Torni Segarra

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* Narración sobre JK.

Canto Para Un Pájaro Amarrado

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Antes de que la electricidad llegara a la India, cada “bungalow”, tenía una larga vara de madera colgada horizontalmente del alto cielo raso, la cual llevaba atado un pesado lienzo ornamental. Una cuerda conectaba la vara a través de un agujero en el muro de la terraza exterior, donde un hombre se sentaba tirando de la cuerda y moviendo de esta manera el abanico para crear una ligera brisa en el espantoso calor que impera durante los meses del verano en el norte de la India. Las fragantes esteras de khus colgaban en puertas y ventanas. Cuando estaban húmedas, el viento caliente que soplaba a través de ellas se transformaba en una brisa fresca y perfumada. Recordé los paseos con mi institutriz irlandesa, aprendiendo acerca de plantas y del nombre de las flores, deleitándome con la historia de los reyes y reinas de Inglaterra, Arturo y Ginebra, Enrique VIII y Ana Bolena; jamás jugando con muñecas y muy raras veces con otras niñas. Recordé lo atemorizada que estaba de mi padre, aunque secretamente lo adoraba.

Me recordé a la edad de once años, los brotes abriéndose en mi matriz, el primer flujo de sangre, y con éste un milagroso florecer. Era embriagador madurar y ser joven, ser admirada, vivir intensamente -cabalgar, nadar, jugar tenis, bailar­. Con un desenfreno desbordante, yo corría de prisa para encontrarme con la vida.

Me recordé yendo a Inglaterra, el colegio y la estimulación de la mente; el encuentro con mi esposo, el regreso a la India, el matrimonio y el nacimiento de mi hija Radhika.

Inevitablemente, pronto rechacé el papel de ama de casa. Me sumergí en el trabajo social, jugaba bridge y póquer por apuestas altas, vivía en el corazón de la vida social e intelectual de Bombay. Después otro embarazo; al séptimo mes un ataque de eclampsia trajo consigo violentas convulsiones y una ceguera total.

Recordé la azorada angustia de las tinieblas y las explosivas tormentas de color: azul oscuro, el color del pájaro neelkantha, el color del fuego azul. El cerebro sufriendo estragos con las convulsiones del cuerpo; luego el fin de los latidos en el vientre y la muerte del bebé jamás visto; el pesado y mortal silencio de las entrañas. La vista retornando a través de una neblina, como puntos grises que convergían para crear la forma.

Mi mente se detuvo, las palabras terminaron, y miré nuevamente al bello desconocido. Pero la atormentadora pena ocasionada por la muerte de mi padre pronto despertó en mí, y otra vez hubo lágrimas; angustia insoportable.

Las palabras no habrían de terminar. Hablé de las múltiples cicatrices del vivir, de la lucha por la supervivencia, de la crueldad creciente, del lento endurecimiento, de la agresión y la ambición, de mi apremio interno con las exigencias de éxito. Después, el otro embarazo, el nacimiento de una niñita, hermosa de rostro, pero deforme. Y el sumergimiento en la angustia, y otra vez la muerte de la niña. Ocho años de esterilidad de la mente, del corazón y de las entrañas; y después la muerte.

En presencia de él, el pasado oculto en la oscuridad del largo olvido encontró forma y despertó. Él era un espejo que reflejaba. Había ausencia de personalidad, del evaluador que pudiera sopesar y deformar. Proseguí tratando de ocultar algo de mi pasado, pero él no me lo permitía. En el campo de la compasión había ahora una cualidad de fuerza inmensa. Dijo: “Yo puedo ver si usted lo desea”. Y entonces, las palabras que por años me habían estado destruyendo, finalmente se expresaron. Decirlas me trajo un dolor inmenso, pero el escuchar de él era como el escuchar de los vientos o la vasta expansión del mar.

Había estado con Krishnaji durante dos horas. Cuando dejé la habitación, mi cuerpo se sentía destrozado, y no obstante una energía curativa había fluido a través de mí. Yo había percibido una nueva manera de observar, una nueva manera de escuchar, sin reacción; un escuchar que surgía de la distancia y la profundidad. Mientras yo hablaba, él parecía atento no sólo a lo que se decía -las expresiones, los gestos, las actitudes­ sino también a lo que estaba sucediendo alrededor de él -el pájaro cantando en el árbol que se veía por la ventana, una flor cayendo de un vaso­. En medio de mi clamor, me dijo: “¿Vio caer esa flor?”, mi mente se detuvo confundida.

Yo había estado escuchando a Krishnamurti durante varios días. Fui a sus pláticas, asistí a las discusiones, reflexioné, discutí con mis amigos lo que él decía. En la tarde del 30 de enero, cuando todos nos habíamos reunido alrededor de él en la casa de Ratansi Morarji, llamaron a Achyut por teléfono. Cuando regresó, su rostro estaba pálido.

“Gandhiji ha sido asesinado”, dijo. Por un instante el tiempo se detuvo. Krishnaji se había quedado muy silencioso. Parecía estar atento a cada uno de nosotros y a nuestras reacciones. Entre nosotros surgió un solo pensamiento: ¿El asesino era hindú o musulmán? Rao, el hermano de Achyut, preguntó: “¿Hay noticias del matador?” Achyut contestó que no lo sabía. Las consecuencias que seguirían si el asesino fuera un musulmán, estaban claras para todos. Nos levantamos silenciosamente, y uno a uno dejamos la habitación.

Las noticias de que Gandhi había sido asesinado por un brahmin de Poona, recorrieron la ciudad; en Poona estallaron disturbios contra los brahmines. Uno podía oír el suspiro de alivio de los residentes musulmanes. Escuchamos la angustiada voz de Jawaharlal Nehru dirigiéndose a la nación. El país parecía paralizado. Lo inconcebible había sucedido, y por un breve momento hombres y mujeres exploraron en sus corazones.

El 1º de febrero, un auditorio más apaciguado se reunió para escuchar la plática de Krishnaji. Se le formuló una pregunta difícil: “¿Cuáles son las causas reales de la extemporánea muerte del Mahatma Gandhi?

Krishnamurti replicó: “Me pregunto cuál fue la reacción de ustedes cuando escucharon las noticias. ¿Cuál fue la respuesta? ¿Ello les afectó como una pérdida personal, o como una indicación del curso tomado por los acontecimientos mundiales? Los sucesos del mundo no son incidentes desconectados unos de otros; están relacionados entre sí. La causa real de la extemporánea muerte de Gandhiji radica en ustedes. La verdadera causa son ustedes. Debido a que son comunales, fomentan el espíritu de división ­a través de la propiedad, de la casta, de la ideología, de las diferentes religiones que profesan, de las sectas, de los líderes­. Cuando alguno de ustedes se titula a sí mismo hindú, musulmán, parsi o Dios sabe qué otra cosa, está obligado a producir conflicto en el mundo”.

Después de esto, durante días discutimos la violencia, su origen y su terminación. Para Krishnaji, la no-violencia como ideal era una ilusión. La realidad era el hecho de la violencia, el surgimiento de la percepción capaz de comprender la naturaleza de la violencia y la terminación de la violencia en el “ahora” -el presente de la existencia, único ámbito en que era posible la acción­.

En las pláticas que siguieron, habló de los problemas cotidianos que afronta la humanidad -el miedo, la ira, los celos, la feroz embestida de la posesión­. Al referirse a las relaciones como el espejo para el descubrimiento propio, usó el ejemplo del marido y la esposa, la relación más íntima y, no obstante, a menudo la más insensible e hipócrita. Los hombres miraban con ojos consternados a sus esposas. Algunos hindúes tradicionales abandonaron las pláticas, incapaces de entender qué tenía que ver la relación de marido y mujer con el discurso religioso. Krishnaji rehusaba apartarse de “lo que es”, de lo real. Se negaba a discutir abstracciones tales como Dios o la eternidad, mientras la mente fuera un remolino de lujuria, odio y celos. Fue por esta época que algunas personas de su auditorio comenzaron a sentir que él no creía en Dios.

A mediados de febrero fui a verle nuevamente. Me preguntó si yo había advertido algo distinto en mi proceso de pensar. Le dije que no tenía tantos pensamientos como antes, que mi mente no estaba tan intranquila como acostumbraba estar.

Él dijo: “Si usted ha estado experimentando con el conocimiento propio, habrá notado que su pensar ha disminuido la velocidad, que su mente ya no divaga sin descanso”. Estuvo callado por un rato; yo esperé que continuara. “Trate de agotar cada pensamiento hasta el fin, llévelo hasta su término. Descubrirá que esto es muy difícil, porque apenas surge un pensamiento, éste ya es perseguido por otro pensamiento. La mente se niega a completar un pensamiento; escapa de pensamiento en pensamiento”. Es así. Cuando yo he tratado de seguir un pensamiento, siempre he advertido lo rápidamente que éste elude al observador.

Le pregunté entonces cómo podría uno completar un pensamiento. Contestó: “El pensamiento sólo puede llegar a su fin cuando el pensador se comprende a sí mismo, cuando ve que pensador y pensamiento no son dos procesos separados; que el pensador es el pensamiento, y que el pensador se separa a sí mismo del pensamiento para su propia protección y continuidad. De modo que el pensador está constantemente produciendo pensamientos que se transforman y cambian”. Hizo una pausa.

“¿Está el pensador separado de sus pensamientos?” Había largas pausas entre sus frases, como si él esperara que las palabras viajaran lejos y profundamente. “Elimine el pensamiento y, ¿dónde está el pensador? Descubrirá que el pensador no existe. Así, cuando usted completa cada pensamiento, bueno o malo, hasta el final -lo cual es extremadamente arduo­; la mente se mueve con mayor lentitud. Para comprender el yo, el yo debe ser observado mientras opera. Ello puede ocurrir sólo cuando la mente se aquieta ­y esto puede usted hacerlo únicamente si sigue cada pensamiento, a medida que surge, hasta su terminación­. Verá entonces que sus condenaciones, sus deseos, sus celos, se revelarán ante una conciencia que está vacía y completamente silenciosa”.

Escuchándolo por más de un mes, mi mente se había vuelto más flexible; ya no estaba cristalizada y sólida en sus incrustaciones. Le pregunté: “Pero cuando la conciencia está llena de prejuicios, deseos, recuerdos, ¿puede comprender al pensamiento?”

“No”, contestó, “porque está actuando constantemente sobre el pensamiento -escapando de él o confiando en él­”. Se quedó callado nuevamente. “Si usted sigue cada pensamiento hasta su consumación, verá que al final de ese pensamiento hay silencio. A causa de ello existe una renovación. El pensamiento que surge desde este silencio ya no contiene más al deseo como fuerza motriz: emerge desde un estado no obstruido por la memoria.

“Pero si luego el pensamiento que así surge no se completa, deja un residuo. Entonces no hay renovación, y la mente está presa otra vez en una conciencia que es memoria, que está atada por el pasado, por el ayer. Cada pensamiento que sigue entonces, es el pasado -el cual no tiene realidad-­.

“La nueva manera de abordar esto, es terminar con el tiempo”, concluyó Krishnaji. Yo no comprendí, pero me retiré con las palabras vivas dentro de mí.

 

TS: El problema de los gurús, maestros, etc., es que han de demostrar su santidad, su no violencia, su ausencia de crueldad.

Porque todos tropiezan, tropezamos, con que el observador es lo observado.

Es decir, toda la humanidad es violenta, cruel, impotente. Porque es quiero, pero no puedo. Quiero ser bueno, un santo, no hacer daño a nadie. Pero eso no es posible.