Torni Segarra

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* Íbamos a comprar un mantel de plástico para resguardar la mesa.

La tienda, una gran planta baja donde había cosas tan diversas, como una manta o una cuchara, una cartera o una fiambrera, un juguete, relojes, etc.

La calle era ancha, con una gran acera central y dos calzadas para los coches, etc. En los dos lados del paseo, estaban unos árboles, jóvenes pero frondosos. Y justo al final, allí estaba la tienda.

Al ser un día festivo escolar, había mujeres, hombres, jóvenes, en todo el recorrido; también estaban los pensionistas que vivían alrededor y se reunían allí -en el buen tiempo, cuando no hace frío-.

Al llegar casi al final, donde los altos edificios ya no estaban y el sol les daba de lleno, un árbol estaba repleto de florecillas, donde las avispas libaban por todas partes, el jugo que salía de las flores.

Las avispas no se asustaban al vernos que las mirábamos a unos metros de altura; ni tampoco al ver a las personas, que pasaban por debajo de ellas.

Decidimos ir hasta el final del paseo de un kilómetro, donde los campos de cultivo estaban sin ser explotados. Sólo había hierba corta, y unos árboles jóvenes y viejos, que hacían una sombra que no tenía nada que ver con el ambiente de la ciudad.

Los campos lindantes a la ciudad, sus dueños no los cultivaban. Sólo querían venderlos. Ya que los vecinos, si cultivaban verduras, frutos, etc., se lo quitaban. Y les echaban basura, trastos viejos e inservibles.

 

* Todos tenemos esa parte de fiereza -sexual, agresiva, violenta, para rechazar a alguien-.

Por eso, es que hemos de estar atentos a todo lo que pasa -tanto dentro como fuera de nosotros-. De manera que, cuando me doy cuenta de que soy una fiera, es cuando dejo de serlo.

 

* “Y no hay democracia porque no hay educación.”.

¿Seguro?

Las democracias más importantes, son las más educadas.

 

* La verdad es una tierra sin caminos.

Sin maestros ni gurús. Sin ideas ni teorías.

 

* “Quién sabe por qué nos enseñaron a temer a las brujas. Y no a los que las quemaron. O los que se quedaron mirando”.

Una persona que le han lavado el cerebro, es como un robot que hará lo que quieran los que lo han programado.