Torni Segarra

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* Creer que hay personas buenas, santas, ¿no es una ilusión?

¿Podemos vivir sin hacer daño a nadie ni a nada que tenga vida?

 

* El niño, es un ser humano, un hombre. Y todos los hombres, y los seres vivientes, estamos programados para sobrevivir.

Y sobrevivir, quiere decir hacer daño al otro. Y el otro hacer daño también para que no se lo coman. Y poder él seguir viviendo.

Ese es el drama de la vida: para vivir uno han de morir otros.

 

* Los sacerdotes, son como unos cuenta cuentos. Que se atrevieron de hablar de lo que no se puede hablar: de dios, del universo infinito, de la eternidad, del mal y del bien.

Los cuenta cuentos, que son personas para distraer y divertir a las personas. No tuvieron más remedio que hablar de los problemas de las personas -de ellos mismos-. Y de ahí nacieron los filósofos, los teólogos, los gurús, los maestros, sacerdotes, los llamados líderes y mesías religiosos, espirituales, etc.

Pero fueron tan astutos, y tan convincentes. Que sus oyentes se creyeron sus cuentos: dios, el cielo, el infierno, lo de los santos, los malos, etc.

 

* ‘Mi eseidad no estaba allí, ha aparecido y es temporal, no tengo control sobre ella’.

La aseidad, ¿no es nuestra programación? Que es sobrevivir. Y hacer lo que hacemos para seguir vivos: comer, vestirnos con ropa, tener apartamento, coche, viajar, etc.

Y todo eso, como todos lo queremos, es cuando surgen los problemas.

Porque, como tenemos miedo a morir, se genera una competición feroz por vencer, triunfara a los otros. Que también hacen lo mismo: querer sobrevivir.

 

* El romanticismo, las emociones, son el resultado de una insatisfacción con el presente.

No tengo un cuadro que considero bonito, interesante. Y me digo, no lo tengo; pero lo puedo tal vez tener.

Con las personas pasa lo mismo, una persona interesante, bella, encantadora, nos hace revivir lo de antes: me gustaría contactar con ella, estar con ella, pues me emociono al verla.

 

* No se trata de decir, ‘…estaba hablando de personas decentes que apoyan activamente los valores y la moralidad y la integridad y el comportamiento que se pretende con la compasión’.

Yo no conozco a nadie. Y yo tampoco soy un santo, liberado del ‘yo’.

Se trata de comprendernos en su totalidad, comprender el pensamiento, la mente. Y entonces ver realmente, lo que se puede hacer. No lo que nos gustaría que fuera.

Si hablamos de la democracia, pero no somos demócratas, ¿eso no es absurdo?

Si digo que quiero la paz, pero mis hechos cotidianos no lo corroboran -soy racista, egoísta, corrupto, inmoral-. Con la ansiedad, el estrés, voy atropellando a los que me encuentro, en el trabajo, el hogar, etc.

Si soy deshonesto con los demás, cuando soy impuntual, doy mi palabra, pero no hago lo que quiero que hagan los otros.

La confusión, el desorden, nos hace superficiales, vulgares, románticos, emotivos.

Y todo eso, no va en dirección a la decencia, no genera ningún valor que tenga su raíz y origen en la compasión.