inflexible y absurdo, son como los drogadictos. Aunque no ingieran sustancias alucinógenas. Estos, vendrían a ser, los principales provocadores de los males de la drogadicción, aunque la combaten denodadamente.
La única manera, para no provocar el dolor y el caos de las drogas. Es no actuar, como las personas que son arrastradas por ellas. Cuando en la vida de uno, hay dependencia, esclavitud, posesión -de lo que sea-, se es, potencialmente drogadicto. Las personas, que se encuentran fuertemente aferradas a las banalidades humanas. ¿Qué sentimientos, van a transmitir a sus hijos y descendientes? ¿Qué es lo que puede enseñar, un maestro, un profesor, un especialista, si sus vidas están marcadas por la esclavitud de las teorías y las pequeñeces de su existencia? ¿Qué ejemplo dan los adultos, a los jóvenes, con sus guerras despiadadas, sus locuras, sus falsedades y mentiras, sin límite? ¿Cómo abordaría a una persona, desesperadamente drogadicta? ¿Qué le diría? ¿Cómo intentaría ayudarle? Son preguntas para vivirlas; de lo contrario, son simples palabras frías, sin sentido y vacías.
 
 
El cielo y el mar, estaban azules; el viento soplaba, no muy fuerte, del suroeste; el frío, con el potente sol, había desaparecido. Los gorriones, cantaban felices y tranquilos. Las gaviotas, silenciosas y separadas, iban de costado al viento, hacia al oeste; sus oscuras plumas, de la espalda y las alas, brillaban relucientes. Arqueaban al máximo sus alas, y en el centro se partían, formando un ángulo obtuso.
 
 
Un gato, todo negro y grande, que brillaba limpiamente, subía por el tronco de un gran olivo. Al principio, usó sus uñas; el tronco era vertical; cuando llegó, donde empezaban a salir sus robustas y altas ramas, se paró olfateando e inspeccionando. Una vez, había escudriñado las diferentes ramas, levantó el rabo, verticalmente hacia arriba, y encaró el culo a la rama elegida, descargándole un chorro de líquido, de arriba de sus testículos. Trepó unos cuantos metros más, lenta y tranquilamente, mirando a su alrededor y casi rozando las ramas con su morro; eligió la que más le convenía y volvió a repetir, el rociado de ella. La pulverización, era rápida e instantánea; adoptando un aire satisfecho, de fuerza y poder. A su lado, unos palomos blancos y negros, rondaban inquietamente, sin importarle, ni prestarles atención. Dio un salto, de algo más de un metro, sobre lo alto de un barracón, tanteó y escudriñó su techo y se sentó sobre sus cuatro piernas.
 
 
Con los vientos de componente oeste soplando, las barcas de pesca pequeñas -todas parecían laúdes- blancas en su mayoría y algún negro, a motor, venían en gran número, al abrigo de las playas de la bahía. Se las podía convertir a vela, pero era más práctico y rápido, el motor de explosión. Llegaban a todas horas; generalmente cuando el sol, se ponía detrás de las montañas, observaban lentamente y desplegaban, escampándolas, las redes. Una vez terminada la labor, se marchaban, suave y silenciosamente. Al día siguiente, antes de salir el sol, se las veía y oía, en la quietud y silencio de la mañana, recoger las redes; marchándose, con su suavidad característica, Eran pescadores lugareños y llevaban, lo que habían recogido, a las pescaderías, para su venta.
 
 
Una podenca ibicenca, toda delgada y con una cuerda atada al cuello, blanquecina, estaba por la calle. La seguía de cerca otro perro macho negro, con algunos trozos castaños en las piernas, con un collar de plástico antiparásitos. Los dos, tenían el mismo tamaño; el macho, era joven, resuelto y prudente. El color de la perra era terroso claro, con algunos trozos blancos; las orejas, las tenía tiesas y un poco abiertas, hacia los lados, sin bajarlas. La cabeza, no muy grande, tenía unos ojos grandes amarronados; y un fino hocico largo, que terminaba en una nariz, color marrón claro y fresco. Sus piernas delanteras, estaban extremadamente delgadas, apreciándoles, al andar, los huesos y tendones; las echaba hacia delante fácil y armoniosamente. En el pecho, tenía unos gruesos pezones de las tetas, que resaltaban de su escualidez. Estaba muy tímida y asustada; su rabo lo llevaba, casi siempre, entre las piernas traseras, hacia la cabeza; y cuando lo sacaba, no lo enrollaba en lo alto. Tenía un semblante dulce y muy apacible, su mirada era bondadosa y serena; sin un atisbo de fiereza. Caminaba rítmicamente, con gran soltura, sobre todo en las piernas de delante. Estuvo un tiempo por la calle, sin importarle mucho los veloces coches, y desapareció hacia abajo.
 
 
El sol se había puesto; el mar azulado oscuro, movido fácilmente por la brisa del sureste. Un murciélago, iba cara al poniente, con su vuelo tembloroso y rápido; pasó solitario, fugaz y oscuro.
 
 
 
 34
 
Antes de salir el sol, las oscuras y frágiles nubes, aceleraba su paso, iban en busca del este. Parecía que todo se preparaba, afanosamente, para darle la bienvenida. La calle estaba solitaria; dos perros, mezclados de pequinés y de lobo, corrían arriba y abajo; el más grande, llevaba el rabo hacia arriba fuertemente, y se encontraba excitado. La dueña, una mujer toda de negro, mayor, lo llamaba para encerrarlo; él no le hacía ningún caso, seguía correteando a su aire. Los niños y los adultos, emprendían entumecidos, sin demora, hacia sus obligaciones. Unos albañiles, ya estaban trabajando, llevando bloques de cemento, en una carretilla, hacia la estructura del edificio en construcción. Un gran vehículo, de unas diez ruedas, subía calle arriba, llevando una gran grúa encima plegada, con destino a la obra.
 
 
Toda la noche estuvo haciendo el imparable viento; no era muy fuerte, ni violento, pero movía, sin parar, las ramas de los árboles y arbustos, las hojas secas, plásticos y papeles, que había por el suelo. El día era desapacible, sin frío, sin sol. Una joven mujer, limpia y aseada, con una larga trenza, en el pelo de color oscuro, bajaba por la calle hacia la ciudad vieja. Atado a una, llevaba un gran perro pastor inglés, de pelo muy largo, gris y blanco. Apenas se le podía ver, los ojos ocultos; los pelos de la boca, los tenía mojados; y se les veían sus sanos, blancos y poderosos dientes. Era un animal joven e inquieto; y la persona que lo llevaba, casi no podía dominarlo y sujetarlo. No tenía cola y cuando caminaba, su largo y fino pelo, se movía aireadamente todo compacto.
 
 
Una de las cosas más comunes, a todos los hombres, son las obligaciones, la dedicación y el trabajo. Todos los seres vivientes, tienen obligaciones que realizar, para poder seguir sanos y vivos. Los pájaros buscan comida, se asean y componen sus plumas; otros, además cuidan de las camadas. Las personas, estén donde estén y hagan lo que hagan, no pueden eludir sus obligaciones. Algunos, podrán tener más facilidades que otros, más suaves sus actividades, pero la dedicación y la obligación persisten. Hay quienes creen, que pueden trabajar mucho, una gran temporada, y luego poder descansar, despreocupados y felices. Otros, también creen, que acumulando dinero y bienes, de la manera que sea y a costa de quien sea, van a solucionar todos sus problemas.
 
 
De la observación atenta, se desprende, que todos hemos de hacer algo, queramos o no, ineludiblemente, para poder subsistir. ¿Por qué el hombre busca, intenta desesperadamente, eludir sus obligaciones? ¿Por qué su ignorancia le hace inventar comportamientos deshonestos, creyendo que así podrá gozar y disfrutar más de la vida? Él está fuertemente condicionado, por lo tangible y material; sus necesidades se han convertido en infinitas. No se da cuenta, que para conseguir lo que él cree necesitar, ha de convertirse en inmoral y despiadado, brutal y egoísta. Y esto aleja, lo sepa o no, lo acepte o le disguste, la tranquilidad y felicidad, tan ansiosamente buscadas.
Lo realmente absurdo y despiadado de la sociedad, es que provoca, con sus sistemas, sus señuelos, sus modas, la inmoralidad, la ilegalidad, el desenfreno. Y luego, esa misma sociedad, con las fuertes herramientas que posee, los castiga, los juzga y los encierra, entre rejas, a muchas de las personas que han sucumbido por su estupidez, a la gran corriente del consumismo.
Algunas personas, creen poder eludir, y eluden, las leyes y las personas que las hacen valer. Pero, la ley, que no es ley, la norma y manera con que se rige el universo, que está más allá del entendimiento y el poder humano, jamás podrán escamotearla y evitarla.
Habiendo visto todo esto clara y lucidamente, como el que ve un peligro, un acantilado, donde puede caer y perecer. ¿Cómo afrontará sus responsabilidades, en el trabajo, en la casa, con los demás? ¿Sucumbirá al aparentemente sistema egoísta y despiadado, de las sociedades y personas materialistas, sensitivas?
Si uno quiere vivir, feliz y tranquilamente, no tiene opción; de lo contrario, tarde o temprano, llegará el desasosiego, la intriga, el miedo y el dolor.
 
 
El sol había salido, al desaparecer las nubes, dando calor y vida; unos niños, pequeños, reían felices y contentos; un gran barco, iba hacia alta mar; un abejorro, todo negro, con las alas sin parar, y casi transparentes, se acercaba a la pared, tentativamente. . El viento lo movía todo, puertas, hilos de la   luz, antenas de televisión, las ramas con flores. Y del cercano eucalipto, se oían los despreocupados gorriones.
 
 
Entre las dos islas habitadas, había tres islotes, con su torre faro; parecían estar en la misma línea del horizonte, vistos desde lejos, pero se encontraban escalonados. Los tres, eran pedregosos y montañosos; y ninguna parecía tener árboles. El más pequeño, y más cercano, formaba una atalaya, a varios metros del nivel del mar; antes de llegar a las orillas, se formaban suaves pendientes, hasta el agua. En u costado, un poco más elevado, se distinguía su gran torre faro. Este, estaba justo en medio del freo y los barcos lo rodeaban, por la parte sur. Su color era grisáceo, sin apenas vegetación.
Muy cerca, hacia el sureste, se encontraba una gran roca, en forma de una muy larga pendiente, terminada en una cortante pared, a manera de acantilado, de color dorado, donde se apreciaban las diferentes vetas de la alta roca. Su color era oscuro y enrojecido; las grandes olas, venidas de alta mar, se estrellaban contra ella, coleando su entorno de grandes saltos de agua, espumosa y blanca. La torre faro, estaba construida, a corta distancia de ella, en una gran piedra; era el más grande de los tres.
Hacia el sureste, un poco distanciado, se encontraba, el a veces rojizo y oscuro, en forma de cerro largo, el más visible de los tres. Cara al este tenía el faro; más hacia abajo, el cerro descendía, a escasos metros del agua, transformándose en una corta planicie.
Los dos más grandes, tenían unas playas pequeñas, con aguas muy tranquilas, limpias y transparentes; eran frecuentemente visitados, en los meses estivales, por embarcaciones de recreo.
 
 
 
El mar, estaba azulado oscuro hacia el este. Donde caía el fuerte sol, se tornaba blanco y resplandeciente, cegador. La brisa, suave y fresca, del sureste, le daba una belleza veraniega. Todo él estaba movido, por las pequeñas y cambiantes olas. Las nubes, iban acudiendo a medida que el sol bajaba, hacia poniente. La blanquecina bruma, se apoderaba de las verdes montañas, tornándolas distantes. Una pequeña barca de pescadores, faenaba en medio de las grandes piedras, iluminadas y oscuras.
 
 
La belleza es saber y poder ver. Tener todo el tiempo, para observar. Donde hay prisa, no hay observación de la totalidad, de la belleza. La belleza es vida y atención. La atención total, es compasión y amor de lo que se ve, de lo que se observa.
 
 
En la ladera del cerro, de la calle de arriba a la de abajo, cara al mar, habían construido unos cuantos
Chaletitos, unidos unos a otros y cerrados por un alto muro de piedra y cemento, que daba a las aceras. A lado de una puerta pequeña, de hierro negro, habían construido un cuadrado, con tierra, de medio metro por cada lado. En él, crecían cura-cortes, verdes intensos y pequeños. Un girasol, de unos setenta centímetros, con su flor de hojas amarillas; en el centro de ella, estaba mezclado con negro y tenía una apariencia frágil y débil. A su lado, también se encontraba un pequeño arbusto amarillento y descolorido. El lugar donde crecían, estaba angustiosa y aterradoramente solitario y frío, donde las piedras talladas, predominaban por sus alrededores.
 
 
Las personas, con su empecinada brutalidad, destruyen lo que es bello y hermoso. Y luego, con la misma obstinación, intentan copiarlo y manejarlo. Los que se autodenominan civilizados, lo están falsa y convencionalmente. La civilización, jamás debe ser sinónimo de destrucción. Civilización quiere decir: cordura, lucidez, respeto, cortesía y amabilidad. Las personas, en su egoísmo cegador, usan estos parabienes, solamente, cuando tienen que conseguir el fin propuesto. Luego, como si estos fueran desechables, los tiran y siguen con su enloquecida destrucción. Más tarde, se desequilibran y van en busca de sosiego a los psiquiatras, los líderes, las actividades agotadoras y extenuantes, o de cualquier absurda teoría.
 
 
 
35
 
Los perros estaban excitados. Ayer por la tarde, cuando el sol ya estaba oculto, la calle era transitada por personas y vehículos. Madres, con sus hijos, iban a comprar; jóvenes mujeres, en busca de apartamento; y bastantes coches. Un hombre joven, vestido con la ropa de trabajar, bajó de un coche todo amarillo, y se dirigió en busca de algo a una tienda; un perro, podenco, no muy grande y blanquecino, le mordió. El hombre, cogió un largo, redondo y hueco hierro para pegarle. El perro, se retiró hacia donde lo cuidaban. El hombre estaba muy alterado, amenazando de palabra al animal y buscándolo, entre los coches. Donde terminaba el pie y empezaba la pierna, en la parte de atrás, al lado del gran tendón, estaba la marca del diente, a modo de rasguño, sin sangrar.
 
 
Esta mañana, el cielo estaba lleno de brillantes y relucientes estrellas; una de ellas, se desplomó unos segundos y desapareció. En su corto viaje, se iluminó grandemente y a su paso, dejaba una linea luminosa, que se desvanecía rápidamente. El viento soplaba con fuerza, haciendo algún ruido, que en la noche se agrandaba sonoramente. Una alarma, se conectó y paró varias veces, llenando el lugar con sonido chillón. Unas botellas de cristal, cayeron, o fueron echadas, por los suelos. Un hombre, con sigilo, llamaba y escudriñaba un apartamento; llevaba una gorra en la mano, que al no recibir contestación, se la puso en la cabeza y se marchó, en la oscuridad.
 
 
El día era agradable y soleado; el frío intenso, había pasado y las personas, cambiaban de semblante y actitudes. Todos, tenían un aire relajado y de alegría. Algunos niños pequeños iban abrigados, al cobijo de sus madres; sin ir a la escuela, por estar resfriados. Un gran buque mercante, acababa de salir del puerto, hacia el freo y alta mar; el casco, era de un color caliente y llamativo; la cubierta y el puente de mando, lo tenía blanco. Detrás, en popa, se veían dos gruesos palos verticales que se juntaban por arriba, ennegrecidos; seguramente, servirían como grúa, para sacar las mercancías de su bodega. Avanzaba muy lentamente, perdiendo rápidamente su visibilidad; tornándose oscuro y percibiéndose, nada más que su gran figura, entre la fina y blanquecina humedad.
 
 
Las personas, todas somos iguales; estamos constituidos por los mismos resortes y sistemas de supervivencia. El observador, y lo que uno tiene delante y a su alrededor, es lo observado. Lo que más altera, estimula y más relacionado está con las personas, son ellas mismas. Uno, sin la relación con los compañeros, vecinos, esposo, familia e hijos, no puede vivir; a no ser, que esté altamente perturbado neurológicamente. Lo más cómodo y fácil, es la relación con los familiares; con los que tienen diversas afinidades, ideológicas, religiosas, económicas y culturales; con los de una misma raza y cultura; y con todos los que nos estimulan, de una manera placentera, acogedora y segura.
Esta manera de relacionarse, de encontrar energía, de vivir, es la causante de la división, fragmentación y el dolor experimentado, por todos los hombres. Hay quienes se apartan en zonas cerradas, para no ser perturbados, por los que no son considerados como ellos. Hay marginación, guetos; zonas altamente inhumanas y miserables, donde las personas, que los habitan, tienen todas las carencias de un hombre que vive en una sociedad llamada civilizada. Todos, para alejar al posible intruso, hacen uso de una agresividad grandemente desarrollada, a veces seguida de una gran violencia, a través del tiempo por los hombres.
Las personas, hemos llegado a un gran grado de división y no compasión, que todo contribuye a ello. Uno al darse cuenta, comprende la gran dificultad que existe, al abordar por igual a todos los hombres. ¿Puede uno desprenderse de todo, la raza, el color y olor de la piel, los ademanes, sofisticados y aprendidos miméticamente; la manera de pensar; y ver en el ser humano, que tiene enfrente, sin ninguna imagen? ¿Puede desprenderse de todas las imágenes, que tiene de los otros y la de uno mismo? Estas cuestiones, si se analizan y discuten, y quedan como rasgos intelectuales, son igual de divisivas que las vallas y los caracteres nacionales e individuales. Las personas, serias y honestas, han de saber que la mente es el instrumento para servir a los demás, no para complacerse de diversas maneras.
Al darse cuenta de la confusión y la amargura que desencadena la identificación, en todos los aspectos; el estar fuertemente poseído y obsesionado, por diversos fragmentos de la vida, uno tiene que tener la suficiente lucidez, para no ser arrastrado, ni sentirse identificado, ni por los muchísimos seres humanos desgraciados, que sufren las inmensas y abominables miserias. Teniendo un gran sentimiento de compasión, por todos. El amor, es verse uno, en todos los hombres, sin exhibiciones, ni heridas psicológicas. Cuando en la relación hay análisis, cotejo, contrastación y visiones personales, el amor y la belleza se tornan en sufrimiento.
 
 
El viento, sin parar, lo hacía de poniente, aunque su sequedad no podía hacer desaparece la blanquecina bruma, que había por todo el horizonte. Las moscas, habían salido al sol, revoloteando y persiguiéndose; sus vuelos, sin parar, los hacían en unos escasos metros. Algún pajarillo, entonaba sus cantos, por los alrededores, cesando al tiempo. Era un momento silencioso, alterado por algún ladrido, o el paso de algún coche.
 
 
El silencio, no es la ausencia de ruido. El verdadero silencio, es percibir, captar y oír, sin ninguna distorsión. Uno puede estar en un sitio donde se escuchan diferentes sonidos y tener un profundo silencio interior. Este silencio es armonía, belleza y amor. El silencio no es la cesación del ruido, esto es absurdo. El silencio, es ver el ruido y ver la respuesta, que la mente hace, sin tocarlo, sin reprimirlo; esta observación, atenta y diáfana, es meditación, es unión, es pasión y amor.
 
 
Los albañiles, a pesar del trabajo y lo avanzado de la tarde, aún tenían fuerzas y ganas de cantar. Eran personas que estaban condicionadas para trabajar, incansables y agotadoras jornadas; luego se lavarían y se cambiarían la ropa, y con muy pocas cosas, se sentirían satisfechas. Al día siguiente, tendrían energías suficientes, para volver a empezar, con su ingrato y no compensado trabajo.
 
 
Un hombre para sentir cierta tranquilidad y autonomía, debe de desprenderse, de las excesivas horas de trabajo. Es una revolución psicológica e interna, que cada cual ha de hacer por su cuenta. Una persona, que está agotada y extenuada, por la fatiga del exceso de trabajo, su mente y todo él, están distorsionados; no pudiendo ver claramente, la realidad de las cosas y la vida.
 
 
Un hombre mayor, de piel rojiza y pelo canoso llevaba sujeto a la espalda, un niño de corta edad. Caminaba sin esfuerzo y con cierta elegancia; y el niño, de pelo rubio, iba encantado, mirando a todas partes.
 
 
La agresividad y la violencia, se están convirtiendo en algo natural y cotidiano para los hombres. Muchos tienen un semblante apacible y correcto, en aspectos superficiales y externos; pero en el fondo, son fríos e insensibles, capaces de agredir, de manera fácil, cotidiana y natural, a cualquier ser viviente. Es la lección que han recibido en la escuela, en la familia, en la sociedad; en su condicionamiento desafortunado, en su esclavitud. Ellos, copian y actúan, según la norma establecida por los diferentes poderes totalitarios; escuchan palabras maravillosas, desde diferentes medios, utilizados por los dirigentes. Pero ni estos, ni los que los escuchan y sostienen, son correctos, piadosos y honestos, en su actuar.
 
 
El viento, se había calmado; soplaba una finísima y casi imperceptible brisa del oeste, que movía sinuosamente las altas ramas de los árboles y arbustos. Las playas, que estaban de espaldas al oeste, parecían estanques, resplandecientes. Los pajarillos, buscaban un sitio seguro, entre los arbustos, para pasar la noche. El sol, estaba oculto tras las montañas y el silencio, roto por los espontáneos ladridos de los perros, empezaba a imponerse en los alrededores.
 
 
 
36
 
El día, era frío y nuboso. Hoy, las barcas pequeñas de pesca estaban muy cerca de la orilla de la playa; se podía apreciar el color rojizo de la ropa de uno de los pescadores. Todos los laúdes, eran blancos y alguno llevaba mástil, pero sin la vela. Se movían silenciosamente, sin menear apenas la tranquila agua. En la oscuridad de las nubes, relucían en su blancor. Un grupo de gaviotas, formadas, rectas y enfiladas, se dirigían hacia el suroeste; todos los días venían desde allí; menos algunos días, nuboso y con lluvia, que iban en busca de comida, hacia el interior. Un gran avión, subía por encima del cerro, los olivos, las altas murallas y la fortaleza del castillo, pasando por el centro de la ciudad antigua; producía un fuerte ruido, que lo penetraba todo, en la mañana. En la subida hizo una gran curva, dirigiéndose hacia el norte.
 
 
Donde crecían hierbas silvestres, habían salido unas flores, completamente amarillas; su tamaño era pequeño y desde el centro, salían abundantes hojitas, delgadas y estiradas, una encima de otras, en forma radial. Su amarillo, no muy fuerte, contrastaba con las grandes hojas, verdes oscuro, de las tupidas plantas, eran de apariencia delicada y frágil, y se veían frescas.
 
 
Llevaba la cola siempre empinada, un poco curvada y enrollada; su pequeño tamaño y su poca edad, le daban un aire de vulnerabilidad. Estaba mezclado de terrier, predominantemente blanquecino, con pedazos grisáceos y amarronados oscuro. Caminaba, casi siempre corriendo, levantando las dos patas traseras; jugueteaba con las personas y en especial con los niños, de una manera fácil y sencilla. A su temprana edad, tenía un semblante de serenidad y tristeza. Su mirada era inquisitiva; y del hocico, les salían unos tiesos pelos blanquecinos, hacia los ojos. A pesar de su pequeño tamaño, iba y venía sin parar, actuando sorprendentemente.
 
 
 
La meditación, al igual que todas las cosas que los hombres manejamos, es y ha sido, confundida, desvirtuada, equivocada y errónea. Desde hace algunas décadas, en occidente, se puso de moda, entre los jóvenes de la clase media, y abarcando a grandes actores de la sectores de la sociedad. La meditación, no es concentración. La concentración, es fragmentaria y produce división y dolor. Muchos consideran la meditación como un estado placentero, que se puede conseguir a través de diversos métodos y sistemas. Todo esto es falso. Todas las religiones, tienen sus sistemas, para aquietar las mentes de las personas. Repiten palabras u oraciones, multitud de veces, y esto tranquiliza momentáneamente. Es como si uno, o varios, se pusieran de acuerdo y repitieran las palabras “mar, suave y hermoso”, al cabo de un tiempo produciría cierto bienestar interior. Pero la meditación no consiste en esto.
La meditación es el estado de la mente que percibe las cosas, sin evaluarlas, sin querer alterarlas; observando atentamente todas las respuestas, que originas todos los retos y las cosas. La concentración es en una sola cosa. La meditación, es con la totalidad. La concentración, excluye y divide. La meditación, integra y aúna. La concentración es un fragmento. La meditación es lo absoluto. La única premisa, que sin ella no puede existir, es la moralidad, el respeto y la compasión, por todos y por todo.
La meditación vacía la mente del tiempo, como pasado, presente y futuro; de las imágenes, como el “yo” y el “tú”, el “nosotros” y el “ellos”; y da a la mente un carácter prístino, fresco, donde el pensamiento acumulado no tiene ninguna utilidad. Las respuestas, son impensadas e instantáneas, a los diferentes retos; por eso, es sumamente importante que la vida de uno esté fuertemente asentada en la virtud, la compasión y el amor.
Una persona que se sienta todos los días en una habitación, o en un lugar apartado, , un largo rato, puede aquietar su cuerpo y su mente; pero esto no es meditación. Ella, lo incluye todo, el ruido y el silencio; la soledad y la compañía; la alegría y la tristeza; la fortuna y la desgracia. Donde hay autoexclusión, autocompasión y miedo, no florece la meditación. Ella, es una manera de vivir, en todos los aspectos humanos, durmiendo, comiendo, trabajando, paseando, viajando, escuchando.
El estado de la mente en meditación, es algo tan bello y tan profundo, que las palabras no pueden, no alcanzan, a transmitir su inconmensurable alegría, satisfacción y júbilo.
 
 
 
El sol, había salido en cuanto apenas; hacía fina brisa, del suroeste. Las rocas, grandes piedras y los islotes, se percibían fácilmente oscurecidos; entre las más oscuras, había una, que tenía un agradable color rojizo, grisáceo y verde oscuro; el mar, en el horizonte lejano, transmitía toda su grandeza; su línea, era algo completamente recto: Una barca grande, de transporte entre las islas, hacia sus diarios viajes. Los perros bostezaban, produciendo un fino chillido. Los coches, bramaban por las calles. Y las personas, vivían como siempre, gozando, sufriendo y esperando.
 
 
La tarde era suave y fresca; una mujer joven, acompañada por una niña y un niño, vestido con el traje de judoca -con un chaquetón encima-, iban calle abajo. Otra mujer, de pelo largo, que caminaba apresuradamente, llevaba una cuchara en la mano, para alimentar a su pequeño hijo. Un coche, todo blanco y viejo, tenía dos hombres intentando arreglarlo; uno se ponía debajo, maniobrando y dando instrucciones al otro; en las ruedas, tenía grandes piedras, a modo de cuñas. La luna, estaba creciendo y se percibía entre las nubes. Un niño, pasó con un balón de baloncesto, dando saltos y haciendo filigranas; iba, tranquilo y feliz. Un murciélago, pasó solitario, entre una humeante chimenea, las antenas de televisión, los árboles y toros obstáculos, que con su vuelo peculiar, iba sorteándolos fácil y tranquilamente; su volar era tintineante, subiendo y bajando, sin esfuerzo alguno.
 
 
Las personas, dan demasiado de sus vidas, de sus tiempos, a sus dioses, líderes y salvadores. El tiempo que uno dedica a ellos, es un tiempo perdido y fragmentado. El hombre, en su ignorancia y debilidad, inventa y los busca, para seguirlos, entregándose fácilmente, sintiendo un engañoso y falso placer y seguridad. Donde hay dependencia, hay irremediablemente dolor y confusión. Los hombres, temen ser solos, únicos, nuevos, no condicionados; la rutina, el camino abierto por otros, son más llevaderos. Tarde o pronto uno encuentra la gran soledad., que no es soledad, sino unión con todos.
 
 
 
37
 
La mañana era lluviosa, el cielo estaba completamente cubierto, de nubes compactas unas con otras; como si fuera una sola y grande nube. El viento, no muy fuerte, era del suroeste; no muy fresco y bastante húmedo. Una gran bruma, cubría todo el horizonte; y los islotes, se apreciaban difícilmente. Las gaviotas, hacían sonidos candentes y tristones; a pesar del viento, la lluvia y la poca visibilidad, planeaban con sus ojos atentos a los alrededores y al suelo. Los gorriones, agrupados, iban más de prisa, en su fácil y recto vuelo.
 
 
Caminando bajo la lluvia fina y suave, daba fuerza y energía; las personas, estaban contentas y sonrientes; no hacía frío y se estaba agradablemente por la calle. En una acera de tierra, al lado de un pequeño barranco, alguien había dejado un viejo televisor. Los palomos, agrupados, con la lluvia o sin ella, volaban incansablemente; algunos, solitarios iban muy aceleradamente, sin apenas menear sus alas. Otros se posaban en una alta antena cuadrangular, de color rojo y blanco. Una sirena de un servicio público, lanzaba s u ruido chillón y alarmante, por las calles de la playa; su gran sonido, podía con los gritos de las gaviotas, que se oían débiles y flojos. Lo temprano de la mañana, acrecentaba los ruidos y el sentimiento de peligro y alarma, en todo el solitario entorno.
 
 
Los cambios climatológicos y el entorno físico, alteran a las personas, en la medida que ellas están fragmentadas. Muchos buscan la tibieza, en todos los aspectos y se acostumbran, por desgracia, a ella; cuando hay una alteración, sin solución satisfactoriamente, vienen las malas caras y los disgustos. Es el resultado del apego, el aferrarse por gusto, capricho y placer.
Cuando uno recibe la noticia de que alguien ha muerto, si no conoce, ni estima, al difunto, no hay alteración interior. Si la persona que ha muerto tiene algún vínculo, cultural, generacional o familiar, entonces uno se estremece, en lo más profundo de su ser. La muerte es a veces, inesperada, fría y cruel; aparentemente y según la manera de ver y entender, la pequeñez humana. Es porque uno está apegado a las cosas del mundo, incluida nuestra propia vida, que siente ese profundo dolor inexplicable, al oír, o percibir, algo relacionado con la muerte.
Todos vivimos con la muerte; es una cosa ineludible. Podemos hacer lo que sea, podemos ir donde sea, ella, siempre está latente y muy cerca de nosotros. Sin la muerte, no hay vida. La muerte es la renovación de la energía, cultura, materia y la vida toda. Para que haya vida, tiene que haber destrucción total, es decir muerte.
Si uno piensa en las muertes habidas, en un larguísimo tiempo, se da cuenta de que eran necesarias; de lo contrario, la tierra sería inhabitable. La decrepitud, la vejez, también llama a la muerte; todo lo que es materia, se desgasta, consume y perece. Esta materia, es la misma materia, desde la eternidad; al igual que la energía; donde, materia y energía se funden.
Nuestras pequeñas e inadecuadas mentes, no pueden esclarecer estos temas tan inconmensurables e inescrutables, como la muerte, la vida, la eternidad. Solamente, con una vida dedicada al servicio y al amor, uno puede percibir, no verbal, ni intelectualmente, lo que es la realidad, la verdad, la vida y la muerte.
 
 
Las nubes, desaparecían entre el sur y el este; dejando paso al radiante sol; el cielo, en el oeste, estaba brillantemente azul. El viento arreciaba en algún momento; y el mar producía un ruido pertinaz, oscuro y susurrante.
 
 
Desde el no muy lejano edificio en construcción, se oían los martillazos de los albañiles, clavando los clavos en las maderas, que servían de molde para el cemento; y el estridente y agudo ruido de la sierra, cuando cortaban las maderas ajustadas.
 
 
Desde diferentes sitios, se oían sonidos de personas trabajando y preparando los apartamentos, establecimientos y todo lo concerniente al cuidado y conservación de los inmuebles. Los pintores, pintaban las grandes fachadas, de los bloques de habitaciones, rejas y contrapuertas. Todo el lugar se ponía en marcha, para dar la bienvenida a los sensibles, numerosos y extravagantes turistas. Era la gran riqueza del lugar; no había otra. Y todos intentaban dar una imagen limpia, aseada y feliz.
 
 
En una maceta rectangular, no era de barro, habían nacido y crecido unos hermosos y frondosos alhelís. Ahora, estaban en la última etapa de su vida; habían dado abundantes y vistosas flores blancas, un poco amarillentas. Parecían frágiles y delicados, pero su largo tiempo decayendo y consumiéndose, descartaban esa visión. Al final, de sus duros y delgados tallos, aún había algunas hojas, arrugadas y enverdecidas; todas estaban emblanquecidas, tenuemente. Más abajo, las hojas secas, aguantaban los envites del aire. Todas las abundantes ramas tenían algo de vida. Pero se les notaba su estado de desgaste y consumación. Un poco más allá, en otra maceta de barro, desgastada por la erosión, había salido una tierna rama, verde intenso, de un geranio. Su vida era apreciable, en toda ella; que ni el viento; que ni el viento fuerte, parecía alterarle, su justa fuerza y encaje en el lugar.
 
 
La buena conducta, la educación correcta y convencional, no es virtud. Un comportamiento correcto, en su momento y lugar, está bien. Pero una persona que arda de amor, no se puede quedar con la estrechez de las conductas y las educaciones, dictadas por la sociedad. La virtud está más allá, de los poderes de los hombres. Ella no tiene ni reglas, ni códigos de comportamiento.
 
 
La montaña se había embellecido, con la lluvia; ahora se veía diáfana y cercana; los abundantes pinos, parecían la piel protectora de un enorme y gran ser viviente; en algún aspecto, tenía forma de un reptil, calentándose al sol, dentro del mar. Sus pinnadas, las oscuras hierbas de abajo, el azulado y verdoso mar, constituían un todo armonioso e indivisible. Cuando tenía este aspecto, por más que se le mirara, era encantadora.
 
 
La vida es sagrada. Las personas con sus deseos impetuosos, destruimos la gran belleza de la vida y de los seres vivientes. Las personas, debemos de mirar y observar amorosamente, a nuestro alrededor. Si uno es paciente y humano, vera la maravillosa puerta que se abre, sin ningún esfuerzo. La compasión por todo, es la mejor llave, para admirar las maravillas de la vida. Esta llave, no se puede comprar ni forjar por nadie, ni traspasarla de unos a otros; uno solo, es el que tiene que llegar hasta ella, de una manera humilde y serena.
 
 
Si uno tiene la oportunidad de ver llover en el campo, siente una gran sensación de frescor y tibieza; hay una gran quietud y serenidad, que transcienden grandemente estas palabras. Las gotas de lluvia, caen como purificadoras y limpias, dejando un brillo enaltecido. Los pacienzudos caracoles y las lombrices, aprovechan las circunstancias para recorrer grandes trechos, que a veces son fatales y mortales. Los demás animales, salvo algunos acuáticos, permanecen en sus cobijos, esperando que cese la bendecida y precisa lluvia.
Una lancha rápida, toda gris, pasaba junto a la gran piedra, en dirección a las playas; en su ímpetu, el agua blanquecina, saltaba por encima de ella; de un alto palo sobresalía una bandera anaranjada. Con su alterado navegar costeó toda la montaña, hasta los alrededores del freo; dando la vuelta, hizo el recorrido parecido hacia el puerto.
 
 
El viento cambió del oeste y cada vez había más visibilidad; la isla vecina, oculta largo tiempo, resaltaba de belleza. Se podían distinguir sus agrupadas casitas blancas, sus montañas y su gran planicie, con algunos alterones. El verla, restaba grandiosidad al mar, pero ganaba en calor humano y en acogedorabilidad.
 
 
 
38
 
Desde el este, salía un tenue y suave resplandor, amarillento y rojizo; en lo alto, relucían las limpias estrellas, en el inmenso cielo azul. El viento, daba algunos empujones a las puertas; se había apaciguado.
 
 
Las bolsas de basura, al ser rotas y removidas por perros y gatos, en la mañana, las aceras tenían desperdicios y residuos de alimentos; que poco después, con el paso de las personas, las echaban a la orilla de la calle. Cerca de un gran poste de madera, del tendido eléctrico, habían abandonado un calentador de agua, blanco, viejo y oxidado; las personas, no le dábamos importancia; alguien lo cogería y se lo llevaría.
 
 
Una mujer mayor vendía cupones de rifas diarias; en ellos, habían dibujado urogallos de pie. Dos mujeres, de mediana edad, una alta y rubia, ya la otra pequeña y morena, iban apresuradamente hacia sus trabajos; les seguía un pequeño perro blanco de cerca. Otra mujer, de pelo negro, con dos bidones de plástico, iba a por agua a un grifo. La mañana era suave y dulce, para la época del año. En un balcón, todo cerrado como una jaula, dos niñas de pelo rubio y de corta edad, habían construido una cabaña, con cartones, del tamaño de una gran caja; ellas estaban sentadas allí, observando la solitaria calle. Un lugareño, rozando la vejez, salía de su casa, cara al mar; llevaba una herida, en la parte posterior de la cabeza, toda llena de medicamento color rojo; subió a un coche, conducido por un hombre joven y de pelo largo; al instante, se bajó y se dirigió a un muchacho, que estaba en la acera. El trato era cariñoso, amable y didáctico; al tiempo, partió hacia el coche; el conductor, estaba petrificado, en este día suave y dulce. En un trozo de jardín, otro muchacho intentaba hacer una pequeña pared, con ladrillos y cemento; que los amasaba y transportaba en sus desnudas manos. Un gran perro mezclado de lobo, negro amarronado, aullaba, ladraba y lloraba insistentemente; estaba en un gran balcón y no paraba de ir y venir, mirando por la barandilla, hacia abajo.
 
 
Un gato, gritaba desgarradoramente, levantando y bajando los maullidos.
 
 
No se veía, ni una sola nube y el sol empezaba a calentar molestosamente; el viento, estaba apaciguado y el mar, en las tranquilas playas, era verde transparente y azulado oscuro. Había una gran sensación de vida y seguridad. Un pequeño velero, cruzó fácilmente toda la bahía, en dirección sur.
 
 
La isla vecina, a pesar de su oscuridad matinal, se encontraba aparentemente cerca en su quietud. Era larga, estrecha en el centro y ancha en un extremo. Tenía dos grandes cerros rectangulares, terminados hacia el este, en grandes y rectos acantilados. Su nombre, traducido, era triguera; y además de higos, olivos y hortalizas, tenía una gran cantera de piedra toda blanca. En una parte, entre los pinos y el mar, había trozos de terreno dedicados a la obtención de sal. Pero su mayor y más fácil riqueza, era el turismo. Por sus estrechas carretera, y poco transitadas, se podían ver abundante bicicletas y motocicletas, con un aire lento y calmado. Los lugareños, atendían y mimaban a los turistas extranjeros; sabiendo que, además de riqueza, les transmitían informaciones inéditas y de primera mano; así como el necesario calor humano. Tenía una gran vida exuberante; y en ella, uno sentía la calma y el sosiego, en todos los sitios. Donde se podían apreciar, las voces y los ruidos humanos distantes, de una manera clara y diáfana, sin ninguna perturbación.
 
 
Cuando una persona tiene un comportamiento duro y antipático, es señal de que está algo perturbada. En ese difícil momento, el que se percibe de esta actitud negativa y confusa, tiene que demostrar una abundante comprensión y serenidad. De uno depende, en gran manera, que la persona alterada, por diversos motivos físicos o emocionales, supere sin ningún sufrimiento, ni perturbación, ni heridas corporales, el distorsionado y doloroso estado. Aquí, el factor miedo es el mayor obstáculo, para poder hacer ver, a la persona perturbada, su peligrosa e insana actitud.
 
 
Cuando alguien se encuentra agresivo o enervado, demuestra una gran capacidad energética, que a cualquiera puede atemorizar. Uno tiene que relacionarse con una gran humildad; sin ningún sentimiento de vergüenza; teniendo todo el tiempo, para escuchar, observar y conversar. Los problemas de las personas alteradas, son vulgares, humanos y dolientes. La comunicación verbal, es secundaria; siendo altamente importante el sentimiento de amor y compasión, ante toda ella.
Muchas veces, el problema desencadenante de la actitud inarmónica, o es falso o inventado, o puede ser grandemente supervalorado, dándole un sentido de peligrosidad inminente.
Las personas, con nuestras represiones, ignorancia e infinidad de problemas no resueltos, a veces, ante un reto ineludible, florecen todas las miserias humanas. Las personas, debemos estar todo el tiempo atentas a todo lo que nos influye y puede alterar; viendo lo falso y lo verdadero, descartando todo lo negativo y dando el preciso lugar a lo positivo. Un problema no resuelto, es una siembra de multitud de conflictos, que tarde o pronto florecerán; alterando nuestro preciso, correcto y lúcido actuar. Cuando algo ha sido vivido intensamente, de manera no fragmentada, no deja, ni huellas, ni heridas psicológicas, que alteren nuestras mentes
Uno debe descartar completamente la represión, la indiferencia, la subestimación y la cruel división, que tanta desdicha y maldad engendran. Deberíamos tener la suficiente e íntegra energía, para entregarnos fácilmente a las personas que nos necesiten. De esa manera, desaparecería la duda, distorsionadora y el sentimiento de culpabilidad. En esa entrega, se abren las puertas de lo conocido y lo desconocido; desapareciendo los símbolos convencionales, como rico y pobre, feo y bello, agradable y molesto, correcto e incorrecto. Dando lugar a una fácil relajación, no mental, donde el actuar no es cuestión de opción ni sentimentalismo.
 
 
Antes de que saliera el sol, un gran barco iluminado, venía desde el freo, entre las grandes piedras; al momento se detuvo. Su alto palo, llevaba la luz roja potente; y toda la parte delantera, completamente iluminadas por luces amarilla. Conforme llegaba la claridad, se iba distinguiendo su larga cubierta. Era un petrolero, con el casco oscuro y los altos blanquecinos. Estuvo toda la mañana, al abrigo de las playas de la bahía; hizo unas maniobras y puso rumbo hacia el sureste. Debería de haber hecho un alto en su trayecto, debido al fuerte y violento oleaje; habiendo cesado la inestabilidad considerablemente, decidirían proseguir hacia su destino; desapareciendo en el intenso azul horizonte del mar.
 
 
Una mujer gruesa, con una bolsa en la mano y de aspecto normal, pasaba tranquilamente calle abajo. Unos niños, llevaban corriendo y alborozados, un aparato pequeño, con sus auriculares. El perro, proseguía avisando de sus malos momentos. Una música, moderna -del momento- se oía bajamente del vecindario. Loa gorriones cantaban al importante sol; una brisa veraniega, soplaba del suroeste. Los vehículos a motor, se oían intermitentemente. Y se advertía, por todas partes, que el solitario, frío, duro y oscuro invierno, estaba llegando a su término. Pronto las tiendas, los restaurantes, apartamentos y hoteles, cerrados y silenciados, abrirán sus polvorientas puertas y servirán, con sus mejores maneras, todo lo necesario para hacer más acogedora y satisfactoria, la corta estancia vacacional, de los cansados y agotados turistas.
 
 
La luna, estaba casi llena; al ocultarse el sol por poniente, iba brillan do su cara descompuesta. Dos mujeres enlutadas, buscaban un estudio. Un gran macho, podenco ibicenco, subía el cerro, con la cola toda erguida y curvada, en el último tramo, la tenía blanca; estaba delgado, y su fino y corto pelo, marrón claro, lo tenía apegado al pecho. Bajaba y subía con soltura, gran dignidad y elegancia; transmitiendo una gran serenidad y seguridad, en todos sus fáciles movimientos.
 
 
La paz y la tranquilidad de la naturaleza, es clarifican te, purificadora y sosegadora. Uno va a ella alterado; y al tiempo, se encuentra que todo lo que le rodea, está brillante y lleno de hermosura vida. Los siempre verdes, estaban floridos; sus diminutas florecillas blancas y redondas, resaltaban armoniosamente, entre el verde suave y abarcan te de sus ramas.
 
 
 
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En una maceta de barro rojizo, desgastado y descolorido, vivía una planta, con grandes tallos secos y fuertes, que daban vida y soporte a unas hojas carnosas, en forma de flor. Su nombre, estilo grandes pétalos, variedad para guáyense, de la familia de las desérticas plantas crasas. Sus frágiles y delicadas hojas, verdes blanquecinas, terminaban en unos diminutos pétalos, que salían apegados y apretados unos a otros. Apenas algo consistente tropezaba con ellas, se desgarraban fácilmente; esta variedad, eran muy poco flexibles. La persona que la cuidaba, le había cortada sus largas ramas, dejándole cinco dedos de altura. Era dura y refrescante; en los finos labios, de sus aguadas hojas, relucía un color rojo rosado. Una rama descolgada, se sostenía del tronco del tallo, de manera inverosímil, tan solo rozarla se balanceaba peligrosamente, a punto de desplomarse. Las diminutas hormigas negras, gustaban de recorrerla por su vegetación y su tierra; compartida con pequeños tréboles abocados. Tres tallos, resecos y amarronados, y sin hojas, le daban un aire abrasado, que sus gruesas hojas frescas y los suaves tréboles, la armonizaban.
 
 
El día era suave y soleado; el cielo azul, tenía hacia el este un velo tenue blanquecino, que se estiraba deshaciéndose hacia el oeste. El mar, azul oscuro y brillante, tenía a un numeroso grupo de gaviotas, que se desplazaban donde las llevaba la corriente; se molestaban unas a otras, revoloteando unos metros sobre el agua, gritaban compasivamente y al instante se aquietaban, balanceándose sobre las pequeñas olas. La corriente, las llevaba hacia fuera, de las calmadas aguas de la playa; y una a una, alzaban el vuelo contra el viento, para dar una vuelta y lanzarse por los aires. Estaban apretadas; su oscurecido cuerpo, desparecía fácilmente de la visión y salvo las escaramuzas tempraneras, permanecían silenciosas y quietas.
 
 
Un gallo, cantó varias veces, oscuro y lejano. Una lancha rápida de goma, anaranjada, cruzó las playas, dando una vuelta. Un laúd blanco, con el palo erguido en proa, salía hacia su sitio elegido para la pesca; iba a motor y lo hacía rápidamente. El flojo viento, venía del suroeste; meneando constantemente la superficie del agua, verde clara y oscura, del mar. Había un gran silencio humano, sólo se oían los ruidosos coches, subiendo y bajando; los gorriones, sin fuerza; las gaviotas, cercanas y lejanas; los perros; el fino y suave sonido del viento y del mar. A lo lejos, dos personas caminaban, entre una valla de cemento y el agua; iban paseando, tomando el sol, entre el trozo de tierra que habían dejado; tan solo unos metros, entre el agua de la playa y las construcciones de los hombres.
 
 
Una de las características, más sobrecogedoras, de las islas, son las invasiones. Casi todas, fueron saqueadas, dominadas y dirigidas, por personas de fuera de ellas. Últimamente, estos términos, parecen no ajustarse al presente. Tal vez, la violencia del desembarco, es lo único que ha cambiado. Pero la invasión, más feroz, brutal y cruel, de las armas blancas y de fuego, se ha cambiado, en miles de toneladas de cemento, justo encima de las playas. Las montañas han sido descuartizadas, peladas convertidas en multitud de casas agrupadas. Las basuras, rondan por muchos sitios.
 
 
El silencio y la quietud, innata en estos lugares, ha desparecido entre las insana y neuróticas costumbres del hombre moderno e industrializado. El gran sentido de la atemporalidad, ha sucumbido, ante la ansiedad enloquecida. Los sufridos moradores, no saben a qué atenerse, ante el confort y el divertido invasor; solamente el condicionamiento les hace caer en la absurda manea de vivir consumista. Las fáciles libertades, traídas desde fuera, chocan con la austeridad inevitable de una isla.
 
 
La fauna, ha sido esquilmada y agotada, por la superpoblación y la agresión violenta; especies benefactoramente ligadas al hombre, han sido arrinconadas, en las últimas e inaccesibles pinnadas. Toda la virginidad exuberante, ha cedido a los caprichos y los `placeres de los hombres, desequilibrados y alterados. Han conseguido el refugio necesario y han impuesto sus nocivas y enfermizas leyes.
El sentido del espacio, tan escaso y valorado en las islas, ha sido y es, desajustado, desculturalizado, por las maneras de vivir, expansionistas e impiadosas.
La gran conexión entre el hombre y toda la naturaleza, se ha convertido en colores enfermizos y urbanos, en insensibilidad y destrucción hacia ella; y a una supervaloración de los artículos atrofiantes, de las sociedades superpobladas. El sucio y degenerante dinero, se ha convertido, como en todos los sitios, en el factor dominante, dirigente y motriz, de las ideas, pensamientos y personas
La ignorancia de los que llegan, provocan destrucción infinita, en las plantas y los animales; alteraciones del comportamiento, tranquilo y sosegado; conflictos sexuales, por la promiscuidad personal; encarecimiento del coste de la vida; frialdad relacional y emocional. Y todos los problemas y los conflictos, de las masas superpobladas y amontonadas.
Como en cualquier sitio, todos necesitamos de todos. Pero la inmoralidad t la irrespetuosidad humana, dan un pernicioso pago, a los humildes y dulces moradores, deseosos de ayudar, gustar y cobijar.
 
 
Una ruidosa motocicleta, hacia subir su bramido hacia el cerro, le seguían coches y más vehículos; un gorrión, piaba cerca. Una niña, gritaba jugando; dos gavinas limpias, con sus cuerpos blancos inmaculados, pasaban escudriñando el entorno. Un murmullo humano desde las playas, acompañado del canto diáfano y limpio de un pájaro, dominaba todo el espacio del lugar. Un sufrido perro, lloraba, encerrado en un apartamento. Una avioneta pequeña, de color claro y líneas modernas, venía desde el noreste, haciendo un ruido retumbante y continuo; se metió en el aeropuerto fácilmente., sin disminuir el sonido peculiar de ellas.
 
 
El dolor y la tristeza son insanos y destructivos. Ambos, son el resultado de las perversiones humanas, frustraciones, desencanto y agonía. Pueden durar segundos, días, meses, horas o largas épocas de la vida. La tristeza continuada, que produce dolor, es inatención en todos los ámbitos. Es un mal enfoque de la existencia, la vida, la relación humana y con todas las cosas ¿Podemos darnos cuenta de las tremendamente pesadas tristezas? ¿Podemos desprendernos, ahora mismo, de todas? Si lo conseguimos, la alegría y la brillantez, la serenidad en el ánimo, la ligereza mental, y la gran compasión, nos acompañarán allá donde uno esté.
Si permanecemos constreñidos, distorsionados, con las energías fragmentadas, la vida y su maravilloso acontecer se troca, se convierte, en una oscura y pesada carga, sin sentido. Uno tiene que estar muy atento a todos los infinitos motivos, por los que puede, la muy sensible mente, perder esta hermosa y gran cualidad.
Nuestras vidas, infortunadamente, siempre dependen de sofisticadas relaciones, con los bienes, las ideas, , los amigos, las presiones, las imágenes. ¿Podemos vivir con todo ello, sin que nos altere? ¿Podemos tener un amigo, un bien, sin poseerlos? ¿Podemos tener una gran amiga, sin que nos altere, ni nos posea? ¿Podemos vivir, en este mundo caótico y condicionado, sin ser arrastrado a la confusión, a la tristeza y al dolor? Si uno no lo pone a prueba, nunca lo sabrá. La seguridad no existe. Lo más seguro, es el bien, la compasión, el renunciamiento y el amor. Ante todo esto, la tristeza y el paralizante dolor, se desvanecen.
 
 
El desesperado perro seguía aullando y llorando; permanecía encerrado, según se desprendía de su insistente y desconsolada voz. Estaba callado un tiempo, a continuación el animal no lo podía soportar, y rompía a lloros y aullidos. Los que cuidaban de él, no deberían de estar; ellos no tendrían la suficiente sensibilidad y compasión para no provocar los tormentosos sufrimientos.
 
 
El dolor, el caos y el sufrimiento, están por doquier. Hay quienes no lo ven, o no lo desean ver. Los que lo ven, nada más tienen que actuar; sin esperar ocasiones favorables, opiniones agradables, o desagradables. La opción está descartada. Cuando uno ve la casa que se quema, no discute, no divaga, no hay distracción; actúa -sin más- para apagar el fuego. Hay quienes están tan ofuscados, que su sensibilidad ha desaparecido.
 
 
Los hilos de las telarañas, brillaban y se distinguían al sol. Eran finos y transparentes, pero a contra sol se les advertía y se les podía admirar. Las variadas arañas, tejían incansablemente su disimulada y acabada tela. Era su manera de vivir; los insectos, que tropezaban y no podían escapar, morían envenenados por sus picaduras, o por el tiempo. Por diversas causas, las telas eran destruidas y arrastradas, pero ellas volvían a empezar. Primero, hacían varios hilos largos, entrecruzados, y luego, a manera de redondel, la tela. Había otras arañas que vivían y tenían su tela en agujeros. Estaban siempre preparadas y alerta; cuando un insecto se acercaba o pasaba, salían rápidamente. Gran parte de los arbustos, de ramas tiernas y duras, estaban llenos, en sus partes altas, de hilos relucientes. Eran solitarias, silenciosas e inesperadas; y tremendamente asustadizas.
 
 
Una niña jugaba, y reía, con alegría y entusiasmo. Un perro, pequeño y grisáceo, subía y pateaba las macetas enanas; la calle de abajo estaba alegre y animada. El perro seguía llorando; su cuidador estaba de vacaciones. El sol, estaba cerca de las montañas de poniente, una alargada y azulada nube lo había ocultado anticipadamente.
 
 
 
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Los faros aún destellaban su luz, avisando y guiando. Pronto desaparecieron las estrellas apretadas. El cielo estaba, desde lo alto hacia el este, enrojecido; las pequeñas y alargadas nubes, captaban los primeros resplandores solares. Las barcas pequeñas de pesca, venían desde el norte hacia la bahía; hoy se veían todas oscurecidas. El mar, estaba quieto y apacible; el suave viento del oeste, meneaba su superficie llenándolo de brillantez. Los pajarillos cantaban flojamente, dándose ánimos unos a otros. Uno cercano, daba unos sonidos secos y cortantes, como si estuviera llamando o avisando. Los potentes y fuertes gallos, seguían avisando que el nuevo día había llegado. Pero todos los sitios, estaban quietos. Menos los pescadores, los limpiadores, alguno que iba con su vehículo a trabajar, los demás, o dormían o estaban quietos y silenciosos. Era una hora extremadamente silenciosa, bella y alegre; las personas preferían cambiarla por la joven noche, con todas sus desgastadas distracciones.
 
 
A un metro y medio de una baranda pintada de blanco, crecía un gran pino joven. Desde la acera se podía apreciar su abundante, fresca y maravillosa vida. Vivía en un trozo de tierra convertida en un jardín, de una pequeña casa.. Junto a él, había chumberas, geranios, baladres, un cactus y diversas plantas. La tierra era corta, abajo tenía la piedra del cerro, pero él estaba bien sujeto y agarrado. Era alto y bien proporcionado, con muchas ramas en todas direcciones. El tronco no muy grueso, lo tenía un poco ladeado, pero enseguida seguía recto hacia arriba. Le habían salido, en las terminaciones de casi todas las abundantes ramas, unas yemas amarillentas,. Desde cualquier sitio que se le observase, las tenía al aire, dentro, abrigadas. Su tamaño, de unos tres centímetros de largo, de forma cilíndrica, daba vida a unas ramitas, redondeadas del mismo color amarillento, con unos puntitos más intensos y oscuros. Aún tenía abundantes piñas apretadas, de forma cónica, amarronadas rojizas. En su interior, en unas rama, tenía un pajarito del tamaño de un jilguero, con el pecho redondeado y oscurecido, con el pico negro; estaba descansando y mirando. Por el alrededor, en la calle, se paró un pájaro carbonero de cola larga, en el centro la tenía negra y a los lados blanca. Era nervioso y pronto alzó el vuelo, con su cola blanca y negra. Desde cierta distancia, el verde las múltiples, delgadas y finas, hojas del pino, hacían resaltar las amarillentas, abundantes y jovencísimas yemas, dando al lugar una gran frescura, encanto y belleza.
 
 
Tras el cristal de un balcón había una cotorra encerrada, en una jaula de gruesos hierros; siempre estaba allí. Cuando alguien pasaba, por la calle, casi siempre empezaba a gritar fuertemente; subiéndose por los hierros de la jaula, trepando con las piernas y el pico. Eras pequeña y de color verde, no muy oscuro. Abajo, una mujer morena y alta, dejaba salir a una perra do Berman, para que hiciese sus necesidades y se estirase. Otra mujer preparaba comida en la cocina. Un hombre de mediana edad, subía la calle comiendo un entre pan; sin demora y sin distracciones, Un lugareño bajaba a la ciudad, en busca de sus amigos. Una lugareña, casi vieja, con las rodillas abombadas hacia afuera, bajaba la calle, como si estuvieran empujándola; con cierta armonía y facilidad. Un despertador sonaba sin parar, sin que nadie le hiciese caso. Y los niños, sin parar y acelerados, iban con sus abultadas bolsas, a sus respectivas escuelas. Todos iban atareados y a faenados; todos se cruzaban, se encontraban, pero todos seguían por su camino, sin dar importancia a su entorno.
 
 
La verdad, tan necesaria para la armonía, es cosa casi imposible de practicar, por la habituadas y deformadas personas. Desde los más importantes, en la perenne pirámide del poder, hasta las personas corrientes y normales, todas basan su vida y sustento en la mentira. Se ha convertido en la manera más cómoda y convencional de vivir. Todos mienten, como si su mentira no lo fuera; como si los otros no se enterasen de las turbias mentiras.
Las personas que sufren el peso y el agobio del poder, todas lo critican, lo ponen en duda, no se fían de él. Pero adoptan el mismo sistema de vida que sus dirigentes. Un dirigente, es deshonesto o inmoral; pero todos lo han puesto en el poder. Sin sus engaños, no puede seguir ejerciendo sus desgraciados e irresueltos planes fraudulentos. Si las personas fuesen sinceras y honestas, no depositarían las ilusiones y esperanzas en políticos y líderes que sin las falsas mentiras, no podrían acceder al poder.
Poder quiere decir que uno tiene, o le han dado, el derecho de hacer y deshacer, de dirigir. Para que el poder sea, tiene que haber subordinados y dirigibles. Sin estos, el poder no puede existir. Es igual como si un mecánico no tuviese máquinas que arreglar.
¿Podemos, los hombres, no depender de ningún poder? ¿Puede uno, en todo momento y circunstancia, ver la inutilidad de los inhumanos poderes? ¿Puede uno ver la peligrosidad del poder, tanto del marido, del amigo, del vecino o del compañero? Todos los poderes, en el fondo son agresivos y violentos, provocadores de miedo, perversidades y miserias a los hombres.
Una de las cosas más necesarias para disolver los poderes, es la verdad ante todo; no mentir ante ninguna circunstancia. Un hombre podrá cambiar muchas cosas a su antojo, pero la verdad jamás se puede cambiar, ocultar, disimular, esconder. Sin la verdad, hay la confusión, que está por todo el mundo. Uno podrá inventar planes, ideas, teorías, modas; sin la verdad, traerá irremediablemente confusión, caos y dolor. Uno lo puede comprobar por si mismo en su casa, en el trabajo, con los amigos, con los vecinos. El poder y sus mentiras, es lo que más degrada al hombre y su entorno.
Ante la magnífica y desconcertante complejidad de una persona y sus necesidades, ¿quién tiene la suficiente sabiduría para dirigirla? ¿Cómo puede pretender una persona, o varias, dirigir partes enteras de la tierra y sus personas? Es de la misma ley y manera, que desde hace miles y miles de años, los poderes, con sus mentiras, falsedades y engaños, se han perdurado y sucedido, para hacer sufrir y dirigir, a las condicionadas personas.
 
 
Toda la grande capa de nubes azuladas y oscurecidas, iba yéndose hacia el sureste, todas a una; en el último tramo, estaban blanquecinas, deshechas; y el sol salió limpio, brillante y poderoso. Desde donde estaba el sol, hasta poniente, no se veía ni una sola nube; y el cielo, era azul e inmenso. Había silencio y calma; un camión descargó, a lo lejos, de golpe, todo el remolque de piedras y ladrillos; llenando, con su ruido extraño, intenso y profundo, todo el entorno. Una joven mujer, gritaba divertida y feliz, desde la playa, a manera de juegos. Desde el vecindario, se oía la música de un telefilm. Las máquinas, hacían ruidos destartalados. Los perros, no se quejaban -tan solo una vez-. Una solitaria mosca, con todo el espacio para ella, se meneaba de una parte a otra, sin parar. Y un gran avión, que vendría de muy lejos, entraba sin dificultades, con sus ilusionados pasajeros, hacia el aeropuerto.
 
 
La distracción es igual de perjudicial que la inatención. Ambas, fragmentan y desperdician la energía. Una distracción es una pérdida de tiempo. Lo que no quiere decir, que uno esté todo el tiempo haciendo algo. Distracción es perder el sentido de servicio y utilidad, donde la mente va de aquí para allá, ofuscada y atolondrada, sin darse una precisa cuenta de lo que acontece. Uno debe solucionarlo rápidamente, dando a cada momento y pensamiento el sentido compasivo y de renunciamiento para que advenga el sentimiento de paz, tranquilidad, lucidez y amor.
 
 
La montaña del suroeste tenía su mitad más cerca de la tierra, llena de boiras blancas y espesas; la de detrás de ella, más pequeña, apenas se veía. La gran masa blanquecina venía del oeste e iba a ras del suelo. Los gorriones, petirrojos, los verderoles, los papamoscas, los pardillos, iban buscando, de un lugar a otro, sitio para cobijarse y pasar la noche. Un pequeño murciélago rondaba por la orilla de la playa, por sobre los arbustos, los árboles, los edificios, en busca de su alimento diario. Una persona echó el agua de un cubo, al suelo, cerrando a continuación una puerta. El perro, solo y triste, sin poder resistirlo, lloraba con su voz profunda y fuerte. La montaña estaba casi cubierta de boira, que parecía más bien una inmensa nube alargada. Arriba de ella, unas finas y delgadas nubes, rojizas rosadas, se desvanecían rápidamente, quedando la compacta, lenta y movediza boira, formando grandes rampas, surcos y formas redondeadas. La quietud del ocaso, llegaba por todas partes; pero los inquietos hombres, con sus vehículos, le quitaban el inmenso encanto del silencio profundo. Pronto, la boira abarcó todo el horizonte del sur, de oeste a este; el cielo y el lejano mar, se confundían en una masa oscura. En lo alto, dos potentes estrellas relucían frescas y diáfanas. Los edificios de las calles, se llenaban de luces y las personas adoptaban las maneras de la noche.
La naturaleza y el hombre son inseparables. Él la maltrata y la destruye. Ella resiste, callada y silenciosa, como si no sucediese nada. Llega un día en que el hombre sufre y se desequilibra; y enfermizo enloquece. Las leyes, que no son leyes, que no se ven, actúan silenciosas y sin apreciarse al entendimiento humano; pero siempre llegan.
 
 
 
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Cuando uno era tierno y despreocupado, se sentía atraído hacia los lugares donde había animales. Gustaba de ir a las cuadras; donde había vacas, para proporcionar leche; toros, para la carne; caballos, para acarrear comida y diversas necesidades; alguna cabra, corderos, gallinas, palomos, gatos, perros, terneritos, ratones, grandes cantidades de moscas; y toda la inmensa vida, una dependiente de la otra. Los cuidadores pasaban el día dando de comer a los insaciables rumiadores; sacando el estiércol; ordeñando la leche y repartiéndola, para venderla; acarreando comida del campo; y siempre preocupándose por los cuidados animales. Eran lugares un poco apartados del bullicio, de la ciudad; allí se podía observar y percibir toda la hermosura y gran vida.
 
 
Una tarde primaveral, casi veraniega, en una de las varias cuadras, unos hombres entraban y salían, sigilosos y algo alterados. Habían puesto paja fresca, detrás de una gruesa y grande vaca; los cuidadores y los vecinos, estaban silenciosos y expectantes, recostados, encima de una poca paja. No querían que nadie entrara, ni se moviera. La gran vaca, blanca y negra, de cuernos pequeños e inofensivos, bramaba y miraba hacia atrás. Empezó a hacer grandes esfuerzos con la barriga, como queriendo expulsar algo, sin conseguirlo; estaba asustada, agobiada y mirando hacia atrás, como en busca de ayuda; o tal vez, como esperando algo. Al cabo de un tiempo aparecieron por debajo de su largo rabo, dos pequeños pies; rápidamente, un hombre se acercó y los cogió, atándolos fuertemente a una larga cuerda. En ese momento, había un gran revuelo y alivio; varios hombres, cogieron la cuerda y empezaron a tirar de ella. En unos segundos, cayó el diminuto ternero, encima de la paja, puesta limpia y fresca; estaba recostado sin poder levantar tan siquiera la cabeza. Una persona se acercó, lo lavó con la paja un poco -su madre estaba atada al pesebre con una corta cuerda- y ya quería ponerse de pie; entregándoselo a su sufrida y trabajosa madre. Había ocurrido todo lo complicado y fácil a la vez, la gran historia antiquísima de la vida, con su inestimable valor y misterio. Donde los hombres no pueden escrutar.
 
 
El viento soplaba del noroeste, había empezado fogoso y se iba aquietando. Había una gran visibilidad y frescura; el solía entre las pocas consistentes nubes, de vez en cuando. Todas las piedras, las grandes rocas, los islotes, las montañas, se veían y distinguían perfectamente. Los pájaros, cantaban felices, con sonidos llamativos; recibiendo contestación de otro, que cantaba más suave y pausado; éste estaba en el agujero, de una emblanqueada chimenea.
 
 
En un gran patio, había abundante ropa tendida, de diferentes tamaños y colores, el viento la meneaba suavemente. Más abajo, un gato blanco, blanco y negro, fino y delicado, bebía agua, de una pequeña balsa de riego; estuvo un largo rato tragando, sin mirar a ninguna parte. De repente miró extraño y un poco asustado, subiendo por las barandillas, que dividían las casas; lo hacía con gran facilidad y con un gran sentido de respetabilidad, a las plantas que encontraba a su paso. Sus cuatro patas, encontraban los escasos espacios entre el ramaje con gran seguridad y armonía.
 
 
Dos perros muy jóvenes, un dálmata fino y delicado, y un mastín oscurecido, estaban sujetos en la puerta contigua de un bar. Ellos jugaban incansablemente, mientras, desde enfrente, dos perros más, los observaban encerrados. Un joven hombre, subía con papeles a un coche blanco. Una mujer gritaba llamando a su compañera y amiga. Un hombre lugareño partía sin tiempo para nada, hacia su trabajo. Una mujer iba cargada con bolsas de alimentos y lo necesario para acometer el día. Dos serios y aseados hombres, iban sin mirar a ninguna parte, en busca de sus negocios. Una mujer, amable y sin mucha prisa, iba a trabajar, unas cuantas horas, a una oficina. Y un grande, limpio y fácilmente visible barco, todo blanco, menos la gran chimenea amarillenta, se marchaba a hacer su rumbo, hacia el freo y alta mar.
 
 
 
Una de las cosas que menos nos gusta, y muy difícil, es el renunciamiento. Primero, llega la sensación, luego el contacto, más tarde el abandono y el deseo; el estar poseído y el aferrarse. Y después, todas las miserias, las tristezas y el sufrimiento de la dependencia. En la dependencia hay crueldad, autoridad, autoridad, explotación inhumana y brutalidades. Todos los saben; y sin embargo, todos caen en estas abominables situaciones, infinidad de veces.
Para que florezca y advenga lo nuevo, uno tiene que morir, desprenderse, renunciar, a lo viejo -el pasado-. Sin esta manera de enfocar la vida, se está atrapado, encerrado, en la cadena sin fin de la dependencia. Todos dependemos de algo, y de muchas personas, pero eso no quiere decir que esa dependencia tenga que provocar, fatalmente, las inmoralidades humanas. Las personas serias y honestas, cuando ven que la dependencia va a provocar, o provoca, confusión y dolor, deben -sin opción- desprenderse y renunciar de lo que sea, a fin de que cesen los conflictos y su sufrimiento. Tal vez uno lo encuentre excesivamente duro y frío; entonces ya se ha bloqueado, sin haber entendido y percibido claramente, el drama de la dependencia. Cuando se ve el peligro de un animal, un toro bravo o una serpiente venenosa, no hay opción, ni duda; hay acción inmediata e instantánea. ¿Puede uno ver toda la peligrosidad y lo letal de la dependencia y el no- renunciamiento? ¿Le damos valor y transcendencia a etas cuestiones? ¿O es solamente una distracción intelectual, para luego olvidarse del asunto?
El dejarse atrapar, el estar aferrado a algo, en principio es dulce y placentero; por eso las personas nos dejamos manejar fácilmente. Tras los primeros y temblorosos pasos, sigue el firme y decidido propósito de conseguir aquello a lo que nos hemos habituado; ya sea por los medios convencionales, o no convencionales. La mente, en este asunto, es muy astuta e inventa la manera de falsear la realidad, para conseguir lo placentero y lo que le da seguridad. Es necesario que uno esté atento, a todo el proceso del pensamiento y su apego, para darse perfectamente cuenta de lo correcto y honesto; de lo falso e inmoral.
Con una clara visión de la falsedad e inutilidad de todo el pensamiento; con una vida y manera de conducirse entroncada en la virtud, la moralidad y el amor, es de la única manera que el renunciamiento no es una molestia desestabilizadora; y que pronto, forma parte de la manera cotidiana de vivir.
 
 
El viento, suave y flojo, venía del este; toda la forma de la superficie y el color del mar, habían cambiado. Ahora las olas y la corriente venían desde el inmenso y lejano mar abierto, hasta la bahía y sus playas, tranquilas y pequeñas. Un avión, que apenas se distinguía su tamaño, parecía subir dese el sureste. As us paso, tras de si, dejaba una recta y fina raya blanca, que con el tiempo se desplazaba, desdibujaba y finamente se descomponía. En su vuelo, daba la impresión que cuando se acercaba subía y cuando desaparecía, iba bajando.
El islote del sureste, el más distanciado y solitario, aunque era el que más visible se apreciaba, tenía la cara del cerro, que lo recorría a todo lo largo, enrojecida y brillante, con el reflejo del lejano sol poniente. Su parte alta, estaba oscurecida y azulada. Era de una presencia singular e inmensamente serena y bella. Los gorriones y los pajarillos de su parecido tamaño iban hacia el este, en grandes grupos y pequeños, fuertemente y alterados. Algunos, pasaban tan veloces y cerca, que se les podía apreciar, el rápido e instantáneo ruido de las alas. Tal vez estaban asustados y extrañados, por las largas maniobras de un gran avión de una línea regular que entraba a la pista del aeropuerto y sin detenerse alzaba el vuelo, saliendo por uno de sus dos lados, norte o sur; dando una gran vuelta y volviendo a repetir la misma maniobra. Su vuelo era suave y relajado, haciendo las mismas vueltas, desde después de la hora de comer. Su color era blanquecino y amarillo anaranjado de aspecto mate, sin brillo. A veces, en su subida, provocaba un estruendoso ruido.
Un hombre joven, delgado y moreno, cuidaba de los altos de su casa; se le notaba alegre y feliz, en la apacible y suave tarde, tan llena de ruidosas máquinas. Una rubia, sensible y silenciosa mujer, tendía la ropa, en los hilos del balcón, cara al azulado y enrojecido horizonte.
 
 
 
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La mañana era fresca y apacible. La luna, de semblante triste, tenía un halo de color amarillento vistoso, en su alrededor. El viento, venía del sureste. El sonido del motor de un gran barco, resonaba en la silenciosa mañana. En el cielo, cubierto por nieblas troceadas, se advertían algunas brillantes estrellas. Los gallos, puntuales y sin demora, entonaban sus cantos, alargados y solitarios.
 
 
Dos hombres entraban un gran montón de tierra, para mezclarla con el cemento y adecentar un edificio, dedicado a hotel. Un joven hombre, esperaba a su amigo para salir en dirección hacia la escuela. El tendero llegaba con su furgoneta, cargada de alimentos y el pan fresco; dispuesto a satisfacer a todos. Una lugareña, de avanzada edad, limpia, seria y relajada, con su capazo a la espalda, subía la calle, mirando distraídamente a su alrededor. Una mujer, con un bastón en la mano, cedía, educada y complacientemente, el paso. Un gran motor estruendoso, que subía y bajaba de intensidad, echaba un negro fuerte humo. Un hombre, ayudaba a otro. Una joven mujer, iba con un cochecito de bebé, calle abajo. Otra joven mujer, alimentaba a una pequeña, rubia y gruesa niña en sus brazos. Un hombre, de aspecto oriental y ennegrecido, buscaba una tienda de reparación mecánica. Una mujer, desayunaba cómoda y tranquilamente. Y unos carpinteros daban con sus martillos golpes a los clavos y a las maderas.
 
 
El comer es algo que ningún ser viviente puede prescindir, sin perecer o morir. Es algo básico y vital. Cuando comemos, nuestros abundantes alimentos, deberíamos pensar en los millones de seres humanos que no tienen nada para comer. En los hombres, ancianos, niños y mujeres que se mueren diariamente de hambre.
La falta de alimentos y el hambre, son degenerantes, embrutecedores, de la conducta humana. Un hombre hambriento, hace lo que sea, con tal de satisfacer sus vitales necesidades. Pero cuando la falta de alimento escasea, largo tiempo, sólo queda el debilitamiento y esperar la fácil muerte.
No es extraño, en las ciudades del mundo desarrollado, consumista e industrial, ver grandes cantidades de comida desperdiciada y echada a los basureros. Tampoco es anormal, alimentar a los animales, domésticos y de compañía, igual o mejor que a los seres humanos hambrientos. Las personas, deben saber que un animal, por inteligente, dócil y hermoso que sea, jamás debe anteponerse a un ser humano. Las personas que aman de verdad, a los animales y a toda la naturaleza, saben dar su justo y adecuado lugar a cada especie; ya sea vegetal, animal o humano. . Un hombre que ama de verdad a los animales y las plantas, sabe que amando intensa, sincera y apasionadamente a los hombres, todos los demás seres vivientes se ven directamente afectados favorablemente.
Las desarrolladas zonas del mundo donde se sufre y muere de hambre, están dirigidas por los mismos patrones y sistemas, que en el resto de la tierra. Por pobre y miserable que sea el país, todos se gastan grandes sumas de dinero en suntuosidades y armarse fuertemente, con artefactos mortíferos. Todos ellos tienen estrechos lazos de diversa índole, dependiente en gran manera, con el mundo desarrollado. Todos miran y copian las brutalidades y sistemas inhumanos de los países llamados de occidente.
¿Puede ver que con su comportamiento ante los alimentos, el derroche del dinero, los placeres domésticos, uno está influyendo a que el hambre, persista y continúe? ¿Puede sentirse solidario, como un hermano, del hombre que sufre, pasa y muere de hambre? ¿Puede ver a todos los hambrientos, a los de cerca de uno y a los que viven lejos?
El hombre sensible, que ama la vida, sabe que lo más sagrado y sublime son las personas; estén donde estén y hagan lo que hagan. Amándolas y respetándolas, sabe qué hace el bien a todo el universo.
 
 
Esta mañana temprano, cuando la calle estaba aún tranquila, un palomo oscurecido, con manchas redondeadas y azuladas, comía en un desnivel. Estuvo un largo tiempo: al ir hacia él, se asustó y miró, sin marcharse. Su gran ojo brillaba con diferentes colores, sobresaliendo el círculo verdoso, que tenía en el centro.
 
 
Un numeroso grupo de gaviotas, al abrigo de una gran roca, estaban sobre el agua de la bahía, un largo tiempo. Meneaban las alas y daban algunos gritos, suaves y apagados. Una pequeña hormiga negra, comía en una gota, seca de un líquido, adherida a un ladrillo. Cuando terminó, se marchó rápidamente, en busca de su sendero habitual. 
 
 
Todo el conocimiento técnico y fuertemente compensado por los hombres, se encuentra en los libros y en las grandes enciclopedias. Uno cuando quiere saber algo, lo busca en las librerías y en las bibliotecas. Pero el saber ver la verdad, dónde está; la profunda sabiduría, que no tiene maestros, ni profesores, ni líderes y dirigentes, ni salvadores, no la encontrará en los libros, por completos, extensos, sagrados y perfectos que sean. Estos, nos dan una personalidad de segunda mano, vieja, condicionada y repetitiva. La verdadera sabiduría consiste en saber mirar, hacia dentro de uno; donde allí está, todo lo que el hombre ha sido; el porqué de sus desdichas y alegrías; las miserias, los temores e ilusiones; los infinitos sufrimientos y todos los dolores.
 
 
Había un gran silencio y quietud. El viento era casi inexistente e inapreciable. Al pasar la gran barca, que unía las dos islas, su potente motor se oía chirriante y cercano; todos los días hacía el mismo recorrido, lento y pausado, varias veces.
 
 
Los pájaros carboneros, con su cola larga y bien visible, pasaban en pequeños grupos; altos, rápidos, emitiendo su corto y repetido sonido. Iban hacia el este, donde el cerro estaba más despoblado, en busca del refugio nocturno. A la mañana siguiente, volvían hacia las playas pobladas y sus alrededores, en busca de fresca comida.
 
 
Una joven madre, buscaba a su hijo y a sus dos amigas, que estaban por arriba del cerro; tras variadas idas y venidas, al final aparecieron, sin ningún problema. Un joven, inadaptado y original, perro perseguía a un blanco gato; los coches aparcados, dieron ventaja al felino, tras una corta carrera. Después, el gato se echó fácilmente, desde metro y medio de altura, poniéndose a salvo, todo nervioso y alterado. Un fuerte inquieto hombre esperaba a su compañero, para salir a trabajar. Otro hombre, descolorido y cansado, terminaba su larga jornada de trabajo. Una mujer, bajaba de un taxi y entraba en su apartamento. Una madre, guiaba, aconsejaba y cuidaba de su pequeña hija; ella, parecía no importarle, ni hacerle mucho caso y saludaba a las personas, alegre y sonriente. Alguien, en el vecindario, estaba probando una guitarra eléctrica. Haciéndola sonar fuertemente; al tiempo se paró. Una persona, regaba con una manguera su exuberante jardín. Y el sol, tras unas densas y azuladas nubes, se volvía amarillento anaranjado; envolviéndolo todo de un color ocre oscurecido y fugaz.
 
 
 
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El mar estaba inquieto y alterado; el viento del este, le daba el aire, que tiene en los inmensos espacios abiertos. Las olas, sin espuma, venían distanciadas, notándoselas que venían de un largo recorrido. Cuando tropezaban con las grandes piedras, estallaban de espuma blanca, que pronto desaparecía. En el final de la montaña, que se adentraba en el mar, allí las colisiones eran más espumosas., blanquecinas y vistosas. El cielo estaba cubierto por boiras y nubes dispersas, que dejaban pasar, de vez en cuando, al potente sol.
Un gato blanco, dormía y observaba a su alrededor, en un maltratado y verde almendro; alguien había puesto una ancha y plana madera, entre las gruesas ramas, a manera de asiento; él estaba allí, quieto e inmóvil; observaba todo lo que acontecía, por el espeso ramaje del suelo, donde había un pajarillo, oscurecido, redondo por los montículos y las plantas.
 
 
En todo lo alto de la alta grúa de hierro, de color rojo oscurecido, había dos grandes gaviotas, descansando y mirando.. Una de ellas, estaba en un vértice hacia arriba, que era el lugar más elevado; la otra estaba un poco más abajo y distanciada. En el suelo, los atareados albañiles, estiran el cable de hierro, de un silo amarillo, donde aguardaban el cemento. Al descolgarse, tropezó con la ancha pared metálica y las dos, tranquilas y sosegadas, gaviotas saltaron asustadas, emprendiendo el suave vuelo.
 
 
Una joven mujer, de largo pelo rojo, atado en dos colas, bajaba la escalera del cerro, hacia el llano de las playas, en busca de sus trabajo. Alguien había dejado ripio, al borde de la calle; en un largo y poco profundo hoyo. Un hombre, que conducía una gran furgoneta de repartir pan, daba a una persona algo empaquetado; los dos, se sentían simpáticos, amables y agradecidos. Otro coche detrás, esperaba pacientemente, para seguir la marcha. Un hombre joven y remangado, tranquilo, sereno y sosegado, llevaba varios botellas de lejía, apiladas en las manos.
 
 
Un perro pequinés enano, todo negro, menos la punta de los dedos y un trozo de pecho, lamía el suelo en busca de comida, entre los residuos de la basura. Tenía la nariz torcida; estuvo largo tiempo buscando, olfateando y restregando su roja lengua, por la estrecha lengua. Cuando terminó, dio un ladrido y apareció otro perro de su misma raza, empezando a correr fuertemente calle arriba.
 
 
Un hombre de muchos años iba, con su capazo colgado al hombro, a comprar. Estaba alegre y hablador, pero sus dudas de bajar a las rápidas y concurridas calles. Una mujer de varios años, bajaba fácilmente hacia la ciudad; su aire era serio y disciplinado. Una golondrina pasó fugaz, presagiando la cercana primavera.
 
 
Va fuertemente arraigado en lo profundo de los hombres, el sentimiento del disfrute egoístamente del vivir. El hombre, que parece viejo, en un lugar maltratado y mal aprovechado; ni es anciano, ni acabado; y el lugar donde habita puede ser aprovechado felizmente, hermoso y pacífico. Desde la niñez, se nos enseña en pensar en nosotros; creyendo que los demás no sienten, ni sufren, como uno. Toda la base intelectual del hombre consiste en pensar solamente, en su propio bien. Lo malo de esto es que se ha convertido y establecido como algo natural, y bien visto; es como si fuese el otoño o el verano, puede ser poco, o mucho satisfactorio, pero se lo tolera. Y los hombres, tan acomodaticios y ansiosos de seguridad, no dudan en proseguir y transmitir sus comportamientos, funestos y destructivos.
Cuando uno ve a un niño, o joven hombre, comprende todo lo destructiva y agresiva que es la sociedad. Ellos hagan las acciones más detestables que se puedan imaginar, las hacen convencidos de que son normales y no malvadas. Esto es el patrón, que rige nuestro mundo actual, en que vivimos. En la familia lo imitan; en la escuela, lo aprenden; más tarde, en el mundo donde viven y se desarrollan, lo establecen, lo practican y perfeccionan. ¿Vemos la gran importancia que tiene el buen, o mal, comportamiento de uno? ¿Vemos que el egoísmo es el primer factor perturbador del orden y del hombre?
Todos vivimos encerrados en nosotros mismos, bien resguardados; para no sentirnos maltratados, ni heridos, por los demás. Pensando y hurgoneando, en nuestras inacabables llagas; creyendo que así tendremos quietud y sosiego. Todos tenemos un gran sentido de autocompasión, limitador y aislante; creyéndonos el dentro de todas las desdichas humanas. Este es el sistema de pensar del hombre tecnificado y desarrollado que le han enseñado, de diversas maneras, a eludir la más noble y feliz responsabilidad con sus semejantes. Uno se da gran importancia; pero al otro, al vecino, al esposo, al hijo, o al hermano, se le minimiza, restándole valor. De ahí arranca todo el caos y desorden del mundo. El mundo somos todos; y uno, es el mundo.
La vida, la manera de vivir, puede cambiar, ser armoniosa, apaciguada y feliz. Pero esto no son palabras solamente; para que sea una realidad cotidiana, uno tiene que desprenderse de los viejos y conflictivos actos que guían su manera de actuar. De esa manera, desprendida y humana, la tierra y el hombre se protegerían mutuamente, sin conocer la angustia ni la destrucción. Donde los problemas de uno, serían los de todos,. Y uno, estaría al servicio de los demás.
 
 
Las nubes y las brumas, blanquecinas y oscuras, cubrían todo el cielo, en todas direcciones. El mar, sin violentarse, iba creciendo en su inestabilidad. Estaba verdoso y aparentemente sosegado, pero tenía una gran movilidad. Las olas eran grandes bloques de agua, meneándose todas a la vez; que al llegar muy cerca de la playa, se tornaban un poco espumosas. El viento era suave, más la fuerza del mar daba a entender que lejos, en el inmenso mar, soplaba con gran fuerza. No llovía, aunque parecía que iba a hacerlo de un momento a otro.
 
 
Los pájaros, sin importarles el estado del tiempo, cantaban sus finas y alegres músicas, acompañados por el sonido continuado y profundo del mar. La gran roca y sus grandes piedras delanteras, se veían como si estuvieran asaltándola, por las infinitas y continuadas olas; emblanqueciéndose fugaz mente, en su contorno.
 
 
La gran barca pasó haciendo sus recorridos diarios; teniendo que efectuar una gran uve para afrontar con menos riegos el oleaje del mar. Primero se dirigió hacia el noroeste, donde las olas venían de costado y por detrás. Luego, en medio de la entrada de la bahía, viró hacia el noreste, dándole el oleaje, de costado y por delante.
 
 
Los pinos, los arbustos y las flores, completamente rojas de navidad, lucían con intensidad en su hermosura, ante el cielo apagado y oscuro. Los pinos, sobre todo, transmitían un profundo sosiego; uno grande ennegrecido, estaba lleno de pequeñas yemas, de color amarillento. Otro más pequeño, más claro y con las hojas más tupidas, estaba resguardado entre dos edificios. Había varios, cada uno con su propia personalidad, todos con rasgos y detalles diferentes.
 
 
Pasó un avión, sin poder verse, entre las nubes. Un hombre, instalaba un gran depósito de agua, en lo alto de un edificio, de ocho plantas, su color era de aluminio mate. Las personas, encendían sus chimeneas. Y unas cuantas golondrinas, pasaron fugaces, hacia el norte.
 
 
 
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Solamente se podía ver, en cuanto apenas, el faro que estaba en un pequeño islote, en medio del freo. La densa bruma y las nubes, rápidas y cambiantes, lo cubrían todo; había una gran humedad. El mar estaba suave, movido y verdoso, y hacia las playas terroso. Con el movimiento, de las incesantes y cada vez más veloces olas, la gran roca y sus grandes piedras parecían haber disminuido en su tamaño, siendo bañadas por los saltos blancos del mar. El viento era del noreste, dando un sonido al mar continuado, susurrante y profundo. El cerro, al entrarse hacia el mar, hacía de pared, cambiando de color del mar con una definida línea, curvada y larga. En la parte más hacia el mar abierto, el color era más oscuro, vivaz y movedizo; hacia las playas al abrigo, donde el aire estaba amortiguado, estaba más quieto, claro y algo terroso. Había un gran silencio y quietud, donde los pájaros alborotados, algún perro y vehículo, sobresalían grandemente.
 
 
La belleza, para que exista, uno tiene que mirar, como si fuera la primera vez. Sin las imágenes acumuladas, viejas y repetidas. Mirar la nube, no como su nombre indica, sino más allá de las palabras, que jamás son la realidad. Las palabras y las imágenes no son la cosa descrita, por bien elaboradas y acabadas que sean; la realidad y la belleza, no puede transportarse por el tiempo y el espacio. Ellas, son instantáneas y perecederas; donde el hombre, si las toca, hace una mediocre y falsa imagen de su grandiosidad indescriptible.
 
 
Un gato blanquecino, cruzaba la calle con algo oscuro y fresco en la boca; llevaba la cabeza erguida, levantada, con gran fuerza y poder. Se le notaba excitado; y sus movimientos eran rápidos e instantáneos. Una delgada mujer paseaba a un perro. Un hombre joven, correcto y amable, iba hacia su cuartel, vestido con uniforme militar. Una niña pequeña, llevaba un cartón de leche. Las gaviotas, gritaban y se empujaban, en todo lo alto. Un hombre, con la cabeza rapada, , cargaba ripio en una furgoneta. Un hombre mayor, esclarecía las abundantes ramas de los geranios; y las pequeñas pitas, de una larga jardinera, que servía de baranda, de los balcones de un apartotel; una de las grandes, carnosas y verdes pitas, tenía unas cuantas hojas clavadas, con sus aguijones en el tallo cónico, tierno y claro de su centro. Alguien, en su agresividad y tedioso aburrimiento, había hecho la insensible hazañería. Una mujer envejecida, con un pañuelo negro atado a la cabeza, subía la calle con una bolsa de pan y otros alimentos; iba haciendo paradas, descansando y con pocas fuerzas. Un camión, cargado con cajas de leche y cerveza, pasaba estruendoso. Y una mujer oía música con un radio magnetófono.
 
 
La bahía estaba llena de embarcaciones; a pesar de las malas condiciones del mar, o tal vez por eso. Estaban disputando una regata de balandros. Serían alrededor de cincuenta; todos eran blancos, menos unos cuantos que llevaban la vela triangular a rayas rojas y blancas. Había un gran despliegue de grandes y pequeñas embarcaciones, que se encargaban del control e instalar las boyas. El trazado era triangular; había que recorrerlo por la parte de fuera de los tres vértices, que eran anaranjadas boyas. Los pequeños laúdes, repartían las boyas y las controlaban; las lanchas con motor fueraborda, iban y venían veloces; una lancha gris, muy rápida, grande y de gran maniobrabilidad, vigilaba a distancia, desapareciendo y apareciendo. Y una gran balandra, de dos palos, uno grande y otro menor, toda color marrón oscuro, con la gran vela rectangular desplegada, también seguía de cerca la complicada competición. El mar, estaba un poco más calmado y el sol llegó a calentar.
 
 
Una mujer, alta y delgada, habla a solas. Otra mujer, buscaba en un buzón de correos. Una niña, toda sola, jugaba y un perro la acompañaba. Dos perros grandes, poderosos y fuertes, peleaban dando grandes gritos; los cuidadores, no los podían controlar, despartiéndose instantáneamente. Los coches, pasaban sin cesar. Las nubes compactas, habían vuelto a aparecer oscurecidas. Un niño paseaba solo, calle abajo. Una mujer vendía billetes de rifa diaria. Y pronto llegó la quietud y la tranquilidad silenciosa.
 
 
Los animales que están cerca de las personas, actúan y se comportan según la personalidad de sus cuidadores. Un hombre dócil y serenado, transfiere en la medida de lo posible, al animal que atiende, estas cualidades. Y al contrario, una persona agresiva e inquieta, provoca estas maneras a los seres vivientes que dependen, en cierta medida, de él. El animal obedece, sin planteárselo, a los comportamientos imitados y dirigidos por su cuidador. Aquí, es donde reside la diferencia entre el hombre y el animal. Uno actúa y puede considerar, observar, distinguir y encauzar; el otro, el animal, actúa sin consideraciones, sin más.
Cuando un animal, o persona, está fuertemente alterado y agresivo, sin lugar a dudas es un peligro. Pero este peligro aumenta o disminuye, según el estado interno del que los observa. El ser que está pronto a la violencia, la descargará al más violento que encuentre. De ahí, la gran importancia de ser apacible, humilde y compasivo. Uno no puede convertirse, si no lo es, en estas cualidades, de la noche a la mañana. Pero en el momento en que uno ve todo este proceso, de la actuación humana, deja, cesa, en ese instante de actuar conflictivamente. El ver, es actuar; donde hay visión clara, lúcida y diáfana, la acción es así mismo, ordenada y armónica. Y este orden y armonía es lo no pensado, lo nuevo, el amor y el renunciamiento.
De la misma forma que los animales actúan y se comportan según lo visto y enseñado, las personas tenemos el mismo proceso educacional y comportamental. La educación del hombre es altamente sofisticada, donde se pretende inculcar la experiencia de la libertad, la ciencia, las leyes y conductas fuertemente establecidas y convencionales. Las personas serias, si lo son, deben cuestionar y considerar todo lo establecido; no creer que conocen tal o cual manera de proceder, porque el condicionamiento es, y ha sido, fuerte e impositivo. Cuando uno dice que sabe, es que no sabe. Saber quiere decir instantaneidad; morir a lo que sabía ayer, a lo de antes. Enfrentarse con el ahora, el presente, sin ningún prejuicio ni opinión.
El amor es esto, renunciar a todo el fuerte y poderoso bagaje acumulado en la familia, en la escuela, la universidad, las supersticiones y las religiones organizadas, a través de varios miles de años. Y sentirse nuevo, humilde y respetuoso, con gran sentido de piedad hacia toda la humanidad. El hombre, para que pueda vivir fácil y pacíficamente, ha de desprenderse del pasado, del miedo, sin descuidar la ineludible moralidad y compasión, por todos los seres humanos que sufren hambre, pobreza, injusticias, brutalidades violentas y todas las perversiones y miserias humanas.
 
 
Una niña se interesaba por un niño. Un niño conversaba con un hombre. Otro niño intentaba participar consiguiéndolo. Y los perros los seguían como si fueran grandes amigos; ladraban, dormían, comían con ellos y cerca de ellos; con ellos todo era fácil y sin miedo. Entre ellos, no había suspicacia, pensamientos que se habían de esconder, ni falsedades; se exponía todo y los perros lo entendían todo y a todos.
 
 
A los hombres jóvenes, les gusta hablar y juntarse con hombres de más edad. Nada más necesitan sinceridad, amabilidad y comprensión. Cuando un hombre conversa con un joven, hay una gran transmisión indescriptible de belleza y amor; donde el tiempo, como hoy, ayer y mañana, aquí o allá, no existe.
 
 
 
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La espesa y densa bruma lo abarcaba todo. Solamente se podía ver, como una masa negruzca, la gran roca y sus grandes piedras. La humedad estaba en todo. El mar estaba más aquietado, de color verdoso. El viento, inapreciable. Venía del noreste.
 
 
Un hombre joven llevaba papeles y un libro, bajo el brazo; en la mano lucía un ramo de frescas margaritas. Otro hombre cargaba la batería de un coche. Una mujer joven limpiaba y se divertía. Un hombre serio, de cara emponzoñada por el sueño, entraba un saco de pan y alimentos a un bar. Una alta y delgada mujer, ayudaba. Otra mujer barría y limpiaba la acera. Un coche blanco, con dos policías, subía la calle. Unas campanas daban la hora, desde un lejano campanario. Una mujer llenaba bidones de plástico, en un grifo, para que su marido se lavase. Un niño venía solo por la calle, estaba desencantado y un poco triste, por su azarosa vida; pronto se rehízo, encaramándose arriba de una baranda.
 
 
Esta noche había llovido, o caído gran cantidad de rocío, acompañado de abundante tierra amarillenta. Los coches estaban, con los cristales incluidos, llenos de polvo seco terroso. El siempre verde, los pinos, las chumberas, el algarrobo, los áloes arbolados y los arbustos de hojas grandes, estaban coloreados de diversos tonos amarillos, blanquecinos y marrón oscuro terroso.
 
 
El viento soplaba del oeste; parando el fuerte oleaje del mar. Sus movimientos habían disminuido en frecuencia, aunque las olas eran altas y potentes; saltando por las grandes piedras y llenándolas de blanco. El viento, flojo e inconstante, había despejado la espesa y densa boira, coloreada y amarillenta; dejando pasar el extraño, tibio y débil sol entre las finas capas de nubes y lo que quedaba de la niebla. El ruido del mar -a veces inapreciable- era acompasado, con un fondo continuado y a murmullado. Cuando una gran ola rompía por la cima, levantando el viento la espuma hacia atrás, el ruido resaltaba, arrastrador e intenso; las gaviotas intentaban eludirlas, acercándose a la orilla de la playa del cerro.
 
 
Un negro cormorán se acercó planeando, por encima del agua y posándose cerca de la orilla; nada más se detuvo, se escabulló entre las movedizas olas. Al cabo de un tiempo, alrededor por donde se había sumergido, apareció su erguida y negra cabeza. Tan solo unos segundos para coger aire y fuerza, y volvió a sumergirse; apareciendo después de un tiempo; repitiendo así la misma zambullida y las apariciones. Permanecía un largo tiempo por debajo del agua, corriendo largos trayectos, en todas las direcciones.
 
 
Una de las cosas que más sorprende a las personas, son las presiones que le impelen a actuar incorrecta e inconscientemente; sin darse cuenta, claramente, de lo que acontece. Es como si uno estuviese en medio de una grandiosa corriente y se viese arrastrado por un corto, o largo, tiempo, sin percatarse, lúcida y cuerdamente, en esos precisos momentos. Luego, cuando se reintegra, se da perfectamente cuenta de todo su infortunado comportamiento. Es como una fatalidad de los hombres. Sabemos todo lo que hemos hecho durante muchos miles de años; pero no nos conocemos, no sabemos quién somos y de qué somos capaces de hacer. Uno no sabe qué podrá hacer, qué comportamiento tendrá ante su esposa, su hijo, su anciano padre, sus vecinos, cuando se encuentre presionado por los múltiples retos, a que está expuesto. La confusión reinante acrecienta esta desdichada situación. La excesiva divulgación y difusión de acontecimientos catastróficos, violentos y altamente comprometidos, agranda más el desorden relacional.
Las personas se ven asaltadas por cuestiones y temas complicados y muy confusos; debidos, entre otras cosas, a la sofisticada y tendenciosa información dada desde diferentes puntos de vista. ¿Puede uno ser insultado y maltratado, en sus principios y opiniones, sin sentirse impelido a reaccionar de la misma manera? ¿Podemos no responder al reto cuando nos lastiman nuestra imagen? ¿Podemos vivir sin contagiarnos de la agresividad y violencia que hay en todas partes? Uno cree que está en posesión de la verdad; y esto es un obstáculo, para poder desprenderse de la sorprendente agresividad. ¿Puede uno no ser desbordado por la corriente impetuosa de la confusión, el caos y la violencia, tan divulgada, familiarizada, tan cotidiana y natural?
La represión no es la solución. El comportamiento adecuado y correcto primero; y la exposición clara de todos los impulsos crueles y violentos, depositados en las profundidades de nuestras mentes, servirán parar aclararnos y darnos el sosiego necesario, para poder afrontar las maneras rígidas, brutales e inhumanas predominantes. La reclusión y el aislamiento no dan el satisfactorio y compasivo orden necesario a uno. La relación es ineludible, aunque se esté escondido bajo tierra
Las personas que hemos gastado tantas energías para ir a la luna y explorar el infinito espacio, no tenemos la suficiente fuerza -energía- para poder desprendernos, de una manera definitiva, del desorden, la distorsión, la violencia y la guerra.
 
 
Las luces se encendían. El viento había cesado. Las motocicletas bramaban con las aceleradas. Los animales se alteraban ante la oscuridad y los movimientos humanos. Un pequeño murciélago recorría la orilla de la playa, cerca de los edificios. Las nubes, cambiaban de dirección. El mar rugía y enseñaba sus maneras. Y las sufridas personas, cambiaban el ritmo, ante la alterada o descansada noche.
 
 
 
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El silencio mañanero hacía oír los ruidos, inaudibles en otros momentos, que provocaban las personas. Las pequeñas amapolas rojas, silvestres, con su fineza y fragilidad, radiaban de vida, ante el nuevo día; estaban cobijadas y disfrutando de la poca tierra, entre varias plantas y arbustos. Unos vidrios verdes rotos, de una botella, estaban esparcidos por una escalera, que daba directamente a la playa. Las olas, venidas de muy lejos, se estrellaban contra las pequeñas piedras; bañándolas y llenándolas de vida y color. Dos árboles, extraños y de fuera del lugar, crecían a poca distancia del agua. Los muros de las piscinas construidas dentro del agua, se veían asaltados por los choques del agua, que al no poder romper en declive, subía varios metros hacia arriba, blanca y espumosa. Cada ola tenía su propio ruido, más el constante y continuado murmullo de todas. Las nubes iban desapareciendo lentamente: y el sol, cuando salía, calentaba con fuerza e intensidad. Tres hombres pescaban con cañas largas; uno lanzaba el sedal hacia el fondo del agua, sin coger nada; más tarde fueron a otro lugar. Les seguía un perro, grande, negro, que intentaba coger el trozo de tripa que llevaba en el anzuelo. Un hombre de varios años, con un bastón blanquecino y limpio, que se le apreciaban los muchos nudos, estaba en una terraza, al abrigo de unas palmeras. El bastón no estaba ni pintado, ni teñido, por ninguna sustancia brillante; parecía que lo acababa de estrenar, después de quitarle la corteza. La mano, se apoyaba en una rama, no muy gruesa, en la parte más ancha y alta. En una palmera no muy alta, alguien había dejado, atadas a una rama, un par de sandalias de color verde enrojecido; parecían estar largo tiempo a la intemperie. Algún velero estival ero había dejado una boya a pocos metros de la orilla; el color anaranjado le daba aún un aire más solitario en la bahía. Las abundantes palmeras que había entre las casas, donde servían comidas y bebidas y las terrazas, que disponían para servirlas, estaban con apiñadas palmas verdes y secas todas las ramas se juntaban unas a otras, formando una tupida sombra a espaldas del mar, de varios metros. Entre unos pocos milímetros, al desajustarse unos finos ladrillos, habían abundantes matitas, tiernas y delicadas; ellas salían desafiando todos los peligros; la fuerza y la intensidad de la vida, no conoce obstáculos, ni situaciones favorables o desfavorables. Por una empinada cuesta bajaba una joven mujer, fría y ensimismada; el suelo era de tierra rojiza, pelada, y daba un gran sentimiento de fuerza y energía, al pisarla. El siempre verde florido despedía suave y fresco aroma, en torno al lugar donde crecía. Una joven mujer limpiaba los barreños de goma, donde ponían la basura. Desde una casa, donde servían comidas y bebidas, un perro pequeño salió ladrando, alguien lo llamó, pero él no hacía caso; adentro las personas, desayunaban y preparaban lo necesario. Una mujer cogía la bicicleta y se disponía a dar una vuelta. Los pájaros cantaban al sol. La máquina de barrer la calle, hacía ruidos rápidos y chirriantes. Y la vida lucía en todo su esplendor, en todos los sitios.
 
 
La depresión es algo común en todas las personas. En alguna época, circunstancia o momentáneamente, hemos sentido su suave y distorsionante dolor. A veces ese tierno y delicado sufrimiento desemboca en complicadas peligrosas situaciones, que uno tiene que eludir. Cuando más complicada y sofisticada es la manera de vivir, mucho más fácil es que aparezca este estado mental. Las sociedades modernas e industrializadas, con sus caprichosas y consumistas necesidades, hacen provocar en las personas numerosos conflictos, que al no poderse resolver, rápida y satisfactoriamente, degeneran en frustraciones y en situaciones del ánimo dolorosas y angustiantes.  
La depresión es la impotencia, el desencanto y la humillación -falsa o verdadera- de una persona. Este sentimiento profundo de desolación, soledad y tristeza, a veces lo resuelven con profusión de agresividad y violencia, El principal factor desencadenante es el terrible e inaplazable -e inapreciable- deseo. Deseo ser inteligente; deseo codearme con los mejores; deseo estar al día, no rezagarme; deseo de seguridad económica, física y emocionalmente; deseo de permanecer siempre joven, adoptando absurdas actitudes ante la vida; deseo de sentirme halagado, mimado y querido; deseo de ser grandemente respetado y considerado. Todas estas actitudes humanas -sumamente ignorantes- las tenemos todos los hombres; latentes o acuciantes. Sin darnos cuenta que la vida, de la única manera que puede ser, para que sea alegre y bella, es sin las seguridades a que nos aferramos tan desesperadamente. Además, como la seguridad es algo falso e inventado por los hombres, ineludiblemente traerá conflicto interno, que luego se transformará en externo.
Esta actitud humana es, como todas, fácilmente contagiosa. Más aún, en una sociedad donde hay tantas opiniones compactas, uniformes y homogéneas, donde una opinión, un desenlace, una circunstancia, puede alterar a un gran ámbito humano. Ciertamente los poderes, y los responsables de la salud pública, ignoran o pretenden ignorar, tales circunstancias, donde el hombre es sólo una pieza, un número, un papel que lo acredite como tal. Los hombres, en ciertas circunstancias, son tratados como objetos inanimados; igual que cajas de zapatos, ladrillos o cosas sin sentimiento, como si no fuesen capaces de percibir, sufrir y padecer los dolores a que son sometidos. De ahí que estas maltratadas y dolidas personas, sin poder solucionar, ni encauzar, sus frustradas ilusiones, rompan a veces en actos violentos y agresivos. Y los poderes, intelectualizando, justificando y reprimiéndolos, forman toda la cadena, sin fin, de los gobiernos soberanos, autollamados democráticos.
La principal desgracia del hombre, y desencadenante de desilusiones y frustraciones, es el querer, desear, ser algo diferente de lo que es. No es inmortal, ha de perecer; la justicia no existe en ninguna parte; la belleza, que tiene innata, la quiere transformar a su criterio; busca la felicidad, sin la moralidad; busca la paz, sin la justicia y la compasión. Todo esto lleva a la depresión. Para que desaparezca, uno tiene que conocerse, saber quién es y de qué es capaz. Sin querer imitar, copiar y confundirse con ilusiones esnobistas. La verdad, la realidad, no conoce escalas y estatus, esto es invención humana. La verdad es mirar igual a todos y dar a todos su justo mérito.
Para que no llegue la angustia y la depresión, uno tiene que estar atento a todo esto. La inatención provoca toda la desdicha humana y la falta de amor.
 
 
Las calles de las playas estaban vacías y silenciosas. Todo el barullo estival estaba ausente. Las tiendas, donde prestaban por dinero bicicletas. Los bares, llamativamente pintados. Las tiendas de ropa cara. Los hoteles pequeños. Todos esperaban con impaciencia el buen tiempo y, con ello, a los consumistas turistas; para abrir las largamente cerradas puertas, y contagiarse de la falsa alegría y riqueza, que ellos traían.
Una mariposa, negra con líneas rojas y blancas, había perdido una ala y las que le quedaban iban perdiendo el fino polvo, quedando casi transparentes. Estaba abrigada, entre el rincón que hacía una puerta y un banco de piedra. Se encontraba muy débil, decaída. Y tuvo que ser trasladada, al trozo de tierra cubierta de hojas , que hacía de jardín. Allí estaba más segura y no podía ser aplastada por ninguna persona, al no verla. Sus finas piernas, se cogían a las hojas y el ramaje seco, para no ser volteada por el suave viento; aunque la brisa hacia doblar un trozo de un ala. Sus dos largas antenas resaltaban hacia delante, rectas y en uve; estaban coloreadas, de puntos blancos negros; al final de ellas, se hacían más gruesas, destacando las terminaciones, amarillentas blanquecinas.
 
 
Las moscas, grandes y negras, tomaban el sol amarillento y decaído de la tarde. Estaban dóciles cuando se paraban en una piedra, de un pequeño muro, permaneciendo largo tiempo. Luego daban una vuelta y tornaban a buscar otro lugar, permaneciendo otro largo tiempo. Un gallo cantaba; parecía pequeño y su voz era muy potente, oyéndose claramente; cantó varias veces y luego se paró.
 
 
La pequeñez humana, cuando se junta, es igual de pequeña, pero engrandecida. Una persona sola, no es nadie; varias, hacen algo; un gran número de ellas, si se ponen de acuerdo, pueden hacer cosas impensables y desastrosas. Las grandes teorías e ideas destructivas y violentas, apoyadas por gran número de personas, pueden llevar a cabo, como si fueran correctas, enloquecidos y desgraciados actos; que siempre terminan en más violencia y destrucción.
 
 
 
47
 
La luna iluminaba un gran trozo de mar, una negra solitaria piedra y el interior del apartamento. Estaba, en su mitad, decayendo y tenía una gran belleza; brillante, serena y acogedora. Justo debajo, al sureste, relucía una pequeña estrella, que no perdía encanto; estuvo brillando hasta poco antes de salir el sol, sin separarse de la media luna.
El este enrojeció, calentando todo el mar y la tierra; los edificios que esperaban al sol, parecían nuevos, como acabados de hacer, brillando de serenidad y belleza. Había una gran quietud, no se oía nada; un gallo empezó a cantar, lejano y tristón; unos perros ladraban, lejanos también; un pajarito saltó de su cobijo nocturno; y el día empezó, con sus múltiples actividades y ruidos. Era un día brillante y serenado, viniendo el suave aire del oeste.
 
 
Los coches pasaban estirando de la estrecha calle; sus veloces pasadas podían con todo. Un hombre muy joven, subía a su bicicleta y marchaba a su obligación. Una joven madre llevaba a un niño en su cochecito, cubierto con un plástico transparente en los lados, y otro pequeño a pie, en busca de la ciudad. Un hombre y una mujer, extremo orientales, bajaban la calle con su coche amarillo, llevando un cochecito de bebé, sin ruedas, detrás. Unos hombres, que trabajaban arrancando y perforando la piedra, tomaban alimento y bebida, en la alta acera de un bar. Unos payeses traían huevos del campo. Un hombre, con carácter oriental, cuidaba y distraía a una niña pequeña. Un niño daba de comer a un perro, bajo la dirección del padre. Una mujer barría la puerta de una casa, largo tiempo cerrada. Otra mujer ayudaba a un joven hombre. Un gran saltamontes volaba esforzadamente. Las laboriosas e incansables abejas iban de arbusto en arbusto, posándose en sus tiernas ramas. Un grupo de pajarillos pasaba veloz, haciendo griterío, hacia alguna cercana parte. Y una ropa tendida, de variados y llamativos colores, se secaba al fuerte sol.
 
 
Bajando por la escalera, de grandes piedras talladas toscamente, se veía la cabeza de un gusano, de rayas blancas y negras. Había construido alrededor de su largo cuerpo, una especie de cámara, con trozos de hierba seca. Sacaba su cuerpo un trozo, se cogía a las piedras y empujaba, arrastrando todo el ramaje. Avanzaba lentamente e intentaba cruzar -y lo consiguió- todo un rellano de la escalera. Cuando llegó a la otra parte, se camufló con las hojas secas y pequeñas ramas, quedándose quieto.
 
 
Cuando hay una gran catástrofe, o una crisis, las personas parecen sentirse, en esos momentos, muy solidarios; muy sensibles y compasivos; interesándose y divulgando las desgracias acaecidas.
¿Puede uno sentir todo el tremendo desorden de la vida? ¿Todas las crisis que hay perennes? ¿Podemos ser solidarios, sin esperar a desgracias e infortunios? ¿Cómo vemos las catástrofes, evitables o fatales?
Las crisis obedecen y están provocadas por el desajuste entre los poderes y los gobernantes. Una gran demanda de libertad provoca una crisis. Un reajuste económico, lleva a una crisis. Todo cambio, personal o global, trae crisis. Pero la crisis no tiene que ser, necesariamente, desagradable y perniciosa. Cuando dos personas, en su relación, se encuentran en crisis, no tiene que ser obligadamente negativo. De la exposición clara de cada desencadenante de la crisis, se debe llegar a felices y armónicas relaciones. Un hombre serio y sincero, no le importa descubrir comportamientos erróneos y desafortunados. Él sabe que el camino de la verdad es desprendimiento y renunciamiento, de lo que obstaculiza el libre fluir de la realidad.
Cuando las personas intentan cambiar el fácil y armonioso ritmo de la vida y la naturaleza, está provocando las desastrosas catástrofes. Las grandes cantidades de energía y materia, fuertemente controladas, hacen al hombre tremendamente vulnerable a las desgracias. Las grandes y tiránicas represiones, siempre están sometiendo a las personas a alterados y desajustados conflictos. Todas las revoluciones armadas, han sido motivadas por crueles dictaduras; que trataban al hombre de manera indecente, inmoral y degradante. Las grandes crisis y revoluciones sociales, para que desaparezcan, los poderes y los gobiernos que se suceden -unos a otros-, han de comprender que sus privilegios, sus autoritarismos irracionales, sus desajustes económicos, han de convertirse en igualdad, verdad y justicia compasiva.
En el momento que en un determinado lugar se construye o altera, una gran configuración natural, para almacenar grandes cantidades de elementos, cuyo estado natural es el libre fluir, sin ningún impedimento, se está provocando las catástrofes. Los hombres, con su obstinada actitud de cambiar lo que les place o conviene, siembran la gran semilla de las dolorosas catástrofes. La lección más clara nos la da la naturaleza, con su necesaria y justa austeridad. Nadie, excepto el hombre, acumula y almacena en la tierra. El amontonar es desequilibrio, es provocador de grandes confusiones. El amontonamiento es miedo y deseo exacerbado.
Las personas que buscan la felicidad de los hombres, no se preocupan por el mañana. Esta idea aburguesada y anticuada, es desfavorable para una vida sosegada y feliz. Un hombre que busque, por medio del amor, la paz y la felicidad, la verdad y la realidad, con los retos del ahora, no necesita más estímulos y seguridades.
 
 
Una mujer mayor, se interesaba -recelosa- por un hombre. Unos jóvenes, hablaban y decidían. Un hombre joven atendía a muchas personas. Una mujer alta y delgada dejaba en su cochecito a su pequeño hijo sobre la acera. Una joven mujer cojeaba y se quejaba. Mejorándose rápidamente. Los niños salían de la escuela desaseados. Unos hombres pintaban, todo de blanco, un gran edificio. Un gato, todo negro, trepaba varios metros por el tronco de un pino. Los coches de autoescuelas se veían en todas partes. Las personas se auto intoxicaban. El mar y su lejano horizonte, eran inmenso y bello, azulado y recto; parecía inofensivo, pero tremendamente profundo. Dos niños iban de paseo. Un coche amarillento hacía un adelantamiento veloz y peligroso. Un padre llegaba cansado y serio a casa. Un hombre daba de comer a un perro, atado con un cable de electricidad. Y los coches pasaban, haciendo sus ruidos inconfundibles y familiares.
 
 
 
48
 
Esta mañana, cuando el sol era suave y dulce, un gran barco velero se veía a lo lejos, en el inmenso mar abierto. Sus altas y grandes velas eran teñidas por el sol amarillento. El mar estaba quieto y azulado; y el cielo no tenía ni una sola nube.
Una mujer partía a su trabajo. Un pajarillo, posado en los hilos de electricidad, que cruzaban la calle, cantaba ligero y expectante. Una mujer mayor, aconsejaba a un hombre joven, sobre el tiempo. Otra mujer, joven, observaba sonriendo. En los ladrillos de la acera, se apreciaba una mancha y otras más pequeñas y esparcidas, de sangre roja y seca. Unos jóvenes esperaban para comprar alimentos. Trabajadores uniformados de azul oscuro, pasaban con una furgoneta grisácea, calle arriba. Un hombre levantaba la persiana de su negocio. Una joven mujer iba pensativa hacia la escuela. Un joven hombre albañil, se quejaba del trato y el ritmo de trabajo, mientras esperaba el almuerzo. Un hombre trabajador estaba en la cuarta, o quinta planta, de un edificio sin paredes, a varios palmos del final del piso. Una joven madre subía a un coche y llevaba a sus dos hijos a la escuela. Otra madre se preocupaba, atendía y despedía a sus hijos, que iban a la escuela. Un jefe trataba amablemente a un trabajador. Una distanciada y solitaria mujer acariciaba y jugaba con un perro. Un hombre, que trabajaba, se quitaba la prenda. Un joven padre se dirigía a su trabajo, serio y preocupado por sus hijos. La inmensa belleza de la naturaleza, se desvanecía y desaparecía, ante la prisa y los deseos irrealizados. Y una sirena se oía a los lejos. Dos hombres iban a sus negocios. Y un coche hacía sonar largamente su claxon, a su paso.
 
 
En los países desarrollados e industrializados, las epidemias que hacían gran daño y sufrimiento a los cuerpos de las personas, parece, en cierto modo, que ha sido dominadas de su virulencia. A su vez, ha aparecido otra, maligna e infecciosa, epidemia: la mental. Aunque en el fondo, todas las epidemias, habidas y presentes, son mentales, espirituales, psicológicas, emocionales, o como se las quiera llamar. Todos los furores que desatan las ideas, llevadas hasta el fanatismo, no es, ni más ni menos, que una epidemia. Las crueles y despiadadas persecuciones contra grandes grupos de personas, razas, minorías étnicas o de diferente ideología, es también una epidemia. Una persona que quiera profundizar en la verdad, debe saber que las diversas ciencias están al servicio del poder dominante; y las cuestiones que no interesan, son arrinconadas y olvidadas; si es necesario, hasta con la fuerza. La historia pasada está llena de lamentables sucesos, que algunos arguyen -su detestable acción- como defensiva de sus ideas e intereses. Pero no cabe duda que eran violentos, crueles e inhumanos; aunque quienes los practicaban y dirigían, eran personas respetables y bien consideradas, ante los demás.
En la actualidad, y con la profusión de las comunicaciones, estas epidemias mentales son vertiginosas. A las personas, no preparadas, no acostumbradas, se les somete a grandes e intrincadas cuestiones, delicadas y altamente serias. El resultado es una gran agresividad, en todas las relaciones. Los sistemas absurdos, dirigidos por los políticos, no dudan en sofisticar y engañar a los amedrentados e impotentes personas. Los políticos, saben que es de la única forma y manera de poder seguir con sus enloquecidos y brutales sistemas. La verdad les da pavor. Y ellos mismos, han sucumbido a la misma epidemia, sin poder controlarla.
La reacción impetuosa a cualquier conflicto, crisis o tendencia ideológica, es inmadurez. Un hombre serio sabe y comprende el porqué de las alteraciones humanas. Las aparentemente tranquilas y las altamente agresivas. Y sabe que la única manera de afrontarlas es con una gran compasión y renunciamiento. Sabe, cuando habla el corazón y cuando habla la sinrazón.
Todos estamos expuestos a estas desafortunadas y vergonzosas presiones; que uno, con la profunda atención, la tranquilidad y el orden, que proporciona una vida de servicio y amor, ha de saber darle su merecida interpretación y su lugar adecuado. Para luego poder transmitir e informar a las sufridas y atolondradas personas.
 
 
El viento soplaba flojo del noreste, emblanqueciendo la bahía, las montañas y todo lo distante, con la suave boira. Las casi transparentes nubes eran pocas y alargadas; y estaban hacia el sur, desde el este, hasta el oeste.
 
 
La calle, como en todas partes, estaba tomada y dominada por los insensibles conductores y sus vehículos -sobre todo coches-. Una niña, llamaba a un niño. Un hombre, sin bajar del coche, pedía información. Un coche blanco, con dos policías, hacían su trabajo. Un hombre con pelo y barba negra, subía a una mujer en su motocicleta. Una mujer entraba en su apartamento. Las hormigas, con el buen tiempo, se decidían a explorar. Una joven mujer terminaba su larga jornada laboral. Un hombre joven, cuidaba de sus plantas, en el balcón. Y un perro, atado al cuello, dormía todo acostado, al débil y decadente sol.
 
 
Por aislado y solitario que uno quiera estar, la percepción, la comunicación, que no necesita ni hilos ni palabras, se encarga de transmitir todo lo necesario para que uno esté al corriente. Nada más hace falta saber mirar, hacia dentro y lo que se ve. Cuando uno sabe interpretar todo lo que observa, tiene un gran sentido y conocimiento de la verdad, donde toda información convencional es accesoria y de segunda mano.
 
 
Los pájaros carboneros de cola larga, a cada impulso de sus alas, se quedaban instantáneamente pegadas a sus cuerpos, emitiendo el piido característico. En cada impulso, recorrían todo el trayecto todos plegados y veloces, volviendo a abrir las alas y a emitir el sonido llamativo. Iban, a la caída del sol, hacia la parte del cerro más silvestre.
 
 
Un negro cormorán saltó del agua, alzando el vuelo; lo hacía fácil y suavemente, a unos palmos del agua -era su estilo-, perdiéndose de vista. A veces recorrían grandes trayectos; siempre guardando la misma distancia del agua; sus vuelos eran imperceptibles, como si flotaran. Y pasaban largos tiempos, cuando no había embarcaciones, sumergiéndose y saliendo a la superficie unos segundos; y al instante volvían a desaparecer, bajo el agua, otro largo rato.
 
 
Para que la vida sea en todo su esplendor, hace falta gran quietud y tranquilidad. Un lugar alterado, es un lugar mortecino. Al igual que un hombre alterado, tiene una difícil relación; los lugares sometidos a las fuertes presiones de los hombres, son inhabitables para muchos, bellos y hermosos, animales. Infortunadamente, cada vez quedan menos sitios salvajes donde los maltratados y perseguidos animales puedan vivir como es debido y necesario.
 
 
 
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El amor, es renunciamiento y negación. Una madre, para serlo, ha de desprenderse de grandes y queridas cosas, para dar vida. Un padre, se desplazará y se auto limitará, para que el hijo pueda desarrollarse. Un hombre, si busca la verdad, ha de estar atento a sus deseos e impulsos vehementes y descartarlos, a fin de sentirse tranquilo y sosegado. Y poder servir y dedicarse a los hombres que lo necesiten.
 
 
El suave sol bañaba la parte alta de la gran roca; sus piedras delanteras eran más ennegrecidas, estaban frías y algo mojadas, por los balanceos del mar. El viento fresco, venía del nordeste y traía grandes masas de nubes azuladas, oscurecidas y en sus contornos emblanquecidos. Los gorriones, ante el frío matinal, estaban piando lenta y perezosamente. Un grupo de veloces palomos, venía desde la ciudad. El mar, tenía la superficie algo movida dando sensación de intranquilidad.
 
 
En un pequeño patio de una casa que parecía deshabitada, estaban saliendo las primeras flores de unos aros acampanados, amarillentos, suaves y finos. Sus tallos, verdes y frescos, estaban erguidos, tenían pocas hojas; eran plantas delicadas, que pronto sus flores se desvanecían. Estaban debajo, de una larga rama curvada, hacia abajo, de un maltratado naranjo; desde su alto y delgado tronco, salían dos ramas, una hacia cada lado, formando una uve. Una estaba cortada, a poco de salir del tronco; y la otra, era la que daba cobijo a los delicados aros. Más cerca de la casa, florecían grandes y bellas margaritas, llenas de fuerza y de vida.
 
 
El mar tenía algunos pedazos iluminados, por los chorros de luz del sol que dejaban pasar las oscurecidas nubes; y que se advertían fácilmente por la oscuridad del agua y del día.
 
 
En los lugares donde las construcciones, los apartamentos y las casas, eran de hace poco tiempo construidas, en las playa y sus inmediaciones, se advertía una gran desolación y abandono. Éste había sido un gran lugar de moda; y era un refugio de muchas personas, que cuando decidían partir, lo dejaban todo. Grandes casas cerradas; desperdicios, abandonados fácilmente; coches y vehículos abandonados largo tiempo; gran cantidad de bajos mal utilizados; y un cierto aire de despilfarro. Los lugareños -y los moradores-, con su bondad e infinita paciencia, no podían con el aluvión esnob y turístico.
 
 
Entre uno finos hierros, emparrado, había un rosal, que casi siempre tenía algunas rosas. La casa, estaba bajo el nivel de la calle y se les advertía y podía admirar fácilmente. Eran frescos y cálidos a la vez, con su color amarillo pálido; cuando algunas hojas empezaban a secarse, ganaban en hermosura. El arbusto, en su conjunto, era más bien desigualado y con algunos claros. Habían soportado, los rigores del invierno y ahora emprendían la vida, con el tiempo más suave y templado.
 
 
Todas las armas son ofensiva, agresivas y llevan a los hombres a la violencia y a la destructiva, sanguinaria y atroz guerra. El hombre, que sabe lo que es un arma y para qué sirve, si es humano y respetuoso con todas las vidas, jamás las usa. Ni en defensa, ni en ataque. La mejor arma, contra uno que está armado, es no tener ninguna arma; y no hacer que la use, el que la maneja. Todo esto, dicha fácilmente, resulta altamente complicado para los hombres. Primero que nada, las armas son utilizadas, por la gran mayoría, para resguardar, salvaguardar y hacer valer, los poderes fuertemente establecidos. Todos dicen que son defensivas; pero de la defensa al ataque, no media casi nada. Todos los países del mundo tienen gran cantidad de armamentos y hombres armados, listos para intervenir en cualquier momento. Todos los dirigentes y sus gobiernos, saben que sin esos monstruosos sistemas, controladores y represivos, se irían a pique.
¿Qué serían las fronteras, sin las armas? ¿Qué serían las monstruosas empresas, a nivel mundial, sin las armas? ¿Qué puede hacer un hombre solo, sin las armas? ¿Qué es un país, en la actualidad, sin su gran número de hombres armados? ¿Puede uno vivir sin armas, ni las mecánicas ni las mentales? Son preguntas serias y que parecen complicadas. Pero aquí no hay ninguna complicación, ni opción. ¿Ante un ser humano, puede uno, optar y dudar? Si lo hace, es porque no ha visto, ni sabe, lo que es un ser humano. Ningún acto, en la naturaleza, es tan destructivo, ni se iguala, al de la guerra. La guerra, empieza en uno y acaba también en uno mismo. A un hombre, le podrán empujar y presionar, deshonrar y maltratar, pero si él no quiere, no hace la guerra. La guerra, es la locura contagiada, por un gran número de personas, que creen tener grandes diferencias, en todos los niveles. Cuando en realidad, las diferencias, están en las mentes de los empequeñecidos hombres. Una persona que se considere pacífica y quiera la paz, para todos los hombres, no dudará en renunciar a sus falsos e interminables deseos, para no provocar la gran catástrofe de la guerra.
En el momento presente, en la actualidad, los armamentos destructivos y mortíferos, y el gran número de personas armadas, no pueden desaparecer, ni en un día ni en una semana. La que quiere decir, que uno tiene que vivir entre las armas y las personas armadas. Sin utilizarlas, ni provocar que las utilicen. Este es uno de los grandes retos, del hombre que ama a toda la inmensa vida.
Hay otras armas, que no son tan tangibles, ni vistosas, pero que causan gran daño y sufrimiento a los hombres. Estas armas, las mentales, están fuertemente conectadas a las convencionales. Uno puede ser más culto e ilustrado, que otros, esto en un momento dado, puede ser un arma. Uno puede pertenecer a un grupo, o a una raza más valorada que otras, esto también, hay quien lo usa como una arma. Hay quienes usan su posición social, para conseguir algo rápidamente, convirtiéndose en otra arma. Las armas, todas son brutales e inhumanas. Hay, incluso, algunos hombres, que utilizan su gran fuerza corporal, para dominar y ser usada como arma.
Si un hombre descarta, se desprende, de todas las armas, el conflicto y el dolor, que lleva consigo, desaparecerá. Entonces él es una luz, para sí mismo y para todos los demás.
 
 
Un hombre, iba a trabajar a la escuela. Un niño, ofrecía chocolate a otro, que lo cogía. Un hombre, albañil, se reintegraba. Un palomo, se acercaba. Dos niñas, iban con el almuerzo, para ir a la escuela. Un hombre, que estaba trabajando en una acera, rompía una cañería de agua potable. Una mujer, tenía calor. Un hombre joven, pedía cigarrillos, para fumar. Dos hombres, instalaban cable telefónico. Un coche amarillento, hizo una maniobra extraña y pasó muy cerca. Una mujer mayor, subía por un camino pedregoso y se perdía por el asilvestrado cerro. . Otra mujer, mayor, toda de negro, con un papel blanco en la mano, subía por el mismo camino, perdiéndose por un sendero. Dos hombres hablaban de sus cosas. Una mujer, se ruborizaba, venía cargada de comprar. Un hombre, policía, salía de un bloque de apartamentos, subía a su motocicleta y se marchaba calle abajo. Un joven hombre, se debatía con las drogas y su comportamiento temerario. Dos amigo, iban de paseo, con perros. Y un hombre, se quejaba, lamentaba y sufría, de diversos acontecimientos desfavorables.
 
 
Los hombres, por su naturaleza ignorante, egoísta y temerosa, raras veces dicen y actúan con la verdad. Las palabras son engañosas, son una celada, que se ajustan y se combinan, según los momentos y las situaciones. Cuando más complicada es la manera de vivir, más falso e hipócrita es el comportamiento. Un hombre, debe considerar todo lo que se dice y expresa; y saber, donde está la mentira y el engaño; y donde la verdad, la sinceridad y el amor.
 
 
Los pájaros cantaban lejanamente; los portazos de los coches, resonaban fuertemente. Un fino ruido, de algo que vibraba, en una máquina, se oía continuo. Y los pájaros, seguían cantando, a la gran belleza de la vida; y a los que querían y podían oírlos.
 
 
 
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En las sociedades industrializadas, los hombres tienen que hacer varias cosas a la vez; consumir grandes cantidades de cosas superfluas; ingerir abundantes sustancias, bebidas y alimentos, que son desaprovechados; destruir gran cantidad de máquinas, artefactos y toda clase de bienes; ir a sitios concurridos y cargados de energía; y caer de vez en cuando enfermo. Si uno ve todas estas cosas nefastas e intenta eludirlas, puede que opinen que es peligroso y molesto, original y anticuado. Los hombres, que buscan la verdad, no les alteran la opinión pública; ni tienen modas; ni se identifican en ninguna época.
 
 
El viento, era fresco del noreste; el sol, no podía salir ni brillar, las abundantes brumas y nubes, se lo impedían. El mar, estaba brillante y movido por debajo. Había un gran silencio, donde se podía oír el murmullo del mar, los pájaros y las gaviotas; los coches, apenas circulaban; y algún canario, enjaulado, que lanzaba sus largos cantos. Un perro emitía gemidos, sin ser atendido. Y las abejas sobrevolaban, en busca de flores frescas, los arbustos.
 
 
El sentirse identificado con alguien o algo, es fragmentación; de donde surge, toda la inhumanidad. La identificación capta, ocupa, gran parte de nuestra mente y altera la clara atención. Los hombres, fuertemente alterados e identificados con fuertes opiniones, pierden la brillantez y la lucidez necesarias para poder ver, toda la gran importancia y belleza de una persona; y de los seres vivientes. Las torpes mentes de los hombres, responden con gran facilidad a los diferentes impulsos recibidos, más aún si son placenteros, de las personas; sean amigos, o enemigos. Esto es agravado por la gran confusión y ansiedad, que permite en cuanto apenas, la necesaria serenidad interior, para poder ver claramente lo falso y lo verdadero.
¿Puede un hombre, que vive plenamente, en este mundo, olvidar por completo, todo el inmenso barullo, que provoca y menea a toda la sociedad? ¿Puede no identificarse en su raza, región o país? ¿Puede no tener opiniones, fuertemente arraigadas, ni sentirse ligado a ninguna corriente de opinión intelectual o cultural? El mundo, en la actualidad, está dividido en grandes bloques. Los llamados desarrollados, o industrializados y tecnificados.; y los subdesarrollados, tercermundistas, o los países pobres. Esta división del mundo, está en todas las partes, de los países de los dos bloques, a su vez; ¿puede uno, ver toda la trama de la sociedad y no ser embrutecido, enganchado y arrastrado, por todas estas perversas corrientes y maneras de vivir y enfocar la vida? Si uno, consiente, o se deja arrastrar, tal vez tarden muchos años, en poder salir y desprenderse de las opiniones, maneras y tendencias, que tanta desdicha, caos y miserias, hacen sufrir a los desafortunados hombres. La mente del hombre busca seguridad y la continuidad, en todos los niveles. Ella, se encarga de justificar, alterar y transformar la realidad, para poder proseguir por el camino, que erróneamente considera más seguro y fácil; y de este modo, se encuentra atrapada, entre el placer de la seguridad y el dolor de la inseguridad.
Ante todo esto, uno tiene que ser claro y poco complaciente y tolerante. La verdad, puede causar sufrimientos; pero siempre son menores, que los de la mentira y la confusión. La tolerancia no es amor; la tolerancia, sin ir acompañada de una profunda información y verdad, es degenerante y caótica. Uno, cuando ha visto, donde está la confusión, debe tratarla con compasión, pero sabiendo que es confusa, desordenada y causante de desdicha. Muchos hombres, en sus años de fuerza mental y espiritual, han sucumbido ante las maneras inmorales, corrompidas y desgraciadas, de la sociedad. Las fuertes presiones, desde diferentes niveles; y sus hábiles y fáciles mentes; han llevado a gran cantidad de personas hacia la desdicha, el placer y el dolor.
¿Cuándo uno escucha una información, una noticia, una conversación, cómo la mira, las enfoca? ¿Se identifica y altera, o siente placer, según el cariz de lo que se dice? Uno tiene que estar atento, a todo el proceso del pensamiento, descartando lo negativo y viendo lo positivo. De esta manera de proceder, surgirá el orden, que la inadecuada mente no puede inventar ni manejar.
 
 
Un hombre iba a su obligación. Un coche, bajaba veloz, conducido por una joven mujer. Otra mujer, bajaba relajada y encajada, hacia la ciudad. Dos niñas y un niño, jugaban despreocupadamente, con un perro pequeño. Un abuelo y un tío, saludaban cariñosamente a su tierno pariente. Una mujer, conducía una furgoneta, cargada de niños pequeños, que los transportaba a una guardería infantil. Un padre, atosigabas a su hijo. Un hombre de pelo negro y largo, tocado con una boina negra, bajaba fuertemente y seguro, hacia la ciudad. Una mujer, desenfadada y fuerte, iba a comprar. Unos padres, subían a sus hijos, pequeños gemelos, al coche y partían. Una mujer, quería ayudar y lo conseguía. Un perro, se excitó y ladraba, con el pelo de su lomo erizado. Alguien llamaba, en una puerta, con la mano y con la voz. Una televisión se oía. Una mujer, mayor, hablaba por el jardín de su apartamento. Las nubes compactas y abundantes, daban ratos de sombra y sol, sin ser molestas. Y un gorrión, posado a unos pocos metros, deleitaba con su original canto.
 
 
Las brutalidades de los fuertes y adultos, las sufren los débiles y los niños. Tal vez, uno no se dé cuenta; y no se percate; pero esto es tan cierto, como el día y la noche. Hay quienes huyen, no quieren ver la realidad. Esta es su desgracia y pequeñez. Hay quiénes la ven y se lamentan, sin hacer nada al respecto; estos son los desafortunados hipócritas. Hay otros, que tienen accesos temporales de lucidez, ante la verdad, desfalleciendo al primer contratiempo; estos son una mezcla de esnobs e intelectuales. Pero el hombre, que ha comprendido, no como un hecho aislado, sino como algo tan necesario como el aire que respira, la necesidad de la verdad, éste no la puede dejar, de lo contrario, tal vez, perecería.
 
 
El viento, soplaba del norte, era fresco y no muy fuerte. El mar, dentro de la bahía, estaba verde y terroso; el cerro, le cubría el viento y estaba tranquilo y suave. El mar abierto, se veía azulado y blanquecino; las ráfagas del viento, le oscurecían grandes trozos alargados. Los gorriones, estaban muy familiares y se posaban en las antenas de televisión; y en una rama, alta y seca, de una pita; se paraban, miraban, descansaban, emitían algún piido y al tiempo, empezaban a mirar fijamente a algún sitio y tras varias dudas saltaban. A veces, uno empujaba a los otros y salían todos juntos. El horizonte del este, donde el mar era inmenso, estaba cubierto de espesa bruma; aun así, transmitía toda su profundad y gran inmensidad. El paso de los grandes aviones, había disminuido; no así el de las avionetas, que durante la mañana entraban y salían del aeropuerto, en todas direcciones. Una mujer joven, hablaba fuertemente. Los niños, jugaban en la calle, gritando sin ninguna inhibición. Los pájaros, ante la oscuridad, se tornaban más alegres y cantores; ya no comían, estaban hartos, y empezaban a ir de un sitio a otro, cantando con diferentes ritmos y tonalidades. Había diferentes especies, del mismo tamaño; tan solo muy cerca, se advertían las peculiaridades y características particulares. Los había oscurecidos y pardos; enverdecidos; con pecho anaranjado amarillento; los rojizos oscurecidos, gorriones; y los veloces e inquietos, carboneros de cola larga y pardos; estos, raras veces, se posaban en las ramas, preferían el suelo y las calles. Casi todos, comían de todo; desde basuras, hasta los insectos, que volaban por el aire, o que estaban en el ramaje. Uno oscurecido y pequeño, con gran parte de su cara y el pico completamente negro, se aprovechaba del trabajo de las arañas; estas hacían sus telas, entre los cables de la luz eléctrica, donde los insectos, que pasaban, se quedaban atrapados en ellas, cuando pasaba y se percataba, con gran cuidado y limpieza, los sacaba con el pico. Tenía un canto, fino y delicado, muy potente y audible; algunas veces, daba sonidos cortados y extraños, como llamando, o avisando. Todos con vivían y nadie se agredía; de vez en cuando, los gorriones se perseguían, mitad de juego, mitad riñendo, pero pronto cesaban en sus correrías. Otros que había, más distanciados y huidizos, eran los jilgueros; siempre iban en grupos, se paraban un corto tiempo y pronto partían todos juntos. Un avión, de una línea regular, pasaba alto, llevaba las luces encendidas y rozaba las nubes y las boiras; iba en dirección noreste, subiendo todo él, inclinado hacia arriba.
 
 
Los males y sus remedios, están fuertemente conectados y relacionados. Un hombre que enferma, por ingerir demasiados alimentos, el remedio más eficaz y seguro es comer menos cantidad. La importante, lo necesario, es saber quién es el perturbador del maravilloso e inapreciado equilibrio humano. Una vez, detectado y comprobado, hay que regularlo y desprenderse de lo que altera la necesaria salud. Lo difícil, es tener la suficiente energía para poder soltar el dañino agente, causante del conflicto y la perturbación. La química, ha contribuido a que los causantes, puedan atenuarse, e incluso olvidarse. Pero el que sale perjudicado, es el hombre, que cada vez, al no respetar las leyes universales, se degrada y perjudica grandemente.
 
 
 
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Gran parte del horizonte, encima de la isla vecina, tenía un color amarillento, que se advertía fácilmente, entre el azul del mar, las claras brumas y las nubes. El mar, tenía gran movimiento, sin espumas desde muy lejos; el viento del norte, lo alteraba suave y fuertemente. Cuando las olas, tropezaban con las costas, o alguna piedra y roca, el blanco destellaba limpio y salvaje. Todo el mar, estaba verde y azul; dos gaviotas, en medio de la playa y la gran roca, subían y bajaban, según pasaban las onduladas y largas olas. Las flores, todavía estaban recogidas; resguardándose del frío nocturno y matinal. El sol, se había asomado, pero pronto las nubes, poco consistentes, le impedían brillar y calentar, a toda la tierra y el inmenso mar. El frío, en la mañana era intenso, pero cuando salía el potente sol, lo paliaba fácilmente: los vientos, de componente norte, tenían el aire fresco y seco, de los lugares de abundantemente nevados. Todo ello, más el gran ambiente rural y campestre, hacía que los días nublados y sin sol, se sintiese una gran inquietud y desilusión. El sol y el buen tiempo, eran fundamentales, para el disfrute y la admiración de los bellos y encantadores lugares. Un avión, venía hacia el aeropuerto, llegaría desde muy lejos, con los pasajeros deseosos de contactar, con las novedades, el exotismo y el gran contrastado comportamiento, de los numerosos pobladores. Dos embarcaciones, todas blancas, una pequeña delante y otra más grande detrás, venían de la vecina isla, eran del transporte regular entre las islas.
 
 
Una furgoneta, de una panificadora, bajaba la calle. Una mujer, toda de negro y descompuesta, bajaba a la ciudad. Dos niños, iban a la escuela, acompañados por un gran perro. Una mujer, besaba y despedía a una niña en la puerta de la escuela. Otra joven mujer, iba a su trabajo. Un padre, con su pequeño hijo en el brazo, entraba a una librería. Un coche de alimentos, aparcado arriba de la acera, dejaba paso a un camión, cargado de bloques de cemento. Una mujer, de pelo negro, iba a vender, por las calles, calcetines, ropa pequeña y un mantel decorativo para la mesa. En una televisión entrevistaban a un hombre político, sin oírse bien ni al entrevistado ni a la entrevistadora, tenía un aire complaciente y encajado, sin atreverse a afrontar, u olvidándose, de las necesarias y duras verdades. Un joven perro, estaba atado con un alambre de hierro al cuello, su semblante era resignado y dócil. Un joven hombre, se ponía el reloj, en el balcón, con cara de sueño. Una mujer, pasaba en una motocicleta, calle arriba. Y alguien, estaba podando, o cortando ramas, con unas tijeras.
 
 
Todo el proceso conflictivo de los hombres, consiste en no saber vivir sin tocar, alterar y desorganizar, la gran maravillosa, complicada y simple a la vez. Vida. Si uno observa, una selva, una montaña, o el inmenso mar, detenidamente, se encuentra que no necesita la intervención de nadie, para poder seguir siendo tan bello y ordenado. Los hombres, insatisfechos con sus aburridas y tediosas vidas, inventan toda clase de actividades, con tl de olvidarse de la angustia diaria. Todas las culturas, tienen todo este desafortunado comienzo y principio. La agricultura, la escultura, la colombicultura, la canaricultura, los deportes, los investigadores del pasado, los futurólogos y todas las actividades que han adquirido rango, en grandes sectores de las personas, no son sino huidas de la insoportable realidad. El hombre, sin saber que hacer, busca algo, un juego, que le distraiga, que lo absorba; y cuando le falta, se desespera, se pone agresivo y violento.
En la inacción, hay acción total. Todos los mamíferos, que viven libres y salvajes, ninguno necesita de la ayuda del hombre, para reproducirse. Los humanos y algunos animales, que ellos han domesticado, casi todos necesitan complicadas maneras para reproducirse. Cuando más desarrollada y civilizada es la sociedad, más degenerada y desordenada se encuentra. Esto no quiere decir, que uno, se vaya a vivir como un selvático. Lo importante, es ver el hecho confuso y su provocador, para no seguir aumentando el caos y el desorden. Hay muchos, que consideran todo lo establecido, como algo maravilloso, incluso está fuertemente enajenados, alucinándose satisfactoriamente. Estos desafortunados seres, son causantes de gran dolor y sufrimiento, a gran cantidad de personas humanas. Su enloquecida carrera hacia delante y todas las absurdas teorías, basadas en la fuerza, la inflexibilidad y la destrucción, hacen que el exuberante mundo, con sus ríos y montañas, animales y valles, selvas hermosos hombres y mujeres, se convierta en un lugar peligroso e inhospitalario. Todos los que proclaman las excelencias de los avances tecnológicos y las ciencias civilizadoras, están muy lejos de los principios de la naturaleza. Se matan e investiga con los animales; se arrancan y destruyen selvas enteras; se inundan valles, con gran peligrosidad, para las personas que viven más abajo; se usan, con gran profusión, insecticidas altamente venenosos y mortales; se construyen grandes autopistas, sin ningún respeto por los moradores de los costados; se matan grandes cantidades de focas, y aves acuáticas, por negocio y placer; se matan las hermosas ballenas; se tortura, se castiga y se da muerte públicamente, a los grandes y bellos toros, con el consentimiento y la presencia de autoridades y representantes de los poderes de la sociedad.
A todo esto, hay que añadir el miedo y al inseguridad, que existe en las ciudades. Numerosos atentados, atracos, peligrosidad vial y la progresiva violencia humana; que son la antesala de las catastróficas, nefastas y continuadas guerras. Los hombres, todos nosotros, hemos convertido este, inmenso y maravilloso planeta, en este sitio tan difícil de convivir, en armonía, belleza y paz.
 
 
El ruido, constante y abarcable, del mar y sus grandes olas, iba aumentando; el sol, había desaparecido, tras la capa de unas nubes, oscurecidas y algo distanciadas entre sí -como si fuera la tierra seca y agrietada-. Las olas, un gran trozo antes de la playa, se emblanquecían de espuma, esparciéndola a su paso. La verde y empinada montaña, más próxima, y que hacía parte de la bahía, tenía sus peladas y terrosas faldas que tocaban el mar, constantemente salpicadas por las limpias y blancas espumas.
 
 
 
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Había gran visibilidad y el cielo, oscurecido por las nubes azuladas, hacían resaltar el verde terroso del mar. En un momento, los edificios, la gran roca, la montaña y toda la tierra, se tiñeron de un suave y cálido enrojecido, que apenas duró unos minutos. El este, estaba encendido del rojo reflectante, que proyectaba el oculto sol. Al tiempo, las grandes cantidades de nubes, se apoderaron de todo el inmenso y bello espacio visible.
 
 
Los caracoles y las hormigas, son dos animales de los que más abundan y circulan por el suelo; por ello, son los más destruidos y pisoteados. Los caracoles, lentísimos y dormilones, van en busca de hojas tiernas y frescas; gustando de salir a sitios pedregosos y descampados, a pasar largas temporadas aletargados y dormidos. No es extraño, verlos aplastados, o con el cascarón roto, en las aceras, las calles y en las empinadas escaleras. En las hortalizas, que no son tratadas con fuertes insecticidas, es fácil encontrarlos en una hoja, o dentro de sus ocultas ramas. Generalmente, suelen ser medianos y muy pequeños, y de difícil visión, por lo que hay que observar, con mucha atención, para no destruirlos. Los de mayor tamaño, son amarronados oscuros y con algún tono verdoso; estos, son de fácil visión, desplazándose grandes trayectos, a sitios ocultos y solitarios. Donde se adhieren, a las piedras, a las gruesas ramas y troncos, y en las paredes, para pasar largos tiempos, sin despertar.
 
 
El más abundante insecto, que se observa por los suelos, son las diferentes y variadas hormigas. Las hay en todas partes. En la montaña, en las aceras y las calles, dentro de las casas y apartamentos, en las largas escaleras, y por diferentes sitios descampados. Algunas, son grandes y muy negras, lentas y escasas. Unas enrojecidas y oscuras, según les dé la intensidad del sol, son rápidas y las más pequeñas. Entre esta dos, existe otra mediana, enrojecida y fuerte, de gran facilidad en sus movimientos. Las más abundantes, son las más pequeñas; yendo en busca de comida, si es necesario, hasta el medio de la calle. En las escaleras, abundantemente transitadas, algunas personas dejan, al caérseles, trozos de alimentos, que ellas, sin importarles los pesados pies humanos, van en su busca. En estas mismas escaleras, también se aplastan caracoles, abejas, lagartijas; y un insecto de muchas piernas, que cuando se ve inseguro y asustado, se encoje de forma redondeada. Las hormigas, sin dudar, ni reparar en los abundantes peligros mortales, van hacia los alimentos en grandes cantidades, o solitarias. También se las puede ver, entre los residuos de basura, por las pateadas aceras. Y en las papeleras públicas, instaladas en diferentes sitios. Son unos seres, incansables, laboriosos y realizadores de proezas inimaginables; que a pesar de sus innumerables muertes, siguen obstinadamente con su obligación.
 
 
La calle estaba silenciosa y tranquila. Un hombre joven, paseaba a dos perros; un caniche, todo negro, con pelo cortado decorativamente; y un pastor alemán. Una mujer, bajaba con un carrito de compra, a la ciudad; lo hacía sin muchas ganas y perezosamente. Una joven mujer, con un solo brazo -nada más tenía uno-, conducía su coche, hacia la ciudad. Un padre, con su hijo, compraba el periódico. Un coche, con dos hombres, se paró cerca de una obra, uno inspeccionaba y el otro leía el diario. Un hombre, árabe, salía de un bloque de apartamentos, con dos niños. Un hombre, con complicaciones relacionales, subía y hablaba con una mujer. Tres jóvenes hombres, alegres y despiertos, bajaban la escalera. Una suave, dulce y silenciosa mujer, iba hacia la ciudad. El dueño de un sitio, donde servían comidas y bebidas, se sentaba y descansaba, esperando a sus clientes. Y dos sábanas, azuladas y verdosas, eran meneadas y lanzadas por el viento del nordeste.
 
 
El sentirse necesitado de algo, necesario e ineludible, fragmenta, distorsiona y corrompe nuestras mentes. Es muy fácil analizar y divagar al respecto, sin ningún compromiso. Pero un hombre que tiene hambre, necesidades mínimas, y todas las carencias de la pobreza y la miseria humana, éste no necesita palabras, promesas, teorías o planes. Cuando uno tiene hambre, o sed, de la única manera que terminan estas dos necesidades es comiendo y bebiendo. La explicación del porqué, sus causas, los motivos y las infinitas escusas, no alivian, ni resuelven, las acuciantes y vitales necesidades de las personas. Tal vez, todos deberíamos saber, lo qué es el necesitar cualquier cosa importante, sin poder conseguirlo fácilmente. O pasar hambre; o sentirse marginado y maltratado, por gran número de personas. Los hombres, en su insensibilidad y egoísmo, olvidan prontamente que hay grandes cantidades inmensas de hombres, niños, ancianos, mujeres y jóvenes que sufren demasiado en sus vidas. Que actúan, se comportan y son tratados, de una manera infrahumana e impropias de personas.
Uno, puede ver, las periferias de las grandes y pequeñas ciudades. La brutalidad y la inmoralidad, en los diferentes trabajos. Los que no tienen ningún sitio para cobijarse, e ir a dormir. Los países, donde se muere de hambre. Ante todo esto, está la insensibilidad, la dureza de corazón, la persecución del placer, del deseo; y el despilfarro, absurdo y estúpido, por parte de unos pocos, comparados con la gran mayoría, irrespetada y maltratada. . Soluciones se han dado y se dan, demasiadas y ninguna levanta al hombre, de sus desesperadas situaciones. En el momento en que alguien, ha dado una idea, o teoría, para resolver estas desafortunadas desgracias, sin cambiar, sin desprenderse, de los viejos y conflictivos actos cotidianos, que ejerce tan seguro y fácilmente, no puede haber el cambio, y el ambiente preciso, para que las personas se den cuenta de lo vacía e inhumana de sus vidas. Esto es igual, como alguien que tiene los pies ensangrentados, de tanto andar, y se quiere curar, sin dejar de pisar con los pies.
Los hombres, para que el mundo donde vivimos sea más humano, equilibrado y pacífico, tienen que ser caritativos -desprenderse de las cuentas corrientes-; no tener, ideas preconcebidas y fuertemente arraigadas, ver y mirar, a todas las personas por igual; ver y saber, que puede haber bastante para todos -los que tienen en abundancia y los que no tienen nada-; ver, en el despilfarro, a todos los niveles, uno de los grandes desencadenantes, de los innumerables sufrimientos, de todos los hombres. Sin esto, todas las teorías, los ideales y los sistemas, se quedan en palabras frías, falsas y confusas.
Sin un morir, a sus privilegios, a su empequeñecida autoridad y soberbia, sus necios y siempre inhumanos deseos, todo lo que toque, diga o haga, será doloroso y causante de gran sufrimiento.
 
 
La tarde era fresca y oscurecida. La calle, silenciosa y poco transitada, era agradable. Un coche, conducido por una mujer, se detuvo, haciendo sonar su pito; al momento, bajó otra mujer, de un apartamento, y tras varios portazos partieron. Un hombre, solitario y ensimismado, bajaba la calle. Dos hombres, iban a ver un partido de fútbol, por la televisión. Tres jóvenes mujeres, pasaban calle abajo, felices, sonrientes; dos de ellas, comiendo pipas. Una mujer, conducía un coche, todo rojo, suave y tranquilamente. Dos motocicletas, conducidas por jóvenes hombres y acompañados, pasaban veloces, divertidos y excitados. Un perro, pequeño, todo blanco, con un ojo rodeado de negro, intentaba estar y recorrer, por la zona, que otra perra, pretendía dominar, vigilar y resguardar.
 
 
 
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El sol, salió calentando la fresca mañana. Aún oscuro, una solitaria gaviota, sobrevolaba la playa. Otras cinco, que venían agrupadas, al llegar a la altura de la orilla del mar, se fueron a la deriva hacia abajo; reorganizándose y volviendo a enfilarse, para cruzar el cerro. Un gorrión, perseguía a un palomo, por los aires. Un coche, iba calle abajo, con tres policías. Dos mujeres, con sus mejores vestimentas,, y un hombre, con un gran puro en la boca, iban a algún sitio. Un hombre, repartía diarios, con una motocicleta. Un coche, con la música en marcha, y su conductor buscando algo, aminoraba su paso. Unos hombres, trabajaban adecentando un establecimiento. Un joven hombre, con cara de sueño -de no dormir-, con un cigarrillo colgado de los labios, salió de un coche y al tiempo volvió a entrar, marchándose. Una casa de comidas y bebidas, tenía expuestos los platos y especialidades, en algunos idiomas dominantes. Un hombre y una mujer, con chaquetón de piel, pasaban extrañados. Los eucaliptos, estaban bellos y hermosos, frescos y relucientes, altos y pequeños; y todos eran jóvenes. En un sucio lugar, en un rincón, entre un establecimiento y una escalera, había varios panes enteros en descomposición. Una gata parada y blanquecina, tenía una pierna trasera torcida, su respiración, era acompañada con un sonido rasgado y perceptible, estaba aseada y bien cuidada. Los pinos, apretados entre ellos, y los arbustos, daban un aire silencioso y selvático; estaban encerrados en un bloque de apartamentos, solamente utilizados en la época veraniega y turística, por lo que la división y su soledad, eran frías y desgarradoras. Una mujer tosía. Las hierbas, crecían entre las piedras y en los sitios menos pisoteados: había algunas pequeñas, que le las notaba sucias, enanas y muy pateadas. Tres golondrinas, gritando, se perseguían sin mucha agresividad y se perdían entre la bahía.
 
 
Lo acostumbrado, establecido y fuertemente arraigado, en lo más profundo de los hombres, es el sacar, conseguir, la energía, por medio de la reacción, el conflicto, la confusión, el esfuerzo y el coraje. Esta energía, es fragmentada y limitada. Hay una clase de energía, hay un fluir, sin ninguna presión, sin ningún esfuerzo, o deseo vehemente. Es una energía suave e imperceptible, que no es como tal. Ella, vienes sin ser presionada, ni llamada. En el momento en que uno quiere manejarla y dominarla, desaparece y se transforma en perecedera, antagonista y confusa. Desafortunadamente, pocos hombres han conseguido, transformar su vida, y desprenderse de lo que era un impedimento, para que su inmenso e infinito poder pueda ser.
Los hombres, siempre obtienen las energías necesarias, para afrontar sus acontecimientos repetitivos, condicionados y diarios, de diversas maneras. Ingieren, grandes cantidades de comida y bebidas, consumen sustancias altamente perturbadoras, de la conciencia y la mente humana; se aferran a rituales repetitivos y dolorosos; practican, diversas ideas y teorías supersticiosas y fanáticas; y se entregan, fácilmente, en sus relaciones, con las personas y todas las cosas, al conflicto y la destrucción irracional. Es de esta manera, que el infortunio, la desdicha y el desorden, van fuertemente ligados a todos los actos, que emanan del hombre. Esta manera de proceder, establecida  desde miles y miles de años, no tiene otra salida, que el dolor y la muerte. Uno, para constatarlo, nada más tiene que observarse, y observa a su alrededor. Las guerras; destrucciones de hombres, mujeres y niños; casas, ciudades y países, completamente asolados, por la furia y la locura de los contendientes. Países, por otros más poderosos, de diferentes maneras. Y la agonía, en todos los actos diarios, desde el levantarse, hasta la hora de descanso. ¿Quiere uno, vivir así? Con las absurdas presiones, desde todos los niveles. Las mentiras, sin fin. Los zarpazos individuales y colonialistas. ¿Puede uno, salirse de esta manera, inhumana, de conseguir la energías, necesarias para poder sobre vivir?
Sí que puede; y la energía sin fin, es la más barata y armoniosa. Esta inabarcable energía, es la del amor. Esta palabra, muy usada y manejada, ha sido desvirtuada y alterada, de su profundo contenido. El amor, no es algo o alguna cosa; a un hombre, una mujer; un país, un animal, un objeto estimado. El amor, es compasión, con todos los seres vivientes y toda la tierra. El amor, es renunciamiento y desprendimiento, de lo que causa dolor. La energía del amor, es infinita, ilimitada, ordenada. Donde, por grandiosa y plena que sea, no conoce la destrucción.
 
 
Un helicóptero oscurecido, pasaba ente las finas nubes, haciendo un gran ruido estruendoso y retumbante. Un hombre, hacía señales con un gran espejo. Se oía, largo tiempo, música y cante flamenco. Los veleros empezaban a salir de su largo tiempo amarrados. Una mujer limpiaba cuidadosamente su apartamento. La brisa del sur, fresca y continuada, hacia recordar buenos tiempos. Las avionetas, nuevas, limpias y relucientes, disfrutaban por el aire. Unos hombres, con una vela y una tabla, se deslizaban por el agua. Las gentes gritaban, hablaban y salían a la calle. Una joven mujer preparaba su comida, alterada por las novedades. Un hombre llamaba repetidamente, y largo tiempo, a otro. Una niña y un niño, robustos y pacientes, iban silenciosos y distraídamente. Dos niños hablaban, regañaban, corrían, escudriñaban, tenían ganas de relación, pisaban las plantas y hacían las cosas sin ningún reparo, ni timidez. Un hombre iba calle abajo, tímido y abrigado. Una gruesa y grande mujer, toda de negro, bajaba una escalera cargada con bolsas y bultos. Una sirena sonaba alarmantemente, desapareciendo el lejano y escandaloso sonido.
 
 
El sexo, proporciona energía. Pero esta energía, es negativa y conflictiva. La energía, armoniosa y ordenada, incluye al sexo. Éste, sin un gran desprendimiento y compasión, y la gran belleza del amor, produce energía caduca y cambiante, placentera y fea. La libido, la supuesta energía sexual, no debe tener autonomía, en el sentido de opción. Una cultura, altamente degenerada, desvirtúa hasta las cosas más sagradas de la vida.
 
 
Un hombre seguía llamando repetidamente, con la voz, a una persona. Un perro se quejó. Los niños se llamaban y jugaban por todos los sitios.
 
 
Algo muy sorprendente y cambiante es el comportamiento humano, ante las novedades y alteraciones. En un corto tiempo, se puede pasar de un sentimiento interpretativo y encajado, a la zozobra de la duda y la intriga. La acción que surja del renunciamiento y del servicio, no conoce la desesperación y la opción. Ni el fuerte dolor del nuevo cambio.
 
 
La montaña estaba envuelta en una fina neblina, que resaltaba todas las hondonadas y vertientes, sus onduladas alturas y sus suaves líneas. El verde era apreciado donde el sol penetraba. La oscuridad y el brillo, se confundían ante el maduro día. Y el sol, calentaba y enrojecía las bajas piedras, limpias por el mar.
Un gato, todo negro, observaba desde una posición privilegiada; estaba sentado encima de sus piernas replegadas, entre las ramas de un baladre, en todo lo alto de una barandilla de una escalera. Los gorriones emitían los sonidos de la alta tarde, sin hacerse visibles. Los canarios, enjaulados, cantaban sus potentes y prolongados trinos cambiantes de diferentes sonidos y tonalidades. Y el mar, con la brisa del sureste, se azulaba y brillaba intensamente.
 
 
 
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Menos los pocos día convenidos y señalados, al principio del año, todas las noches, en la quietud y el silencio, llegan los encargados de recoger las bolsas de basura. El gran camión llega, con su ruido y muy revolucionado; se detiene, le echan las bolsas, produciendo un ruido de vidrios y sordo, y arrancan acelerando fuertemente. Al instante se vuelve a detener y le echan un gran y alto cubo negro de goma, todo lleno de basuras; el ruido es más intenso y fuerte, con los escandalosos y chillones vidrios de las botellas. Durante todo el recorrido, por la calle y la de abajo, se oye el silencioso trabajar de unos cuantos hombres, entregados en la profunda noche.
 
 
Se oía el canto de un pájaro; había una palmera, con abundantes ramas verdes y secas; un algarrobo, verde y joven, que algunas palmas le caían encima; una higuera, sin hojas, grande; arbustos y plantas por alrededor. El canto era llamativo, dando a entender que estaba a gusto y parado. Uno se sentó en un largo escalón, abrigado y calentado por el sol, a escucharlo detenidamente; y a mirar hacia donde procedía el continuado, diáfano y seco canto. Al cabo de un tiempo, en una gruesa rama, dentro y abrigado por las hojas y las ramas del algarrobo, se iluminó al suave sol el anaranjado pecho del diminuto pajarillo, Era del tamaño de un gran gorrión, de tonos verdosos oscuros y con el redondeado pecho anaranjado ocre. Dejó de cantar y se puso a limpiarse y repararse sus finas plumas. Los movimientos eran muy rápidos y certeros; en torno a él todo era caliente y brillante. Estaba de cara al sol, que pasaba entre las abundantes ramas, suave y delicado. Y él captaba toda la fuerza y la vida del lugar. Por los suelos había unas diminutas hormigas negras; y otra más grande, enrojecida clara y delicada, que se hizo advertir, Las pequeñas empezaron a moverse en todas direcciones rápidamente, y la más grande se retiraba. El pajarillo había desaparecido, dejando el lugar vacío y solitario, Una mujer mayor, de pelo blanquecino y rizado, , toda de negro, con las manos cargadas con alimentos, se detuvo a descansar; dijo un refrán sobre el mes y el tiempo y se fue rápidamente, escalera abajo. Un delgado gato blanco y negro, miró extrañado, dudó un instante y pasó apresuradamente. El mar era surcado por embarcaciones de recreo y comerciales. Otra hormiga, igual que la de antes, se hacía advertir para no ser aplastada. Un hombre, que trabajaba en una obra, llevaba dos panes y un paquete de cigarrillos negros sin filtro, en las manos; en un bolsillo se advertía una lata de conservas de pescado y en su cabeza llevaba una gorra amarilla chillona: se le notaba alegre y feliz yendo hacia su lugar de trabajo. 
 
 
Una de las cosas que una persona ha de tener en cuenta, si busca y ama la verdad, es no dejarse, por los infinitos juegos y argumentos de los poderes, engañar. Los poderes, necesitan hacer el juego a toda costa. Uno debe de intentar, al solucionar todo lo relacionado con la vida, al margen, fuera de la manera conflictiva y destructiva de los poderes, fuertemente establecidos. Es muy fácil cuestionarlos, pero muy difícil desprenderse de ellos. Es como el que está contra los sistemas policiales y nada tiene algún problema, acude rápidamente a ellos. Uno lo tiene que tener muy claro; de todo lo inmenso desorden, inmoralidad e inhumanidad, nada más que puede salir caos, continuidad, sufrimientos y miserias. Desde hace miles de años, ellos han engañado, explotado y maltratado a los hombres. Y durante todos estos muchos siglos, y ahora mismo, han dicho que los problemas humanos, ellos los van a solucionar.
De modo que uno, habiéndose dado cuenta, de manera clara y profunda, de que la verdad no puede llegar por este cauce, lo descarta completamente. No solamente con apariencias externas. Como el vestir, el modo de comer y beber. Sino en cada uno de los actos, por pequeños e insignificantes que sean, se ha de poner toda la atención, para que pueda fluir la bondad y el amor. Esto no quiere decir que uno esté en contra de alguien, o de algo. Esto sería inhumano, desencadenante agresividad y violencia.
Lo que uno tiene que estar atento, es a los infinitos retos del poder establecido; vale decir la manera de encarar las cosas del modo tradicional. La gran maquinaria del poder, como todas, necesita unos conductores. Que la consideran precisa, única e irreemplazable. Pero lo curioso es, que necesitan a los demás para que pueda funcionar. Uno ni debe, ni puede, destruirla. Pero sí puede desprenderse de las formas que lo atan a ella. Para ello, lo único que hay que hacer es no responder de la misma manera que ella, a las múltiples y diversas maneras con que trata, desesperadamente, de atraer, captar, contagiar, para poder proseguir y perpetuarse.
Lo viejo, el pasado y lo de siempre, es antagonismo y destrucción. Donde el hombre, principio y fin de todo, es tratado y relegado a niveles inimaginables. El hombre, no está hecho para las teorías, leyes y sistemas. Estas deben estar, siempre y en toda situación y lugar, al servicio de los seres humanos. En el momento en que un hombre es maltratado, dirigido y degenerado, todo lo que viene detrás es falsedad, hipocresía e ignorancia. Por ello lo nuevo, jamás puede sustentarse en principios, ni teorías, en ideales absurdos e inhumanos, ni dirigentes y líderes. Lo nuevo, es lo que la mente jamás ha visto, ni manoseado, por ello es que va acompañado de bondad y compasión.
 
 
Dos jilgueros pasaron elevándose, con sus alas marcadas de amarillo y un suave y tímido sonido. El sol empezaba a calentar fuerte. Las moscas, disfrutaban en el aire y en los cristales. Un gran abejorro, todo negro azulado, salía de un arbusto rápido y veloz.
 
 
La búsqueda de la verdad, es ir más allá de la inadecuada y empequeñecida mente. Para poder venir la verdad, hay que vaciar completamente, de todos los recuerdos pasados y del futuro venidero, la delicada y sensible mente. Esto se consigue, con una gran moralidad y honestidad; y la profunda atención que se deriva de ellas.
 
 
 
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Las personas mayores y los adultos, deben de cuidar al máximo sus comportamientos, para que sea humano y respetuoso con todos y con todo. Como una fatalidad, los niños y los jóvenes, en su mayoría, se comportan según el ambiente y las costumbres recibidas. Uno siembra arroz y cosecha arroz; otro siembra patatas y cosecha patatas. Los hombres, sembramos confusión, mentiras, egoísmos y miedo; y con nuestra ignorancia, queremos cosechar belleza, felicidad, amor y paz. Una de estas consecuencias, es el dejarse atrapar por toda clase de drogas. Estas, en su mayoría, son un refugio y un escape a toda la falsa, embrutecida y miserable sociedad.
Los jóvenes, fuertemente enajenados por las modas y la velocidad, se sumergen en este maravilloso y falso mundo. Donde, de no desprenderse de este hábito, fácilmente ingresan en prisión, en sanatorios mentales; o perecen.
 
 
Una araña amarronada, tranquila y serena, se calentaba al sol. Una mujer, de muchos años, regaba sus plantas. Una frágil y delicada, amarronada y amarillenta, volaba fácilmente. Los pinos, ganaban en belleza con sus abundantes yemas amarillentas, Una puerta enrollada de hierro, era levantada. Una pequeña máquina barrendera hacia un ruido escandaloso, chillón y molesto. Un niño se quejó lloriqueando. En la suave, delicada y frágil quietud, los sonidos de las máquinas parecían agredirla. Un hombre mayor, jardinero, iba a regar el jardín. Un pequeño camión frigorífico de carnes, iba calle arriba. Una joven madre comía y dirigía el cochecito donde iba su hijo, de donde colgaban dos bolsas de plástico transparentes con pan. Las hormigas, de diferentes tamaños y diferentes insectos, salían a calentarse, y se animaban, ante el potente sol. El viento soplaba del norte, fresco y traicionero. Y las pocas nubes eran densas, hermosas, blancas y azuladas; como si fueran una gran masa de humo. Una muy fina y solitaria, se desvanecía lentamente, casi imperceptiblemente; pero desapareció, deshaciéndose en el inmenso cielo azul.
 
 
Las personas, pocas veces nos damos cuenta de la inmensa y rara riqueza que poseemos, con nuestras vidas. El vivir, según sabemos, es sólo por una vez. Y el tiempo, que es la eternidad, es una ilusión. Si es placentera, es corto y fugaz; si es dolorosa, es pesado e interminable. La vida, de la manera en que la vivimos, es desgraciada y tormentosa; con algunos instantes fugaces, de lo que debería ser siempre, de unión y belleza. Uno de los grandes inventos del intelecto, el cómo huir de este tormento. La huida es la gran y falsa solución a todos los males. En la huida, está involucrado todo el proceso conflictivo del pensar. Que no sabiendo como vérselas, con la realidad, inventa lo que debería de ser. Esto es el tiempo. El presente, no me gusta; esperaré al futuro. Y el futuro, que no existe -es otra invención-, cuando uno cree haber llegado, se encuentra en que no ha transcendido, superado, encontrado, lo que esperaba. El tiempo es pensamiento; y el pensamiento, siempre es dolor y sufrimiento.
En la huida hay un gran desperdicio de energía. Cuando uno siente dolor -el cual es una gran fuente de energía-, lo primero que le viene al pensamiento es cómo deshacer de él. Entonces, en vez de desaparecer, se arraiga aún más. Es como si alguien encuentra a una persona desagradable en un tren, autobús o en el lugar de trabajo, si intenta huir de ella, o deshacerse rápidamente, surge inevitable la confusión, la fragmentación y la desunión. Esto no quiere decir que uno tiene que ser insensible; lo importante es ver atentamente, todo el arraigado proceso del miedoso, egoísta e ignorante pensamiento.
El dolor, es algo fuertemente molesto; pero cuando surge, uno lo tiene que ver sin tocarlo, sin prisas, sin alterarse; viéndolo como algo nuevo, sin ninguna relación con los dolores pasados. De esta manera, el dolor toca a su fin. No es que el dolor desaparece; más bien uno se funde con todo su ser, con el dolor, o los dolores. Esto no es igual, que una piedra, molesta y dañina, dentro de un zapato, que uno tiene que deshacerse de ella. Estamos hablando del dolor, como algo total; de todos los grandes e inmensos dolores.
La belleza de la vida, consiste en saber ver lo falso en lo falso y lo verdadero en lo verdadero. La vida de los hombres, atosigados y esclavizados con su manera absurda de proceder, la sienten como una pesada carga, que hay que eludir; Inventando las infinitas, todas dolorosas y confusas, formas de escape. El hombre, al alejarse de la belleza y hermosura de la naturaleza, ha perdido estas dos necesarias cualidades. Sin saber contemplar y apreciar toda la inmensa vida de un árbol; el infinito azul del cielo; el diminuto insecto; las cambiantes y siempre nuevas nubes. Y ha cambiado todo esto, por una manera de vivir amontonada, infeliz y neurótica.
 
 
Un niño reía, jugaba, se divertía, alegre y feliz. Unos adultos, jugaban con los dados y sus pasatiempos. Una persona bajaba de su apartamento. Y los hombres, trabajaban sin cesar todo el día.
 
 
Los hombres para poder ver y admirar la belleza, han de salir del surco, profundamente constituido, de la repetición y el pasado. Las mentes, una vez habituadas en una determinada línea de acción, se agarran a ella, sintiéndose seguras y a salvo. Más la belleza aquí, se torna en personal, subjetiva y placentera. Cuando la inmensa y gran belleza, no conoce el sentimentalismo, ni el goce sensitivo. La belleza es amor; y el amor es lo nuevo, lo intemporal, lo nunca percibido. Para que todo esto pueda ser, uno se tiene que olvidar y desprender, de las opiniones de los demás, de los miedos distorsionantes y paralizantes, de las grandes presiones de la sociedad y mirando todo con gran humildad; con ojos nuevos, como los de un tierno niño.
 
 
Una joven mujer, buscaba vivienda. Una persona mayor, recién llegada de fuera, estaba ansiosa de conversación. Una mujer, que volvía de sus vacaciones, estaba alegre y feliz. Otra mujer subía calle arriba, con aire solitario y absorbente. Y el primer turista, que ocupaba un apartamento cara al mar, de un gran y alto bloque de apartotel, tomaba el sol en la terraza con gafas oscurecidas, solitaria y plácidamente.
 
 
 
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El cielo no tenía ni una sola nube, el mar estaba sereno: y por todos los horizontes había niebla. Las pequeñas barcas, con sus pescadores, iban de un lado para otro. Los gorriones, un gallo y un remolque de un camión tropezando, hacían sonidos armoniosos y claros. El sol salió caliente y rojizo, iluminando y dando vida; una torre vigía, unos árboles, , una larga pared, un pequeño embarcadero con los mástiles al aire y las blanquecinas embarcaciones, se tiñeron de rojo amarillento suave y delicado. El viento era del oeste, flojo y calmado. Y todos disfrutaban de la abundante e inmensa vida. Dos grandes y blancas gaviotas, se posaron en el agua, avanzando a favor de la corriente; se veían grandes, potentes y seguras.
 
 
Un hombre, extremo oriental, llevaba alimentos en el pecho, apoyados en la mano. Un joven hombre se divertía, sentado en un taburete, en un video-juego y comiendo un paquete de pastas. Una mujer daba pan. Un coche de turistas, conducido por mujeres, y niños detrás, iban alegres y felices, subiendo la calle. Una mujer se quejaba de las presiones de unos policías. Una furgoneta, toda verde oscura, de la policía militar, pasaba por una calle. Una mujer mayor pasaba, cargada con alimentos, áspera, rígida y sin ninguna gana de relación. Un hombre venía de la ciudad, con garbanzos hervidos y diversos alimentos. Una mujer subía la escalera fatigosamente. Otra joven mujer, sacaba los zapatos al balcón. Y la vida era intensamente complicada y embarullada para unos y fácil, clara y diáfana para otros.
 
 
La inmensa mayoría de los obreros y los hombres pobres, largo tiempo maltratados dura e inhumanamente, han sido captados por las promesas de mejoras y cambios, de los líderes y políticos de los que se denomina las izquierdas. Aunque este término es difícil y ambiguo de determinar, va desde la socialdemocracia y los partidos comunistas de los países desarrollados, hasta los grupos extraparlamentarios y armados, que se encuentran por todo el mundo. En muchos países ha habido revoluciones y cambios, que han sido duramente sofocados y controlados. En otros, ha triunfado la revolución, las nuevas ideas, los de abajo; después de largos enfrentamientos, durante largos tiempos, sanguinarios y destructivos; donde han perecido muchos seres humanos.
¿Pueden los seres humanos, desprenderse de las torturas de los poderosos, sin enfrentamientos, ni destrucción, ni violencia? ¿Puede uno ver que todo cambio, por la fuerza, la sangre y las armas, es un cambio confuso y conflictivo? ¿Puede uno ver, que en los países donde ha triunfado la revolución, tienen el mismo patrón y sistema que los derrocados?
Estas preguntas para un pobre obrero, y un ser humano que tiene todas las necesidades ineludibles por satisfacer, fuertemente condicionados por los sistemas que los explotan, maltratan y destruyen, sin ningún miramiento, difícilmente las puede aceptar y comprender. Pero de la única manera, que las revoluciones son auténticas y eficientes, es sin usar las armas. La revolución, tiene que nacer y desarrollarse en uno mismo, sin intentar imponerla a los demás. Una revolución, que triunfa por medio de las armas, las muertes y destrucciones y se mantenga por las fuertes restricciones, los miedos y temores, esta revolución es meramente un cambio de dirigentes. La revolución tiene que ser psicológica; donde el ser humano tiene que transformarse en limpio, fácil, desprendido, humano y compasivo. Sin tener nada que ver con los comportamientos confusos, impiadosos, crueles y sanguinarios, deshonestos y autoritarios. Un hombre que se haya desprendido de sus antiguos hábitos y maneras, no discutirá alteradamente, ni impondrá sus criterios bajo ningún pretexto.
Los obreros e infortunados, sedientos de igualdad y cargados fuertemente de odio y miedos de retroceder, no dudan en abocarse a los que dicen tenderles una mano. Que a poco se torna tan esclavizadora, falsa y mentirosa, cruel y despiadada, como la que los oprimía. Tornándose robotizados, idealistas y autoritarios; fuertemente obsesionados con proseguir con sus imposibles y desgraciadas teorías.
Una persona que ame a todos los hombres, debe informar, con respeto y consideración, sobre este delicado asunto. Sin dejar de advertir los errores, los engaños ignorantes y la falta de operatividad de tales ideas. Para que pueda surgir una manera nueva de vivir, que no tenga nada que ver con la brutalidad, el egoísmo, la agresividad y la violencia.
 
 
 
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El viento soplaba del oeste, no muy fresco, ni muy fuerte, El sol, cuando pasaba entre las no muy intensas nubes, calentaba agradablemente. En el freo, apartado un poco hacia el este, había un gran barco fondeado desde hacía días; lo lejos y las brumas, hacían difícil su apreciación. Un pequeño halcón oscurecido, volaba por las playas subiendo y bajando hasta casi tocar el agua; yéndose hacia el oeste. Los gorriones y los pequeños pajarillos, habían desaparecido. Un perro ladró excitadamente, contagiando a los otros que le acompañaron. Una oscurecida y solitaria golondrina, que volaba fácilmente en contra del viento, con las alas estiradas hacia atrás y el cuello saliendo hacia delante, pasó hacia algún lugar.
 
 
Unos hombres, iban cargados con grandes cubos de pintura y rodillos como pinceles. Unos hombres un uniformados, que trabajaban en una empresa estatal, preguntaban la hora; y subían y bajaban la calle, con un coche furgoneta gris. Un joven hombre terminaba su obligación. Varias mujeres, con niñas y niños, bajaban junta y agrupadas a la ciudad. Una niña tempranera, salía de una tienda, con una bolsa de plástico con alimentos. Una mujer increpaba a un conductor; el conductor se defendía, correctamente, como podía. Un hombre, árabe, trabajaba duramente. Una furgoneta de transporte de mercancías, iba rápida y velozmente por la calle. Alguien había puesto música a alto volumen; era antigua y pausada. Y los hombres, sin parar, hacían y provocaban toda clase de ruidos, con sus destructivas y potentes máquinas
 
 
Hay algunos países que tienen en vigor y practican la pena de muerte contra las personas. Hay muchas personas, que están de acuerdo y a favor de tan horrible, despiadado e inhumano método de solucionar y castigar los delitos. Creen que con esta absurda e irracional práctica, los delitos, las agresiones y las violencias, disminuirán o cesarán. Y es digno, de resaltar, que los Estados que la aplican, y las personas que la proclaman, la defienden y están a favor de su implantación, son la más destructiva e incitadora a toda clase de delitos y violencias.
La principal causa delictiva es una falta educativa honesta, limpia, pacífica y veraz. Más los desajustes sociales, las injusticias y las brutalidades de los que ejercen el poder. Un delito jamás puede solucionarse con otro delito. Es como pretender desprenderse del frío con más frío. A cualquier persona que le castiguen y ejecuten, con la pena de muerte, a un familiar, amigo o conocido, compañero o vecino, no puede más que sentir resentimiento y gran sentido de venganza contra aquellos que han dictado, y hecho posible, el macabro e institucionalizado acto de quitar la vida, fría e insensiblemente a un hombre. La venganza es algo que no se puede eludir. Esta llega por vía directa, personal. O la gran ley inexorable y universal. La ceguera, el condicionamiento y la obstinación humana, se olvida y rechaza, en su insensatez y locura, esta fácil y apreciable verdad.
Uno puede apreciarlo en el mundo: unos régimenes y sus maneras de gobernar, se suceden con actos violentos; y estos no tienen otra manera de hacerse valer, si no es por la cruel y despiadada violencia. Y así el hombre está atado de pies y manos, por su ignorancia e insensibilidad, ante el estado continuo y viciado de la destrucción y la violencia. La destrucción de una vida, más si es un hombre, no tiene ninguna justificación. Todas las que se dan son degenerantes y demenciales. La vida, la felicidad, la angustia, la verdad y la mentira, son tremenda y fuertemente contagiosas. La muerte y la destrucción, por feas e indeseadas que sean, son también altamente contagiosas.
Las personas que defienden, practican y hacen valer este abominable sistema penitenciario, deberían interiorizarse en algún lugar tranquilo y sereno; y reconsiderar todo el sistema básico de enfocar la sagrada e intocable vida. A fin de poder soltar las ideas destructivamente dolorosas. Y con ello influenciar humanamente en su ambiente y entorno. De lo contrario, la muerte, el dolor y la tragedia de la violencia sin fin, estarán presente en todos los actos de sus vidas.
 
 
Desde el nordeste se acercaron unas negras nubes, que dejaron caer una fina y suave lluvia, que apenas mojó loa tierra. En el nordeste, apareció el gran y ancho arco iris: con sus líneas enrojecidas, amarillentas, verdosas y avioletadas: pronto desaparecieron al ser tapado el sol por unas nubes. El inmenso mar, estaba azul oscurecido y se veía limpio, claro y diáfanamente.
 
 
Dos hombres recogían sus herramientas, escaleras, cables eléctricos y terminaban su larga jornada de trabajo. Un niño iba cargado con la bolsa escolar a la espalda, tranquila y despreocupadamente, en busca de su apartamento. Las golondrinas, con sus cuerpos parduscos, iban alegremente por los aires. Y las ramas y las hojas de un olivo, se enternecían con el huidizo sol poniente.
 
 
 
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Durante la noche llovió largos ratos, haciendo los chorros de las aguas, que caían de los techos de los edificios, el ruido continuado, cambiante y aplastante. Las personas, tras los fuertes portazos de los coches, iban apresuradamente hacia sus cobijos. El día era claro y con poco viento de componente norte, que hacía cambiar incesantemente a las abundantes nubes de posición y color. Pronto empezó a llover, no muy fuerte; y pronto cesó. En la calle todo estaba limpio, brillante y fresco. Y era agradable sentirse al aire libre. Una perra oscurecida do Berman, pasó velozmente, erizando un poco el pelo de su espalda, hacia donde la cuidaban. Un perro enrojecido, no muy alto, con largas orejas y cabellos, pasó mojado calle arriba. Un pequeño, equilibrado y enverdecido ciprés, estaba solitario al lado de una verja de hierro y alambre. Las gaviotas se desplomaban, rápidas y veloces. Una joven mujer, hacía maniobras con su coche. Una niña simpática, cargada y abrigada saludaba, camino de su escuela. Una mujer intentaba tapar su canario enjaulado, sin conseguirlo. Una gata, enrojecida y blanquecina, subía y bajaba fácilmente entre las plantas y las piedras del cerro. Dos jóvenes mujeres, extremo orientales, hablaban de sus cosas, mientras bajaban a la ciudad. Otra mujer, extremo oriental, entraba a una tienda. Los vehículos se molestaban y estorbaban uno a otros. Un hombre mayor campesino, llevaba un sobre blanco en la mano, doblándolo y manoseándolo, con aire apresurado y preocupado. Una joven mujer, buscaba y pedía el diario, que todavía no habían recibido. Unos hombres trabajadores, lanzaban a un remolque de un camión gruesas piedras. Alguien intentaba hacer subir dificultosamente las persianas, de su pequeña casa. Y algunos insectos no podían con el agua caída, estaban quietos y esperando; mientras en los árboles cantaban los pajarillos.
 
 
Es algo tremendamente curioso de resaltar, el que hombres, que han sufrido todas las miserias y brutalidades autoritarias, y proceden de ambientes no demasiado favorecidos, adopten actitudes y maneras de vivir, que más bien parecen de las élites aristocráticas. Esto demuestra de una manera clara, lo falsa, acomodaticia e insensible de las mentes. Muchas personas que han ascendido desde la pobreza y sus dificultades, en las posiciones impuestas por la sociedad, a altos puestos y cargos, adoptan actitudes despóticas e inhumanas, con los que están y permanecen en la injustificable precariedad en todos los niveles. Ya no se acuerdan de las inmensas dificultades, de los atropellos, de los malos tratos recibidos, del miedo paralizante y distorsionante, del tremendo y profundo dolor del sentirse manejado, excluido y explotado.
Estos politizados y acomodaticios hombres, no dudan de relacionarse fuerte e intensamente con los magnates de las industrias y el comercio, haciendo y promoviendo planes que desfavorecen a las personas más necesitadas. Hay algunos que, habiendo llegado a la cúspide del poder mundano, hacen y actúan de manera diabólica, ignorante y muy condicionada.
Un hombre, que se interese por el bien de los demás y busque la verdad, debe renunciar a sus poderes y posiciones sociales, si es necesario, ante la posible desvirtuación de su vida. De lo contrario, la honestidad, la humanidad y la compasión, se quedan en palabras falsas y huecas.
Estas desafortunadas personas, con tal de seguir disfrutando de los privilegios y las sucias maniobras del poder, cambian y tergiversan la realidad. El poder es la peor droga que hay; una vez es degustada, si uno no está atento y con un gran sentimiento de desprendimiento y renunciación, se miente, se envilece y se desprecia la vida sagrada de los hombres. Si no hay una actitud de gran compasión por los hombres, y un estado de beatitud, que haga desprenderse de esa maligna manera de vivir, estas personas en su obstinación, terminan en desgracias,
La mente, es de utilidad solamente en cuestiones mecánicas; el hacer una mesa, el arreglar el motor de un coche, el saber cómo me llamo y dónde vivo. En lo demás, en lo humano y respetuoso, es un impedimento, inadecuada e inútil. Ella siempre busca la seguridad y la certidumbre; y esto es todo lo que provoca la confusión y el caos, el sufrimiento y las miserias.
 
 
El sol salía y era ocultado por las nubes, que lo oscurecían todo y soltaban un chaparrón. Luego volvió a salir y se ocultado. El silencio y la quietud eran intensos. Y la vida continuaba esplendorosa, fina y ricamente limpia por la lluvia.
 
 
 
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Mucho antes y en la madrugada llovía no muy fuerte. A medida que el día iba avanzando, las espesas nubes y las brumas iban desapareciendo, asomándose el espléndido azul del cielo. Los grupos de gaviotas puntuales, pasaban hacia el noreste, con los primeros clarores. Venían  formadas, unas diez en cada tanda; y nada más llegar a la orilla del cerro, se deshacía la compacta formación. Empezaban a balancear, subir y bajar, para poder afrontar con más facilidad las embestidas del viento del norte. Algunas solitarias, casi en la oscuridad, ya sobrevolaban la playa. Y los pajarillos pasaban veloces por delante de ellas, en busca de comida por las calles y las playas. Algunos se quedaban y machacaban, con sus sonidos potentes, el gran silencio mañanero. El sol quería alumbrar y calentar tímidamente, pero los obstáculos no terminaban de desvanecerse. A pesar de todo, el día tenía un gran encanto y prometía ser limpio y sosegado.
Una mujer limpiaba su casa y preguntaba por su gato desaparecido. Un gran caracol, intentaba cruzar la calle; sin saber los peligros que había. Un hombre extremo oriental, bajaba tranquilo y seguro a la ciudad. Una mujer, tendía la ropa al sol. Otra mujer, cargaba con una caja llena de alimentos. Desde un segundo piso, una mujer quitaba el polvo de su estera. Un hombre aparcaba la motocicleta encima de una estrecha acera; luego la quitaba para que no estorbase, cargaba con un gran cubo de pintura y se dirigía a trabajar. Otro hombre, que también iba a trabajar, se juntaba y emprendían la tarea. Los coches bajaban la calle usando los frenos. Una silenciosa y simpática niña, buscaba compañía sin encontrarla. Un perro, que parecía un lobo, estaba en medio de una curva cerrada, dudando en proseguir la subida al cerro. Una mujer le daba una palmadita a una perra para que prosiguiese su camino. Un hombre, salía de su apartamento con un joven perro. Y una mujer, silenciosa, calmada y observativa, pasaba con una perra, en la mañana nubosa y soleada, aireada y calmada, fresca y templada.
 
 
Un hombre joven, de aire moderno, vestido con prendas del color de una secta religiosa, que llevaba en el cuello un collar, también característico, entre su pecho y la ropa, a la pregunta: si no podía vivir sin guías. Contestó: “Que estaba demasiado dormido para poder conducirse por sí mismo”. Uno le dijo: Que esta sinceridad con que había respondido y la claridad de su pensamiento, era muy positivo. Y que su actitud era la misma, que la de una persona que advierte un excremento en la acera y lo elude, sin pisarlo, embadurnarlo, ni extenderlo. Que lo importante, es darse cuenta de los hechos, para no seguir provocando más confusión.
 
 
Alguien había dejado la luz de su portal encendida. Una gran avioneta gris, iba hacia el sur. Una mujer llamaba repetidamente, con la voz. Los pajarillos cantaban claros, alegres, con musicalidad. Y toda la fuerza de la naturaleza, despertando del letargo invernal, se apreciaba en cada tierna rama de los arbustos, árboles y flores amarillas, azuladas, enverdecidas y claras, rojas intensas, avioletadas y violetas; las grandes cantidades de insectos, devorados por las golondrinas, los murciélagos y por casi todos los pequeños pajaritos.
 
 
Las personas temen y respetan mucho a los que son muy instruidos; o han estudiado una licenciatura, alguna carrera. Sin darse cuenta de que estos también sufren miedos, dolores de cabeza y estómago. La única diferencia que hay, es el tener dominio de una herramientas, altamente supervaloradas, por los poderes de la sociedad dominante. Casi todas las personas que poseen estos conocimientos, la mayoría usados sofísticamente, son en gran medida el soporte del poder fuertemente establecido. La mayoría son controladores y dirigibles hacia un fin, conscientes oi no, determinado. Las complicadas sociedades, sin sus represivas actitudes, se desmoronarían fácilmente.
De uno depende que estas injusticias e inmorales maneras de perpetuarse, el caótico y conflictivo poder, lleguen a su fin. Los que tienen y ejecutan el poder, siempre han contado -y cuentan todavía-, con el distorsionante y paralizante temor y el miedo. Un hombre sin miedo, es inmanejable. No se le puede dirigir: Al contrario, un hombre obstruido por el temor es un robot fácil de controlar, encauzar y aquietar. La vida se torna, con el miedo, en re bañil, fea y mortecina.
Todas las ciencias, las artes, las letras y todo lo demás, está en las bibliotecas, los libros y las enciclopedias. Cuando uno quiere saber algo, va a ellas y los encuentra. Lo que no se puede encontrar solamente en ellas, es la realidad y la verdad. Esta está más allá de la torpe y dolorosa manipulación, por unos cuantos hombres. La verdad, no es ni saber ni poder. En estas dos cosas, la verdad y la realidad, se escurre como el agua entre los dedos. El día y el momento en que un hombre pierde el miedo, todas estas tonterías de las escalas sociales, el saber y el no saber, tocan a su fin, Un hombre sin miedo, es un hombre libre. Que mira a todos los hombres, los instruidos y los faltos de instrucción, por igual. Sin sentir apego, ni resentimiento, por nadie. Y no encontrándose en alta o baja actitud.
Para que lo nuevo y lo no pensado venga, es preciso soltarse del miedo y del temor. Para que surja la maravilla, no tocada por nada, no ha de haber compulsiones, ansiedades y dependencias limitadoras. Lo nuevo no está ni escrito, ni encuadernado, ni filmado. Ello viene, como el día, una nube, o el viento.
 
 
Los niños jugaban por la calle, gritando y voceando felizmente. Un pequeño perro ladraba. Un pájaro piaba repetidamente, Y los hombres hacían potentes y abarcadores ruidos.
 
 
 
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La espesa niebla, hizo tardar la visibilidad del nuevo día. En el mar no se veían ni los faros ni algunas piedras claramente. La humedad lo había abarcado todo, refrescándolo y dando abundante vida. El frío era inexistente.
 
 
El joven y tierno algarrobo, nada más salir el tronco, de tierra, se dividía en dos altas y robustas ramas; estaba comprimido entre un edificio y se estiraba hacia lo alto, en busca de la luz y los cuatro vientos. Una alta pared cortada, del final del cerro cerca del mar, dejaba ver las entrañas amarillentas y veteadas de la antiquísima tierra; contemplándola uno se sentía empequeñecido y resguardado por su abrigo. Las grandes barcas, retumbaban sus motores hacia el puerto. El mar estaba blanco y quieto. Unos pescadores tenían sus cañas, con el hilo dentro del agua, clavadas o recostadas entre las piedras; uno de ellos sacó del agua dos pequeños peces, de un palmo, y los guardó en una bolsa de plástico, tapándola con una gran piedra. Los pececillos saltaban en su final desesperadamente. A la pregunta: Si no le daban lástima. El excitado y divertido pescador contestó: “Que si no lo sacaba, ellos entre ellos se comían”. Y siguió lanzando el hilo a lo lejos, y mirando fijamente la punta de la delgada caña, sin importarle lo más mínimo lo que pasaba a su alrededor. Un joven hombre turista, paseaba y acariciaba a su pequeño perro. Un gran, negro y brillante, cormorán, después de menear varias veces las alas al viento y escabullirse, a modo de limpieza, levantó el vuelo haciendo una curva; al ladearse su ala derecha tocaba suave y levemente la superficie del agua; el largo cuello, algo blanquecino, terminaba en un gran pico amarillento y brillante; después de volar un largo trayecto, se perdió de vista detrás de una gran roca. En un remanso, entre piedras y un pequeño muro de cemento, el agua era limpia, clara y transparente; cobijados, había varios pececillos de un y varios centímetros, de colores terrosos, parduscos grisáceos; las cabeza sobresalían y sus cuerpos terminados en una delgada y fina cola, dándole la espalda al casi inexistente oleaje. Encima de una piedra, pulida por el roce de muchos miles de años, se veía una pequeña estrella de mar, que avanzaba hacia un lado, lentísimamente; estaba adherida con sus largas piernas y se meneaba toda a la vez; el color era agrisados, con manchas oscuras; cuando pasó a otra piedra, levantó dos piernas adhiriéndose fácilmente; luego se replegó y se escondió entre dos piedras. Había otra de las mismas características, ésta estaba estática en el suelo. Una mujer, paseaba a un perro grande. Un hombre, con unos auriculares en las orejas, con una larga pipa de fumar en la boca y dos perros, iba a comprar el diario. Se oía música, y cantar una mujer, grabada. Un hombre barría y limpiaba la puerta de un bar. Una mujer, turista, desayunaba en el balcón de su apartamento, cara al mar, sin mucha ropa. Entre una alta grúa y un alto edificio de cemento, habían dejado dos delgadas ramas de un olivo; tenía una larga farola tumbada, de color verde, a su alrededor; y el solitario y pobre olivo, aguantaba en tan duras condiciones, dando alegría e inmensa vida al desafortunado, sucio y enclaustrado lugar. Y los grandes aviones entraban salían y rugían.
 
 
Una de las cosas más apreciadas en una isla, es su espacio. Cuando llega desde fuera, la sensación que se tiene es la de una gran quietud y sosiego. Es como si un metro, se convirtiera en diez centímetros. El espacio es abundantemente aprovechado; las casas y apartamentos, en general, son reducidos; las carreteras estrechas. Visto desde fuera -desde un continente- es como si se mirase todo en miniatura.
Cuando llegan las avalanchas de los agotados y neurotizados turistas, el número de accidentes en carretera, muchos de ellos mortales, es altamente elevado. Lo que debería hacer un advenedizo, nada más llegar, es intentar captar la manera de comportarse y vivir de los pobladores. Y permanecer unos días, sin alejarse demasiado del lugar donde va a habitar. El ir de un sitio para otro, rápidamente y sin parar, es en todas partes destructivo y mortecino, más aún en una pequeña isla. Uno tendría que saber, que hay muchos pobladores que nunca han salido del lugar. Y la concepción del tiempo y el espacio, es completamente diferente a la de afuera. El tiempo es otro factor conflictivo y perturbador. En un sitio donde se tiene tanto tiempo, la prisa y la ansiedad, casi no se conocen. Por lo que, los que llegan de fuera han de tener un profundo respeto, y un gran sentido de la flexibilidad, a las costumbres y horarios.
 
 
Un gran saltamontes, con las alas agrisadas y el cuerpo y las piernas enverdecidas, volaba con su característico ruido de alas, hacia un alto arbusto de baladre. Más bien cayó en una alta, tierna y verde rama; empezando a trepar ágilmente. Al instante, se paraba, miraba la parte de las ramas con menos obstáculos. En sus movimientos era lento, fácil y seguro. Se cambió de rama y se paró en casi todo lo alto. Estaba confundido, camuflado, entre las abundantes hojas y ramas verdes, frescas y sanas. Se quedó un largo tiempo, sin poder ser observado, y cuando lo creyó oportuno alzó el vuelo, rozando en una pequeña biga de madera, que soportaba un techo conglomerado de cemento, yéndose fugazmente detrás una pared.
 
 
Uno se pregunta, cómo las personas depositan su confianza y consienten, además de admirarles y respetarles, que los dirigentes, los líderes y salvadores, les mientan, les embauquen en guerras y les desprecien sus vidas y la de sus familiares y amigos. En todo el mundo las personas soportan, ensalzan y se dejan dirigir por algunos hombres. Por tiranos, fraudulentos e inhumanos que sean, son presentados como personas con carisma, altamente sensibles, educados y limpios. Uno se pregunta: ¿Los hombres saben por quién son dirigidos? ¿Saben que su poder reside en el miedo, las armas mortíferas y el engaño? ¿Saben, que sin su apoyo, su gran poder se desvanecería?
Seguramente si cualquier hombre hiciera alguna de las abundantes fechorías, acostumbradas y normalizadas por los dirigentes, sería fuertemente castigado, mal mirado y considerado como un peligro al que hay que encerrarlo, para que no perturbe las falsas buenas costumbres. ¿Por qué no se puede aplicar estos criterios a los sucios gánster dirigentes?
Seguramente, es por la gran brutalidad, insensibilidad e impiedad de los que controlan, con los líderes y salvadores. Estos no dudan de forzar, de bombardear informáticamente, opiniones deshonestas y convertirlas en honestas. También es consecuencia de una educación, desde la niñez, inmoral, irrespetuosa con los hombres y los seres vivientes.
Es necesario que los niños y los jóvenes, sean educados de una manera limpia, donde el egoísmo no tenga cabida. Donde la vida de las personas, no sea el conseguir una posición social y económica; sino el servicio a los hombres.
Es necesario que la guerra, destructiva y cruel, desaparezca; para que nuestros hijos, familiares y amigos, no sean arrebatados y destruidos. Es necesario que todos los hombres, sepan quiénes les dirigen y su maldad mortífera. Es necesario decir la verdad, para que los niños, los jóvenes y los abiertos de corazón, cambien y actúen de manera que la agresividad y la violencia desaparezcan. Es necesario saber que la guerra y los millones de seres y dinero a ella destinada, puede y debe desaparecer. Para que desaparezca, uno tiene que renunciar a su pequeño, o gran poder. A su dinero sobrante, acumulado o despilfarrado. A sus grandes, imposibles y absurdas, ideas. A su fría, dolorosa y cruel insensibilidad.
¿Podemos desterrar la guerra, para que no maten a nuestros hijos? ¿Podemos educar a los hombres, para que no empuñen, nunca jamás, un arma? ¿Podemos ver en los hombres armados, la inutilidad, el salvajismo egoísta y el inmoral despilfarro?
Si de verdad quisiéramos a nuestros hijos, los niños y los hombres, no tendríamos ni un solo día de guerra.
 
 
Un avión que volaba muy alto, de suroeste a nordeste, despedía cuatro pequeños chorros de humo blanco, que a poco de salir de sus motores, se convertían en dos y más tarde en uno. No se oía ruido y avanzaba rápido, recto y seguro.
 
 
Con el ocaso, el verde de los árboles y arbustos ganaba en intensidad. Había uno que parecía un sauce llorón, con las hojas más anchas y un poco onduladas, que estaba florido de amarillo. Sus flores eran redondeadas, pequeñas, y estaban agrupadas, al final de las tiernas ramas. Con la quietud, su belleza era realzada. Dos perros jóvenes, jugaban felizmente; mientras otro, solitario y encerrado, lloraba desconsoladamente.
 
 
 
61
 
Pronto amaneció, llenándose todo de luz y visibilidad. El viento, venía del noreste, flojo, suave y húmedo. Y hacía levantar gran cantidad de olas, muy juntas unas de otras, sin espuma. Por todos lo horizontes, se veían nubarrones blanquecinos y azulados oscuros, que n o llegaban a tapar al caliente sol.
Un hombre mayor, con una bata blanca, que pintaba, se asomaba a la terraza de un apartamento. Un hombre joven, iba a su trabajo con el pelo mojado y la chaqueta en el hombro. Una joven mujer, acompañada por un hombre, bajaban a la ciudad. Una mujer y una niña, esperaban al dueño de una tienda. Un conductor de un gran camión, impaciente y con prisa, casi tropieza con una furgoneta frigorífico, aparcada arriba de la acera. Dos jóvenes hombres, albañiles, iban en busca de sus almuerzos. Una mujer, preparaba lo necesario para desayunar al sol, en el pequeño jardín de su gran casa. Una mujer, salía de su pequeño apartamento, compuesta y aseada. Y una gran barca, navegaba haciendo una gran uve, para poder afrontar, con más facilidad, las constantes y potentes olas, que venían de alta mar.
 
 
La vida no conoce obstáculos. Entre las grietas pequeñas del asfalto de la calle, salen las pequeñas matitas verdes, desafiando a todos los peligros. No crecen mucho, debido a las pisadas de los hombres y las máquinas. Pero ellas está llenas de vitalidad, siguiendo el impulso imparable de la vida.
Las grandes caminantes y trabajadoras hormigas, si en un lugar de la calle encuentran alimentos, hacen pasadizos subterráneos, que llegan al lado mismo, para comérselo o llevárselo. Luego el pequeño agujero, es tapado por el polvo y la tierra, desapareciendo.
Los caracoles, redondeados y estirados, y los esféricos, no dudan, en su lentitud y fragilidad, intentar cruzar la calle; uno intenta sacar algún sentido a tan peligrosa acción, pero ninguno tiene un fundamento exacto, lógico y racional. La vida, el gran y profundo sentido de ella, se escapa a las mentes empequeñecidas y torpes de los hombres. Por eso, lo más seguro y correcto es el amor. En el amor, y con el amor, todo está bien. Uno, no tiene que pararse a dilucidar lo correcto o incorrecto de una acción. Si lo hace con gran amor, lo que sigue también lleva amor y orden. Y este orden, es armonía y no destrucción.
Una pequeña araña, con la cabeza ennegrecida y el cuerpo grisáceo, del tamaño de una mosca mediana, apareció en los ladrillos del balcón, calentados por el sol. Caminaba rápidamente unos centímetros y se paraba, como si la estiraran. Se paró, un poco lejos, a descansar y tomar el sol; dio un gran salto hacia delante, como si hubiera encontrado algo, y siguió con sus trayectos cortos, rápidos y pausados. Un poco antes de un cenicero de barro, que estaba en el suelo, se detuvo y al cabo de un momento dio otro salto, más rápido, largo y decidido, poniéndose y cobijándose bajo el cuadrado trozo de barro.
 
 
Si los hombres tuvieran la sensibilidad, la lucidez y claridad mental necesarias, y un gran sentido del respeto y amor, por todas las personas; los dirigentes, los guías, los líderes, los príncipes y los reyes, los políticos y los profetas, desaparecerían de la tierra. Ya que por su desgracia, no conocen estas virtudes, todos los que se creen en posesión de ellas, deberían dimitir, abdicar, de sus privilegiadas posiciones y cargos. A fin de dar la más alta lección, que un hombre puede dar: la renunciación compasiva y humana.
 
 
Una alarma se conectó chillando escandalosamente; pronto se detuvo. Los pequeños insectos volaban y se calentaban al sol, sobre los árboles, cobijados y abrigados entre las casas. Alguien daba golpes con un martillo repetidamente. Y los pequeños y grandes cantores pajarillos, deleitaban con sus trinos.
 
 
Los hombres jóvenes y las personas que tienen desarrollan abundante energía, están en un gran peligro al encauzar sus inmensas potencialidades desacertadamente. Muchos gastan grandes cantidades de energía y dinero, en consumir toda clase de sustancias y objetos innecesariamente. Que pronto se ven atrapados, en conseguir la energía y el dinero necesario, para poder seguir con sus placeres fáciles y fuertemente adheridos a ellos. Un hombre joven tiene un gran caudal de vitalidad, que se ve reforzado por la ausencia del pesado y largo pasado. En contraposición a esto, su gran condicionamiento inocente y la gran falta de contrastar tangiblemente, los grandes e inesperados sucesos de la vida, lo hacen vulnerable y fácilmente manejable, por las personas de mentes perversas y de procedimientos inmorales. De ahí, que en todo el mundo industrializado y desarrollado, los jóvenes son atrapados y manejados, según los criterios de los dirigentes y los poderes. A un joven hombre se le consienten las extravagancias en el vestir, en algunas drogas y en algún comportamiento extrovertido y dicharachero. Pero en el momento que un hombre, de pocos años, se hace serio y profundo, llegan las infinitas dificultades y obstáculos. Es por eso, entre otras razones, que la vulgaridad, la falta de respeto a los seres vivientes, la agresividad y la violencia, son inseparables de los poderosos jóvenes. Ellos necesitan liberar, desarrollar, las inmensas energías que les apremian -y lo hacen- de la manera -salvo excepciones- más convencional y condicionada.
¿Se imagina un hombre de gran energía el bien, el servicio y los bellos actos que podría hacer? ¿Saben qué hay muchas personas solitarias y necesitadas de afecto en todas partes? ¿Sabe un joven, lo qué es un asilo de personas a ancianas? ¿Sabe lo que es un sanatorio mental? ¿Sabe qué hay muchos seres humanos que no tienen nada? ¿Saben qué los que tienen gran energía y dinero los podrían ayudar?
Estas preguntas y sus razonamientos son incómodos para las personas dedicadas a trabajar y ganar dinero, para luego gastárselo divirtiéndose y embotándose la mente. Pero deben de saber, que hay otra forma, más cuerda y humana, de enfocar la vida y vivirla. Y que pueden desprenderse, de sus torpes y dilapidadores actos, cuando quieran. Cuando uno ha visto y comprendido la verdad, no se ven los obstáculos para ir hacia ella. Los obstáculos, los inventa la falsa mente -cuando no ha comprendido y está en la confusión-, para sentirse adherida al pasado y así creerse segura. Pero un hombre que ha encontrado el brillo, sin igual de la realidad y la verdad, descarta todas estas ilusiones y condicionamientos, cambiando su manera proceder. Estando solo y sintiéndose acompañado y en unión con todos los hombres; y viendo en el servicio, y en el bello amor, toda la grandiosidad y la maravilla de la vida.
 
 
En una pequeña jaula, de blanco y delgados hierros, cara al sol, había una pequeña rata toda blanca, con los ojos enrojecidos. Las jóvenes personas que la cuidaban, le habían puesto en suelo viruta de madera, medio tomate y un gran trozo de manzana; el animal se veía encarnado y pesado; su mirada era viva y algo excitada. En el suelo, bajo la jaula, en un recipiente de plástico, de color rojo, se veían unos grandes, amarronados y hermosos caracoles; algunos tenían el delicado y húmedo cuerpo fuera del caparazón; seguramente los habían recogido para guisarlos y comérselos.
 
 
 
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La represión es la falta de comprensión. Donde hay gran atención y claridad, ante cualquier situación o deseo, la represión no tiene lugar. Ella abunda donde hay confusión, no interpretación de los incesantes de los incesantes deseos. Un deseo reprimido es tan nocivo como el permitido. Solamente con el profundo, compasivo y humano renunciamiento, es por donde llega la gran lucidez y claridad mental necesaria para ver, sin ningún dolor, lo falso y lo verdadero.
 
 
El día era claro y soleado; la suave brisa procedía del sureste y el mar, sin estar del todo quieto, se veía tranquilo. La temperatura era agradable y templada; en las horas de intensidad solar, las prendas eran agobiantes y molestas. Por la calle se sentía la fragancia y el ambiente del buen tiempo. Un gran perro blanquecino y dócil, estaba atado bajo una vieja, pequeña, torcida, florida y apretada higuera; el animal, alano, estaba harto de su soledad y se había subido a un pequeño y grueso muro, de manera inverosímil, estirándose la brillante cadena del cuello.
 
 
Estaban arreglando una calle, por donde por donde había un cuartel del ejército de tierra; y por direcciones desacostumbradas pasaban furgonetas enverdecidas oscuras y soldados con coches particulares; también se veía algún oficial. Un hombre, negro, subía la calle con un coche. Un hombre, árabe, trabajaba en una hormigonera. Un joven turista, blanquecino y delicado, llevaba una revista de actualidad y compraba alimentos. Una silenciosa mujer, con gafas blancas, acompañada por un pequeño y joven perro, entraba en un bloque de apartamentos. Una mujer mayor, se dedicaba a las tareas de su casa y entraba en calor. Un hombre sentado en una gran ventana, miraba extrañado y con interés.
 
 
Sin un gran amor a las personas, a todos los seres vivientes y a la encantadora y exuberante naturaleza, cualquier cosa que se haga se torna en rutinaria y tediosa. Esta actitud mental, tan desagradable y dolorosa, de no ser disuelta, puede provocar conflictos y perturbaciones, en y entre, los individuos. Toda persona, cuando hace algo, por vulgar y rutinario que parezca, debe poner toda su atención y su corazón; de esta forma llegará la bondad y el amor, que todo lo transforma; lo viejo en nuevo, lo pesado en liviano y ligero, lo feo y desagradable en digno de ser contemplado y admirado.
 
 
En medio de una vasta planicie, de varias decenas de kilómetros de largo y unos veinte de ancho, cubierta por fino barro arenoso, se alza una gran piedra grisácea, amarronada y amarillenta. Casi todas las tierras, que la circundan, están destinadas al cultivo del arroz y gran parte del año cubiertas de agua. Es redondeada, unos quinientos metros de diámetro, faltándole una cuarta parte de su amarillenta piedra. En lo alto, en una atalaya, hay construida una casa y una ermita pequeña de varios siglos, rodeadas por un banco de piedra, que hace de muro. Los hombres en sus necesidades, han construido un gran depósito de agua, que sobresale desde lejos. En los sitios escondidos e inaccesibles, crecen grandes chumberas; alrededor de las construcciones hay algunos hermosos y no muy grandes pinos. Desde lo alto se pude contemplar la inmensa maravilla de toda la larga llanura, con su inmensa vitalidad y su gran vida. Está situada al sur de una albufera, justo al este de la península Ibérica.
 
 
El exceso de actividad y trabajo, embota las mentes y destruye a las personas. El tener alguna actividad y trabajo, hoy por hoy, es necesario e ineludible. Pero un hombre, cuando ya tiene lo necesario, para poder subsistir, ha de estar muy atento y despierto para no ser atrapado y arrastrado por la sucia, turbulenta y rápida corriente del consumismo. El hombre que consume en exceso, demuestra una gran falta de madurez, de sensibilidad y de compasión por los demás. Alguien, si necesita un pan al día, no debe proveerse de más; pues alguna otra persona lo puede necesitar. Uno debe cuidar de los pequeños detalles y acontecimientos diarios; para que sembrando la virtud llegue el orden. Tan necesario y preciso.
El comer en exceso y el rodearse de gran cantidad de objetos y cosas, es ignorancia. Un hombre que come grandes cantidades de alimentos y está excesivamente confortado, se degenera rápida y fácilmente. Uno tiene que tener presente a los hambrientos y a los que no tienen, ni tan siquiera, un hogar para poder cobijarse.
Otro problema de los que trabajan en exceso y son muy activos, es qué hacer con el dinero abundante conseguido. La solución es bien fácil: se reduce la actividad y el dinero sobrante se da a los pobres y necesitados, o las fundaciones benéficas. Rápidamente se sentirá una gran sensación de vida, de utilidad, de júbilo y de unión con todos los hombres. En el compartir es donde reside la gran fuerza que mueve el universo. Compartiendo uno no necesita seguridades divisivas y aislantes. El sentimiento de culpabilidad, perturbador y distorsionador, toca a su fin. Y las grandes tensiones y la frialdad de la seguridad desaparecen.
El trabajar adecuada y racionalmente es necesario para que uno no lo sienta como un castigo, un tormento. Un hombre, que está agotado por su larga jornada de obligación, no puede ver la gran belleza de la vida. No puede saber dónde está la verdad y lo falso; es como u n tronco arrastrado a la deriva por la fuerte corriente de un impetuoso río.
 
 
El sol había sido ocultado por grandes nubes, azuladas oscuras y blanquecinas; la suave brisa hacía mover apaciblemente las tiernas ramas de los arbustos, los árboles y la superficie del agua. Un pajarillo, sin importarle el cambio del tiempo, entonaba sus melodiosos y abundantes cantos.
 
 
 
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Las grandes piedras y las rocas, se veían grises y oscurecidas; el cielo estaba todo cubierto por nubes y una fina neblina. Un murciélago solitario, volaba haciendo círculos, dando la impresión de que iba saltando por el aire. El viento venía del norte, fresco y apacible.
 
 
Al abrigo de tres grandes pinos inclinados, había una dócil perra cruzada de dogo, enrojecida y atigrada. No tenía rabo, su cara y su hocico eran chatos. Estaba recostada sobre unas ramas, no muy secas, de la poda de los pinos; se tumbó patas arriba y empezó a restregar su espalda a manera de limpieza. Más tarde, cogió un largo hueso, un poco encarnado, y comenzó a masticarlo e intentar comérselo. Pasó un joven hombre, acompañado de un joven y un viejo perros e instantáneamente cesó en el trabajoso masticar, fijándose en ellos, quedándose el largo hueso, un largo tiempo, salido hacia un lado de su gran boca. Era grande y fuerte, su mirada era intensa, pero sin fiereza.
 
 
 
 
Una gran máquina de seis grandes ruedas, de color amarillo, bajaba la calle, con unos ganchos clavados en el asfalto, como si estuviera arándola. Una furgoneta, de importación, que tenía acoplada una pequeña grúa, que la manejaban dos policías municipales, llevaba un coche enganchado detrás, que obstaculizaba el rápido y fácil trabajo de la potente máquina. Era como un gran espectáculo: la acompañaban unos cuantos hombres, a pie alrededor de ella, con una puntiaguda azada de un corto mango, terminado en una suave curva. Los vecinos y las personas, que transitaban el lugar, se quedaban absortos y sorprendidos, ante la arrolladora y destructiva máquina. El negro y apastado asfalto, se convertía en pequeñas piezas cuarteadas de difícil pisar. Un numeroso grupo de hombres, vestidos con ropas azules, iban y venían , por diferentes sitios, instalando un grueso y largo cable eléctrico. Los coches iban y venían en direcciones desacostumbradas; alguno iba en dirección desautorizada. Una joven madre, extremo oriental, llevaba a su tierno hijo, abrigado en una pequeña manga enverdecida, en brazos y bajaba a la ciudad. Un alto, joven y delgado hombre, repartidor de productos lácteos opinaba quejándose: que lo del asfalto era un despilfarro; habiendo otras calles sin asfaltar. Tres mujeres estaban sentadas en la puerta de un bar, en una acera, feliz y tranquilamente. Los hombres estaban atareados y alterados en sus trabajos. Una mujer solitaria se asomaba, por su ancha y descampada terraza, hacia abajo. Y el viento había cambiado del suroeste, sin poder despejar el turbio y cambiante cielo.
 
 
Cuando llega el buen tiempo y se acerca la gran invasión turística, los sufridos, pacientes y amables pobladores, se ven sometidos a una gran tensión, que les altera profundamente. Después de los meses de relativa tranquilidad y sosiego, en poco tiempo se pasa a convivir con varios miles de personas, de diferentes maneras de vivir; hombres y mujeres en su mayoría neurotizados, por su enloquecida vida en las grandes ciudades de Europa; llegan convencidos e informados, previo pago, de que se les atenderá y respetará, como si fueran seres especiales o privilegiados. Los suaves y austeros moradores, se encuentran atrapados entre la soledad y el aislamiento, en medio del inmenso mar, y el embarullado, insano y falso paraíso turístico.
 
 
Las gaviotas gritaban, los perros ladraban, los coches bullían sus motores, los pájaros intentaban cantar, parándose; una hormigonera rodaba haciendo el ruido continuado y pesado. Y el día se oscurecía, nublaba y enfriaba.
 
 
La conciencia de los hombres, es su contenido. Y el contenido, es la misma conciencia. Todo lo que hemos sido y por lo que hemos pasado, durante los millones de años, está dentro de uno. Uno es todo eso. Sabemos muchísimo del pasado, pero en realidad nos conocemos bien poco. Uno no sabe la respuesta que pude dar a un intenso reto. Y uno tampoco se puede fiar de nadie; lo que una esposa, amigo o familiar puede hacer es imprevisible. Esto es todo el canto y maravilla de la vida; y a la vez doloroso.
Uno se pregunta: ¿Si podemos vivir una vida sin división? Una vida que no sea blancos contra los negros, y los negros contra los blancos; los comunistas contra los capitalistas; la mujer contra el hombre; el viejo contra el joven, y el joven contra el viejo. La división, causante de conflicto y dolor, está en todas partes. En el hogar, en el trabajo, casi en todas las relaciones de los hombres. Uno tiene que ver, que la base de la conciencia humana es la división. Los poderes, los líderes políticos, son y provocan división. Todo lo fuertemente establecido: el trabajo, las ciencias, las artes y las ideas, son divisorias.
¿Puede uno a pesar de toda esta inmensa división, no sentirse fragmentado, ni diviso? ¿Podemos ver al hombre de raza diferente, sin la dolora e inhumana división? ¿Podemos escuchar al político y a los dirigentes, sin sentirnos divididos de ellos?
La vida para que sea toda ella esplendorosa y armoniosa, un o la tiene que ver como una totalidad.   Donde no haya ni centros ni periferias. Es como ver un gran cuadro y fijarse -sintiendo disgusto o agrado- en una pequeña parte de él, sin prestar atención al resto. De esta manera de ver, la inmutable realidad, es donde surge la confusa y cruel división.
Un hombre puede hacer una buena obra de caridad, de servicio o de la clase que sea, si en acto de hacerla no hay un unión con el ser humano atendido, la belleza y el amor no existe. Lo más importante es la relación completa, el sentirse indiviso con el otro. La conciencia de los hombres, altamente condicionados por el egoísmo y el conflicto, raras veces puede sentir la unión con todos los seres humanos.
La división lo que primero desencadena es inseguridad y miedo. Inseguridad ante lo contrastado y lo nuevo; y miedo a perder mis costumbres, necias y estúpidas. Por eso, es que las sociedades, se basan en la inseguridad tormentosa y el miedo paralizante. Un hombre indiviso, no conoce la inseguridad, ni el miedo; ambos no le afectan.
Uno tiene que ponerlo aprueba en el trabajo, con la esposa, con el compañero, en la calle, en sus íntimos pensamientos. De lo contrario seguirá sufriendo los daños de la división y sembrando la dolora semilla en los demás.
 
 
Un gran estampido se oyó, por los aires, haciendo retumbar toda la bóveda celeste. Al cabo de un tiempo, una corta traca inundó el lugar con los secos y cortados sonidos. Llovía flojamente, cada gota de agua era todo el inmenso mar, y el mar era, y tenía, todas las gotas del agua. Una gruesa mujer, mulata, de pelo largo y rizado, bajaba de su apartamento, vestida todo de negro y cargada con bolsas también negras. Alguien daba golpes con un pico a alguna piedra, o pared,. Un cohete estalló en el aire, destellando colores verdosos y luminosos.
 
 
 
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El sol salió tiñendo, todo lo que tocaba, de colores calientes y ocres; su resplandor fue corto; las nubes cubrían el inmenso cielo. Varios palomos solitarios, volaban en diferentes direcciones. Una barca ennegrecida, venía desde el sur. Una mujer mayor, abría las grandes contrapuertas de madera color verde, de su ventana. Dos negros cuervos volaban descompasadamente, a manera de juego, o persecución. Otros dos cuervos, volaban distanciados uno del otro, fácil y rápidamente. La montaña con sus abundantes pinos, se veía oscurecida por las nubes azuladas oscuras, que le daban un aire de fuerza y de vida. Un joven hombre, cuidaba que no pasaran coches. Una gran máquina, con dos grandes ruedas de hierro, aplastaba y allanaba las piedras ennegrecida del removido asfalto; su conductor, un hombre mayor, la manejaba fácil, cuidadosa y lentamente. Varios hombres encargados de la limpieza pública, con un carrito de hierro a lumínico, arrastrados por ellos, recogían cajas de cartón y basuras. Una perra loba, dócil e inteligente, subía, bajaba y observaba entre las abundantes plantas floridas, verdosas y blanquecinas del cerro. Una joven mujer, compraba tabaco rubio de importación. Los niños y las niñas, como cada día, iban sin demoras, ni distracciones, hacia sus escuelas; algunos pasaban por las tiendas y compraban alimentos o alguna cosa necesaria para sus tareas. Una mujer comía en su balcón, observando la calle. Un hombre compraba leche, pan y carne. Un hombre joven, extremo oriental, acompañado por una mujer y alguien más, bajaba a la ciudad. Una joven con chaqueta amarronada de cuero y aire ensoñado, bajaba a la ciudad. Y un hombre, arreglaba su variados y florido jardín.
 
 
La comunicación no verbal es la más completa e interesante. Las personas estamos acostumbradas a dar gran importancia a las palabras. Cuando una palabra, quiere decir bien poca cosa. La palabra es la cultura, los impulsos fuertemente educados, disciplinados y condicionados. La palabra jamás pueden ser la realidad; ella es una aproximación personal y subjetiva de lo que se piensa, se ve y se siente. Las culturas occidentales e industrializadas, usan abundantemente y dan gran importancia a las palabras. Muchas personas no soportan periodos de tiempo, en la relación, de profundos y tranquilizadores silencios. En el silencio, en la comunicación no verbal, se encuentran agobiados, incómodos y les parece mortecina. El silencio, para que sea real y bello, no tiene que ser impuesto; de lo contrario es “mi” silencio, o “su” silencio. Para que sea armónico y correcto, ha de haber una gran unión entre las personas, a fin de no ser impuesto.
Alguien puede decir algunas palabras, o tonos de voz, que me ofenden. Esto es el reflejo del estado interno en uno en ese preciso instante. Estado que ha sido condicionado, desde infinitas situaciones e informaciones, que han abocado a este peculiar comportamiento. Es de gran importancia no responder a estos retos; hay que mirarlos y observarlos con ojos infantiles, sin tocarlos; y entonces ocurre lo nuevo, lo no pensado, el más alto orden. Las respuestas y contra respuestas, son un gran desgaste de energía y embotan las mentes de los hombres. Una persona seria, da poca importancia a las palabras y a los impulsos ir refrenados. Las personas debemos exponer, todos nuestros más recónditos pensamientos, a la luz para ser observados y clarificados. Uno cuando entra en una casa y se le prohíbe la entrada a una dependencia o habitación, la totalidad de la observación y su belleza no existe; entonces hay intriga, confusión y ansiedades. La verdad, la sinceridad y la claridad, pasan por un gran profundo respeto a todos y en todos los momentos. Esta gran compasión y respeto por, los hombres, es el que hace surgir -a manera de espejo- todos los escondidos y retorcidos pensamientos, deseos y frustraciones. En el saber ver todo esto sin tocarlo ni reprimirlo, hay un gran e inmenso amor, más allá de las palabras.
 
 
Unas motocicletas pasaban por la calle de abajo, haciendo un fuerte y gran ruido que lo abarcaba todo; el sonido se aproximaba suave y subía ensordecedor y escandaloso, desapareciendo estirado y apretadamente a lo lejos; así pasaba una y otra vez. Un hombre, de pelo negro y piel blanquecina, llevaba un diario bajo el brazo y bajaba a su apartamento. Un hombre mayor, se resistía y obcecaba en ver la verdad y la realidad. Un joven hombre iba a hacer compañía a otro joven hombre. Una blanca y veloz avioneta de dos motores, uno en cada ala, pasó a baja altura, yéndose hacia un lado del aeropuerto, haciendo un círculo y desapareciendo. Alguien, justo bajo, al lado del balcón, había encendido unas ramas de arbustos, haciendo un humo blanquecino y fuertemente oloroso.
 
 
Muchos hombres, en su egoísmo e ignorancia, pretenden cambiar a su capricho y parecer, las leyes por las que rige la vida. Más bien diríase, que se han olvidado del sagrado orden del universo. Ven normal, justo y lógico, que los animales no almacenen, ni amontonen alimentos. Ven normal, razonable y de buen sentido, que los animales coman allá donde haya comida y abundancia de ella. Pero, paradójica y desgraciadamente, no admiten, ni comprenden, que un ser humano necesitado de lo elemental para poder subsistir obtenga lo necesario para no perecer.
En su falsa seguridad, conseguida brutalmente, se han convertido en fríos, crueles y sin piedad. Un hombre, que viva en un orden, que se crea seguro, acomodado e inamovible, está muy lejos del amor. Ellos admiran el comportamiento de los animales, en cuanto a sus necesidades, pero no entienden el porqué de ello. El amor, para que existas, uno ha de vivir y estar en el vacío, tanto mental, como en lo concerniente a las cosas necesarias para subsistir.
 
 
El sol, cerca ya del horizonte, iluminaba las blancas casas de la isla vecina; estas se veían cercanas, limpias y acogedoras, Las dos grandes islotes, tenían sus costados cara al sol, tenuemente enrojecidos, llenos de fuerza, vida y hermosura. Una barca mediana, con el casco negro, cruzó fácil y velozmente la bahía; a su paso dejaba una larga línea oscurecida, que el suave oleaje iba deshaciendo a medida que la empujaba hacia las playas. Un gran avión, con las ruedas fuera, subía y cogía altura; llevaba dos grandes motores, uno a cada costado, detrás de las alas; el gran ruido largo y potente, haría olvidar a los viajeros la gran maravilla de abajo. Un pajarillo a escasos metros, entonaba los siempre nuevos cantos; poco después marchó, sin mucha prisa, hacia unos pinos, pardusco e iluminado por el sol. Algún pescador, con su pequeña y silenciosa barca, había dejado una boya blanca a la entrada de la bahía, como señal de donde estaba su red. Y unas moscas todas negras, se calentaban, en una blanca pared, con el suave y decaído sol poniente.
 
 
 
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Habían cortado unos trozos de cactus triangulares y trepadores, que subían al techo de un balcón de un primer piso de un apartamento. Uno cogió un trozo grueso, de dos tramos, uno recto y otro ladeado, y lo plantó en un pedazo de tierra, rodeada de gruesas piedras, que estaba bajo una pared de una casa de dos pisos; en el pequeño trozo de tierra había una pequeña rama de geranio, con flores completamente rojas un poco oscurecidas. Por la calle no pasaban coches, los trabajadores que estaban reasfaltándola lo hacían con las máquinas y con las pequeñas azadas. Un hombre, con problemas oculares, vendía a una impaciente mujer billetes de rifa diaria. Un camión, con una cuba verde, avanzaba lentamente calle arriba; un hombre, a su lado, a pie, quitaba algo que hubiera sobre el piso aplastado y allanado; otro detrás con botas altas de goma y todo de azul , esparcía con una manguera, de un lado a otro de la calle, del negro alquitrán pegajoso. Dos grandes camiones subían muy despacio, grava alquitranada y tierra fina. Un hombre cargado con un pequeño niño de pelo rubio y estirado, iba por alimentos. Un hombre de pelo largo, compraba diversas cosas para comer. Un joven hombre, iba a su obligación. Una mujer ibas atareada y con prisas. Un hombre subía a una motocicleta y partía. Otro hombre, albañil, llegaba a su trabajo. Un hombre, una mujer y un niño en brazos, subían la escalera, con una bolsa de medicamentos. Una joven mujer, extremo oriental, llevaba bolsas de pañales. Un hombre solitario, nervioso y acalorado, con un gran capazo de palma, colgado al hombro, bajaba a la ciudad.
 
 
Una mujer de pelo negro largo, gitana, había hecho con sus manos, desnudas y una navaja, un cesto con dos asas,. Tenía un palmo largo de altura; dos largos en la boca y otro palmo largo en el culo. Las paredes estaban entretejidas, con trozos delgados de caña verde cortados; que terminaban por lo alto, en dos manojos de olivo, a manera de trenza, que daban forma ajustadamente a las dos asas. El culo, era más fuerte, todo de ramas de olivo tiernas. Sin ningún instrumento de medir, lo había construido con gran exactitud y simetría.
 
 
La profunda atención es amor. Y el amor es lo nuevo; lo que la mente no ha tocado. Con el amor, todas las dificultades y las barreras, inventadas e imaginadas, por la increíble y falsa mente, desaparecen. El amor llega donde las impotentes e inadecuadas mentes no pueden ir. Ellas atrapadas, en el condicionamiento egoísta, no pueden salir de su mundo viejo y conocido. El pensamiento, por sutil, astuto y refinado que sea, no puede llegar a la verdad. La verdad, está más allá de lo conocido, deseado o reprimido. En la verdad, el pensamiento no tiene ningún valor; solamente el utilitario y necesario en los menesteres diarios.
 
 
El sol había brillado y calentado durante varias horas; después de la hora de comer, el viento del noroeste cesó; viniendo del este, suave y movedizo; el nuevo sentido del aire, trajo abundantes nubes oscurecidas, levantando un pequeño oleaje y cambiando completamente el primaveral día.
 
 
La mimosa de la familia de las acacias, llena de ramas flexibles y floridas con flores amarillas, redondeadas y de diferente tamaño, era visitada por una ágil mariposa oscurecida, con manchas anaranjadas, que iba volando teniéndose cortos tiempos, También gustaban de visitarla y sumergirse en el espesor de sus abundantes ramas los pequeños pajarillos, currucas, grandes cantores, originales y muy inquietos y movedizos.
 
 
Sin una gran pasión por la vida, que no es desaforado deseo, las personas se tornan en ignorantes y fácilmente manejables. Esta bella pasión, es interesarse y tener profundas ganas de conocer y buscar la verdad. Esta pasión, es amor por todo lo que nos rodea; es sentir grandes sentimientos afectivos por los hombres. Viendo toda su gran e inmensa belleza; su sufrimiento, angustioso y pesado dolor; y su capacidad de vivir. Sin esta hermosa pasión, la vida cae en la rutina, en la repetición y en la desdichada agonía diaria.
 
 
Las grandes máquinas, hacían temblar el suelo y los edificios. Sus potentes fuerzas las hacían brutales y agresivas, ante tanta fragilidad y delicadeza. Cuando se ponían en marcha, los ruidos de los motores y de los roces con las rocas y las piedras, daba la sensación de que todo podía desplomarse en cualquier momento. La gran pala, la larga aradora y la apisonadora, eran demasiado grandes y potentes para las estrechas y pequeñas calles.
 
 
Las máquinas, siempre son destructivas. El fin para lo que son construidas parece noble y aliviador. Pero en la práctica, al contacto con el hombre y la naturaleza, demuestra que las máquinas, manejadas y dirigidas por los hombres, son altamente destructivas. Desde su proceso de fabricación, su conservación y su aplicación son desastrosas y conflictivas. Los hombres parecen también máquinas, pero siempre son menos destructivos. Aunque sin ellos, las expansionistas máquinas no tienen vida.
 
 
 
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A pesar de haber desaparecido el frío, haber crecido las horas de sol y las fechas, el tiempo no terminaba de serenarse. Por las mañanas, y en la calma, el fresco era molesto. Más tarde el sol calentaba; pero las abundantes nubes y los cambiantes flojos vientos, refrescaban el ambiente.
 
 
Dos hombres, altos, morenos y extremo orientales, subían fácilmente la calle. Un joven hombre, limpio, aseado y feliz, miraba y observaba a su alrededor con gran serenidad y armonía. Un niño, sentado con las piernas cruzadas, en el suelo de la acera, observaba y se sentía tranquilo y seguro. Un joven hombre, algo frío y desapegado, esperaba sentado en un pequeño muro de la acera. Una pequeña niña, se levantaba de su asiento con peligro de caerse. Un niño, seguido de una mujer mayor, bajaba fácilmente la escalera, sin mucha ropa. Una mujer cargada con alimentos, se quejaba de la escalera. Un hombre dormía en una cama. Una pequeña y no muy alta parra, se reverdecía y florecía. Un perro viejo, enrojecido canela amarillento y bien cuidado, bebía en una pequeña balsa de riego. Tres niños se divertían y observaban las lentas maniobras y el trabajo de una gran máquina de aplastar. Una joven mujer perdía los nervios, ante un niño. Dos mujeres comían y se iban de compras.
 
 
Los suelos, las calles, las paredes, los cristales y por los aires, en los momentos de calma, se veían gran abundancia de insectos: desde las moscas y gran cantidad de volátiles, hasta los diminutos por los suelos. Una blanca gaviota, que llevaba en el pico amarillento comida, pasó volando tranquilamente a baja altura. Un gran caracol, que había estado unos veinte días quieto en el mismo sitio, en una blanca pared, tras desplazarse unos metros en algunos días desapareció.
 
 
El amor, no tiene reglas. El amor, es sin más. El amor, parece fácil de destruir, pero si es verdadero es indestructible. Una persona para amar a otra, lo único que tiene que hacer es quererla, respetarla y ayudarla; y el inmenso amor aparecerá, como el sol tras el horizonte mañanero. Lo que las personas opinen, del hombre que se entrega al amor, eso no tiene importancia. El amor, además del bien inmediato, es pedagógico y purificador del ambiente. El amor y el bien, como el mal y el desorden, son contagiosos. El amor, al contrario del caos y el desorden, es difícil de percibir por las personas de mentes fuertemente condicionadas por el egoísmo. Estas tardan en darse cuenta de la belleza y la armonía del amor, pero su ineludible fragancia las despierta a la vida.
 
 

Un negro cormorán, volaba suave por las azuladas aguas de la bahía, hacia mar abierto. Un hombre delgado y alto, con un cigarrillo entre los labios silencioso y sereno, bajaba de dar una mirada al tejado de su casa. Las embarcaciones de todo tipo y tamaño iban y venían, cruzándose a pocos metros de distancia. Y las motocicletas y sus conductores, gozaban de acelerarlas y hacerlas bramar.
 
 
 
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Ayer por la tarde, en la puesta de sol y tras ella, un grupo de hombres y máquinas esparcían por la calle grava alquitranada. La luna estaba, sin mucho brillo, en lo alto. Un gran número de palomos, volaban veloces y conjuntados. Un gran camión traía las pequeñas `piedras, embadurnas del negro y pegajoso alquitrán; una gran máquina amarilla recogía el cargamento, en varias veces, dejándolo poco a poco y esparcido por el suelo, por detrás de ella. Unos hombres a pie, nivelaban y retocaban el nuevo asfalto. Su ritmo era rápido y veloz; llevaban unas palas, para trasladar y deshacerse de lo que alteraba el nivel del suelo; piedras y cucharadas de pequeñas piedras iban a parar, lanzadas por los excitados trabajadores, a los escasos lados de la calle verdecidos por las plantas silvestres, todavía no explotados y construidos. Un grupo de niños observaban alborozados. Una mujer subía con bolsas de alimentos. Un alto hombre, bajaba simpático y sonriente hacia sus menesteres. Una madre y su hijo bajaban la calle; un trabajador observaba serena y fijamente. Una mujer y unos niños, observaban desde un balcón. Un hombre mayor observaba solitario, la aplastadora y niveladora máquina de dos grandes ruedas de hierro rociadas por agua que humeaba. Un hombre con barba y una mujer alta, subían a un apartamento. Una alta y rubia mujer, activa y sensible, acompañada por un niño ágil y despreocupado, salían de un bloque de apartamentos. Otro hombre mayor y con barba, abrigado con una chaqueta sin mangas y sujeta con un cordel en la cintura, disfrutaba de la movida tarde. Y dos solitario turistas, centroeuropeos, miraban de pie en el balcón de su apartamento, algunas evoluciones de las ruidosas y temblorosas máquinas y los infatigables dirigentes y acompañantes.
 
 
La noche era tranquila, apacible y agradable. Un gran ruido de un avión se oía cercano y aproximándose, llenándolo todo con su grandioso estruendo; al instante cruzó la calle a baja altura, con sus coloridas luces destellando en su blanquecina barriga, haciendo una maniobra veloz. Dos niños, con su monopatín de cuatro pequeñas ruedas en una tabla larga, se dejaban caer por la pendiente de la ennegrecida, brillante y fina calle. No pasaba nadie y se estaba agradablemente. Un coche, conducido por un joven hombre, se atrevió a subir la calle cortada, en dirección desautorizada. Mientras tanto un dócil pero, joven y ennegrecido, comía de las bolsas de basura.
 
 
Las máquinas al ser insensibles, al no sentir dolor, ni sufrimiento, son destructivas e inhumanas. Los hombres que las manejan, pierden el control de ellas, tornándose en sus esclavos maltratados, llenos de prisa y ansiedad. Las máquinas para que fuesen armónicas, sin destruir a los hombres, ni a la naturaleza, deberían ser manejadas y dirigidas por personas sin egoísmo ni maldad; con bondad, delicadeza y suavidad. Seguramente si los hombres fuésemos así, todas las máquinas desaparecerían de la tierra. Ellas no serían de ninguna utilidad. El primer motivo para la creación de las máquinas es el expansionismo, estas ayudan a conseguir, más rápidamente, lo que los hombres anhelan y desean. Esto es: el poder y la falsa seguridad.
 
 
El viento soplaba fuerte, fresco y molesto, del suroeste. Acompañado de abundantes nubes, gruesas, blanquecinas y oscurecidas. Las montañas y los horizontes, estaban envueltos de una tenue bruma. Las gaviotas, volaban muy altas en pequeños grupos. Esta mañana estaban alborotadas, chillando fuertemente y estirando el cuello. Unos hombres, aprovechando el fuerte viento, se deslizaban por la superficie del agua, con una tabla y una vela triangular cavada en medio de ella; estos iban de pie, estirando y mandando de la vela, dirigiéndola de costado o de espaldas al viento; las velas eran blancas y se desplazaban largos trayectos de la playa agrupados; avanzaban recorridos fáciles y veloces y otros lentos y dificultosos. Por las playas, se veían personas y se oían griteríos festivos. Un grupo de tres personas bajaban hacia el llano. Un hombre, sencillo y normal, bajaba la calle. Otro hombre, modernizado, iba en busca de su automóvil. Un niño jugaba solitario y sin ganas de compañía. Un hombre disfrutaba de la tranquilidad de la intransitada calle. Dos motocicletas pasaron sin problemas.
 
 
El pensamiento es divisivo. El pensamiento es sentirse cristiano, musulmán, hindú, comunista o socialista. También es sentirse con una personalidad, una imagen, con el ego -el “yo”-. ¿Podemos ver qué en todo esto hay incertidumbre, mala relación, división, guerra y muerte? ¿Nos damos cuenta qué todo esto significa que matamos a seres humanos? ¿Sabe uno lo qué es un ser humano? La individualidad es una ilusión; la individualidad es lo “mío”, el “mi”; mi pensamiento, mi país, mi carácter. Y todo esto es falso y conflictivo. Si uno se viese a sí mismo en los demás seres humanos, como una totalidad, seguro que nunca jamás mataría a otro hombre. Es porque nos sentimos únicos, diferentes, en posesión de grandes ideas y pensamientos que nos arrastran, que vivimos en el mundo en que vivimos. Este mundo se está desmoronando, se está destruyendo, y todos buscamos fuera de uno, de nosotros, la armonía y el orden. Mientras que el orden y la armonía, se encuentra en lo profundo de cada ser humano. No se lo va a traer ni los libros, ni los líderes, ni las teorías y pensamientos. Estas cosas están demasiado alejadas del corazón humano. Y el corazón nada más entiende el idioma de la verdad.
 
 
Un insecto parecido al de una cigarra, iba volando de florecilla en florecilla, chupando con su larga y curvada trompa. Era extremadamente sensible en sus cortos vuelos entre los geranios y las pequeñas flores anaranjadas; se suspendía en el aire y metía la larga trompa en el centro de las tiernas flores. Al instante marchaba a otra flor y repetía la acción. Era activo y en el momento de sacar el tierno y fresco jugo, sus alas apenas se advertían. Toda la atención la ponía en la negra y delgada trompa.
 
 
El aislamiento voluntario, a manera de comodidad y seguridad, enfría los corazones y las mentes de las personas. Uno se aísla para no ser herido psicológicamente, para no ser perturbado de sus egoístas quehaceres diarios. Esto es un mal que, practicado un cierto tiempo, se torna en costumbre. Una persona necesita soledad, pero en el instante que se aferra a ella es divisiva, aislante y endurece el corazón, haciendo frías y crueles a las personas. En esta soledad y aislamiento se construye un alto muro, que se mira asomando la cabeza desde dentro. Y desde fuera, para entrar dentro, todo son impedimentos, contratiempos y visitas fuera de lugar. Esta soledad es una mezcla de suciedad interna -miedo- y debilidad moral -pereza y abocamiento al placer-. Uno lo puede ver cuán desarrollada está, esta desgraciada costumbre, en los países industrializados, sobre todo en los grupos de personas bastante bien acomodadas. Una persona aislada, es una persona neurótica e infeliz, que necesita grandes estímulos artificiales, innecesarios y derrochadores; y ante esto, el fin es desastroso y altamente doloroso. Una persona que tenga esta actitud en su manera de vivir, debe considerar profundamente su aislamiento y deshacerse de él, sin dar importancia a lo que diga su viciado cerebro. En el momento que desaparezca el frío y despiadado muro, sentirá toda la belleza de la maravillosa vida en todas partes y en todos los hombres.
 
 
 
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Una hermosa y solitaria golondrina, con la cola en forma de uve, volaba hacia el cerro entre los espacios de los edificios; el sol dándole en la espalda realzaba su gran vitalidad. Unos pequeños arbusto verdes oscuros daban vida a unas pequeñas florecillas violetas, repartidas de arriba abajo; eran equilibrados y llenos de belleza y serenidad. El sol calentaba, pero la bruma y el viento del suroeste lo hacían halagüeño. Las personas se veían alegres y activas, tranquilas y expectantes.
 
 
Un hombre, suave y tranquilo, sacaba al perro que cuidaba a la intransitada calle, para que hiciese las necesidades. Era un viejo perro de caza, de orejas largas y de pelo largo enrojecido, un cocker. Su cuidador lo dirigía con el pie y lo guiaba cogiéndolo de su verde collar; el animal estaba ciego y cuando se detenía, al volver a caminar dudaba descontrolado y perdido. Meó e hizo de cuerpo, entre unas verdes plantas que las `pisoteaba, sintiéndose a gusto y seguro en la estrecha acera de tierra; al no sentir el abrigado y agradable roce del verde, se detuvo sin saber qué hacer; cogiéndolo en brazos el paciente hombre, cruzando la calle y haciéndole una caricia con la boca.
 
 
La vida es sagrada; ante ella no hay opción. O uno la respeta y la ama. O la desprecia y destruye. La vida, es todo lo que nos rodea; desde los maltratados hombres, hasta el minúsculo insecto; desde la brizna de hierba, que se aferra a la vida, hasta la gran belleza de las piedras en la montaña. La vida es una gran totalidad, llena de armonía y orden. Este orden, consciente o inconscientemente, lo creamos nosotros; con los pensamientos, los actos, aparentemente sin importancia y triviales; las grandes decisiones y acciones; con nuestra manera descuidada de vivir; y nuestro condicionamiento, fuertemente asentado en lo profundo de nuestro ser. Los hombres podemos y debemos hacer que surja una nueva manera de vivir. En la que todo hombre, no sea mirado y tratado como algo diferente de uno mismo.; en la que los problemas del otro, sean mirados como lo de la persona que los observa. Y que en esta nueva manera de vivir, no haya lugar para la inmoralidad, la violencia, la división y la guerra.
 
 
 
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Durante un largo tiempo de la noche pasada, la furia del viento hacía golpear dos pequeñas puertas de un cuarto trastero, ni muy grande, que estaba situado al lado de un edificio de cuatro plantas. Las puertas no tenían cerradura y permanecían, gran parte del tiempo, abiertas de par en par. El viento, probablemente del oeste, rugía y arrastraba botellas vacías de plástico, hojas y todo lo que podía ser llevado por el impetuoso aire. Antes de la madrugada se calmó y cesó casi por completo. El día era claro y diáfano; se podía contemplar, a lo lejos, todo de manera brillante y perfectamente. Todo lo alto del horizonte sur, estaba cubierto por una estirada, grande y suave nube, que el naciente sol la teñía de rojo rosado, desapareciendo el vivo y caliente color prontamente.
 
 
Las personas debemos de exponer a la claridad todos nuestros pensamientos, nuestras frustraciones y temores. Sin sentimientos recriminativos, represivos y preconcebidos. Una mente que esté subyugada y que no tenga libertad, para observar en todas direcciones, es una mente incompleta, fragmentada e inarmónica. Nuestros prejuicios raciales, culturales y de grupo actúan como autoridad, ante cualquier pensamiento que no encaje con los habituados, condicionados e irreales sistemas de pensar, fuertemente arraigados en nuestros cerebros. De esta manera, lo nuevo es obstaculizado, bloqueado y relegado por lo viejo y conocido. Esta gran actitud abierta y clarificadora, nos dará la luz suficiente para ver lo falso en lo falso y lo verdadero en lo verdadero. Todos tenemos grandes y espantosas presiones, que hay que darles la debida comprensión y reabsorción; para tener una mente fresca, clara y serena. Y esta serenidad, bondad y profunda atención, nos hará actuar de manera correcta y con amor.
 
 
Un barco grande, con el casco blanco, que cubría los viajes con la vecina península, salía por detrás del entrante cerro hacia el mar, rumbo al estrecho y obstaculizado freo, y a las aguas profundas. El viento venía del noreste, no muy fuerte; el cielo estaba cubierto por nubes poco consistentes y ni amenazantes. El mar estaba con oleaje, pero tranquilo. En el vecindario, habían puesto un aparato con música típica española; profunda, sentimental y desgarrada. No tenía altos ni bajos, era como un llanto continuado a punto de ser superado y transcendido.
 
 
Una desencantada y aburrida mujer, se informaba para ir a trabajar a un lejano país. Su semblante era sereno, pero en su mirada y su rostro se advertían un aire frustrado y melancólico. Estaba convencida de que un cambio físico y ambiental, la re encajaría y la estabilizaría. Lo que no parecía tener muy claro -en sus declaraciones- era el motivo principal de su huida.
 
 
Ciertas personas, están convencidas de que un mero cambio de escenario, donde viven y actúan, se relacionan y trabajan, van a solucionar sus numerosos y apremiantes problemas. Sin un motivo profundamente humano y de servicio, todo cambio por muy lejano y exótico que sea, es grandemente doloroso y conflictivo. Los problemas los lleva uno dentro de sí mismo; vaya donde vaya. Hay en la actualidad moderna, cierta cultura peregrina y errante, que siente gran placer y energía desplazándose de un lado para otro, a modo de nuevos e inconscientes colonizadores. Ellos no se dan cuenta, que sin una actitud fuertemente compasiva, lo que dejan y donde van, se sienten alterados y confundidos. Lo primero que deberíamos de pensar a la hora de actuar, es el porqué de la huida. Si el motivo es uno mismo, o son los demás. Si es para mí absoluto provecho, o si es para ayudar y servir a las demás personas. De este gran sentido de compasión, seguro que saldrá la actitud más armónica y ordenada para todos los hombres.
 
 
En la huida hay un gran desperdicio de energía. La huida puede ser por dos causas principalmente: una es ignorancia y la otra es miedo. Ignorancia creyendo que uno va a desembarazarse de los comunes problemas que todos tenemos y padecemos. Miedo en el sentido de inferioridad, impotencia y neurastenia ante las relaciones conflictivas de los hombres. En el momento en que un hombre, afronta directa y completamente -sin huir, sin intelectualizar, sin aplazar, sin menospreciar- un problema de la índole que sea, este se desvanece fácilmente creando el gran, hermoso y tranquilizante orden. Sin esta actitud, sin este orden, todos los caminos, todas las direcciones, traerán dolor y desdicha.
 
 
El sol, apenas salía entre las nubes; y la brisa que llegaba del este era fresca y húmeda.
 
 
 
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Ayer en el ocaso, todo el horizonte sureste estaba cubierto por nubes azuladas intensas; había una gran visión, a pesar de la oscuridad, y los últimos rayos de sol se pegaron en las grandes piedras y los islotes. Una piedra parecía que la fuerte, suave y dulce luz, le salía desde ella misma, como si fuera propia. La brisa había cesado casi por completo. El islote más lejano y visible, se le enrojeció con una luz oscurecida y muy caliente, toda la cara del cerro que daba al noroeste; se veía mágico y extraño. El otro islote, el de más al sur, también se enrojeció, pero más oscurecido y con menos claridad. Todo esto ocurría rápidamente; se iluminaron súbita e inesperadamente y se desvanecían con la misma velocidad; aunque el tiempo transcurrido parecía largo y profundo.
 
 
El tiempo cronometrado, el del reloj, es utilitario y mecánico, necesario para no hacer tarde al trabajo, al autobús, o a una cita. Pero este tiempo no es real. El tiempo no existe, es una ilusión más de nuestros inventivas cerebros, mentes. Hay veces que un instante, puede parecer -y es- la eternidad, la intemporalidad, por pequeño y corto que sea. Otras veces un largo tiempo, se transforma en un instante casi fugaz e inadvertido. La intemporalidad y el amor van juntos; donde el complicado, astuto y falso proceso del pensamiento toca a su fin.
 
 
Esta mañana temprano, cuando el sol calentaba, el viento del noroeste venía ligero y frío; algunas suaves nubes y otras grandes y tupidas lo rondaban por los lados. Un gorrión, con las plumas holgadas, al abrigo de una pared, estaba posado en un cable negro de la electricidad, contemplando lo que acontecía por abajo, en la fría mañana. Una joven mujer, iba alegre y feliz a la escuela. Una niña, lloraba y se resistía a que fuera llevada a la escuela. Unos jefes, reprendían y dirigían a su gusto, a un hombre trabajador. Un padre venía de lejos y estaba con su pequeño y tierno hijo. Un joven hombre, iba en busca de un pantalón tendido al sol. Una mujer bajaba a la ciudad. Otra mujer observaba lo que acontecía a su alrededor. Unos trabajadores, tomaban algo y descansaban. Un joven hombre iba a comprar, fresco y espabilado. Un joven, con una bolsa en la mano, bajaba alegre y feliz la escalera. Un joven hombre, hacia irregularidades en su trabajo y prestaba dinero. Un niño le daba una pedrada a otro en la espalda. Un hombre ayudaba. Un extranjero era amable, correcto y educado. Una mujer, desde una ventana, intentaba poner orden. Unos hombres, subían arriba de un apartamento arriesgadamente. 
 
 
Las irregularidades y las acciones deshonestas, son ignorancia y falta de atención. Un hombre, que sabe la trascendencia de cada acto -lo que haga-, intentara hacerlo limpia y honradamente. Algunas personas, intentan tomar y hacer la justicia por ellos mismos; los resultados son desastrosos y desgraciados. Una mala acción siempre lleva al mal, al desorden, a la autoridad, a la confusión, Hacer la justicia por uno mismo es tan desacertado, como el que explota y maltrata a los hombres. Por eso no debemos caer en la fácil tentación de aplicar la justicia, por cuenta y riesgo de uno. La mejor manera de hacer justicia es ver la injusticia allá donde está e intentar disolverla dentro de uno. Si uno es justo, limpio y honrado, todo lo que tocará será ordenado y armónico. Y la justicia y las leyes de los hombres ni lo tocarán ni lo afectarán.
 
 
Alguien llamó a la puerta, al abrirla no había nadie. Se oían gritos de jóvenes, por las playas, estaban en el tiempo de descanso de pascua florida.
 
 
La excitación de viajar, puede llegar a ser tan intensa y placentera, que puede considerarse como los efectos de las drogas. El ácido lisérgico -LSD- sustancia altamente alterable de la conciencia y percepción de la mente, en inglés también se le dice “Trip”, que su traducción quiere decir viaje. El viajar es algo derrochador y confuso. Es algo innecesario, como las drogas. Pero cuando alguien lo prueba, y puede costear sus altos gastos, lo necesita para poder sentirse tranquilo y sosegado. Los hombres que viajan mucho, son personas fuertemente aburguesadas -aunque parezca lo contrario-, que necesitan grandes cantidades de otros hombres para poder seguir con su egoísta, placentera y sensitiva actitud. Todas las inmensas cantidades de dinero destinadas a los viajes hedonistas, son sacadas de los privilegios de una clase más favorecida. Uno puede observar los hombres humildes, necesitados y pobres, ni viajan ni, pueden hacerlo. Las personas que viajan por placer, suelen ser conservadoras, acomodadas e inmorales. Uno debería de entregar el dinero de los costosos viajes, a los hombres fuertemente apurados y necesitados de todo lo necesario para poder vivir, que hay en las afueras de las ciudades. De esta manera, podría desprenderse de esta condicionada costumbre; tan parecida, placentera y excitada, como la droga.
 
 
La brisa del sureste, azulaba todo el mar brillantemente; sus olas eran abundantes y pequeñas; en el cielo no se veía ni una sola nube. Las familiares y suaves gaviotas, volaban a varios metros sobre el agua, desplomándose y estrellándose sobre la superficie del mar, inmediatamente alzaban el vuelo. Repetían la misma acción en diferentes lugares; estaban tranquilas y desahogadas, aunque una perseguía.