Torni Segarra

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* Relato sobre JK.

«Madre; por favor…

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Cuando Krishna se levantó y se apartó del árbol, pudimos verlo claramente. Parecía una figura espectral en sus ropas hindúes, mientras caminaba arrastrando pesadamente los pies y ladeándose un poco, casi incapaz de mantenerse parado. Cuando se acercó más, pudimos ver sus ojos, y estos tenían una mirada curiosamente muerta; y aunque nos veía no reconocía a ninguno de nosotros; aún podía hablar coherentemente, pero muy pronto cayó en la inconsciencia. Parecía tan peligroso verle caminar tambaleándose, que Rosalind o Mr. Warrington trataron de acercarse a él para sostenerlo, pero él gritó: “¡Por favor, no me toquen; oh; por favor; eso me lástima!” Después pasó por el porche, entró en la casa y se acostó en la cama. Habíamos cerrado todas las celosías para que adentro estuviese oscuro a pesar de que había una luna brillante. Rosalind se sentó cerca. Después de un rato él se levantó y dijo a alguien que ninguno de nosotros podía ver: “¡Qué! Sí; ya voy”, y comenzó a salir y Rosalind trató de detenerlo, pero él dijo: “Estoy muy bien; por favor no me toquen; estoy perfectamente bien”; y su voz sonaba normal, aunque algo irritada. Engañada por esto Rosalind lo dejó estar, y apenas él había dado dos pasos hubo un estrépito terrible; Krishna había caído a todo lo largo sobre su rostro, olvidado de dónde o cómo caía. Afuera, en el porche, había cajas sobresaliendo desde debajo de un largo banco que ocupa toda la extensión del porche; pero él estaba en absoluto inconsciente de todo esto y caería dondequiera que se encontrara; caería espontáneamente como si estuviera desmayándose. A veces solía incorporarse sentado en la cama, y después de murmurar algo caía hacia atrás ruidosamente sobre la cama, y otras veces caía hacia adelante sobre el piso. Necesitaba una rigurosa atención en todo momento; y sin embargo, cuando él se daba cuenta de esto parecía molestarse y afirmaba con voz clara: “Estoy muy bien; por favor créanme; estoy perfectamente bien”. Pero al mismo tiempo que decía esto, su voz solía desvanecerse. Todo este tiempo gemía y se sacudía, incapaz de permanecer quieto, murmurando incoherentemente y quejándose de su espina dorsal.

Cualquier ruido, incluso una conversación en voz baja, solían perturbarlo y les rogaba a sus acompañantes que no hablaran de él; que lo dejaran tranquilo; porque cada vez que ellos hablaban de él, eso le hacía daño. Y esto continuaba así hasta las ocho. Poco después de las ocho solía serenarse y quedarse más tranquilo, y a veces se dormía; gradualmente retornaban la conciencia y la normalidad.

En la noche del diez de septiembre, Krishna empezó llamando a su madre. La llamó varias veces, y luego dijo: “Nitya, ¿tú la ves?” Cuando recuperó la conciencia normal le dijo a Nitya que cuando sus ojos se posaban en Rosalind, el rostro de la madre de ellos se interponía, y que el rostro de Rosalind solía fusionarse con el de la madre. Surgían recuerdos de su primera infancia y él volvía a vivir sus experiencias de la niñez.

Nitya y Warrington pronto se dieron cuenta de que Krishna estaba experimentando muy peligrosas transferencias de conciencia o el despertar del kundalini, y percibían que la atmósfera estaba “cargada con electricidad”; sentían como si ellos fueran los guardianes de un templo donde se practicaban ceremonias sagradas. A veces, los que se encontraban con Krishna sentían la presencia de un Ser que estaba dirigiendo las operaciones, aunque no podían verlo ni identificarlo. Pero el cuerpo de Krishna, entre espasmos de dolor, solía conversar con la presencia invisible; que parecía ser un amigo y un Maestro. Krishna no podía soportar ni la luz ni el sonido; a veces gritaba ante el menor contacto; no podía tolerar demasiadas personas alrededor de él; el cuerpo y la mente parecían estar afinados para un alto nivel de sensibilidad. Un sordo dolor solía concentrarse súbitamente en un lugar del cuerpo para luego volverse agudo, y entonces él apartaba a todos y se quejaba del calor.

El 18 de septiembre comenzó una nueva fase. El dolor era más intenso. Krishna formulaba preguntas a la presencia invisible. Su inquietud había aumentado; sus ojos estaban abiertos, pero nada veían; tiritaba y gemía: a veces gritaba en medio del dolor “¡Por favor; oh; por favor; concédanme un minuto!”. Después llamaba a su madre.

Ese día, a las 8:10 p.m., Krishna estaba sentado en el lecho, despierto y plenamente consciente, hablando y escuchando; pero pocos minutos después perdió nuevamente el conocimiento. El cuerpo, que era como una herida abierta, empezó a pasar por el mismo dolor espantoso. El dolor parecía haberse trasladado a una nueva parte del cuerpo no habituada al extremo calor, y el sollozo de Krishna habría de terminar en un impresionante y sofocado alarido. Krishna estaba en la oscuridad, y Nitya oía “al cuerpo hablar, sollozar, gritar de dolor e incluso rogar por un momentáneo respiro”. Pronto aprendieron ellos a reconocer dos voces: una, “el elemental físico”; el cuerpo, como Nitya lo describe, y la otra era la voz de Krishna. A las nueve y cuarto Krishna recuperaría finalmente la conciencia para toda la noche. El tiempo para el proceso parecía medido, como si cierta cantidad de trabajo hubiera de ser ejecutada todas las tardes, y si ésta fuera de algún modo interferida en el principio, tendría que completarse al final.

Cada noche, por las siguientes quince noches, él preguntaría en medio de su sufrimiento qué hora era. Invariablemente, al minuto, eran siempre las 7,30 p.m. Cuando recuperaba la conciencia normal, el dolor había desaparecido totalmente. Escuchaba a Nitya y a Rosalind que le contaban lo que había sucedido, pero era como si estuvieran hablando de otra persona.

El 19 de septiembre el dolor pareció empeorar más que nunca. Comenzó sin ninguna clase de preliminares inmediatamente después de que Krishna quedó inconsciente, y fue aumentando y aumentando hasta que súbitamente él se puso de pie y echó a correr a toda velocidad. Ellos lo retuvieron con dificultad, aterrados de que pudiera caer sobre las piedras. Él luchaba por salir. Después de un rato comenzó a sollozar y lanzó un grito espantoso: “¡Oh; Madre; ¿por qué me engendraste, por qué me engendraste para esto?!” De acuerdo con el relato de Nitya, sus ojos, “que mostraban una extraña inconsciencia, se veían fieros e inyectados de sangre, y no reconocían a nadie más que a su madre”. Se quejaba de que un fuego ardía en su interior, y sus sollozos se volvieron tan terribles que comenzó a ahogarse y a gorjear; pero esto terminó pronto. “Y nuevamente, cuando ya no pudo soportar más, súbitamente se puso de pie y echó a correr y nosotros tuvimos que rodearlo. Tres veces trató de zafarse, y cuando veía que estábamos alrededor de él se calmaba un poco. A intervalos, cuando el dolor era intenso, solía implorar por unos minutos de reposo, y entonces empezaba a hablarle a su ‘Madre’, o si no, escuchábamos que les hablaba a ‘Ellos’. A veces decía, con una gran certidumbre: ‘Si; puedo soportar muchísimo más; no se preocupen por el cuerpo; no puedo impedir que llore’”.

En la noche del 20 de septiembre el dolor fue aún más agudo, y Krishna trató de escapar cinco o seis veces. Su cuerpo se contorsionaba en posiciones inconvenientes y peligrosas a causa del espantoso dolor. Nitya escribió que, en una ocasión, encontrándose Krishna sobre el piso, puso de pronto la cabeza en sus rodillas y le dio vuelta de tal modo que estuvo cerca de romperse el cuello; por suerte Rosalind estaba ahí y volvió a enderezarla. Él se quedó totalmente quieto, y por un momento ellos casi no pudieron percibir el latido de su corazón.

El 21 de septiembre Rosalind tuyo que irse por unos días. Durante su ausencia el proceso disminuyó en intensidad, pero él continuó quejándose de un extraño dolor abajo; en el lado izquierdo de la espina dorsal.

En una ocasión Krishna se mostró perturbado sintiendo que alguien se movía furtivamente alrededor de la casa. Insistió en ir hasta el muro bajo que la circundaba, y dijo en voz alta: “Vete; ¿qué pretendes al venir aquí?” Luego volvió en sí y se acostó. Pronto comenzó a llamar: “¡Por favor; Krishna; regresa!” Siguió llamando a Krishna hasta que cayó en la inconsciencia. Esta era la primera vez que él había llamado pronunciando su propio nombre. Esa noche hubo un incremento del dolor en la parte posterior del cuello.

Con el regreso de Rosalind el dolor empeoró; él se quejaba de un ardor en la espina dorsal y no podía tolerar demasiada luz; ni siquiera la luz del amanecer. Nuevamente, en medio del proceso se levantó para ahuyentar a alguna persona que nadie veía. Parecía enojado, y la presencia invisible no regresó. Tan pronto como la luz se volvía insoportable, ellos tenían que introducirlo en la casa. Una tarde, hacia las 5 p.m., la atmósfera de la casa cambió; él se había quedado más quieto; más sereno. Y pronto pudieron percibir que una gran Presencia se había hecho cargo de todo. Nitya dijo que era como si “Grandes máquinas estuvieran funcionando, y por unas cuantas horas vibró toda la casa”.

Para el 2 de octubre empezó una nueva fase. El dolor se había trasladado al rostro y a los ojos de Krishna. Él sentía que ‘Ellos’ estaban trabajando en sus ojos, y exclamó: “Madre; por favor; toca mi rostro; ¿está ahí todavía?” y poco después: “Madre; mis ojos se han ido; pálpalos; se han ido”. Apenas dijo esto, comenzó a sollozar y a gemir. Esto prosiguió hasta las 8 p.m. Cerca de las 9 p.m. estaba temblando y estremeciéndose y casi no podía respirar.

Parecía como si “el verdadero Krishna” encontrara intensas dificultades en regresar a su cuerpo. Según Nitya: “Cada vez que trataba de despertarse, ello traía como consecuencia estos temblores”.

El 3 de octubre, Krishna le dijo a Rosalind: “Madre, ¿tú me cuidarás? Voy a irme muy lejos”; después de lo cual cayó en la inconsciencia. Un poco más tarde comenzó a hablarle a Rosalind y le preguntó dónde estaba Krishna. Le dijo que él [Krishna] la había dejado a cargo, y ahora ella ignoraba dónde estaba Krishna y entonces empezó a llorar por haber perdido a Krishna. Se negó a dormir hasta que Krishna regresara; lo cual ocurrió después de una hora y media.

Una mañana, mientras estaban en casa de Mr. Warrington, Krishna se salió de su cuerpo. Le había dicho a Rosalind que tenía que irse muy lejos y que ella debía cuidar de él. Dos horas después, comenzó a hablar. Al ver la mano de Rosalind pareció asombrado y preguntó: “Madre, ¿por qué tienes la piel blanca?” Después la miró y dijo: “Has rejuvenecido; ¿qué sucedió?” Luego: “Madre, Krishna está entrando; mira; está parado ahí”. Y cuando Rosalind le preguntó qué aspecto tenía, él le dijo: “Es un hombre alto y hermoso; muy digno. Me asusta un poco”. Después agregó: “¿Pero no lo conoces, Madre? Es tu hijo; él te conoce”.

En la noche del 4 de octubre, Krishna sufrió más que de costumbre: la agonía se concentraba en su rostro y en sus ojos. Decía continuamente: “Oh, por favor, tengan misericordia de mí”, y “no quiero decir eso; por supuesto, ustedes son misericordiosos”.

Luego le dijo a Nitya que “Ellos” estaban limpiando sus ojos para que pudiera verlo a “ÉL”. Era, según dijo, “Como estar amarrado en el desierto, con el rostro vuelto hacia el sol deslumbrante y con los párpados cortados”.

Más tarde, en la noche, Nitya encontró a Krishna sentado en meditación, y otra vez percibió la vibrante presencia de un gran Ser inundando la estancia. Todo sufrimiento había sido eliminado. “Krishna”, escribió Nitya, “no vio Su rostro; únicamente Su cuerpo de un blanco radiante”.

 

TS: ¿Todo eso es preciso? ¿Ese sufrimiento y dolor, son precisos?

Entonces, según JK, el amor y el dolor no pueden ir juntos.

Está claro que es un estado de posesión, de una persona que no existe -el Matreya-. Como no existe ninguno de los gurús que hablan con JK.

Es todo un estado de posesión, como los que son poseídos por el demonio -que es otro invento de los cristianos-.