Torni Segarra

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Narración sobre J Krishnamurti

Canto Para Un Pájaro Amarrado

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Nandini y yo llevábamos a veces con nosotras a Krishnaji para paseos nocturnos en automóvil a los Jardines Colgantes de Malabar Hill, o a la playa de Worli. En ocasiones solíamos caminar con él, encontrando difícil seguirle el paso con sus largas zancadas. Otras veces acostumbraba caminar solo, y al regresar después de una hora era un desconocido. Durante los paseos con nosotras, solía hablar ocasionalmente de su juventud, de su vida en la Sociedad Teosófica y de sus primeros años en Ojai, California. Nos contó acerca de su hermano Nitya, de sus compañeros Rajagopal y Rosalind y de la Happy Valley School (Escuela del Valle Feliz). A menudo, cuando hablaba del pasado, su memoria solía ser precisa, exacta. Otras veces se volvía vago y decía que no recordaba. Era rápido para sonreír, y su risa era profunda y resonante. Compartía bromas y nos formulaba preguntas acerca de nuestra infancia y nuestra madurez. También hablaba de la India, ansiosamente interesado en nuestro parecer sobre lo que estaba ocurriendo en el país. Nos sentíamos tímidas e indecisas; una sensación de misterio y su arrolladora presencia tornaban difícil para nosotras ser informales con él o hablar de trivialidades estando él presente. Pero su risa lo aproximaba más a nosotras.

Durante unos días discutimos el pensamiento. Él solía preguntar: “¿Ha observado usted cómo nace el pensamiento? ¿Ha observado su terminación?” Otro día habría de decir: “Tome un pensamiento, permanezca con él, reténgalo en la conciencia; verá qué difícil resulta sostener un pensamiento tal como es hasta que el pensamiento se termina”.

Le conté a Krishnaji que, desde que lo había conocido, me estaba despertando en las mañanas sin pensamientos, sólo con el sonido de los pájaros y las voces distantes de la calle fluyendo a través de mi mente.

Para los hindúes, el extraño de espalda recta, el mendicante que se detiene y aguarda en los portales de las casas con la mente conteniendo una invitación a “lo otro”, es un símbolo de poder. Evoca en el dueño de casa -hombre o mujer-­ anhelos apasionados, angustias, un tratar de alcanzar física e internamente aquello que es inalcanzable. Pero este profeta reía y bromeaba, paseaba con nosotras, estaba cerca y, no obstante, muy lejos. Con mucha vacilación, le invitamos a cenar en la casa de mi madre.

Llegó sonriente, vistiendo un dhoti un largo kurta y un angavastram (Un dhoti es una tela de algodón tejido a mano, no cosida, de cuarenta y cinco pulgadas de ancho y cinco yardas de largo, con un dobladillo simple de color rojo oscuro o negro. Va atado alrededor del talle, plegada en el frente, y se dobla entre las piernas para asegurarse en la espalda y caer hasta los tobillos. Es una prenda elegante para vestir en ocasiones ceremoniales. El kurta es una camisa suelta, cosida, sin cuello, con mangas largas, y llega hasta debajo de las rodillas. Un angavastram es un chal de algodón tejido a mano, sin blanquear, con un dobladillo de color rojo oscuro, índigo o negro, y tiene un dibujo tejido en color dorado. Plegado y echado sobre el hombro, se usa en todas las ocasiones ceremoniales, particularmente en el sur de la India; y fue recibido con flores por mi menudita madre. Ella jamás había tenido una educación formal, pero el natural refinamiento de su mente, su gracia y dignidad, hacían posible para ella encontrarse y hablar con Krishnaji. Era la viuda de un antiguo funcionario civil de la India. Mientras vivía con mi padre, había participado en su vida intelectual y social, actuando junto a hombres de letras y trabajadores sociales, siendo ella misma una trabajadora social. Tenaz y despierta, mi madre se había desprendido tempranamente de la tradición en su vida marital. Hablaba el inglés con facilidad, tenía donaire para recibir a los invitados, cocinaba deliciosamente. En mi infancia teníamos dos cocineras, una para comidas Gujarati vegetarianas, y otra adiestrada en el arte culinario occidental; un mayordomo Goan aguardaba junto a la mesa. La muerte de mi padre la había destrozado, pero la casa materna continuaba resonando con risas, a las cuales se unió la de Krishnaji. Pronto se sintió él como en su casa, y vino frecuentemente a cenar. A fines de marzo ya podíamos hablarle con naturalidad; sin embargo, después de cada una de sus pláticas y discusiones, percibíamos intensamente las distancias que nos separaban del misterio que no podíamos alcanzar ni comprender.

Hacia fines de marzo, le hablé a Krishnaji del estado de mi mente y de los pensamientos que me perseguían. Le hablé de los momentos de quietud y de los estallidos de actividad frenética; de los días en que mi mente estaba presa en el dolor de no realizarse. Me aturdían estos constantes saltos de la mente hacia atrás y hacia adelante.

Él tomó mi mano y nos sentamos en silencio. Finalmente, dijo: “Usted está agitada. ¿Por qué?” Yo no lo sabía, y me quedé callada. “¿Por qué es usted ambiciosa? ¿Quiere ser como alguien que usted conoce y que ha avanzado más?”

Vacilé y luego dije: “No”. “Usted tiene un buen cerebro”, continuó, “un buen instrumento que no ha sido correctamente usado. Posee un impulso interno que ha sido mal dirigido. ¿Por qué es ambiciosa? ¿Qué es lo que desea llegar a ser? ¿Por qué quiere malgastar su cerebro?”

Estuve súbitamente alerta. “¿Por qué soy ambiciosa? ¿Puedo evitar ser lo que soy? Estoy atareada trabajando, realizando cosas. No podemos ser como usted”. Su mirada era inquisitiva. Por un rato permaneció sin hablar, permitiendo que lo que estaba latente dentro de mí se revelara a sí mismo. Luego preguntó: “¿Ha estado alguna vez sola, sin libros, sin la radio? Trate de hacerlo y vea lo que ocurre”.

“Enloquecería, yo no puedo estar sola”. “Inténtelo y vea. Para que la mente sea creativa, tiene que haber quietud. Una quietud profunda que sólo puede existir cuando uno se ha enfrentado a su soledad.

“Usted es una mujer, y sin embargo tiene dentro de sí mucho de hombre. Ha descuidado a la mujer. Mire dentro de usted misma”. Sentí removerse algo muy profundo en mi interior, el desmenuzamiento de múltiples costras de insensibilidad. Y otra vez la desgarradora angustia.

“Usted necesita afecto, Pupul, y no lo encuentra. ¿Por qué extiende su escudilla limosnera?” “No lo hago”, dije. “Es una cosa que jamás he hecho. Antes moriría que pedir afecto”. “Usted no lo ha pedido. Lo ha sofocado. No obstante, la escudilla del mendigo está siempre ahí. Si su escudilla estuviese llena, no necesitaría extenderla. Es porque se encuentra vacía que está ahí” Por un instante me miré a mí misma. Cuando niña lloraba a menudo. De adulta, no permitía que nada me lastimara. Rechazaba eso furiosamente y atacaba. Él dijo: “Si usted ama a alguien, no exige nada. Entonces, si encuentra que ese alguien no le ama, usted le ayudará a amar, así sea a alguna otra persona”. Me vi a mí misma con claridad -la amargura, la dureza­. Me volví hacia él. “Eso es demasiado horrible para mirarlo. ¿Qué he hecho de mí?”

“Criticándose no resuelve el problema. No hay riqueza fluyendo en su interior, de otro modo no necesitaría simpatía y afecto. ¿Por qué no tiene usted riqueza? Vea, esto es lo que usted es. Uno no condena a un hombre que está enfermo. Esta es su enfermedad; mírela con calma y sencillamente, con compasión. Sería estúpido condenarla o justificarla. El acto de condenar es otro movimiento del pasado para fortalecerse a sí mismo. Mire lo que ocurre en su mente consciente. ¿Por qué es usted agresiva? ¿Por qué desea ser el centro de cualquier grupo?

“Cuando mire usted la mente consciente, la inconsciente lanzará poco a poco sus insinuaciones -en sueños, en el estado de vigilia del pensamiento­-”.

Habíamos estado hablando por más de una hora, pero ese lapso nada significaba. En su presencia uno perdía el sentido del tiempo como duración. Le hablé de los cambios que estaban ocurriendo en mi vida. Yo ya no estaba segura de mí misma ni de mi trabajo. Si bien los deseos e instintos aún surgían, carecían de vitalidad.

Le dije que me había dado cuenta de que gran parte del trabajo que estaba haciendo se basaba en el engrandecimiento propio. Ya no me parecía posible ingresar en la vida política. También mi vida social estaba cambiando radicalmente. Entre todas las cosas, ya no podía jugar más al póquer. Había tratado de jugar, pero encontré que me estaba faltando la intención de ser más lista que los otros jugadores. Espontáneamente, tenía momentos de percepción lúcida en medio del juego de póquer que hacían imposible el “bluff”. Krishnaji echó la cabeza hacia atrás y río y río y río.

Le expliqué que a veces sentía un inmenso equilibrio interno, como el de un pájaro jugando con el viento. Todo deseo se disolvía en esta intensidad, se consumía a sí mismo. Otras veces me hundía en las realizaciones personales. Mis amarras se iban soltando y yo estaba a la deriva. No sabía qué había por delante. Jamás me había sentido tan insegura de mí misma.

Krishnaji dijo: “La semilla ha sido plantada, permítale que germine -déjela en barbecho por un tiempo­-. Esto ha sido completamente nuevo para usted. Al llegar a ello sin preconceptos ni nociones ni creencias, hubo un impacto directo; ahora la mente necesitará descanso. No ejerza presión sobre ella”.

Permanecimos callados. Krishnaji dijo: “Obsérvese a sí misma. Usted tiene un empuje que pocas mujeres poseen. En este país, los hombres y mujeres se agotan muy fácilmente, muy tempranamente en la vida. Es el clima, el modo de vivir, el estancamiento. Vea que ese empuje no se pierda. Al librarse de la agresión, no se vuelva inocua y blanda. Librarse de la agresión no es volverse débil o sumiso”.

Repetidamente habría de decirme: “Vigile su mente, no deje que se escape ni un sólo pensamiento, por feo, por brutal que sea. Observe sin elegir, sin sopesar ni juzgar, sin dar una dirección al pensamiento ni dejar que éste eche raíces en la mente. Sea completamente implacable en la vigilancia”.

Cuando yo dejaba la habitación, él se incorporó para acompañarme hasta la puerta. Su rostro estaba en reposo, su cuerpo delgado se elevaba como un cedro de la India. Por un instante, abrumada por su belleza, pregunté: “¿Quién es usted?” Contestó: “No importa quién soy yo. Lo único que importa es lo que usted piensa y hace, y si puede usted transformarse”.

Mientras viajaba hacia mi casa, de pronto advertí que en las muchas conversaciones que había tenido con Krishnaji, él jamás había dicho una palabra acerca de sí mismo. No se había referido nunca a ninguna experiencia personal, ni un sólo movimiento del yo se había manifestado. Esto era lo que hacía de él un desconocido, por mucho que pudiera uno conocerle. En medio de un gesto de amistad, de una conversación casual, uno percibía eso -una súbita distancia, silencios que emanaban de él, una conciencia que no tenía un punto focal-­. Y, no obstante, en su presencia uno sentía la generosidad de un interés infinito.

 

TS: Un gurú, un maestro, es una persona como usted, como uno cualquiera, como todos. La diferencia está, en que el gurú, es como un viajero que ha viajado muchísimo. Y sabe de todos los sitios, sus historias, sus alegrías, sus problemas, sus guerras y su tiempo de paz.

¿Por qué darle tanta importancia a una persona como todas? ¿Por qué, creemos que solamente el gurú sabe? El gurú no sabe todo, como cualquier otra persona.

Pupul, siempre ha tratado a JK como si fuera, un fuera de serie. Pero no lo es. Porque JK tenía todos los problemas que tenemos los demás.

Tuvo problemas con su amigo y secretario personal Rajagopal. Y fue acusado como amante de la esposa de Rajagopal. Cuando vivían los tres en la misma casa. JK, no hizo caso de las habladurías, incluso cuando se insinuó que la niña que tuvo la esposa de Rajagopal él era el padre.

Antes de eso hubo veinte abortos, que la mujer de Rajagopal se sometió en los hospitales, que según se dijo eran embarazos de JK.