Torni Segarra

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136. En la autoridad de los padres hay orden. Aunque esa autoridad no debe de ser ni cruel ni violenta. Ya que con la violencia, el daño que reciben los hijos trae lo mismo que lo queremos solucionar: el desorden.
 
137. La excitación incrementa el desorden. Cuando nos acercamos a algo que es preciso conseguir entramos en una especie de paroxismo, donde todo se descontrola.
 
138. El animal entre los hombres es el perdedor.
 
139. Si los periodistas de los diarios, de TV., de la radio, comentaristas y tertulianos, escritores, etc., lo pudieran cuestionar, en unos meses el pueblo rebaño los echaría. Pero los dueños de las empresas periodísticas –grandes empresarios- son los que respaldan ese régimen. Por lo que el círculo –el negocio- queda cerrado, intocable.
 
140. Si eso lo pudiera hacer que sea un hecho en la vida de los millones de idolatras, supersticiosos, entonces eso sí que sería una verdadera revolución que cambiaría todo el paradigma de las personas. Y por la fuerza de los hechos, el establishment actual desaparecería. Habría más orden, menos hambre y menos crueldad, menos muertes como consecuencia de la indiferencia e indolencia por la sed de conseguir cada vez más, que nos hace materialistas brutales, asesinos de una manera natural, aceptable, cotidiana.
 
141. La vida es como un apartido de fútbol: los dos equipos quieren ganar, vencer, triunfar. Y para ello harán todo lo que haga falta. Por lo que se genera un enfrentamiento: cada encontronazo, choque, empujón, cada gol que hace un equipo, ha de ser respondido igual o aún más para poder vencer. Y esa dinámica cuando se entra en ella no tiene fin. Por lo que, quienes no quieren participar de esa dinámica, ese juego tan macabro, han de estar fuera de él.
El reto para cada cual es hacerlo posible: no identificarse en ningún equipo de los que participan para vencer, ser el campeón, el que triunfe.
 
142. La raíz de todo está en el dolor, en la experiencia del dolor. Si hay dolor ha de haber respuesta. El ser consciente del dolor es lo que nos deja el que podamos vivir. Sin esa conciencia del dolor, la vida sería algo inviable, todo sería un caos absurdo. Si no sintiéramos dolor cuando comemos demasiado o tenemos mucho sexo, siempre estaríamos comiendo, practicando sexo. ¿Vemos de qué se trata, nos estamos comunicando?
Nos gusta inventar nuestra realidad, otra realidad que me gusta y satisfaced más que lo que es, pero el resultado es una manera de vivir sin sentido.
 
143. El dolor es la base donde se asienta la vida. Sin dolor la vida no podría ser. Cuando un deseo se apodera de nosotros para hacernos ricos, o conseguir algo, si no llegara el dolor del agotamiento, lo destruiríamos todo, mataríamos a todos los que se interpusieran para conseguirlo.
Los que agreden con crueldad,  que violan, los asesinos en serie, no sienten dolor. Y por eso, van por la rampa del abismo de los asesinatos ¿Puede un sádico violador asesino, serlo si siente todo el horror y el dolor de sus barbaridades?
A los animales les pasa lo mismo: cuando matan sienten el dolor del agotamiento y se paran. Así que, si no sintieran el dolor serían máquinas  de matar.
Por lo que, en la vida de los seres vivos es preciso que sientan dolor. De lo contrario, la vida no podría funcionar, la vida no podría ser tal y como la conocemos.  Pues cada cosa que existe, nos guste o no, tiene su sentido de ser, tiene su papel que es un eslabón de la naturaleza, donde todo está unido.
 
144. La religiosidad, la espiritualidad, tiene su raíz en el ver. En tener la capacidad de ver dónde está lo negativo y descartarlo. Lo negativo sucede cuando estamos divididos, en conflicto, internamente. Que por la fuerza de los hechos va a exteriorizarse, salir a fuera cuando observamos, en cada cosa que vemos, en todo lo que hacemos. Cuando hay división la relación no puede ser ordenada, sino confusa, con enfrentamiento, contienda, brutalidad.
Por eso, la religiosidad-espiritualidad, lo sagrado, ¿puede ser si hay odio y su brutalidad, crueldad, violencia?
 
145. El reto de la vida es la vida misma. No una violencia que estalla espontáneamente,  o recurrentemente, sino toda la vida con sus actos de la vida cotidiana.
Por lo que la vida siempre es lo mismo: la misma lucha, la misma contienda, el mismo odio y temor.  Pero eso es lo que todos vivimos, seamos cultos o no, seamos pobres o ricos, seamos tercermundistas subdesarrollados o los diseñadores de la tecnología punta.
¿Y, por qué ese temor, ese odio, esas ganas de triunfar, de derrotar, que es la consecuencia de creernos separados de los demás, de creernos mejores, de creer que los otros son los malos, los violentos, los crueles, los guerreros?
Al sentirnos divididos creamos a los enemigos, al diferente, al extranjero, y por eso hacemos de la vida como si fuera una lucha, un partido de fútbol, que hay que ganar, vencer, triunfar. Y como los otros hacen lo mismo, también quieren vencer, ganar, ya que también tienen miedo, todos somos luchadores, guerreros.
¿Podemos vivir al margen de esta lucha sin sentido, propia de una tribu, un clan, contra otro? Si no permanecemos al margen de toda esta jarana, esta competitividad por vencer, tendremos que luchar para triunfan, someter, hacernos guerreros, violentos crueles.