Torni Segarra

Seleccionar página

2714. Salimos hacia la gran ciudad con el tiempo justo para llegar a la hora prevista. La pista, de varios carriles, parecía recta, pero había unas grandes y largas curvas que las disimulaban, y parecían no serlas. Los coches y los abundantes camiones, de colores llamativos, parecían que estaban participando en una competición para ver quien llegaba antes. En realidad, no éramos conscientes de que a la velocidad que nos movíamos, todos los vehículos, al menor fallo o error, todo acabaría en desgracia.

La entrada a la gran ciudad, era pueblerina. Las estatuas y monumentos en las rotondas, estaba viejos y descuidados. Algunos balcones y terrazas, exhibían banderas de un nacionalismo particular, siempre enfrentado a otro nacionalismo.

Pronto llegamos al centro, donde todo era más señorial y confortable. Era verano y los turistas norteamericanos, jóvenes. altos, rubios, rosados por el sol, esperaban en la puerta de una legación de su país. Eran simpáticos, llenos de empatía.

Después de hacer el trabajo, fuimos a visitar a una persona conocida, celebrando el reencuentro. Por el camino hasta llegar allí había varias personas sentadas en el suelo de la acera, junto a la pared de los edificios, que pedían dinero. Ellas no miraban a la cara de las personas. Estaban distraídas o mirando hacia otro lado.

Uno quería darle unas monedas, pero la persona que acompañaba no quiso. Pues ella los conocía, ya que pasaba frecuentemente por ese lugar. Decía que uno era bebedor de alcohol. Y de los otros, que no eran merecedores.

Cuando llegamos a visitar a la persona conocida, uno tomo un agua mineralizada, y el acompañante comió algo para desayunar. Al cabo de un tiempo llegó una mujer en una silla de ruedas, acompañada de su marido. Que pronto se pelearon, como se pelean las parejas. Esa mujer hablaba, sin conocerla, como si nos conociéramos de toda la vida. Uno le toco los muslos y las rodillas para decirle algo al respecto de su enfermedad que la paralizaba las piernas.

Al volver a por el coche, volvimos a ver a todos los que estaban pidiendo. Acercándonos a ellos y diciéndoles algo para animarles, sonriéndonos.

El sol era implacable y las mujeres, gustaban de enseñar el cuerpo, por el calor que las obligaba a llevar la ropa precisa para la ocasión. La gran ciudad, que estaba junto al mar, tenía ese aire tolerante del verano. Donde todo parece fácil y despreocupado. Aunque los que les tocaba trabajar parecía ajenos, siguiendo con sus trajes, vestidos, y las prisas.

Al salir de la ciudad, se veía una gran planicie dedicada al cultivo de arroz. Era toda verde ya que las plantas estaban lejos de madurar. Junto a esta planicie, hasta el mar distante unos kilómetros, había una pineda, como si fuera un bosque. A todo lo largo de veinte kilómetros. Y entre ellos y los arrozales, allí estaba una albufera, llena de aves acuáticas, patos, garzas, pollas, y toda clase de pajaritos que vivían entre los cañizales y los juncos.

Tuvimos que hacer otra visita, en un pequeño pueblo con su playa llena de altos edificios, uno se sentó cerca de la orilla del mar. Pues el sol, combinado con las nubes que dejaban que calentase el ambiente, con los vientos húmedos que llegaban del mar. No había nadie en la playa, pues aún faltaba un mes para la llegada del calor. Y los abundantes turistas, deseos de disfrutar lo que sólo tenían durante esos meses de verano.

A medida que pasaba el tiempo, íbamos tocando los temas más profundos. Uno de ellos, fue el terrorismo islamista en las ciudades europeas.

El acompañante dijo: ‘Si siguen así, habrá que hacer algo’. Refiriéndose a la guerra.

Uno le contestó que, todos los árabes, musulmanes, no eran terroristas, Y se le dijo que, la guerra no es buena para nadie. Porque, se matan a las personas, Y tú que tienes hijos te los podrían matar.

Y él contestó: ‘Ahora los que van a la guerra, lo hacen por el dinero que les pagan’.

Uno le dijo, pero si las cosas se complican, pueden decretar la movilización general y tal vez les pudiera tocar a tus hijos. La guerra, es lo peor. Pues se cortan piernas, brazos, se pierde la vista, se genera el odio que dura generaciones.

 

2715. Los tanques de nuestro tiempo son las leyes, que son inventadas exclusivamente por los jueces, para salvaguardar a los que mandan. Por eso, cuando los que mandan, más tiempo están en el poder, más tiempo tienen para cambiar las leyes. Y actuar como una dictadura, una tiranía. 

 

2716. Señor mío. Para que venga lo nuevo, has de morir a lo viejo. Cada acción tiene un precio. ¿Nos imaginamos el lío que se montó cuando Colombia se independizó, se liberó del yugo de España? Los diarios de la época, todos los días darían noticias sobre que, la economía se iba a pique. Que el virrey lloraba todas las noches, que había redoblado la guardia de su palacio. Que los independentistas eran unos locos revoltosos, que habría que colgarlos a todos.

Y no sólo Colombia. Cada colonia pasó por el mismo calvario, los miles y miles de muertos, lisiados, los expulsados. ¿Por qué eso sucedió así? Porque los que tenían el poder, no quería ceder ni un milímetro de poder, de las prebendas, de los beneficios, de la corrupción, de las ladronerías.

Pero no se daban cuenta que la libertad, es lo más poderoso que hay en la vida. Porque la libertad es amor.

Aquí ha habido novecientos heridos por el apaleamiento de los que querían votar, alguno habrá ya muerto a causa de los golpes, palizas. Y es por ellos, por los que se pudo votar. Y ganar la libertad, la independencia.

Pero el calvario, no termina todavía, pues la libertad, la independencia, aún se tiene que consolidar. Porque en las colonias había miles y miles por todas partes, que no estaban de acuerdo con la libertad. Igual como pasa aquí.

Pues eran colaboradores, enchufados del viejo poder dictatorial, tirano. Que se habían hecho ricos bajo la sombra del poder brutal, cruel, colonial.

 

Eso nos puede gustar o no. Pero la realidad es así.