Torni Segarra

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* Diálogo entre Jiddu Krishnamurti y David Bohm.

“El fin del conocimiento psicológico

11º

3

K: Estoy de este lado del muro, y usted me pide que tenga ese amor y esa inteligencia que destruirán el muro. Pero yo no sé qué es ese amor, qué es esa inteligencia, porque estoy atrapado en esto; en este otro lado del muro. Lógicamente, sensatamente, comprendo que lo que usted está diciendo es exacto, lógico, y veo la importancia de ello, pero el muro es tan fuerte, tan dominante y poderoso, que no puedo ir más allá de él. Dijimos el otro día que el muro podría ser derrumbado mediante el discernimiento, si el discernimiento no se transforma en una idea.

DB: Sí.

K: Cuando se discute el discernimiento, existe el peligro de que uno haga de él una abstracción; eso significa que nos alejamos del hecho y que la abstracción se vuelve sumamente importante. Lo cual implica, nuevamente, conocimiento.

DB: Sí; la actividad del conocimiento.

K: ¡Y así estamos otra vez en lo mismo!

DB: Pienso que la dificultad general es que el conocimiento no está meramente situado ahí como una especie de información, sino que se halla extremadamente activo, afrontando y moldeando cada instante conforme al conocimiento del pasado. Así, incluso cuando se suscita esta cuestión, el conocimiento está todo el tiempo aguardando, y después actúa. Toda nuestra tradición dice que el conocimiento no es activo sino pasivo. Pero es realmente activo, aunque la gente, por lo general, no lo considere de ese modo. Piensa que el conocimiento está meramente situado ahí…

K: …aguardando.

DB: Aguardando para actuar. Y cualquier cosa que intentemos hacer al respecto, el conocimiento ya está actuando. En el momento mismo en que nos damos cuenta de que éste es el problema, el conocimiento ya ha actuado.

K: Sí. ¿Pero me doy cuenta de ello como un problema? ¿O como una idea que debo llevar a cabo? ¿Ve la diferencia?

DB: El conocimiento lo convierte todo automáticamente en una idea que debemos llevar a cabo. Ese es totalmente el modo en que está estructurado.

K: Ese es totalmente el modo en que hemos vivido.

DB: El conocimiento no puede hacer ninguna otra cosa.

K: ¿Cómo hemos de romper con eso siquiera por un segundo?

DB: A mí me parece que, si uno pudiera ver, observar, darse cuenta… si el conocimiento pudiera verse a sí mismo mientras opera… El punto es que el conocimiento parece operar sin saberlo, simplemente aguardando y después actuando, en cuyo lapso ha desorganizado el orden del cerebro.

K: Esto me interesa muchísimo, porque dondequiera que vaya, es esto lo que está sucediendo. Es algo que tiene que ser resuelto. ¿Diría usted que la capacidad de escuchar es mucho más importante que cualquiera de estas cosas, que cualquier explicación o razonamiento lógico?

DB: Eso viene a parar en el mismo problema.

K: No; no. No lo hace. Quiero ver si hay una posibilidad de que el muro se derrumbe, cuando escucho completamente lo que usted está diciendo. ¿Entiende? ¿La hay? Estoy tratando de descubrirlo; señor. Soy un hombre común y usted me está diciendo todo esto, y yo comprendo que lo que usted dice es así. Estoy de veras profundamente involucrado en eso que usted expresa, pero de algún modo la llama no está encendida; todo el combustible está ahí, pero no hay fuego. ¿Qué puedo hacer, entonces? ¡Este es mi eterno clamor!

DB: El cerebro posee la capacidad de escuchar; tenemos que preguntarnos si el humano común está tan lleno de opiniones que no puede escuchar.

K: Usted no puede escuchar con opiniones; podría, con igual razón, estar muerto.

DB: Pienso que el conocimiento tiene toda clase de defensas. ¿Es posible, digamos, que el humano común tenga esta percepción? Eso es, en realidad, lo que usted está preguntando; ¿no?

K: Sí. Pero tiene que haber una comunicación entre usted y ese hombre; algo tan fuerte que el propio acto de escucharlo él a usted, y de comunicarse usted con él, opere.

DB: Sí; entonces uno tiene que abrirse paso a través de sus opiniones; a través de toda la estructura.

K: Por supuesto. Por eso es que este humano ha venido aquí; para eso. Él ha terminado con todas las iglesias y las doctrinas. Comprende que lo que aquí se ha dicho es verdadero. Cuando usted se comunica con él, su comunicación es intensa y real, porque usted no está hablando desde el conocimiento o las opiniones. Un ser humano libre está tratando de comunicarse con este humano común. Entonces, ¿puede él escuchar con esa intensidad que usted, el comunicante, le está dando? Él quiere escuchar a alguien que está diciendo la verdad, y mientras usted la dice, algo está ocurriendo en él. Esto ocurre a causa de que él está escuchando tan ardientemente.

Es un poco lo que le pasa a usted, como científico, cuando le está diciendo algo a uno de sus estudiantes. Le está hablando de algo que debe ser enormemente importante, porque usted ha dedicado a ello toda la vida. Y el estudiante ha abandonado muchas cosas sólo para venir aquí. ¿Es culpa del comunicante que el oyente no lo reciba de inmediato? ¿O el oyente es incapaz de escuchar lo que usted le comunica?

DB: Bueno, si él es incapaz de escuchar, entonces nada puede hacerse. Pero digamos que viene alguien que ha atravesado algunas de estas defensas, aunque hay otras de las que no es consciente; eso no es tan simple como lo que usted ha descrito.

K: Yo siento que, de algún modo, es terriblemente simple. Si uno pudiera escuchar con todo su ser, el cerebro no estaría atrapado en la rutina. Generalmente, en la comunicación, usted me está diciendo algo y yo lo estoy asimilando, pero hay un intervalo entre lo que usted dice y lo que yo asimilo.

DB: Sí.

K: Y ese intervalo es el peligro. Si no asimilo eso de manera absoluta, si no escucho con todo mí ser, se acabó. ¿Es difícil escuchar porque en esto no hay vestigio alguno de placer? Usted no está ofreciendo ningún placer; ninguna gratificación. Dice: Esto es así; tómelo. Pero mi mente está tan comprometida con el placer, que yo no escucharé nada que no sea completamente satisfactorio o placentero.

También me doy cuenta del peligro que hay en eso, en buscar satisfacción y placer; de modo que también eso lo dejo de lado. No hay placer, ni recompensa, ni castigo. En el escuchar, hay únicamente observación pura.

Llegamos, entonces, al punto: la observación pura, que es realmente el escuchar, ¿es amor? Pienso que lo es.

Si usted afirma esto, entonces mi mente dice otra vez: “Deme eso. Dígame qué debo hacer”. Pero cuando yo le pido que me diga lo que debo hacer, estoy de vuelta en el campo del conocimiento. ¡Es algo tan instantáneo! De modo que rehúso preguntarle qué debo hacer. Entonces, ¿dónde estoy? Usted se ha referido a la percepción, que no tiene dirección ni motivo alguno. La percepción pura es amor. Y en esa percepción, el amor es inteligencia. No son tres cosas separadas son una sola cosa total. Usted señaló todo esto muy cuidadosamente, paso a paso, y yo he llegado a ese punto en que tengo un sentimiento de ello. Pero éste se va muy rápidamente. Entonces comienzo a preguntar: “¿Cómo puedo recuperarlo?” Y de nuevo, el recuerdo de ello, que es conocimiento, bloquea la percepción”.

 

TS: Por eso, cada uno que haga lo que tenga que hacer. Porque si se hace así, habrá toda la energía para vivir lo que hacemos en orden. Y ese orden, es inteligencia, es libertad, es amor.